Feb 24, 2024 Last Updated 4:06 AM, Feb 24, 2024

Escribe Federico Novo Foti

Los primeros días de marzo de 1919 se realizó en la Rusia soviética el congreso fundacional de la Tercera Internacional. Delegados de treinta países se reunieron para sentar los cimientos de una nueva dirección revolucionaria internacional ante la bancarrota de la socialdemocracia. Sus cuatro primeros congresos siguen siendo una referencia en la lucha por conquistar gobiernos de trabajadores y el socialismo mundial.

El 24 de enero de 1919 se publicó con la firma de Vladimir Lenin y León Trotsky, los líderes bolcheviques de la revolución de octubre y del primer gobierno revolucionario de trabajadores y campesinos, el llamamiento para realizar el congreso fundacional de la Internacional Comunista.1 La iniciativa surgió al calor de la ofensiva revolucionaria de la clase trabajadora europea como consecuencia de la carnicería humana generada por la “Gran Guerra” interimperialista (la primera guerra mundial). Por aquellos días, en la guerra civil rusa, el gobierno de los soviets sufría el asedio del ejército blanco, la coalición militar de la reacción burguesa y las potencias imperialistas, secundados por los falsos “socialistas” (mencheviques y socialdemócratas). Días antes de la publicación del llamamiento habían sido asesinados por el gobierno alemán -integrado por la socialdemocracia- los dirigentes del joven Partido Comunista de ese país, Rosa Luxemburgo y Carlos Liebknecht, como parte de la contraofensiva para estrangular la revolución alemana.

Bajo estas difíciles condiciones, el 2 de marzo se inició el congreso fundacional en una sala del Kremlin, la histórica sede del gobierno ruso en Moscú, con la presencia de 51 delegados de treinta países. Al cabo de tres días de deliberaciones, el 5 de marzo, la asamblea de delegados proclamó la fundación de la Internacional Comunista o Tercera Internacional. El Manifiesto de la Internacional Comunista, redactado por Trotsky, sintetizó los objetivos que perseguía la nueva organización: unir a los revolucionarios de todos los países bajo las banderas del socialismo revolucionario, traicionadas por la socialdemocracia y los falsos “socialistas” de todo pelaje, para derrocar el capitalismo imperialista mediante la conquista de gobiernos de trabajadores y la lucha por el socialismo mundial. El texto cerraba con el llamado inmortalizado en el Manifiesto Comunista de Carlos Marx y Federico Engels de 1848: “¡Proletarios de todos los países, uníos!”.2 
 
La traición de la socialdemocracia

Cinco años antes, en julio de 1914, había comenzado la “Gran Guerra” en la que los gobiernos de las principales potencias imperialistas se lanzaron a disputar el mercado mundial. El resultado fueron millones de muertos y cuatro años de horrendos sufrimientos para los pueblos europeos. La guerra fue la más brutal expresión hasta entonces conocida de la barbarie a la que podía conducir el capitalismo imperialista.

Los gobiernos imperialistas contaron con la complicidad de la socialdemocracia, los grandes partidos socialistas que formaban la Segunda Internacional, quienes votaron en los parlamentos de sus respectivos países los créditos para solventar la guerra, salvo honrosas excepciones como la de Liebknecht. Esto alentó a los obreros de sus países a matarse mutuamente en defensa de sus explotadores imperialistas. La traición de la socialdemocracia produjo una derrota histórica para la clase obrera mundial y dejó al descubierto que esas direcciones mayoritarias de los trabajadores habían roto con la tradición socialista revolucionaria, con el internacionalismo y se habían entregado al enemigo de clase.

Sólo unas pocas voces se levantaron en los partidos socialistas en contra de la traición de la socialdemocracia. Lenin junto al partido bolchevique ruso encabezó esa minoría. En su autobiografía, Trotsky cuenta que en septiembre de 1915 se realizó en Zimmerwald, un pueblito de las montañas suizas, una reunión de internacionalistas: “todos los internacionalistas del mundo podían caber en cuatro coches”.3 En Alemania, Luxemburgo y Liebknecht fueron encarcelados por denunciar la guerra.

La guerra culminó en 1918 gracias a la revolución rusa y el ascenso revolucionario en los países de Europa central, especialmente en Alemania. Pero la bancarrota de la socialdemocracia era ya definitiva y desde entonces se transformó en sostén del sistema capitalista en decadencia. Ante semejante traición, aquel puñado inicial de internacionalistas, con la autoridad del primer gran triunfo de la revolución socialista en Rusia, decidieron fundar una nueva internacional que dirigiera a los partidos comunistas de todos los países en una estrategia común con la convicción de que la revolución socialista no podía triunfar en un solo país, sino que debía hacerlo extendiéndose a toda Europa y el resto del mundo, derrotando definitivamente al capitalismo imperialista.4

Una escuela de estrategia revolucionaria

Los gobiernos imperialistas europeos soportaron la primera gran ofensiva revolucionaria de la clase obrera. Contaron con la ayuda inestimable de la socialdemocracia y la debilidad e inexperiencia de los jóvenes partidos comunistas. Entonces, el optimismo sobre un rápido triunfo de la revolución mundial dio paso entre los socialistas revolucionarios a la convicción de la necesidad de un proceso de educación de las nuevas camadas revolucionarias para una lucha larga y difícil. Esta tarea la abordaron los siguientes tres congresos de la Tercera Internacional, que elaboraron valiosos documentos de orientación en la construcción de los partidos comunistas, en el desarrollo de tácticas como la del frente único para enfrentar la contraofensiva de la burguesía, sobre el trabajo entre las mujeres, la juventud, los soldados y muchos más.5

Pero las derrotas de las revoluciones europeas terminaron golpeando a la rusia soviética que, aislada, sufrió el avance de la burocracia contrarrevolucionaria conducida por José Stalin. El estalinismo se fue imponiendo desde 1923, y tras la muerte de Lenin en 1924, comenzó a liquidar la democracia de los soviets y a convertir a la Tercera Internacional en un instrumento de su política contrarrevolucionaria. Trotsky y la Oposición de Izquierda enfrentaron el avance de la burocracia. A partir de 1933 planteó volver a comenzar la tarea de construir una internacional obrera revolucionaria ante las falsificaciones y capitulaciones del estalinismo. Así terminó fundando en 1938 la Cuarta Internacional.  

La Tercera Internacional fue disuelta en 1943, como parte de los acuerdos de Stalin con los líderes de las potencias imperialistas durante la segunda guerra mundial. A pesar de su desgraciado destino, la Tercera Internacional representó uno de los puntos más altos en lucha por construir una dirección revolucionaria internacional y sus cuatro primeros congresos, bajo la conducción de Lenin y Trotsky, son una escuela de estrategia revolucionaria que mantienen plena vigencia.6 Hoy sus enseñanzas siguen siendo una guía en la lucha por superar la crisis de dirección revolucionaria provocada por la socialdemocracia, el estalinismo y los nuevos falsos “socialistas”, y ante la propia crisis y dispersión de la Cuarta Internacional. Desde la UIT-CI e Izquierda Socialista nos reconocemos parte de esa tradición de lucha por la construcción de una dirección internacional para la clase obrera, por eso continuamos peleando por unir a los revolucionarios bajo las banderas del socialismo revolucionario.
 
1. Ver E. Broquen (traductor). “Los cuatro primeros congresos de la Internacional Comunista (1919-1923)”. Editorial Pluma. Buenos Aires, 1973.
2. Ídem.
3. León Trotsky. “Mi vida”. Ediciones Antídoto. Buenos Aires, 1996.
4. Ver George Novack y otros. “Las tres primeras internacionales”. Editorial Pluma. Bogotá, 1977.
5. Ídem.
6. León Trostky. “Una escuela de estrategia revolucionaria”. Ediciones del Siglo, Buenos Aires, 1973.



Lenin fue el gestor

A Vladimir Lenin le corresponde el mérito de haber encabezado, junto a un puñado de dirigentes revolucionarios, como León Trotsky, la lucha en defensa de las banderas socialistas revolucionarias ante la traición de la socialdemocracia. Conocida la votación de los diputados socialistas en favor de los créditos de guerra, en 1914 Lenin escribía: “La Segunda Internacional ha muerto, vencida por el oportunismo. ¡Abajo el oportunismo y viva la Tercera Internacional, liberada de los renegados y también del oportunismo! […] La tarea de la Tercera Internacional será la de preparar al proletariado para la lucha revolucionaria contra los gobiernos capitalistas, para la guerra civil contra la burguesía de todos los países, en vistas a la toma de los poderes públicos y de la victoria del socialismo”.1 En mayo de 1919, tras la fundación de la Internacional Comunista, Lenin escribió: “La Primera Internacional echó los cimientos de la lucha proletaria internacional por el socialismo. La Segunda Internacional marcó la época de la preparación del terreno para una amplia extensión del movimiento entre las masas en una serie de países. La Tercera Internacional ha recogido los frutos del trabajo de la Segunda Internacional, ha amputado la parte corrompida, oportunista, socialchovinista, burguesa y pequeñoburguesa”. 2

A cien años de su fallecimiento, la lucha de Lenin, continuada por Trotsky frente al estalinismo y la socialdemocracia, sigue vigente ante las claudicaciones de nuevos falsos “socialistas” que abandonan la lucha por gobiernos de trabajadores y el socialismo.3

1. Ver E. Broquen. “Los cuatro primeros…”. Op. Cit.
2. V. Lenin. “La tercera internacional y su lugar en la historia”. (1919) Disponible en www.marxists.org
3. Ver Nicolás Núñez. “¿Por qué Lenin sigue vigente en el siglo XXI?” en El Socialista Nº 575, 10/01/2024. Disponible en www.izquierdasocialista.org.ar  Ver “Portugal: homenaje a 100 años de la muerte de Lenin” (21/01/2024) por Miguel Sorans y Josep Lluis Alcázar. Disponible en www.uit-ci.org

Escribe Federico Novo Foti

A fines de febrero de 1974, la policía y patotas de la burocracia sindical realizaron un golpe contra el gobernador cordobés Obregón Cano. El “Navarrazo” fue parte de la política represiva del gobierno de Perón para cerrar la etapa de ascenso de las luchas iniciado con el “Cordobazo” de 1969.

El miércoles 27 de febrero de 1974, la ciudad de Córdoba amaneció bajo un clima enrarecido. Los transportes públicos no funcionaban porque la cámara empresarial mantenía un lock out contra el otorgamiento de aumento salarial. Patotas armadas de la Juventud Sindical Peronista y de las “62 Organizaciones” (ortodoxa) recorrían la ciudad. Grupos fascistas del “Comando Rucci” ocuparon las radios más importantes. Todo esto sucedía mientras la policía permanecía acuartelada. Cerca de la medianoche, el Jefe de Policía recientemente destituido, el coronel Antonio Navarro, junto a una delegación policial, se presentó en la gobernación. Allí destituyó y detuvo al gobernador peronista, Ricardo Obregón Cano, a su vice Atilio López, líder de la CGT local y la UTA, y a ochenta funcionarios, bajo el pretexto de que en la casa de gobierno se estaban distribuyendo armas.

La policía y la patota sindical pasaron a ejercer el poder real en la provincia. Durante los días siguientes la represión recrudeció. Patrullas policiales y bandas fascistas allanaron centenares de sindicatos opositores. El local del Partido Socialista de los Trabajadores (PST), antecesor de Izquierda Socialista, fue allanado siendo detenido el dirigente sindical combativo José “Petiso” Páez y veintiocho compañeros, que luego fueron liberados.[i]   

La acción golpista contó con el apoyo del gobierno nacional de Juan Domingo Perón, quien declaró a La Voz del Interior: “lo que hay en Córdoba, ustedes saben, es un foco de infección”.[ii] Se consumó así el “Navarrazo”, el golpe de estado contra el gobierno cordobés. Pero su objetivo final era poner de rodillas a la clase trabajadora que venía protagonizando un ascenso de las luchas desde 1969.

Perón buscaba cerrar la etapa abierta por el Cordobazo

El 29 de mayo de 1969 sucedió la insurrección del movimiento obrero cordobés, conocida como el “Cordobazo”, que marcó el inicio de un nuevo ascenso de la lucha de clases en el país y los inicios de una fuerte corriente clasista y antiburocrática en el movimiento obrero, cuya máxima expresión fueron los sindicatos combativos de la FIAT, el Sitrac y el Sitram. El Cordobazo y los alzamientos en otras ciudades expusieron de manera explosiva la crítica situación de la clase trabajadora y los sectores populares e hirieron de muerte a la dictadura de Juan Carlos Onganía, quien se vio obligado a renunciar.

Incapaces de controlar la situación, los militares buscaron una salida y, en acuerdo con la burguesía y sus dos principales partidos (la UCR de Balbín y el PJ de Perón en el exilio) y auspiciados por el imperialismo, lanzaron el “Gran Acuerdo Nacional” para encauzar por la vía electoral el ascenso de las luchas. El 11 de marzo de 1973 se realizaron las elecciones nacionales poniendo fin a la dictadura militar y a casi dieciocho años de proscripción del peronismo. La fórmula Héctor Cámpora – Vicente Solano Lima del Frente Justicialista de Liberación (Frejuli) triunfó con 5,9 millones de votos. La Juventud Peronista y Montoneros, el ala “combativa” del peronismo, llamó a votar al Frejuli con la consigna “Cámpora al gobierno, Perón al poder” en nombre de la construcción de la “Patria Socialista”. El PST, que era parte importante del nuevo activismo que intervenía en las luchas, fue la única corriente de izquierda que dio la pelea electoral con una política de independencia de clase, con la fórmula Juan Carlos Coral – Nora Ciapponi, planteando que Cámpora no venía a realizar el sueño de la liberación nacional y el socialismo, sino a frenar las luchas y mantener el sometimiento del país al imperialismo.[iii]

El 8 de junio, el “Pacto Social” firmado por el gobierno y la CGT, conducida por el burócrata de la UOM José Ignacio Rucci, confirmó la orientación. El acuerdo imponía el congelamiento de los salarios, mientras dejaba correr los aumentos de precios. Como resultado, las luchas continuaron y comenzó a surgir un nuevo activismo que amenazaba con desbordar a los burócratas sindicales. En Córdoba renació el clasismo con el triunfo de una nueva conducción democrática y combativa en la FIAT. En el sindicato de la sanidad surgió la Coordinadora Interhospitalaria para reclamar elecciones y democratizar el gremio.

El 20 de junio, Perón regresó de su exilio con la firme intención de instalarse en el país y tomar personalmente las riendas del gobierno. El 13 de julio, a sólo cuarenta y nueve días de su asunción, el “Tío” Cámpora, incapaz de detener las luchas, fue obligado por Perón a renunciar. El 23 de septiembre se realizaron nuevas elecciones en las que se impuso por amplia mayoría la fórmula Juan Perón – María Stella Martínez de Perón (Isabelita). El PST propuso a las principales figuras del nuevo sindicalismo, como Agustín Tosco o René Salamanca, integrar su fórmula utilizando la legalidad del PST. Lamentablemente, una parte de ellos acabó votando a Perón y otra mantuvo una actitud sectaria y abstencionista llamando al voto en blanco. Los candidatos Juan Carlos Coral – José Páez del PST obtuvieron casi 200.000 votos.

El 12 de octubre de 1973 Perón asumió su tercer mandato presidencial, que duró apenas nueve meses, hasta su muerte el 1° de julio de 1974. Lejos de las expectativas creadas en la base peronista y honestos luchadores, con su retorno al poder, Perón tenía el objetivo declarado de derrotar el ascenso de las luchas, bajo el pretexto de depurar al movimiento peronista de “infiltrados trotskistas” para imponer el conocido “de casa al trabajo y del trabajo a casa”.[iv] Para ello reforzó las medidas represivas. Obligó a renunciar al gobernador de Buenos Aires, Oscar Bidegain, ligado a la JP. Desde el ministerio de Bienestar Social, conducido por el siniestro José López Rega, impulsó acciones de bandas fascistas como la Triple A (Alianza Anticomunista Argentina). Envió al Congreso la reforma del Código Penal para encarcelar a activistas y nombró a dos conocidos represores al frente de la Policía Federal, Alberto Villar y Luis Margaride. La continuidad de los atentados y acciones de las organizaciones guerrilleras, ajenas a las necesidades de la clase trabajadora, entre ellas el asesinato de José Rucci por los Montoneros o el ataque al Regimiento de Caballería de Azul por el PRT-ERP, sirvieron de excusa al gobierno para avanzar en esas medidas.

Lecciones del Navarrazo

El golpe de estado en Córdoba se inscribió en la profundización de la política represiva del gobierno de Perón. El PST llamó a la más amplia unidad de acción antifascista y a defender las libertades democráticas. Pero las direcciones peronistas “combativas” mayoritarias, las organizaciones guerrilleras y los máximos referentes del nuevo sindicalismo no respondieron a su llamado.[v] El Navarrazo fue seguido por la intervención de la CGT local y el desplazamiento de los nuevos dirigentes sindicales, las “destituciones” de los gobernadores de Salta, Mendoza y Santa Cruz y la aplicación de la Ley de Prescindibilidad para barrer comisiones internas combativas, como la de Banco Nación. Tras la muerte de Perón, las luchas continuaron bajo Isabelita, así como el ajuste que desencadenó la primera huelga general contra un gobierno peronista, el “Rodrigazo” de 1975, la represión y nuevos ataques fascistas. El PST, que intervino en las principales luchas obreras planteando la necesidad de unirlas y coordinarlas, y sufrió el asesinato de dieciséis militantes a manos de bandas fascistas en ese período. Finalmente, en 1976, la burguesía y el imperialismo se decidieron por la salida del golpe y el terrorismo de estado.

Si el Navarrazo y las demás medidas represivas que terminaron llevando al golpe no fueron por entonces derrotadas por la movilización unitaria y masiva sostenida del movimiento obrero y popular fue porque la mayoría de los trabajadores aún obedecían a la conducción o tenían expectativas en el peronismo, un movimiento patronal jugado a imponer el “orden” burgués y a seguir los planes del imperialismo, y a la dirigencia sindical burocrática y traidora, aliada incondicional de esos patrones. Con los años, tras la caída de la dictadura, el rol del peronismo volvió a quedar en evidencia, bajo los gobiernos de Carlos Menem, Nestor y Cristina Kirchner o Alberto Fernández. La continuidad de las penurias de la clase trabajadora y el presente avance de la extrema derecha en el gobierno con Milei son la prueba más dolorosa del costo que tiene seguir a dirigentes patronales. Por eso una de las lecciones más importantes de todo este proceso es la necesidad de construir una nueva dirección sindical y política independiente de los patrones y los burócratas, tomando la experiencia del glorioso PST, que sea consecuente en la lucha en defensa de los intereses de la clase trabajadora y el pueblo y pelee por una salida de fondo a los males del capitalismo: el gobierno de las y los trabajadores y el socialismo.


[i]       Ver Avanzada Socialista Nº 94 del 6 al 13 de marzo de 1974.

[ii]      Ídem.

[iii]     Ricardo de Titto. “Historia del PST”. Tomo II. Ediciones CEHuS, Buenos Aires, 2018.

[iv]     Ídem.

[v]      Ídem.

Escribe Nahuel Céspedes, Secretario General del Sindicato de Trabajadores de Prensa de Bariloche y Zona Andina, militante de Izquierda Socialista Bariloche.

En enero del 97’, el trabajador de prensa José Luis Cabezas fue secuestrado, torturado y brutalmente asesinado. Su cuerpo fue encontrado en el interior de su auto incendiado, con dos heridas de bala en la cabeza.

Su crimen se produjo un año después de haber logrado fotografiar el rostro de Alfredo Yabrán, un poderoso empresario con un sin fin de negociados con el Estado, a través de sus testaferros, beneficiado por contratos y prebendas al igual que Macri, Bulgheroni, Blaquier, Rocca y los Noble-Magnetto, durante el menemismo. Yabrán dijo, en 1996 durante una entrevista con Mariano Grondona “Sacarme una foto a mí es como pegarme un tiro en la frente. Ni los servicios de inteligencia tienen una foto mía”. Cabezas obtuvo el retrato del rostro de Yabrán paseando por la playa durante la temporada de verano del ’96 en Pinamar.

Su asesinato fue uno de los peores golpes para la libertad de expresión desde 1983. La movilización popular colmó todas las plazas del país repudiando la impunidad política, policial y judicial al grito de “no se olviden de Cabezas”. En esos años las leyes de Obediencia Debida y Punto Final de Alfonsín y los indultos de Menem, fueron armas legales con las que los gobiernos peronistas y radicales beneficiaron a cientos de genocidas del proceso.

Fue un logro importante de la lucha y la movilización de su familia y compañeros de trabajo junto a miles que repudiaron la impunidad, que los autores materiales del crimen de Cabezas fueran condenados, aunque mínimamente (ahora están en libertad).

Hoy, el gobierno de Milei busca censurar, restringir y perseguir a las y los trabajadores de prensa y a las y los que luchan. Eliminar miles de puestos de trabajo y cerrar los medios públicos. El protocolo Bullrich, la ley ómnibus y el DNU es un claro ejemplo de que quieren que la sociedad “se olvide” de Cabezas, de Rafael Nahuel, de Teresa Rodríguez, de Mariano Ferreyra y de cientos de nuestros caídos para barrer con todos nuestros derechos.

A 27 años del crimen de José Luis Cabezas, desde Izquierda Socialista entendemos que la mejor manera de tenerlo presente es luchando y luchando con la más amplia unidad por sostener los puestos de trabajo, aumentos de salarios y para que no pase el DNU, la Ley ómnibus y todo el ajuste del gobierno ultraderechista de Milei.

¡José Luis Cabezas presente!

 

Escribe Federico Novo Foti

El 25 de enero de 1987 falleció, a los 62 años de edad, Nahuel Moreno. Fue uno de los más destacados dirigentes del movimiento trotskista. Hoy, cuando el capitalismo hunde a millones en la miseria y destruye el planeta, los aportes de Moreno permiten recuperar el camino revolucionario para luchar por una salida de fondo, conquistar gobiernos de trabajadores y el socialismo mundial.

El trotskismo nació en la década de 1920, enfrentando al aparato burocrático conducido por José Stalin, que fue copando la conducción del estado soviético, los partidos comunistas y la Tercera Internacional, tras la muerte de Vladimir Lenin en 1924. Era una etapa marcada por el retroceso y graves derrotas sufridas por las masas populares del mundo, cuando luchas heroicas fueron aplastadas a sangre y fuego por la contrarrevolución nazi-fascista, encabezada por siniestros personajes como Benito Mussolini, Chiang Kai-shek o Aldolf Hitler.

Aquellas derrotas fueron en gran medida resultado de la traición de las viejas conducciones socialdemócratas (los partidos socialistas) y la burocracia estalinista. El abandono de la lucha por conquistar gobiernos de trabajadores y el socialismo mundial por parte de la socialdemocracia y el estalinismo, quienes en nombre del “socialismo” alentaron la conciliación con la burguesía, asestó un duro golpe a la tarea de construir una dirección revolucionaria, tal como venía sucediendo con los cuatro primeros años de la Tercera Internacional y el partido bolchevique, que desde el año 1918 pasó a llamarse Partido Comunista. Ante tamaña traición, León Trotsky, máximo dirigente de la revolución rusa junto a Lenin, bajo las difíciles condiciones impuestas por la persecución estalinista, se dio a la tarea de defender los principios del marxismo-leninismo. Antes de caer asesinado en 1940 por un agente estalinista, Trotsky escribió el programa para la revolución socialista (el Programa de Transición de 1938) y sentar las bases de una nueva organización, que al calor de un futuro ascenso de las luchas obreras habría de barrer a las direcciones traidoras para encabezar la revolución: la Cuarta Internacional.[i]

Desde 1943, con la derrota nazi en la batalla de Stalingrado en la Segunda Guerra Mundial, comenzó una nueva etapa de ascenso: se logró la gran victoria de la rendición del ejército de Hitler, cayeron casi todas las dictaduras nazi-fascistas, se independizaron colonias en Asia y África y se construyeron estados obreros expropiando a la burguesía en un tercio del planeta. El programa de Trotsky se confirmaba. Pero el ascenso no fortaleció al trotskismo, sino a la socialdemocracia, el estalinismo y otras direcciones nacionalistas burguesas o pequeñoburguesas, llevando a aquellos primeros triunfos a nuevas frustraciones y derrotas para las masas.

Sin Trotsky ni la mayor parte de los dirigentes que lo acompañaron, que cayeron asesinados por el estalinismo o combatiendo al nazismo, al salir de la guerra un puñado de dirigentes jóvenes e inexpertos se propuso reconstruir la Cuarta Internacional. Entre ellos, Moreno fue quien mejor pasó la prueba, continuando la lucha de Trotsky. Ante las claudicaciones de los oportunistas a las direcciones mayoritarias de las masas y la negación de los procesos revolucionarios por los sectarios, Moreno alentó la inserción del trotskismo en la clase obrera, la intervención en los procesos de lucha y revoluciones sin claudicar a sus conducciones, y peleó incansablemente por reconstruir la Cuarta Internacional y sus partidos nacionales en la perspectiva de conquistar gobiernos de trabajadores y el socialismo mundial.[ii] 

El trotskismo obrero e internacionalista

En 1942, el joven Hugo Miguel Bressano Capacete (luego apodado Nahuel Moreno) fue ganado para el trotskismo por un trabajador marítimo en el Teatro del Pueblo, un espacio de reunión de la intelectualidad de izquierda de la ciudad de Buenos Aires. Por aquellos años los núcleos dispersos del trotskismo local solían realizar largas reuniones de debate en los cafés porteños y militar poco.[iii] Pero aquel joven se propuso sacar al trotskismo de las tertulias de café y empalmar con el movimiento obrero. En 1944, Moreno fundó el Grupo Obrero Marxista (GOM), junto a un grupo de jóvenes. Su documento precursor, “El Partido”, basado en las enseñanzas de Lenin, planteó la importancia de iniciar la tarea de construir un partido revolucionario, comenzando por empalmar con “el movimiento obrero, acercándonos y penetrando en las organizaciones donde éste se encuentre, para intervenir en todos los conflictos de clase”.[iv]

El grupo tuvo su bautismo de fuego en enero de 1945 cuando estalló la huelga del frigorífico Anglo-Ciabasa en Avellaneda. El dirigente trotskista del sindicato de la madera, Mateo Fossa, les aconsejó que se pusieran al servicio de la huelga, sin pretender “bajar línea”. El respeto que se ganaron aquellos jóvenes por su compromiso con la huelga les permitió instalarse en Villa Pobladora en Avellaneda y comenzar a dirigir varios sindicatos en la zona. El grupo se fue forjando bajo el auge del peronismo, polemizando con sus planteos de conciliación de clases. Desde entonces el “morenismo” pelea por construir partidos revolucionarios en el seno del movimiento obrero y sus luchas.[v]

En 1948 Moreno viajó a París como delegado al segundo congreso de la Cuarta Internacional, que se estaba reorganizando. En 1951, en el tercer congreso, los dirigentes Michel Pablo y Ernest Mandel comenzaron a imponer una línea de capitulación al estalinismo (Mao en China, Tito en Yugoslavia, entre otros) y a los nacionalismos burgueses de Latinoamérica, Asia y África (el peronismo, Paz Estenssoro, Ben Bella y otros). Moreno alertó que esta orientación oportunista llevaba a renunciar a la tarea de construir partidos revolucionarios y a ir abandonando paulatinamente la lucha por el socialismo en esos países y el mundo. El triunfo de la revolución cubana en 1959 reavivó el debate. Moreno defendió a la primera revolución que adoptó medidas socialistas en Latinoamérica, contra los sectarios. Pero enfrentó a la corriente mandelista que capitulaba a la dirección de Fidel Castro y al Partido Comunista. La realidad le dio la razón a Moreno. La burocracia cubana cedió al estalinismo y, décadas después, restauró el capitalismo en nombre de una falsa “actualización del socialismo”.

Pese a las fuertes polémicas, crisis y rupturas, Moreno nunca abandonó la lucha en defensa de la independencia política de la clase obrera ni el desafío internacionalista de unir a los revolucionarios para reconstruir la Cuarta Internacional, el partido mundial de la revolución socialista. En sus palabras, “la más grande tarea que se haya planteado nunca el ser humano”.[vi] 

La lucha por el socialismo continúa

Grandes cambios se dieron en el mundo desde 1989, apenas dos años después del fallecimiento de Moreno, cuando se produjo la caída del Muro de Berlín y se derrumbó la dictadura burocrática de la ex Unión Soviética, debilitando a los partidos comunistas en todo el mundo. Las masas fueron protagonistas de aquellas movilizaciones revolucionarias, pero la ausencia de alternativas revolucionarias no impidió la restauración capitalista. El imperialismo y los propios burócratas derrotados lo aprovecharon para instalar la falsa idea del “fracaso del socialismo”, sembrando escepticismo.

En esta nueva etapa, sobre las ruinas del estalinismo han vuelto a emerger variantes de centroizquierda o de falso “socialismo”, que insisten en imponer falsas soluciones como el “socialismo del mercado” de la dictadura capitalista china. Una y otra vez, los gobiernos de colaboración de clases, que mantienen el capitalismo, han llevado a las masas a nuevas frustraciones. Aún continúan también las dificultades del trotskismo. Pero Moreno nos enseña que debemos asumir que nuestra lucha es difícil, pero es el camino correcto. Que no debemos caer en el escepticismo, cayendo en el sectarismo del “no se puede” o el propagandismo, ni en el facilismo oportunista de buscar atajos que llevan a nuevas decepciones.

Hoy más que nunca se confirma que el sistema capitalista imperialista ha fracasado, trayendo mayor miseria, explotación y devastación ambiental. El movimiento obrero y las masas del mundo continúan luchando y protagonizando heroicas rebeliones y revoluciones en busca una salida para los males diarios producidos por el capitalismo. En cada lucha, desde Izquierda Socialista y la UIT-CI, siguiendo las enseñanzas de Moreno, planteamos la necesidad de unir a los revolucionarios para construir los partidos socialistas revolucionarios en cada país y en el mundo con la convicción de que sólo la clase obrera y las masas en el poder podrán abrir una nueva época de progreso sostenido para la humanidad, conquistando un mundo socialista.

 

[i]       León Trotsky. Programa de Transición. (1938) Ediciones El Socialista, Buenos Aires, 2014. Disponible en www.nahuelmoreno.org
[ii]      Ver documental de Mariano Manso (director). (2017) Nahuel Moreno: una vida, infinitas luchas. [video online] Disponible en www.nahuelmoreno.org
[iii]     Carmen Carrasco y Hernán Félix Cuello. Esbozo Biográfico. CEHuS, Buenos Aires, 2016. Disponible en www.nahuelmoreno.org
[iv]    Nahuel Moreno. “El Partido” (1943) en Problemas de Organización. CEHuS, Buenos Aires, 2017. Disponible en www.nahuelmoreno.org
[v]     Ver Mercedes Petit. Recordando a Mateo Fossa en “El Socialista” N.º 34, 14/06/2006. Disponible en www.izquierdasocialista.org 
[vi]    Nahuel Moreno. El Partido y la Revolución. Ediciones El Socialista, Buenos Aires, 2013. Disponible en www.nahuelmoreno.org

Escribe Nicolás Núñez

El 21 de enero se cumplen cien años de la muerte de Lenin. Con este artículo, desde Izquierda Socialista y la Unidad Internacional de las y los Trabajadores - Cuarta Internacional (UIT-CI) iniciamos una campaña de homenaje y reivindicación del histórico dirigente bolchevique, quién encabezó la Revolución Rusa junto a León Trotsky.

Vladimir Ilich Ulianov, Lenin, (1870-1924) fue el principal dirigente y responsable en las décadas previas a los procesos revolucionarios de 1917 de la construcción del Partido Bolchevique, de la herramienta política que hizo posible el triunfo de la Revolución Socialista por sobre el régimen zarista, la burguesía, el imperialismo y los sectores reformistas. Por sí solo eso debería bastar para que desde la izquierda reivindiquemos su lucha y su obra en el centenario de su muerte. Sin embargo, a la hora de preguntarnos por la relevancia y actualidad del pensamiento de Lenin la respuesta resulta mucho más profunda. ¿Por qué Lenin en 2024?

Porque definió nuestra época histórica

A la hora de encontrar una respuesta a los motivos que empujaron a la primer guerra mundial, Lenin precisó que el capitalismo había entrado en una nueva fase, caracterizada por el fin del mundo de la “libre competencia” y la emergencia del imperialismo, con el nuevo poderío del capital financiero y la culminación del reparto del mapa global que empujaba a que la búsqueda de nuevos mercados para la industria capitalista debiera realizarse por la vía de la disputa armada entre las potencias. Además, explicó cómo al capital le empezaba a quedar “un vuelto” en sus superganancias para constituir una casta privilegiada dentro de la clase trabajadora que responda a sus intereses: la burocracia política y sindical que seguimos padeciendo hasta el día de hoy en todo el planeta.

Se abría una época de decadencia, donde quedaba atrás el potente desarrollo de las fuerzas productivas del Siglo XIX que habían descripto Marx y Engels en el “Manifiesto Comunista”, y donde lo que se consolidaba era un escenario global de crisis, guerras y revoluciones. La Revolución Rusa vino a confirmarlo: la época de la burguesía en ascenso en lucha contra los resabios feudales había quedado atrás, y en cambio, la humanidad se sumergía en la época de la lucha de la clase trabajadora por el socialismo. Época que terminará o bien con el triunfo de la clase oprimida, o bien en la degradación total de las clases en pugna: la barbarie, u hoy podríamos sumar también, en la catástrofe ambiental-climática.

Porque nos legó un programa político

Tomando las lecciones tanto de los fundadores del marxismo como de los procesos revolucionarios precedentes, Lenin desarrolló en “El Estado y la Revolución” (1917) un programa político en estricto sentido de la palabra. Más allá de las demandas económicas y sociales ¿qué hacer con el poder político? El andamiaje de la democracia burguesa y el estado capitalista no pueden ser simplemente tomados por la clase trabajadora para implementar su programa, sino que necesita pelear por otro tipo de Estado, obrero, y formas de gobierno nuevas, verdaderamente democráticas por su carácter de clase (por primera vez un gobierno de la mayoría y no de una minoría) y por su método: la democracia directa, la planificación democrática de la economía, los cargos revocables y sin remuneraciones de privilegio.  

Porque nos enseñó a construir partidos

En el “¿Qué hacer?”, parafraseando a Arquímides, Lenin afirmaba: “dadnos una organización de revolucionarios y moveremos a Rusia desde sus cimientos”. ¡Y vaya si lo hizo! A partir de los debates en torno a aquel texto le debemos también la profesionalización de la militancia revolucionaria, que de la mano del sector mayoritario (Bolchevique) del Partido Obrero Socialdemócrata Ruso que lo acompañó, aprendió a diferenciar la especificidad de la militancia sindical (“tradeunionista” del obrero contra su patrón), de la militancia y las luchas políticas por la transformación de la sociedad en su conjunto.

Lenin explicó la necesidad de una organización específica para la lucha política, con su funcionamiento centralizado y a la vez democrático (en el que más de una vez le tocó estar en minoría); que pueda guardar aspectos clandestinos ante la persecusión política de los gobiernos patronales; que se construya en base a un agrupamiento voluntario de militantes que quieran dedicar su vida a la pelea por el socialismo. Ese partido debía construir la figura de “tribunos populares” que puedan trazar ante las masas la relación de los reclamos de la clase trabajadora con los del conjunto de los sectores en lucha y viceversa. Lo que hoy diríamos en torno a unir el triunfo de los reclamos democráticos, del movimiento de mujeres y disidencias, del movimiento estudiantil, del ambiental, de los pueblos originarios, de cada uno de los sectores oprimidos por el capitalismo y sus gobiernos con el triunfo de la clase trabajadora en su pelea por el poder político. Y a su vez, ese partido se consolidaría en torno al trabajo con su “organizador colectivo”: el períodico impreso para difundir y debatir con el conjunto de los sectores en lucha.

Además, podemos agregar, que la última batalla que dio Lenin en el fin de su vida fue la pelea contra la burocratización del Partido y de la revolución que había comenzado Josef Stalin. Pelea que quedó graficada en su Testamento, oculto por el estalinismo durante décadas, en el que el líder de la revolución entendía que era necesario y urgente remover a Stalin del lugar de Secretario General del partido. Algo que muy lamentablemente no fue llevado adelante, y terminó con el exterminio de toda oposición y particularmente la “Oposición de Izquierda” trotskista, y la imposición del programa reaccionario del “socialismo en un solo país”.

Porque nos legó también un método

Nahuel Moreno, el fundador de nuestra corriente, solía hablar del “sano empirismo de Lenin” para dar cuenta de su permanente huída del dogmatismo y su predilección porque sea la realidad la que le dé cuerpo a la teoría y no pretender que la realidad se adapte a nuestros esquemas. Lenin solía citar una frase de Napoleón, “On s’engaje et puis on voit”, algo así como “vamos a la lucha y después vemos”, lo que como explicó luego Trotsky era sinónimo de: “una vez embarcado en la lucha, no ocuparse demasiado de los modelos y de los precedentes, profundizar en la realidad tal cual es y buscar en ella las fuerzas necesarias para la victoria y las vías que conducen a ella”.  

Cien años después, con ese método, con ese programa para la época de decadencia del capitalismo en que seguimos inmersos, desde Izquierda Socialista y la UIT-CI seguimos tratando de construir el Partido por el que dio batalla Lenin, para enfrentar a los Milei y el conjunto de los partidos patronales, pero sobre todo, para pelear por el gobierno de la clase trabajadora y el socialismo.



León Trotsky sobre la importancia de Lenin en la Revolución Rusa*
Nuestros sabios podrían decir, que si Lenin hubiese muerto en el extranjero a principios de 1917, la revolución de Octubre hubiese ocurrido “de la misma forma”. Pero no es cierto. Lenin constituía uno de los elementos vivos del proceso histórico. Encarnaba la experiencia y la perspicacia de la parte más activa del proletariado. Su aparición en el momento preciso en el terreno de la revolución era necesario a fin de movilizar a la vanguardia y de ofrecerle la posibilidad de conquistar a la clase obrera y a las masas campesinas. En los momentos cruciales de los giros históricos, la dirección política puede convertirse en un factor tan decisivo como el de un comandante en jefe en los momentos críticos de la guerra. La historia no es un proceso automático. Si no ¿para qué los dirigentes? ¿para qué los partidos? ¿para qué los programas? ¿para qué las luchas teóricas?


*Clase, partido y dirección. México, 1940.
 

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