Jul 03, 2020 Last Updated 1:15 AM, Jul 3, 2020

El peronismo (1983-2001). Un partido burgués más al servicio del ajuste

Escribe José Castillo

Cuando se realizaron las elecciones de 1983 ya nada quedaba de ese movimiento nacionalista burgués que, con todas sus contradicciones, se había enfrentado así sea parcialmente al imperialismo yanqui treinta años antes. La vuelta de Perón, que tantas expectativas había despertado, terminó con la Triple A, el ajuste del Rodrigazo y el desastre del gobierno de Isabel. Durante la dictadura militar, si bien muchísimos de los desaparecidos y presos políticos se reivindicaban peronistas, poco y nada era lo que el “movimiento nacional justicialista” (así solía denominarse) había hecho y dicho en esos años. Italo Argentino Luder fue el candidato del Partido Justicialista en 1983, el mismo que había firmado en 1975 los “decretos de aniquilación de la subversión” que la dictadura genocida utilizó como “excusa legal” para la represión genocida. En plena campaña electoral Luder apoyó la “autoamnistía” de Bignone, el último dictador, con la que los militares pretendían cerrar cualquier castigo a sus crímenes. Por eso no sorprendió que el 30 de octubre de 1983 el peronismo sufriera la primera derrota electoral de su historia. Una fracción importante de la propia clase obrera industrial formó parte del 52% que le dio la victoria a Raúl Alfonsín.

El régimen político bipartidista

Nació un nuevo régimen político que se dedicó a sostener y profundizar la semicolonización y la entrega de nuestro país hambreando cada vez más al pueblo trabajador con infinidad de planes de ajuste. Radicales y peronistas constituyeron un “bipartidismo”, los peronistas, aun derrotados por primera vez en una elección presidencial, gobernaron provincias, intendencias, tuvieron bancas en las cámaras de Diputados y Senadores, en las legislaturas provinciales y en los concejos deliberantes de todo el país. Fueron ejecutores directos o cómplices, según el caso, de miles de leyes y resoluciones antipopulares que se fueron sucediendo en los años siguientes.

Los viejos dirigentes peronistas que venían de antes de 1976, desprestigiados al extremo, fueron rápidamente reemplazados por una camada que pasó al primer plano, la llamada “renovación”, detrás de algunos viejos referentes “menos quemados” como Cafiero y Menem, y detrás de ellos De la Sota, Grosso, Manzano y, en una tercera línea, prácticamente todos los dirigentes que son protagonistas aún hoy. Los políticos de la “renovación” posaban de “modernos” y, con la justificación de “garantizar la gobernabilidad”, le fueron dando al PJ el perfil de partido patronal confiable a las empresas y el imperialismo, con aspiraciones de volver al poder, ya no solamente como “última opción” ante el ascenso, como sucedió en 1973, sino en un marco de “normal alternancia democrática”. Incluso el peronismo promovió y le dio “acceso” a la vida política a dirigentes de la dictadura, como fue el caso de Domingo Cavallo, que llegó a diputado nacional de la mano de De la Sota en Córdoba.

Un peronismo en crisis

La integración total y absoluta del peronismo a un régimen democrático burgués que garantizaba y profundizaba la semicolonización no fue gratis. El viejo “movimiento nacional” agonizaba, ciertamente bajo una montaña de votos. En su folklore seguía existiendo la marcha que recitaba “combatiendo al capital”, pero los dirigentes ni siquiera disimulaban que eso era solo una “una licencia poética”. Por tradición familiar, costumbre, o porque aún quedaba una vieja camada que seguía recordando las conquistas de la década del ’40, la mayoría de la clase trabajadora y los sectores populares seguían votando al peronismo. Pero crecía como nunca había sucedido hasta entonces la apatía, ya nadie daba “la vida por Perón”, como se decía en las décadas anteriores. Los burócratas sindicales, que ya habían tenido que soportar el desafío de la nueva vanguardia que los enfrentó en el período 1969-76, y que habían respondido con matonaje, asesinatos y, en algunos casos, delatando a los militares genocidas a esos compañeros, eran más odiados que nunca. Comenzaba una etapa donde las nuevas camadas de trabajadores y de la juventud ya no se referenciarían directa y mayoritariamente con el peronismo. 

Menem y una vuelta de tuerca en la semicolonización

El ajuste sistemático implementado por el gobierno de Alfonsín para garantizar los pagos de una deuda externa que, generada por la dictadura militar, había sido reconocida por el gobierno radical, lo llevó a su rápido desgaste. Así pasaron los hambreadores planes Austral y Primavera. Un sector de la dirigencia sindical peronista, encabezado por Saúl Ubaldini, buscó canalizar la bronca, contundentes paros generales con multitudinarias movilizaciones eran seguidos por períodos donde la burocracia sindical dejaba “correr el ajuste”, sumiendo a los trabajadores en la desmoralización, dejando aisladas las innumerables luchas parciales en las que se iba forjando una nueva vanguardia, con centenares de cuerpos de delegados y comisiones internas con influencias de la izquierda.

El gobierno radical, que ya había sufrido una fuerte derrota electoral a manos de la “renovación” peronista, terminó cayendo en medio de la hiperinflación, la bronca popular y los saqueos en 1989. El peronismo ganó las elecciones presidenciales con Carlos Saúl Menem prometiendo “salariazo” y “revolución productiva”.

Sin embargo, apenas asumió, el nuevo gobierno peronista se lanzó a un salvajísimo ajuste. Privatizó, en tiempo récord, todas las empresas públicas: Aerolíneas Argentinas, Entel, Gas del Estado, Ferrocarriles Argentinos, YPF fueron entregadas al saqueo del capital extranjero. Las que no pudieron ser vendidas “enteras” fueron desguazadas. El caso de los ferrocarriles fue paradigmático, ramales enteros fueron levantados por “no ser rentables”, dejando regiones enteras sin comunicación y más de 100.000 compañeros en la calle. La desocupación creció astronómicamente. Los salarios cayeron también en forma vertical. El hambre, literalmente, empezó a aumentar en los barrios populares. Si bien importantes sectores de la clase trabajadora salieron a pelear, en particular en las propias empresas que se querían privatizar, fueron aislados y finalmente derrotados. La burocracia sindical dejó pasar el conjunto del ajuste, en algunos casos con la política de oponerse declamativamente y no hacer nada, como el caso de Ubaldini, y en otros, directamente apoyando y transformándose en “socios” y nuevos “patrones” de la privatización (como el caso de Pedraza en la Unión Ferroviaria).

Menem convocó a dirigentes ultraliberales y a los grandes empresarios a directamente hacerse cargo del gobierno. Así, la privatización de Entel estuvo a cargo de María Julia Alsogaray (la hija del histórico dirigente liberal ultragorila Álvaro Alsogaray). El Ministerio de Economía directamente le fue entregado a Bunge y Born y, luego del fracaso de este grupo, a Domingo Cavallo, que puso en marcha la “convertibilidad”, el plan económico que, de conjunto, garantizó el ajuste y la entrega entre 1991 y 2001. El sometimiento internacional al imperialismo yanqui llevó a que la Argentina enviara dos naves a la “guerra del Golfo” (el ataque a Irak del presidente Bush -padre-, en 1991). El ministro de Relaciones Exteriores, Guido Di Tella, afirmó que debíamos tener “relaciones carnales” con los Estados Unidos, mientras que Menem se transformaba en el principal impulsor del ALCA (Área de Libre Comercio para las Américas).

Como si todo esto fuera poco, Menem dio un salto cualitativo en la impunidad a los genocidas. Ya el gobierno de Alfonsín había promulgado las leyes de Punto Final y Obediencia Debida, pero ahora el gobierno peronista procedió a liberar a absolutamente todos los genocidas por medio de dos decretos de indultos. Un símbolo final de este peronismo fue el abrazo de Menem nada menos que con el almirante Rojas, principal conductor de la “revolución fusiladora” de 1955.

Los peronistas “opositores”

La crisis del peronismo no se cerró con la victoria electoral de 1989. Al contrario, se profundizó. Millones de trabajadores miraban azorados cómo el viejo “movimiento” de Perón y Evita llevaba adelante estas políticas que acabamos de describir. Algunos dirigentes trataron de capitalizar esta bronca, así nació el Frente Grande, de la mano de dirigentes peronistas que habían militado para la presidencia de Menem y llegado al Congreso en sus listas, como Chacho Álvarez y Germán Abdala, junto con otros referentes de la centroizquierda de otros orígenes,como Graciela Fernández Meijide.

Apoyándose en el repudio que en muchos sectores causó el “Pacto de Olivos” (acuerdo entre Menem y Alfonsín), por el que peronistas y radicales facilitaron una reforma constitucional en 1994 para habilitar la reelección de Menem, el Frente Grande, ya denominado Frepaso, sumó al gobernador peronista Bordón y logró ser la segunda fuerza en las elecciones presidenciales de 1995.

El Frepaso posteriormente se unió al radicalismo para dar lugar a la Alianza, que terminó ganando las elecciones de 1999. Sus dirigentes hacían oposición basándose en las denuncias de corrupción del menemismo, pero cuidándose muy bien de decir a la vez que apoyaban la continuidad de la convertibilidad y las privatizaciones. Este espacio tuvo también su pata sindical, nacida casi en el mismo momento, en 1992, la CTA. Con peso particularmente en los gremios estatales y docentes, retóricamente se “oponía” a las políticas de ajuste y privatización, mientras dejaba aisladas a las luchas efectivas que se dieron en el período.

La derrota del peronismo en 1999 y los dos años de De la Rúa

Las consecuencias del ajuste y la entrega menemista mostraban todas sus secuelas hacia el fin de siglo. La deuda externa había vuelto a crecer y sus pagos eran otra vez imposibles de sostener. La desocupación alcanzaba niveles históricos, millones de trabajadores estaban precarizados y con salarios de miseria. En ese marco, el peronismo fue derrotado en las elecciones de 1999. La Alianza continuó el ajuste en los dos años que gobernó. Los gobernadores y legisladores peronistas, tal como habían hecho antes durante su gobierno, acompañaron el ajuste en nombre de la gobernabilidad. O de la billetera, como se vio cuando en el Senado facilitaron una ley de flexibilización laboral (conocida desde entonces como ley Banelco).

Todo terminó estallando en ese histórico levantamiento popular conocido como “Argentinazo”, en diciembre de 2001. La mayor síntesis de hasta dónde había llegado la crisis del régimen político bipartidista se expresó en sus dos consignas centrales “¡que se vayan todos!” y “sin radicales ni peronistas vamos a vivir mejor”.

 

 

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