Apr 17, 2024 Last Updated 4:53 PM, Apr 16, 2024

Por Prensa UIT-CI

Cuatro consejos de Lenin

Este artículo (Cuatro consejos de Lenin) fue escrito por Nahuel Moreno en 1986 para la revista de la juventud partidaria de Argentina. Se refiere a tres aspectos centrales de la experiencia histórica y las características de los partidos leninistas. Y lo desarrolla en polémica con las lamentaciones y supuestas “autocríticas” del por entonces secretario general del Partido Comunista Argentino, Athos Fava. Y un cuarto punto alrededor de lo que significaba las políticas anti obreras y anti revolucionarias de los PC en los distintos países, defendiendo los intereses políticos de las burocracias del aparato central del Kremlin y de sus propios aparatos.

El enfoque del artículo busca contraponer el auténtico leninismo a las mentiras de los aparatos stalinista que desde los años 20 se adueñaron falsamente de las banderas revolucionarias defendidas por Lenin hasta su muerte en 1924 y por León Trotsky y los trotskistas, que dieron continuidad a esa defensa. Una de las más colosales mentiras que se instalaron desde hace un siglo sobre los y las trabajadores, sobre los luchadores, la izquierda y todo el mundo fue que el stalinismo fue una continuidad del leninismo. Todo lo contrario. Los partidos comunistas encarnaron desde los años 20 del siglo XX una perversión, una degeneración burocrática del marxismo revolucionario y el leninismo. Fueron aparatos de funcionarios enemigos de la revolución socialista en cada país y el mundo. Impulsaron políticas y métodos opuestos a los del Partido Bolchevique que tomó el poder con los soviets democráticos de obreros y campesinos en Rusia en 1917 en Rusia. Y también opuestos a los de los primeros años del PCUS (Partido Comunista de la Unión Soviética) y la Tercera Internacional Comunista dirigidos por Lenin y Trotsky. Esos aparatos mantuvieron el nombre “comunista”, pero defendían los intereses económicos, políticos y sociales de una casta privilegiada, de una elite anti obrera que capitulaba al dominio mundial del capitalismo imperialista. Un ejemplo de larga trayectoria fue el PC argentino, que fue desde los años 30 y durante muchas décadas una organización política importante. Fue un aparato burocrático, títere de las “ordenes” de Moscú, proimperialista, gorila, y un largo etcétera. Desde hace años el PC argentino prácticamente ha desaparecido, disolviendo finalmente sus escasas fuerzas en el apoyo al peronismo y a su alianza electoral Unidos por la Patria.

A continuación el articulo completo.

Cuatro consejos de Lenin

Nuevamente el Partido Comunista Argentino (PCA) ha publicado una intervención de su secretario general Athos Fava, referida a los problemas que aquejan a esa organización. Y nuevamente vemos una autocrítica que toca problemas de una gran profundidad, de una gran trascendencia.

Fava —en su intervención ante el Comité Central del PCA, publicada por Qué Pasa Nº 287, del 10 de setiembre de 1986— señala que “el ejercicio de la dirección política de por sí es un problema de gran envergadura, pero en estos meses aparecieron con fuerza preocupaciones que venían acumulándose a lo largo de décadas”. Fava explica que ahora “comenzaron a desnudarse nuestros viejos defectos de formación, las violaciones al centralismo democrático y la persistencia de resabios de culto a la personalidad, en los diferentes niveles, que en definitiva es uno de los orígenes de lo que llamamos criterio de ‘infalibilidad’, de la soberbia y de mecanismos de autocrítica ‘para abajo’, es decir, después de uno. Y esto le ha hecho mucho daño al Partido”.

Y sigue diciendo el dirigente del PCA: “Traemos de arrastre, y son las preocupaciones que surgen en el debate, un alto grado de administrativismo, de una parte del partido mirando hacia adentro, con dirigentes desvinculados de las masas y los propios problemas de los afiliados; más como administradores que como revolucionarios.

“También hay un rechazo del grueso del partido a lo que se denomina como ‘aparatismo’, es decir, aparatos sobredimensionados, que generan política propia, con un cierto grado de burocracia, que estamos reubicando en función de volcar toda esa fuerza a la política de concentración.

“Una desviación metodológica no menos importante es el formalismo, que desnaturaliza la política de cuadros alentando el personalismo y la promoción de los camaradas por su aceptación del ‘orden y mando’ y no por su capacidad, independencia de criterio, audacia y creatividad. Es una actitud que, al mismo tiempo, deshumaniza la vida partidaria, rebaja la moral comunista y tapa todo con una fachada de aparente orden, con cifras que ocultan la realidad y la deforman con información falsa, exitista, no científica, tanto de arriba hacia abajo como de abajo hacia arriba.”

En todos los partidos, incluso los revolucionarios, hay burocracia

Los problemas que hoy plantea Fava —que él mismo afirma que vienen de décadas de deformaciones al interior del PCA— no son nuevos para los marxistas.

En todos los partidos, incluso los más revolucionarios, incluso en el Partido Bolchevique de Lenin, siempre hubo burocracia. Siempre hubo y tendrá que seguir habiendo funcionarios, empleados del partido, que atiendan tareas organizativas y administrativas. Y necesariamente el partido tiene que dar un sueldo a esos funcionarios para que puedan vivir.

Los revolucionarios marxistas siempre hemos tenido en cuenta esa cuestión. Lenin, que sentó las bases teóricas para la construcción del partido revolucionario, siempre le dio gran importancia a la cuestión de la burocracia.

La gran preocupación de Lenin era cómo evitar que los funcionarios, la burocracia, se adueñara de la conducción del partido, cómo asegurar el control de la burocracia por los militantes.

El sueldo de los funcionarios

En primer lugar, Lenin decía: “La remuneración de los funcionarios (…) no deberá exceder del salario medio de un obrero calificado”.1

En el Partido Bolchevique, todos los empleados, todos los dirigentes, tenían una remuneración que no era superior al salario medio de un obrero calificado. Y lo mismo sucedió cuando los bolcheviques tomaron el poder: los funcionarios y los dirigentes ganaban sueldos nunca superiores al salario medio de un obrero calificado.

Lo mismo sucede hoy en día en el Movimiento Al Socialismo. En nuestro partido, desde los más altos dirigentes hasta los empleados administrativos ganan el mismo sueldo, que está fijado en lo que ganan en promedio los obreros calificados en la Argentina.

¿Qué sucede en el Partido Comunista Argentino? ¿Qué sucede en la Unión Soviética, en Cuba, y en los demás estados obreros? Los dirigentes del PCA, Gorbachov o Castro, ¿viven con un sueldo igual al salario promedio de un obrero calificado? ¿Se cumple en los partidos comunistas y en los estados obreros la primera norma leninista para los funcionarios?

Todo militante que quiera construir un partido para hacer la revolución tiene que saber, si en su organización hay funcionarios privilegiados, con ingresos muy por encima del sueldo promedio de un obrero calificado, que esos funcionarios son caldo de cultivo para la burocracia, para el surgimiento de una casta privilegiada, con intereses distintos a los de los trabajadores. Y que esos funcionarios privilegiados inevitablemente van a tratar de utilizar el aparato del partido para defender sus privilegios, por encima de las necesidades de los trabajadores.

Por eso Lenin insistía en que los funcionarios tengan sueldos que no superen los del promedio de los obreros calificados, en que los funcionarios del partido (o del Estado cuando se toma el poder) vivan en las mismas condiciones que el común de los trabajadores, y tengan las mismas necesidades que el común de los trabajadores, sin privilegios especiales.

El control de las bases sobre los dirigentes del partido

La segunda norma clave definida por Lenin para impedir que se imponga la burocracia en el partido es el control de las bases sobre los dirigentes y funcionarios.

En 1902, en su “Carta a su camarada sobre nuestras tareas de organización”, Lenin proponía una manera de evitar los abusos de malos dirigentes, aun en la militancia más clandestina, bajo el zar, cuando por razones de seguridad no podía la base conocer y votar a todos los dirigentes o conocer y votar sobre muchas cuestiones decisivas. Lenin decía: “El remedio contra esto no se encontrará en ninguna clase de estatutos, sino solamente en medidas de influencia entre camaradas, desde las resoluciones de todos y cada uno de los subgrupos, pasando por sus comunicaciones al O.C.[Organismo Central, o Comité Ejecutivo, NM], hasta llegar (en el peor de los casos) a la destitución de las autoridades totalmente ineptas”.2

Es decir, frente a las “violaciones al centralismo democrático y la persistencia de resabios de culto a la personalidad”, frente a la “soberbia” y los “mecanismos de autocrítica para abajo, es decir después de uno” de los que habla Athos Fava, Lenin propone un estricto control de los dirigentes por la base.

Lenin aun en las condiciones de mayor clandestinidad, que exigen el mayor centralismo, alentaba a las células (a los grupos o subgrupos) a controlar y criticar a los dirigentes e, incluso, a exigir “la destitución de las autoridades ineptas”.

Nosotros nos enorgullecemos de que, siguiendo a Lenin, en nuestro partido alentamos a los militantes a ser rebeldes en todo sentido, incluso hacia la dirección. No se puede sostener una actitud revolucionaria, de intransigente rebeldía hacia la burguesía y sus sirvientes, y al mismo tiempo mantener una actitud sumisa, de sometimiento, de “culto a la personalidad”, hacia los dirigentes del partido. A nuestros militantes nosotros los alentamos a ser rebeldes en relación a sus dirigentes, a que los critiquen, los controlen y les exijan que demuestren todos los días su capacidad, que no acepten ninguna autoridad impuesta, sino sólo aquélla que surge de la capacidad demostrada por los cuadros. Y que, “en el peor de los casos” impongan “la destitución de las autoridades ineptas”.

Para los militantes comunistas preocupados por los problemas que señala Athos Fava en relación al régimen de su organización, el consejo de Lenin plantea este interrogante clave: ¿Existe dentro del PCA un estricto control de la base sobre los dirigentes y funcionarios?

El derecho a tendencia o fracción

El partido bolchevique de Lenin se desarrolló en un proceso de continuos debates internos, de convergencias y rupturas entre distintas tendencias. Aun en los peores momentos de represión bajo el zar, el partido bolchevique fue un hervidero de polémicas.

Así como insistía en la necesidad de la centralización política y en la acción, de una férrea disciplina para la intervención del partido en la lucha de clases, Lenin también afirmaba la necesidad de una discusión libre, amplia y democrática entre todas las tendencias que pudieran surgir dentro del partido, como el mejor camino para la educación de los militantes y la elaboración de una política correcta.

Así, en respuesta a un artículo publicado en 1903 en el periódico bolchevique Iskra (La Chispa) titulado “¿Qué no hacer?”, Lenin escribió una carta a la redacción de Iskra (25 de noviembre de 1903):

“El anatemizar o expulsar del partido no sólo a los antiguos economicistas, sino también a los grupitos de socialdemócratas que padecen de una ‘cierta inconsecuencia’, sería de todo punto absurdo… pero nosotros vamos todavía más allá: cuando tengamos un programa y una organización de partido, no sólo deberemos abrir las páginas del órgano del partido a un intercambio de opiniones, sino exponer sistemáticamente nuestras discrepancias, por poco importantes que ellas sean, a aquellos grupos o grupitos, como el autor los llama, que defienden hasta caer en la inconsecuencia ciertos dogmas del revisionismo y que, por unas y otras causas, insistan en su particularismo e individualidad de grupos.

“Precisamente para no caer en las actitudes tajantes… con respecto al ‘individualismo anarquista’, hay que hacer, a nuestro juicio, todo lo posible —hasta llegar incluso a ciertas concesiones que nos aparten del hermoso dogma del centralismo democrático y del sometimiento incondicional a la disciplina— para dejar a estos grupitos en libertad de expresarse, para dar a todo el partido la posibilidad de medir la profundidad o la poca importancia de las discrepancias, para poder determinar, concretamente, dónde y en qué aspectos definidos se manifiesta la inconsecuencia”.3

Y trece años más tarde, en 1916, en su artículo “Tareas de los Zimmerwaldistas de izquierda en el Partido Socialdemócrata Suizo”, Lenin aconsejaba: “Es justamente para que la lucha inevitable y necesaria de tendencias no degenere en rivalidad de ‘favoritos’, en conflictos personales, en mutuas sospechas y pequeños escándalos que todos los miembros del Partido Socialdemócrata están obligados a promover una lucha abierta sobre el terreno de los principios de las diversas tendencias de la política socialdemócrata”.4

¿Existe dentro del PCA esta libertad de crítica y debate, de discusión entre tendencias, sin recurrir a expulsiones ni sanciones, que aconsejaba Lenin?

La actitud de los partidos comunistas hacia la URSS

A partir de la toma del poder por el Partido Bolchevique en 1917 y la constitución de la Tercera Internacional que agrupaba a los partidos comunistas de todo el mundo, Lenin alertó sobre el peligro de que el enorme prestigio de la Unión Soviética y sus líderes llevara a los dirigentes y militantes revolucionarios de otros países a una actitud de esperar órdenes, a actuar como meros agentes del Ministerio de Relaciones Exteriores ruso.

El estado soviético tenía (y tiene) inevitablemente que negociar con los gobernantes burgueses de otros países, hacer acuerdos diplomáticos, económicos, etc. El peligro era (y es) que, porque la URSS hubiera hecho un acuerdo con un gobierno de un país capitalista, el partido comunista de ese país decidiera dejar de luchar contra “su” gobierno burgués para no poner en peligro el pacto diplomático logrado por Rusia.

Un caso famoso se dio apenas los bolcheviques tomaron el poder, cuando se llevaban ya tres años de la Primera Guerra Mundial. Acuciados por la presión militar del ejército alemán y el reclamo de paz del pueblo ruso que había sufrido terribles penurias en la guerra, los bolcheviques firmaron el tratado de Brest Litovsk, por el que se veían obligados a permitir que se apoderaran de inmensos territorios los imperialistas germánicos.

Lenin y Trotsky (que había sido el encargado de la negociación), criticaron duramente a dirigentes socialistas alemanes que no denunciaron al tratado como una infamia impuesta por “su” gobierno burgués y que lo ratificaron en el parlamento, justificándose en el hecho de que Lenin lo había firmado.

Los bolcheviques señalaron que el primer deber de los dirigentes alemanes era luchar contra “su” gobierno burgués y sus tratados, incluso los que firmara Lenin. Es algo parecido a la política que deben tener los revolucionarios en un acuerdo sindical o dentro de una empresa. Supongamos que una huelga dirigida por Lenin se pierde y nos vemos obligados a firmar un convenio que deja fuera de la fábrica a doscientos obreros. Si los dirigentes sindicales de otra fábrica dicen: “¿Qué formidable ese convenio que firmó Lenin, dejando en la calle a 200 obreros!”, eso es una traición y un engaño a los trabajadores. Nosotros, por el contrario, debemos decir: “¡Qué patronal canalla, que dejo en la calle a 200 obreros!”. De ninguna manera debemos apoyar y ponderar los acuerdos que impone esa patronal. Además debemos decirles toda la verdad a los trabajadores: la derrota era tan grande que Lenin se vio obligado a firmar ese acuerdo canallesco. Tomemos un ejemplo para ver cuál ha sido en este sentido la actitud del PCA.

Debido al bloqueo cerealero que le había impuesto EE.UU. bajo el gobierno de Carter, la Unión Soviética se vio obligada a salir en busca de proveedores para cubrir sus necesidades de trigo. Debido a esta situación, impuesta por la agresión yanqui, la URSS llegó a un acuerdo con la dictadura de Videla y Martínez de Hoz, por el que el gobierno argentino se comprometió a vender trigo a Rusia, rompiendo el cerco yanqui. No hay duda de que la URSS estaba en pleno derecho de hacer ese acuerdo económico.

Al mismo tiempo y siguiendo la norma de Lenin, el Partido Comunista Argentino debía enfrentar a la dictadura argentina y llamar a su derrocamiento. De ninguna manera debía el PCA apoyar a Videla o suavizar sus denuncias a partir de la firma del acuerdo económico entre la dictadura argentina y la URSS.

Sin embargo, como lo han reconocido los propios dirigentes del PCA en su autocrítica, la falta de una justa caracterización de los rasgos “fascistas” del régimen militar, la propuesta de “convergencia cívico-militar” con Videla, significaron una desviación “oportunista” y una claudicación a la dictadura.

¿A qué se debió esa claudicación? ¿Los dirigentes del PCA propusieron la “convergencia cívico-militar” para no entorpecer las negociaciones económicas de la URSS? ¿Los dirigentes del PCA actuaron como militantes del Ministerio de Relaciones Exteriores de la URSS, en contra de lo que aconsejaba Lenin? ¿O, por el contrario, esa claudicación no tuvo nada que ver con el acuerdo económico de la URSS y Videla?

Así como lo señalamos ya en un artículo anterior, con los consejos de Lenin y los interrogantes que planteamos queremos invitar a los militantes comunistas a una reflexión conjunta, a responder juntos esos interrogantes que hoy obsesionan a la militancia comunista: ¿Cuál es el origen de las desviaciones que ha tenido durante décadas el Partido Comunista Argentino? ¿Cuál es el camino para construir un partido revolucionario con un régimen y una política que le permitan convertirse en el caudillo de la revolución? Esperamos que los militantes comunistas aporten sus ideas a este debate que es tan educativo para los luchadores revolucionarios de la Argentina.

1.V. I. Lenin.: “Las tareas del proletariado en la presente revolución” (7 de abril de 1917), tomado de la recopilación Acerca de la incorporación de las masas a la Administración del Estado, Editorial Progreso, Moscú (sin fecha), p.3.
2 V. I. Lenin: Obras Completas, Editorial Cartago. Buenos Aires. 1959. tomo VI, pp. 237 — 238
3 V.I. Lenin: Obras Completas, ob. cit., tomo VII. pp. 110 — 111.
4 V.I. Lenin: Obras Completas, ob. cit., tomo XXIII, p. 145.

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