Apr 08, 2026 Last Updated 7:39 PM, Apr 8, 2026

A 107 años de su asesinato / Emiliano Zapata, héroe de la revolución mexicana

Escribe Federico Novo Foti

El 10 de abril de 1919 era fusilado Emiliano Zapata, quien fuera uno de los principales dirigentes, junto a Pancho Villa, de la gran revolución campesina mexicana entre 1910 y 1920. Aunque se mantuvo el sistema capitalista, se impuso una profunda reforma agraria.

Era el mediodía de aquel 10 de abril cuando Emiliano Zapata, “el caudillo del sur”, ingresó en la hacienda de San Juan Chinameca (Morelos, México). Dentro de la finca lo esperaba el coronel Jesús Guajardo, con quien Zapata buscaba un entendimiento ofreciéndole sumarse a las filas rebeldes. Días antes habían llegado a oídos de Zapata las desavenencias entre Guajardo y su jefe, el general Pablo González. Ambos habían sido enviados por el presidente mexicano Venustiano Carranza al frente del Ejército Federal para sofocar la rebelión del sur que reclamaba “tierra y libertad” y lideraba Zapata.
Con extrema desconfianza y desoyendo informes que le advertían sobre una posible traición, Zapata se encaminó a aquel encuentro junto a tres de sus lugartenientes y una escolta de diez hombres. Ya en la puerta de la finca la guardia de Guajardo hizo sonar tres veces el toque del clarín. Lo que parecía un saludo no era otra cosa que la señal para que los soldados abrieran fuego contra “el caudillo del sur” y su comitiva. La emboscada se había consumado y “Miliano” cayó asesinado junto a gran parte de su escolta.

La muerte de Emiliano Zapata dio nacimiento a la leyenda. Los rumores de que “el pobrecito” no había muerto y que regresaría se cantó en corridos y poemas, mientras que la rebelión de los pueblos del sur continuó reclamando la “tierra prometida”.1 Recién en 1920 Carranza comprendió que el sur no se rendiría y debió reconocer algunas de sus reivindicaciones.

Del “porfiriato” a la revolución

Entre 1876 y 1910 México estuvo gobernado por la dictadura de Porfirio Díaz, quien defendía los intereses de la oligarquía terrateniente y el imperialismo, apoyado en el ejército y la iglesia católica. Durante el “porfiriato” la oligarquía acrecentó latifundios a fuerza de expropiaciones y la concentración de tierras mediante el saqueo legalizado de las comunidades campesinas indígenas y mestizas. Se calcula que en este periodo 810 mil hectáreas comunales fueron transferidas a las haciendas. Para 1910 el 77,4% de la población mexicana vivía en el campo, pero el 96,9% de ellos no poseían tierras o tenían tierras marginales, por lo que millones de campesinos estaban sumidos en la miseria.2

El 26 de junio de 1910 Porfirio Díaz se hizo reelegir en su cargo. Días antes había sido detenido Francisco Madero, terrateniente e industrial, miembro de una de las diez familias más ricas del país, quien había intentado presentarse a elecciones en nombre de la democratización (no reelección y libertad de sufragio) y la modernización del país. A comienzos de octubre, Madero logró fugarse de la prisión y exiliarse en Estados Unidos. El 5 de octubre dio a conocer el “Plan de San Luis”, que exponía el descontento de un gran sector patronal con el dictador y en forma vaga e imprecisa prometía solucionar el problema de la carencia de tierra que afligía a la inmensa mayoría de la población.

En aquella proclama Madero llamaba al levantamiento armado. El campesinado pobre vio en el llamado de Madero la ocasión de recuperar sus tierras usurpadas y empezó a movilizarse masivamente. La revolución agraria se había puesto en marcha.

Ambos bandos de los explotadores se apresuraron a negociar para terminar con las revueltas. Entre el dictador y los líderes patronales maderistas pactaron la salida de Díaz. El 25 de mayo, éste renunció y partió al exilio en Francia. Madero hizo su entrada triunfal como presidente en la ciudad de México en junio de 1911. Para la burguesía, la revolución se había terminado. Pero miles y miles de campesinos habían despertado, dispuestos a recuperar la tierra. Durante casi una década tuvieron en jaque al poder burgués en el país.

La Comuna de Morelos

En el sureño Estado de Morelos se desarrolló lo más avanzado de la movilización de las masas campesinas. Al frente estaba Emiliano Zapata, comandante del Ejército Libertador del Sur. Su guerra revolucionaria contó con el apoyo sin reservas de la población. Se hicieron guerrillas y se vivieron años en lucha armada para derrotar a los ejércitos federales de los sucesivos gobiernos patronales (Porfirio Díaz, Francisco Madero, Victoriano Huerta y Carranza), manteniendo un foco revolucionario indomable.

En esa zona había muchos pueblos cuyos campesinos defendían sus tierras o buscaban recuperarlas, junto a las más modernas haciendas, que concentraba en los ingenios azucareros un numeroso proletariado agrícola. Esa fue la base social del zapatismo, campesinos pobres y obreros agrícolas.
Si en 1910 Zapata era partidario de Madero rápidamente tomó un curso independiente en su determinación de lograr una revolución que asegurara las tierras para los campesinos. En noviembre de 1911, en una reunión en Villa de Ayala, se consumó la ruptura con el gobierno burgués, al cual ya estaban enfrentando con las armas. El 28 se aprobó el “Plan de Ayala”, que denunciaba la traición de Madero y presentaba el programa de la revolución agraria.

El Plan de Ayala proclamaba la recuperación de “los terrenos, montes y aguas” usurpados por los hacendados, y la expropiación (indemnizando un tercio de su valor) de las grandes propiedades “monopolizadas en unas cuantas manos”, para repartirlas. A los patrones que se opusieron al plan, directa o indirectamente, se les expropiarían los bienes, para destinarlos a indemnizaciones de guerra y pensiones para las viudas y huérfanos de las víctimas de la lucha campesina.

Formando un gobierno local, la Comuna de Morelos, los zapatistas dictaron leyes, resolvieron sobre el reparto de tierras, el abastecimiento, educación, sanidad, y acuñaron su propia moneda. En el territorio del zapatismo existió una sociedad campesina igualitaria, impuesta y defendida por hombres y mujeres movilizados y armados. Se formó un poder local, cuya pretensión era extenderse hacia el resto del país, para derrotar al poder burgués-oligárquico, defendido por el Ejército Federal.3

Logros y tareas pendientes

La burguesía, con el apoyo del imperialismo estadounidense, fue recuperando fuerzas para desgastar y ahogar la revolución campesina. En 1915 fue derrotado el ejército revolucionario del norte, comandado por el legendario Pancho Villa, ex oficial del ejército de Madero de origen campesino. Pronto los esfuerzos del gobierno se orientaron a derrotar las rebeliones en el sur. En abril de 1919 Zapata fue asesinado. El hecho simbolizó la declinación de las fuerzas de la revolución, que finalmente se interrumpió.

De cualquier modo el país no volvería a ser el mismo. La Constitución, aprobada el 31 de enero de 1917, aún siendo burguesa, tenía disposiciones que la ubicaban entre las más avanzadas del mundo. Además de la reforma agraria, establecían derechos para los obreros, como la jornada de ocho horas diurnas, limitaciones al trabajo peligroso o insalubre para las mujeres, prohibición del trabajo infantil, un mes de lactancia, entre otros. Se definió al matrimonio como un contrato civil y a los curas como “personas que ejercen una profesión”.

Varios de esos derechos constitucionales no se aplicaron o sólo parcialmente. El movimiento nacionalista burgués mexicano tuvo períodos de auge y de duros enfrentamientos a los imperialistas ingleses y estadounidenses, en particular en la década de 1930. Pero fue retrocediendo, hundiendo al país bajo el coloniaje yanqui y a su pueblo en la miseria. En el México de la presidenta Claudia Sheinbaum, a pesar de los discursos, continúa la entrega de los bienes comunes, el ataque a las comunidades originarias, la superexplotación en las maquilas, el crecimiento de la pobreza y la miseria y el avance del crimen organizado. Por eso las banderas de Emiliano Zapata y las tareas de aquella heroica revolución siguen vigentes contra el yugo capitalista.

1. Ver Octavio Paz Solórzano. Emiliano Zapata. FCE, México, 2012.
2. Ver Fernando Mires. La rebelión permanente. Las revoluciones sociales en América Latina. Siglo XXI, México, 2001.
3. Ver Adolfo Gilly. La revolución interrumpida. El Caballito, México, 1977.




Emiliano Zapata, internacionalista

Fue el más grande dirigente de la revolución mexicana. Encabezó desde 1910 la “Comuna de Morelos”, un auténtico poder popular. Zapata también buscó la unidad de los campesinos con el movimiento obrero y tuvo una posición internacionalista. Respecto del triunfo de la primera revolución socialista en Rusia en octubre de 1917, escribió: “mucho ganaría la humana justicia, si todos los pueblos de nuestra América y todas las naciones de la vieja Europa comprendiesen que la causa del México revolucionario y la causa de la Rusia irredenta, son y representan la causa de la humanidad, el interés supremo de todos los pueblos oprimidos. Aquí como allá hay grandes señores, inhumanos, codiciosos y crueles que de padres a hijos han venido explotando hasta la tortura, a grandes masas de campesinos. Y aquí como allá, los hombres esclavizados, los hombres de conciencia dormida empiezan a despertar, a sacudirse, a agitarse, a castigar. […] Una y otra [la revolución rusa y la revolución agraria mexicana] van dirigidas contra […] la infame usurpación de la tierra, que siendo propiedad de todos, como el agua y el aire, ha sido monopolizada por unos cuantos poderosos apoyados por la fuerza de los ejércitos y la iniquidad de las leyes. No es de extrañar, por lo mismo, que el proletariado mundial aplauda y admire la Revolución Rusa, del mismo modo que otorgará toda su adhesión, su simpatía y su apoyo a esta Revolución Mexicana, al darse cabal cuenta de sus fines”. (Carta del 14/02/1918)1

1. Citado en Adolfo Gilly. Op. Cit.



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