Foto de portada: La pintura, retrata el momento de la rendición del militar británico William Carr Beresford y la entrega de sus armas a los líderes criollos
Escribe Federico Novo Foti
El 12 de agosto se cumplen 220 años de la primera gran derrota inglesa en el Río de la Plata. En junio de 1806, tropas británicas habían ocupado Buenos Aires, capital del Virreinato del Río de la Plata. 46 días después una impresionante gesta popular al mando de Santiago de Liniers los echó. Esa primera derrota de la invasión inglesa (y de la segunda invasión en 1807) hizo crecer los proyectos de independencia que estallaron en 1810.
El 25 de junio de 1806, 1.600 soldados ingleses desembarcaron en la costa de Quilmes. Su intención era invadir la ciudad de Buenos Aires, flamante capital del virreinato español del Río de la Plata. La fuerza de 600 hombres enviada por el virrey Rafael de Sobremonte fue rápidamente derrotada. Al día siguiente, las tropas británicas enfrentaron y dispersaron en el Puente de Gálvez (hoy Avellaneda) al Regimiento 71. El 27 de junio, alcanzaron la ciudad y el 28 izaron la bandera británica en el fuerte de Buenos Aires (hoy Casa Rosada), designando como gobernador al Brigadier General William Carr, vizconde de Beresford.
La actitud del virrey Sobremonte ante la invasión pasaría a la historia por su vergonzosa huida. En ese entonces, se justificó con el argumento de que seguía el procedimiento establecido para poner a salvo el tesoro de la ciudad y organizar la defensa de la capital. Pero el baúl con el botín fue dejado en Luján por orden de los ingleses, mientras el virrey continuaba su acelerada marcha hacia Córdoba. La población de Buenos Aires lo consideró una traición.
Ante la defección del virrey, la mayoría de la población hostil a los invasores comenzó a organizar la resistencia. Líderes originarios de los pueblos pampa, ranquel y tehuelche ofrecieron jinetes y caballos, que no fueron aceptados. El acaudalado comerciante español, Martín de Álzaga, financió la compra de armas. El comerciante criollo Juan Martín de Pueyrredón reunió a mil hombres, que fueron sorprendidos en Perdriel (hoy Partido de San Martín) por las tropas inglesas, obligándolos a dispersarse. En Montevideo, el capitán de fragata francés Santiago de Liniers, jefe del fuerte de Ensenada, reunió a otros mil hombres, que desembarcaron el 4 de agosto en el puerto de Las Conchas (hoy Tigre). Acamparon en la quinta de Pueyrredón en San Isidro y, avanzando a paso de hombre en medio de un temporal, llegaron a los corrales de Miserere (hoy Plaza Once), donde volvieron a acampar para preparar la reconquista de la ciudad.
La reconquista fue una impresionante gesta popular. Así lo relató el propio Liniers: “pidieron armas hasta los niños […] se unieron a los miñones [milicia de catalanes] en las guerrillas de las calles dos días antes de la acción decisiva y entraron a ella cargados con la artillería sin excepción de edades, acompañados de una mujer […] Aquella multitud de pueblo que se me agregó en el corto tránsito de los mataderos de Miserere al ventajoso punto del Retiro, ocupado con denuedo, me facilitó derrotar y amedrentar al enemigo”.1
El 12 de agosto las numerosas tropas de Liniers iniciaron el ataque final, ocupando la Plaza Mayor (hoy Plaza de Mayo) y obligando a los ingleses a replegarse al fuerte. Al verse rodeado, tras 46 días de ocupación, el general Beresford decidió rendirse. Así la población de la ciudad de Buenos Aires derrotó a la primera invasión inglesa.
La disputa por las colonias
En 1776 Inglaterra había sufrido un duro golpe al perder el dominio de sus colonias de Norteamérica. Ese mismo año, España había establecido el Virreinato del Río de la Plata. La decisión de la monarquía española resultaba del dinámico desarrollo económico de sus dominios sudamericanos.
El nuevo virreinato, ubicado en la región más austral de Sudamérica, se estructuró alrededor del monopolio español de la minería de oro y plata de la región de Potosí en el Alto Perú (hoy Bolivia), cuyo producto era transportado por tierra hasta el puerto de Buenos Aires, donde era embarcado a España. De modo que Buenos Aires experimentó un rápido crecimiento que no se puede comparar con ningún otro ocurrido en los dominios españoles: “Aumentaron considerablemente la población, el comercio y la producción, lo que redundó en una mejora del nivel de vida. Se comenzaron a pavimentar e iluminar las calles y las escuelas se llenaron de alumnos […] En 1801 apareció el primer periódico y el auge cultural incluyó la lectura de los clásicos franceses y exitosas representaciones teatrales”.2
Pero en los choques entre las potencias coloniales de la época el poderío marítimo fue quedando en manos de Inglaterra. En octubre de 1805, al vencer en la batalla de Trafalgar a las armadas de Francia y España, Inglaterra quedó prácticamente como dueña de los mares. Esto le permitía disputar territorios lejanos a las otras potencias colonizadoras. En 1805, el comodoro Home Riggs Popham acompañó una expedición que se dirigía a Ciudad del Cabo (hoy Sudáfrica) para quitársela a los holandeses. En enero de 1806, cuando ya habían tomado la ciudad, Popham impulsó la invasión de Buenos Aires. La expedición, a la cual se sumó Beresford, se puso en marcha en abril de 1805.
Popham imaginaba que la llegada de las fuerzas británicas encendería una espontánea y entusiasta adhesión de los partidarios del libre comercio. Es cierto que, en un principio, los ingleses contaron con la entusiasta adhesión de los más ricos propietarios, que los alojaron en sus casas y les hicieron numerosas fiestas. En esos días Beresford comenzó a intercambiar informes e instrucciones con el gobierno de Londres para organizar el comercio con la nueva colonia. Pero, como vimos, las cosas no serían tan sencillas.
Los primeros pasos hacia la independencia
En los combates contra la invasión inglesa de 1806 participaron diversos sectores de la sociedad colonial: desde ricos comerciantes españoles y criollos hasta peones y jornaleros, artesanos y esclavos. En esos días comenzó a aparecer un grupo clandestino de jóvenes criollos, conocido como “los separatistas”, entre quienes estaban Manuel Belgrano y Juan José Castelli, los cuales cuestionaban tanto el dominio británico como el español.
En febrero de 1807 una junta de guerra exigió al virrey Sobremonte que dejara su puesto y en su reemplazo se nombró a Liniers. Sobremonte se refugió en Montevideo. Ese mismo año, en julio, los ingleses reincidieron en sus intentos de invasión. Esta vez la batalla fue mucho más cruenta y nuevamente fueron derrotados. Ante el fracaso total de la tropa regular española se formaron milicias con trabajadoras, trabajadores y artesanos pobres, peones, esclavos e indios. Cada uno se llevaba el arma a su casa y se elegía democráticamente a los jefes. Algunos de ellos fueron aquellos jóvenes criollos que entraron a la historia poco después, como Belgrano y Castelli. Estas acciones se fueron poniendo en práctica desbordando a las autoridades españolas y abonando el camino para que desde 1810 se empezara a poner de pie la nueva nación independiente.
1. Citado en Enrique C. Corbellini. La Revolución de Mayo. Tomo I, Editorial Lajouane, Buenos Aires, 1950.
2. Ver Nahuel Moreno. Método de interpretación de la historia argentina. Ediciones El Socialista, Buenos Aires, 2012. Disponible en www.nahuelmoreno.org
Escribe Federico Novo Foti
Pasaron dos siglos de combates contra las invasiones inglesas, la Revolución de Mayo de 1810, las guerras y la declaración de la independencia en 1816, que sentaron las bases de la nación. Ese camino se truncó por ser nuestro país parte del sistema capitalista imperialista. La división económica y política entre las burguesías americanas impidió avanzar hacia una América Latina unida e igualitaria, como soñaron nuestros libertadores. Argentina y los países surgidos tras la caída de la dominación española y portuguesa fueron cayendo bajo un nuevo dominio.
En 1824, Bernardino Rivadavia tomó un préstamo usurero con el banco inglés Baring Brothers, garantizado con tierras bonaerenses. Esa deuda externa, pagada en 1904, inició el sometimiento. En 1832, bajo Juan Manuel de Rosas, los ingleses ocuparon las islas Malvinas. A fines del siglo XIX, Argentina ya dependía del imperialismo británico y su economía, con la complicidad de gobiernos patronales y la burguesía nacional, quedaba en manos extranjeras.
En 1932, con el pacto Roca-Runciman, “estatuto legal del coloniaje”, Argentina pasó a ser una semicolonia británica. Tras el “Golpe Gorila” de 1955, cayó bajo dominio yanqui. Hoy Javier Milei expresa el servilismo a Donald Trump y al imperialismo yanqui.
A 220 años de la gesta que expulsó a los ingleses de Buenos Aires y a 44 años de la Guerra de Malvinas, el sentimiento antiimperialista pervive entre las y los trabajadores y el pueblo argentino. La selección con la bandera “Las Malvinas son Argentinas” y la movilización contra la extranjerización de la tierra, que derrotó al gobierno, marcan el camino.
Hay que luchar contra el plan motosierra de Milei y el FMI. ¡Fuera ingleses de Malvinas! ¡Fuera yanquis de América Latina! Tras las experiencias de gobiernos patronales, enfrentar al imperialismo exige luchar por un gobierno de trabajadoras y trabajadores que imponga la Segunda y definitiva independencia.
Foto de portada: Milicias obreras y campesinas se organizaron en contra del golpe
Escribe Federico Novo Foti
En julio de 1936 se levantó un sector fascista del ejército español encabezado por Francisco Franco. Las masas respondieron al intento de golpe con la insurrección obrera y campesina. Pero la traición de las direcciones mayoritarias del movimiento obrero (socialistas, anarquistas y comunistas) frenaron la revolución y permitieron la recuperación de los militares fascistas dando inicio a la guerra civil española.
El 17 de julio de 1936 el ejército español tomó el control del protectorado de Marruecos. Al día siguiente el comandante general de Canarias, general Francisco Franco, transmitió por radio un manifiesto llamando al alzamiento a las guarniciones militares del país. Aquel manifiesto afirmaba que las “huelgas revolucionarias de todo orden paralizan la vida de la nación”. La proclama terminaba llamando a derrocar al gobierno y a una “guerra sin cuartel” para imponer el orden.1
La noticia del intento de golpe de estado fue recibida por el presidente de la república, Manuel Azaña (Izquierda Republicana), el mismo 17 de julio. Pero el gobierno no la divulgó hasta el 18, cuando emitió un comunicado que concluía: “El gobierno habla de nuevo para confirmar la absoluta tranquilidad de toda la península, el gobierno reconoce los ofrecimientos de las organizaciones obreras y aunque los agradece, declara que la mejor ayuda que se puede dar al gobierno es garantizar la normalidad de la vida cotidiana, para dar un nuevo ejemplo de serenidad y confianza en los medios de la fuerza militar del estado. Gracias a las medidas de previsión aprobadas por las autoridades, puede considerarse que ha sido disuelto un amplio movimiento de agresión contra la República; no ha encontrado apoyo en la península y sólo ha logrado partidarios en un sector del ejército de Marruecos”.2
Pero la realidad era bastante diferente. En aquellas regiones donde el gobierno había impuesto sus llamados a mantener el orden, el alzamiento militar había triunfado, como en Zaragoza, Oviedo, Cádiz, Córdoba, Granada y Sevilla. Pero en aquellas otras regiones donde desobedecieron al gobierno, las y los trabajadores y campesinos se armaron, organizaron milicias que asestaron duras derrotas al ejército. Para el 20 de julio, las grandes ciudades peninsulares, como Madrid, Barcelona, Valencia o Bilbao, estaban en manos de las masas insurrectas.
El golpe militar había intentado terminar con el gobierno electo en febrero de ese año, liquidar el régimen republicano y el ascenso obrero y campesino. La insurrección de las masas había casi derrotado la intentona golpista. Pero la pasividad del gobierno republicano y la traición de las direcciones mayoritarias del movimiento obrero permitieron la recuperación de los militares fascistas dando inicio a la guerra civil española.
Revolución y contrarrevolución
A comienzos de la década de 1930 España era uno de los países más pobres y atrasados de Europa. En las regiones vasca y catalana había cierto desarrollo de la industria (metalúrgica y textil) y en Asturias de la minería. Pero la población vivía mayoritariamente en el campo. Unos cuantos miles de latifundistas y la poderosa Iglesia Católica poseían la mayor parte de las tierras. Millones de campesinos vivían en condiciones de extrema pobreza.
Por entonces el rey Alfonso XIII y la Iglesia eran las figuras salientes del atrasado régimen capitalista español. Así, el odio creciente de las masas se fue transformando en lucha y en las elecciones municipales de 1931 dio el triunfo a los partidos republicanos y anticlericales. Como resultado, Alfonso XIII debió abdicar, cayendo la monarquía y estableciéndose la Segunda República.
Desde un comienzo los partidos republicanos patronales en el gobierno y las direcciones de las centrales obreras UGT (socialista) y CNT (anarquista) intentaron sostener un equilibrio imposible entre las demandas de las masas y el mantenimiento del sistema capitalista atrasado. Mientras que la oligarquía terrateniente y la burguesía consintieron inicialmente la proclamación de la República con la expectativa de que terminara con la movilización obrera y campesina. Pero con avances y retrocesos, el ascenso revolucionario se mantuvo y se fue profundizando. Así por ejemplo en 1934 sucedió la insurrección de los mineros de Asturias3, que fue aplastada con un saldo de casi 2.000 muertos y 30.000 detenidos.
A fines de 1935 el mayoritario partido socialista, un partido liberal burgués y el pequeño partido comunista (que contaba con el prestigio de la URSS y el apoyo de la burocracia soviética) formaron el Frente Popular. La creación del Frente Popular llevaba a cabo la orientación de conciliación de clases (unidad obrero-patronal) impuesta por la Tercera Internacional dominada por José Stalin.
El Partido Obrero de Unificación Marxista (POUM), un partido de izquierda centrista que había estado alineado en la oposición a la burocracia estalinista junto a León Trotsky, rompió con éste y apoyó el programa liberal burgués del Frente Popular. Los anarquistas evitaron realizar una fuerte campaña contra las elecciones y el 16 de febrero de 1936 el Frente Popular ganó con el voto mayoritario de obreros y campesinos.
El gobierno del Frente Popular intentó en vano, una vez más, conciliar los intereses de las clases en lucha. Pero el enfrentamiento se fue agudizando día a día con oleadas de huelgas y ocupaciones de tierras. Entretanto, la reacción monárquica y la oficialidad fascista, encabezada por Franco, comenzaron a conspirar. En junio, Azaña rechazó el pedido del dirigente de la izquierda socialdemócrata Francisco Largo Caballero de armar a obreros y campesinos y aplastar a los conspiradores.
La guerra civil
El anunciado intento de golpe del 18 de julio fue aplastado por la insurrección de obreros y campesinos en la mayor parte del territorio español. Ante la parálisis del gobierno republicano, las masas se armaron y organizaron milicias, cuestionaron los poderes tradicionales desalojando a los curas de las iglesias, crearon comités para resolver los principales problemas sociales, ocuparon tierras y fábricas.4
El gobierno republicano, mientras tanto, pretendía combatir al fascismo sin cuestionar la propiedad privada y temía a las masas, sus comités y milicias. En septiembre de 1936 Largo Caballero asumió la presidencia con la intención de frenar el proceso revolucionario, restaurando las instituciones del estado burgués. Para lograrlo, apeló a la cooptación. En Cataluña ingresaron al gobierno burgués del Frente Popular tanto la CNT (anarquista) como el POUM. Su dirigente, Andreu Nin, asumió como ministro de Justicia.
Poco a poco el partido comunista fue cumpliendo un papel cada vez más importante. Usando el prestigio de la URSS y el envío a cuentagotas de armas, el comunista Juan Negrín pasó a encabezar el gobierno en 1937. Su labor se orientaría a liquidar toda oposición en el campo republicano. La GPU (policía secreta de Stalin) persiguió a las y los revolucionarios, Nin fue una de sus víctimas.
La traición de las direcciones socialista, anarquista y comunista a la revolución condenó la lucha contra el fascismo. Finalmente, con el apoyo activo de Benito Mussolini y Adolf Hitler y ante la pasividad de los gobiernos de Francia e Inglaterra, Franco se impuso en todo el país. El costo de esa traición fueron las cuatro décadas de fascismo franquista.
1. Francisco Franco. Manifiesto de Las Palmas, 18/07/1936. Disponible en la web.
2. Citado en “Revolución y contrarrevolución en el Estado Español. 1936-1937” en Suplemento de Lucha Internacionalista Nº 204, septiembre de 2025. Disponible en www.luchainternacionalista.org
3. María Luisa Carnelli. U. H. P. Mineros de Asturias. Buena Vista Editora, Córdoba, 2025.
4. Pierre Broué y Emile Témine. La revolución y la guerra de España. FCE, México, 1962. Disponible en www.marxismo.org
Escribe Federico Novo Foti
Desde 1931 el revolucionario ruso León Trotsky, a pesar de las difíciles condiciones impuestas por el exilio y la persecución estalinista, acompañó con entusiasmo el ascenso revolucionario en el estado español. En 1940, en un artículo reconstruido por medio de fragmentos encontrados tras su asesinato en agosto por un agente de la GPU de Stalin, Trotsky explicaba por qué había sido derrotado el proletariado español: “En 1936 (para no remontarnos más lejos) los obreros españoles rechazaron el ataque de los oficiales, que habían puesto a punto su conspiración bajo el ala protectora del Frente Popular. Las masas improvisaron milicias y levantaron comités obreros, ciudadelas de su propia dictadura. Por su parte, las organizaciones dirigentes del proletariado ayudaron a la burguesía a disolver esos comités, a poner fin a los atentados de los obreros contra la propiedad privada y a subordinar las milicias obreras a las direcciones de la burguesía y, para colmo, con el POUM participando en el gobierno, tomando así directamente su responsabilidad en el trabajo de la contrarrevolución. [...] El proletariado español ha sido víctima de una coalición formada por imperialistas, republicanos españoles, socialistas, anarquistas, estalinistas y, en el ala izquierda, por el POUM. Todos juntos han paralizado la revolución socialista que el proletariado español había efectivamente comenzado a realizar. No es fácil acabar con la revolución socialista. Todavía nadie ha encontrado otros métodos para ello que no sean la represión feroz, la matanza de la vanguardia, la ejecución de los dirigentes, etcétera [...] En el interior del bloque republicano han sido los estalinistas los que han llevado la política más coherente. Han sido la vanguardia combatiente de la contrarrevolución burguesa-republicana. [...] la GPU, en este caso, sólo ha actuado como el destacamento más resuelto al servicio del Frente Popular. Ahí residía la fuerza de la GPU. En eso consistía el papel histórico de Stalin”.1
1. L. Trotsky. “Clase, partido y dirección” en Fourth International Nº 7, diciembre 1940. Disponible en www.marxists.org
Foto de portada: El 29 de julio de 1966 una violenta represión irrumpió en varias facultades de la UBA, deteniendo a centenares de estudiantes
Escribe Francisco Moreira
La noche del 29 de julio de 1966 la policía de la dictadura de Juan Carlos Onganía irrumpió en cuatro facultades de la Universidad de Buenos Aires apaleando salvajemente a estudiantes y docentes. Aquel episodio sería recordado como “la noche de los bastones largos”. Fue el comienzo de la intervención de las universidades estatales. La lucha obrera y estudiantil terminaría con la dictadura tras el Cordobazo de 1969.
El 29 de julio estudiantes en asambleas votaron la toma de cuatro facultades de la UBA. Aquella medida era la continuidad de la lucha del movimiento estudiantil que en los meses previos había protagonizado ocupaciones y escaramuzas con la policía por el reclamo de mayor presupuesto y la reacción ante el reciente decreto de intervención de las universidades. Pero la respuesta del gobierno fue inmediata y violenta.
“Operación Escarmiento” se llamó el operativo policial del gobierno para reprimir a estudiantes y docentes. Esa misma noche del 29 la policía irrumpió en las facultades y las desalojaron a bastonazos. La represión fue especialmente violenta en las facultades de Ciencias Exactas y Naturales y en Filosofía y Letras. Aquel hecho se conocería como “La noche de los bastones largos” y tenía el objetivo de terminar con la lucha universitaria.1
Luego del desalojo y la golpiza se llevaron a 400 personas detenidas. Otras tantas fueron llevadas al hospital. Fueron destruidos laboratorios y bibliotecas universitarias. En los meses siguientes, con la intervención y la imposición de la censura de contenidos, cientos de docentes fueron despedidos, renunciaron o debieron huir al exilio, iniciando un proceso de “fuga de cerebros” que debilitó fuertemente el desarrollo de la ciencia y la técnica.
El golpe de Onganía y el movimiento estudiantil
“La noche de los bastones largos” había sido precedida por varios años de ascenso en las luchas estudiantiles. En 1958 se habían dado enormes movilizaciones contra la iniciativa del presidente Arturo Frondizi de permitir la creación de universidades privadas, pelea que se conoció como “Laica o Libre”. En los años siguientes continuó la lucha estudiantil contra los recortes presupuestarios.
Desde su asunción en 1963 el gobierno radical de Arturo Illia venía ajustando el presupuesto de las universidades estatales para fomentar la creación de universidades privadas. Las movilizaciones fueron reprimidas, pero la lucha continuó. En 1965 se produjo la renuncia del rector de la UBA, Dr. Julio Olivera, fruto de una protesta estudiantil en la Facultad de Ciencias Económicas contra el economista y funcionario del gobierno estadounidense Walt Whitman Rostow, defensor de la guerra de Vietnam.
El 28 de junio de 1966 el golpe militar encabezado por el jefe del Ejército, el teniente general Juan Carlos Onganía, acabó prematuramente con el gobierno de Illia. La preocupación de la burguesía y las Fuerzas Armadas era poder aplicar los planes del imperialismo y los sectores más concentrados del capital, evitando que las y los trabajadores y el pueblo no retomaran un nuevo período de ascenso generalizado. La “amenaza roja”, la “excesiva politización” de las y los estudiantes y sus movilizaciones habían sido algunas de las excusas del golpe.2
Pero el movimiento estudiantil fue de los primeros en enfrentar la ofensiva de Onganía. Al mes, el gobierno dictó el decreto ley 16.912/66 que intervenía todas las universidades estatales del país.3 Esto significaba el fin de la autonomía y el cogobierno universitario conquistado en la Reforma de 1918. Rectores y decanos se transformaban en títeres de los militares. La respuesta estudiantil a la intervención decretada por el gobierno fueron aquellas asambleas y la ocupación de las facultades en la noche del 29 de julio, las cuales fueron brutalmente reprimidas.
El PRT ante el golpe y la represión universitaria
Cuando sucedió el golpe de Onganía, el Partido Revolucionarios de los Trabajadores (PRT), partido orientado por Nahuel Moreno y antecesor de Izquierda Socialista, llamó a la unidad de todos los sectores que querían enfrentar al gobierno y su plan de ajuste y entrega al imperialismo. Lamentablemente las distintas alas de la burocracia sindical peronista se jugaron a no enfrentar el golpe, siguiendo las órdenes de Juan Perón de “desensillar hasta que aclare”. Atendiendo a esta realidad, el PRT llamó a organizar la resistencia a largo plazo, considerando que comenzaba una nueva etapa más defensiva.
En el movimiento estudiantil, el PRT planteó que ante los golpes recibidos era necesaria la unidad de todo el estudiantado para organizar piquetes y campañas públicas con volantes y asambleas, para defender a las universidades de los ataques del gobierno y salir a enfrentarlo. Dio especial importancia a lograr la unidad con otros sectores para ganar, especialmente con el movimiento obrero. Sin embargo, la conducción de la FUA (el PC) comenzó a desarrollar una línea ultraizquierdista bajo el planteo de “hagamos la revolución en la universidad” sin tener en cuenta la etapa defensiva que se había abierto.
“La noche de los bastones largos” fue un duro golpe para el movimiento estudiantil, especialmente en la UBA, donde por la política de la conducción no pudo darse una respuesta contundente. Una de las excepciones fue la de la Facultad de Farmacia y Bioquímica, donde gracias al peso de la corriente impulsada por el PRT se logró concretar una huelga estudiantil el 30 de agosto, a la que se sumaron todos los estudiantes para dar la pelea dentro y fuera de la facultad.4
Sin embargo, a pesar de que en la UBA la lucha declinó, ésta se trasladó al resto del país. Las y los estudiantes del interior se transformaron en la vanguardia de la lucha, con la huelga general declarada por la FUA y movilizaciones y manifestaciones permanentes. Córdoba fue donde la lucha adquirió un carácter más masivo. Con un proceso ejemplar que organizó el barrio estudiantil y las pensiones con delegados, rompiendo focos de alumbrado para evitar que la policía actuara de noche, entre otras formas de enfrentar la persecución y la represión policial.
En ese marco, el 12 de septiembre cayó asesinado por la policía Santiago Pampillón, estudiante de Ingeniería Aeronáutica, obrero de la IKA-Renault. El asesinato produjo indignación en toda la población. En Buenos Aires se realizó un paro de 24 horas que culminó en una movilización de 2 mil estudiantes y se realizaron medidas similares en el interior.
Pese al golpe sufrido por la represión de la dictadura, la lucha estudiantil siguió creciendo a finales de la década de 1960 al calor de lo que también sucedía con la juventud en todo el mundo, protagonista en las luchas de Tlatelolco en México, la “Primavera de Praga” y el Mayo Francés. En mayo de 1969, Córdoba sería el epicentro de las movilizaciones obreras y estudiantiles, cuya chispa se encendió en Corrientes con un nuevo asesinato de un joven a manos de la represión policial, en una movilización contra la privatización del comedor universitario de la Universidad del Nordeste y que rápidamente se expandió a todo el país, siendo el principio del fin de la dictadura de Onganía.
1. Ernesto González (coordinador). El trotskismo obrero e internacionalista en Argentina. Tomo 3, Editorial Antídoto, Buenos Aires, 1999.
2. Ernesto González. Ídem.
3. Ver en www.argentina.gob.ar
4. Ver en La Verdad N.º 56, 05/09/1966.