Oct 21, 2021 Last Updated 2:29 PM, Oct 21, 2021

Publicación de Noticias Perfil del 19/07/2021

Miguel Sorans comandó la Brigada Internacional Simón Bolívar. Sus encuentros con Ortega y el detalle de la guerra civil que hoy cumple 42 años.

Miguel Sorans manotea un pedazo de papel de su bolsillo y escribe a las apuradas: “Adhesión Brigada Simón Bolívar”. La revolución sandinista triunfó hace menos de un día y frente al argentino, de verde oliva de pies a cabeza y con un revólver calibre 32 en la cintura, hay una multitud agitada en la parte oriental de Managua. El plan del joven trotskista es que la milicia internacional que comandó durante la guerra tenga algún reconocimiento público de parte del hombre parado a metros suyo, y por eso le toca el hombro a quien tiene inmediatamente a su derecha en el escenario. La anotación empieza a girar hasta que llega a las manos de Daniel Ortega, el héroe en aquel julio de 1979 para gran parte de la izquierda mundial. Es en ese momento que sucede algo inesperado: el nicaragüense levanta la cabeza, mira a Sorans ¿sorprendido? ¿con desprecio?, hace un bollo con la hoja y la tira. Días después, Sorans y los 200 soldados que viajaron de todo el planeta para apoyar la lucha contra la dictadura de Anastasio Somoza serían echados del país a punta de pistola.

“Esa fue la primera represión de Ortega, que hoy es un dictador”, recuerda Sorans para NOTICIAS, en el día en que se cumplen 42 años desde que triunfó la revolución en la que participó. El militante del Partido Socialista de los Trabajadores, que comandaba Nahuel Moreno, tenía en aquel entonces 32 años y era un prominente delegado sindical. Hay que entender que cuatro décadas atrás el mundo era muy distinto: se acababan de cumplir veinte años desde el triunfo cubano y la sensación de que la revolución estaba a la vuelta de la esquina no se había disipado ni con el golpe de Videla. Para todos los soñadores del mundo, la bandera a levantar en aquel momento era la de la sandinismo, que venía en abierta lucha contra una dictadura represiva y colonial. “La idea fue repetir la experiencia de las brigadas internacionales durante la Guerra Civil español”, relata Sorans.

Moreno, exiliado en Colombia, fue el que empezó a diseñar un plan para apoyar al sandinismo. Sorans era una pieza clave en ese armado: era de los pocos del PST -partido predilecto como blanco tanto para la Triple A como para la dictadura- que tenía entrenamiento militar y político, y tenía el cuero curtido luego de tres años de vivir en la clandestinidad. Por eso el trotskista salió oculto del país, vía Brasil, y se reencontró con su líder. Después de una semana en Colombia, donde protagonizaron una gran colecta para recaudar fondos (cuenta Sorans que una metralladora M16 o un fusil Garand estaban 250 dólares en el mercado negro) y sumar apoyos públicos, viajaron hasta Costa Rica. Ahí Sorans se convirtió en uno de los tres líderes de un grupo de 80 personas –había nicaragüenses, costaricenses, un alemán y otra argentina, Nora Ciapponi, famosa por ser la primera mujer en llevar la lucha por el aborto legal a una campaña política- que luego se sumaron a la lucha, bajo la bandera de Simón Bolívar. Para el fin de la guerra, la brigada internacional contaría a más de 200 soldados en sus filas y tres muertos en combate.

Noticias: Se jugó la vida saliendo del país y en la guerra. ¿Qué lo movió para ir a luchar en un país que no era el suyo?

Miguel Sorans: Nos movía la solidaridad internacional. En ese momento las dictaduras predominaban, y la posible caída de Somoza era vista como lo que fue, una caída que empezaría a debilitar a todas las otras dictaduras del continente. Y además no fue una decisión sólo personal, fui como parte de una corriente internacional para jugar un papel de organizador de la Brigada. Fue una decisión global de la corriente. Por supuesto que uno duda o tiene miedos, no porque uno es revolucionario deja de tener temores o ignora lo que se juega. Como toda lucha es un riesgo, pero es un riesgo que se toma para hacer un cambio. En este caso logramos ese cambio pero no fue lamentablemente todo lo positivo que nos gustaría y lamentablemente Ortega  dejó de lado aquellas reivindicaciones sociales y políticas por las cuales se hizo la revolución.

Noticias: Usted tenía experiencia política pero hacerse cargo de una milicia en una guerra debe haber tenido sus retos. ¿Qué fue lo más difícil?

Sorans: Lo encaramos desde el punto de vista de que teníamos algo en común, una idea. Obvio que no todo es color de rosas, éramos todos de nacionalidades distintas y algunos con poca experiencia. Hubo detalles pero se trató de que haya una disciplina para el combate y para actuar. A veces teníamos que dormir en condiciones muy malas, la comida era siempre arroz, los mosquitos eran tan grandes que pesaban y a la noche hacían cuarenta grados. La zona a la que fuimos destinados, en Bluefield, al sur de Nicaragua, sólo se accedía por lancha. Además había una pobreza muy grande en el país. Para que te des una idea de las limitaciones materiales, no pudimos hacer muchas fotos porque nos quedamos sin rollo de la cámara rápido y no se podía conseguir uno en toda Nicaragua.

Noticias: ¿Cómo los recibió el pueblo nicaragüense? ¿Y el Frente Sandinista?

Sorans: Ahí vino el contraste. De parte del pueblo la recepción fue excelente. En cambio al sandinismo, a medida que se fue estableciendo, le empieza a caer mal nuestra presencia y nuestras ideas. Después de que triunfe la revolución mucha gente quería retener las armas, y nosotros nos sumamos a ese reclamo.

Et tu. El 19 de julio de 1979 las últimas fuerzas de la Guardia Civil de Ortega se rindieron. Unos días antes la Brigada Simón Bolívar que lideraba Sorans –había otra en el frente sur, donde se dieron los combates más sangrientos- había cumplido con éxito su objetivo y tomado Blufield. “Lo logramos con pocos tiros, la moral del enemigo estaba muy baja y rápidamente nos hicimos con el control de la ciudad y armamos un gobierno asambleario”, dice Sorans.

La popularidad de la Brigada fue tal que antes de que termine julio, una decena de sindicatos -que la propia milicia internacional había ayudado a construir- propuso en un plenario darles la nacionalidad nicaragüense a cada uno de los soldados latinoamericanos. Pero cuando Sorans empezó a escuchar que un pedido se repetía en la radio oficial del sandinismo intuyó que algo andaba mal. “Brigada Simón Bolívar, brigada Simón Bolivar, tienen que presentarse mañana a las 17 en la Comandancia General en Managua”, era el pedido que repetía una y otra vez la emisora.

Hasta ese momento Sorans sólo había visto a Ortega en el acto en que rompió el papel. Ese llamado, luego de ese incidente, no prometía nada bueno. Y no se equivocó: a pesar de que la Brigada llegó al encuentro con seis de los nueve altos comandantes del sandinismo -entre ellos los dos hermanos Ortega- acompañada por una manifestación de apoyo popular de cinco mil personas (en una ciudad que entonces tenía 500 mil habitantes), las cosas se torcieron rápido. La reunión, que había comenzado con cierta tirantez, se terminó de romper cuando Sorans pidió la palabra para comentar que era opinión de la Brigada que Nicaragua debía desconocer la deuda externa. Bayardo Arce, el único comandante de aquel 1979 que hoy sigue al lado de Ortega, le sacó el micrófono, lo cortó en seco y lo trató de iluso. Les prometieron que a los dos días volverían a reunirse para resolver la situación de la Brigada pero todo fue una trampa: cuando Sorans y los suyos volvieron los retuvieron con excusas y finalmente los llevaron al aeropuerto para deportarlos a punta de pistola. “Tuve más miedo ahí que en toda la guerra”, dice el hombre, que al día de hoy es integrante de Izquierda Socialista.

Sorans: No tuve tiempo ni de agarrar mi pasaporte. Nos levantaron a las dos de la mañana, sorpresivamente, y nos cargaron en unos buses sin decirnos adónde íbamos. Pensé que nos iban a liquidar para después decir que había sido una escaramuza.

Noticias: ¿Hasta entonces que visión tenían de Ortega como líder revolucionario?

Sorans: Lo respetábamos por haber dirigido el proceso revolucionario, pero teníamos una diferente concepción política, de hacia dónde tenía que ir a la revolución. Él estaba formado por el castrismo, y con la URSS todavía viva, había un odio al trotskismo, aunque nosotros no los odiábamos a ellos. Esperábamos que el proceso avanzara y que ahí se pudieran subsanar estas diferencias, ellos no creían en profundizar la revolución y nosotros sí.

Noticias: Hoy Nicaragua está sumida en una crisis dictatorial con Ortega, en otro momento revolucionario, al mando. Usted lo miró a los ojos: ¿le sorprende el giro?

Sorans: No, en última instancia el giro actual de Ortega lo podemos encontrar, sin pedantería, en esto trato con la Brigada. Podemos decir que esa fue la primera represión. Apenas lograron el poder Ortega gobernó con Violeta Chamorro, a quien nosotros decíamos que había de sacar del gobierno porque era pro yanqui. Hoy en día Ortega pone a la hija de Chamorro presa acusándola de pro yanqui, fíjate la paradoja. Al no romper, apenas triunfada la revolución, con la burguesía, al pactar con la Iglesia, con los conservadores y con los grandes azucareros, el giro de hoy ya estaba anunciado.

Noticias: ¿Qué desenlace le pronostica?

Sorans: Espero que lo más rápido posible el pueblo nicaragüense lo eche a patadas, podrá durar un tiempo más reprimiendo pero finalmente va a caer. Me interesa dejar bien en claro que es una dictadura, hay sectores de la izquierda que todavía lo defienden pero no, allí no hay socialismo ni gobierno de izquierda. Usa las antiguas banderas del sandinismo y el antimperialismo para gobernar robando y pactando con las grandes mafias empresarias. Va a caer, los pueblos en algún momento se van a rebelar. A Ortega le va a quedar el lugar del traidor en la historia. Las mentiras que nos hizo a nosotros después se las traslado al pueblo nicaragüense.

Noticias: ¿Qué sensación le queda haber participado de una revolución que termina de esta manera? ¿Es frustrante?

Sorans: Frustrante en un sentido que no se logró avanzar habiendo condiciones tan grandes para salir de la miseria y avanzar hacia el socialismo. Eso sí es frustrante, pero por otro lado no, no creo que haya sido en vano lo nuestro, contribuyó a pequeña escala para la tarea de aquel entonces que era que empezaran a caer las dictaduras. Fue un estímulo y una alegría para todos los pueblos del continente.  

Noticias: Pasaron 42 años de la lucha, y, teniendo en cuenta que Nicaragua está como está, ¿su fe revolucionaria sigue intacta?

Sorans: Sí, sigue igual. Este proceso se burocratizó como pasó con la URRSS; por eso nosotros seguimos a Trotsky, que lo echaron por querer luchar por un socialismo con democracia. Seguimos creyendo en el socialismo, sabemos que no es fácil pero que tampoco es una utopía. Y seguimos luchando por eso.

 

A 42 años de aquella heroica revolución nos encontramos, en Nicaragua, con un gobierno hambreador y represor del ex comandante Daniel Ortega, que abandonó las banderas de aquella gesta revolucionaria. Reproducimos un artículo Mercedes Petit, dirigente de Izquierda Socialista/UIT-CI, sobre lo acontecido.

Después de 45 días de huelga general y sangrientos combates, el 19 de julio de 1979, Managua quedó en manos del Frente Sandinista de Liberación Nacional (FSLN). Los restos de la Guardia Nacional escaparon en desbandada hacia Honduras. El dictador Somoza había huido en la víspera.

En Managua el pueblo asaltó los cuarteles de la Guardia Nacional somocista llevándose armas, vehículos y pertrechos.

El triunfo revolucionario conmovió a Centroamérica y todo el continente. Pese al heroísmo y los años de movilización del pueblo nicaragüense, una década después, en medio de una pobreza colosal, el sandinismo perdía las elecciones ante su ex aliada burguesa, Violeta Chamorro. Las enseñanzas dejadas por esta experiencia siguen siendo parte fundamental de los debates sobre la lucha revolucionaria en América Latina.

El triunfo revolucionario

Durante décadas, la dictadura proyanqui de la familia Somoza dominó Nicaragua. A fines de los setenta toda Centroamérica estaba conmovida por el ascenso revolucionario. La lucha antisomocista que encabezaba el FSLN era apoyada en los países vecinos. Y en octubre de 1979 cayó la dictadura de Romero en El Salvador.

Todo el pueblo nica se fue levantando contra la dictadura. En intensos combates, la zona norte (Matagalpa y León) quedó en manos rebeldes semanas antes de la caída de Managua. Allí, desesperado y sanguinario, Somoza hizo bombardear las barriadas obreras. La pelea fue calle a calle. En el frente sur la batalla se concentró en la toma de Rivas. Un país de 2.500.000 habitantes tuvo unos 50 mil caídos.

En su lucha, las masas trabajadoras liquidaron el Estado burgués nicaragüense, aniquilaron su ejército, se armaron parcialmente y comenzaron a ocupar tierras y fábricas, a fundar sindicatos y a ejercer embrionaria y parcialmente un poder político directo. Estaban en muy buenas condiciones para empezar a dar pasos en la construcción del socialismo, con todas las instituciones capitalistas semi o totalmente liquidadas. A partir de aquel 19 de julio de 1979 no había quedado un poder burgués o imperialista dentro de Nicaragua que impidiera el desarrollo multitudinario de los organismos de poder obrero y campesino o el ejercicio de la democracia obrera, y menos aún, que impidiera las expropiaciones y el comienzo de la planificación de la economía. Había que seguir avanzando en la ruptura política y económica con la burguesía y el imperialismo.

Fracasó “el socialismo con los dólares del capitalismo”

La política del FSLN fue la opuesta. Formó el Gobierno de Reconstrucción Nacional (GRN) con los principales representantes de la minúscula burguesía antisomocista. Humberto Ortega comenzó la reorganización de los milicianos armados del FSLN para reestructurar una policía y un ejército burgueses. Las expropiaciones, impuestas por el propio movimiento de masas contra los somocistas, se redujeron al mínimo. Siguió la sumisión al FMI aceptando el compromiso de pagar la deuda fraudulenta de la dictadura.

Los sandinistas tuvieron un apoyo y consejero muy importante. Fidel Castro, siete días después de la toma de Managua, les decía en un célebre discurso en la ciudad de Holguín que “Nicaragua no debía ser otra Cuba” (Juventud Rebelde, 29/7/79). Esta “economía mixta”, fue sintetizada por uno de los comandantes sandinistas, Bayardo Arce, prometiendo “construir el socialismo con los dólares del capitalismo” (La Vanguardia de Barcelona, 31/7/84).

En los ochenta, a pesar de los gestos de buena voluntad de los sandinistas, Reagan montó la invasión “contra”. El heroísmo y movilización del pueblo nica logró derrotarla. Pero la política de conciliación con los empresarios y el imperialismo y de salvaguarda del capitalismo del gobierno sandinista hizo que las condiciones de vida cayeran por debajo de Haití; máxima expresión de miseria continental.

La Brigada Simón Bolívar

La corriente internacional del trotskismo revolucionario liderada por Nahuel Moreno apoyó la lucha antisomocista formando la Brigada Simón Bolívar. Sus combatientes se reclutaron desde Bogotá. Unos pelearon en el Frente Sur dentro de las filas del FSLN, mientras que otros tomaron la ciudad de Bluefields en la costa Atlántica. Muchos fueron heridos y tres murieron en combate.

En agosto de 1979, mientras impulsaban una política independiente de formación de sindicatos, los brigadistas fueron expulsados por los comandantes sandinistas.

El 28 de junio se celebra el día del orgullo de las disidencias sexoafectivas y de géneros, en conmemoración de la revuelta de Stonewall en Estados Unidos, hecho que marcó el surgimiento del movimiento moderno de las disidencias.

Esa fecha pero de 1969, en Nueva York, se desarrolló un levantamiento de lesbianas, gays, travestis y trans, a partir de una razzia policial en el bar Stonewall Inn. Durante tres noches, cientos salieron a las calles para luchar contra la criminalización y persecución a través de edictos policiales, el orden sexual existente, la monogamia impuesta por la iglesia, la patologización de las orientaciones sexuales y las identidades de género disidentes; fue la punta de lanza del movimiento. Los hechos cobraron repercusión internacional, y a raíz de ello se empezaron a organizar las primeras marchas del orgullo, reconociendo esa fecha como el día internacional del orgullo.

 

A partir de ese hecho, el movimiento de las disidencias comenzó tomar protagonismo en el mundo. La lucha por acceder a mayores derechos como el matrimonio, la identidad de género, el trabajo formal, el acceso a la salud, etc., son las banderas históricas del movimiento. Pero la que encabeza y sigue vigente es la lucha contra la discriminación que deriva en crímenes de odios como expulsión de colegios, lugares de trabajo, o eventos públicos. También la violencia correctiva que termina en abusos, violaciones y en el peor de los casos, la muerte.

 

En un contexto de crisis capitalista, la comunidad de las disidencias sigue sufriendo estos flagelos en el mundo, en mayor o menor medida en algunos países. En algunos, con gobiernos reaccionarios que impulsan y promueven políticas de discriminación y marginación social y en otros que posan de progresistas y se montan en las luchas del movimiento, cediendo a la presión y otorgando derechos arrancados por la movilización. Pero que aun así son insuficientes para garantizar la vida digna y plena de las disidencias. También, es el sistema capitalista-imperialista que se ha montado sobre el movimiento de las disidencias tratando de captar para el consumo y la generación de ganancias. Como la visibilización del movimiento, lo que se conoce como “pinkwashing” o “capitalismo rosa”, dónde lava por completa la profunda lucha del colectivo de las disidencias.

 

Por eso es necesario recuperar la lucha del colectivo que en todo el mundo viene siendo parte de las grandes revueltas obreras y populares como la de Chile o Colombia, o las grandes movilizaciones contra el racismo en Estados Unidos, incluso formando parte activa y consciente de las luchas del movimiento feminista.


A 52 años de la revuelta de Stonewall las disidencias se siguen organizando contra todos los gobiernos y sus políticas represivas y discriminatorias en todo el mundo. Durante esta pandemia, la crisis ha golpeado duramente al colectivo. A la precarización, el trabajo inestable y el desempleo, se suma la discriminación laboral que sufren por orientaciones sexoafectivas e identidades de género. La cuarentena para prevenir la propagación del covid19 solo agravó estas condiciones de precariedad y miseria a la que los gobiernos nos someten.

 

En el marco de este mes del orgullo es que desde la militancia de la UIT-CI se impulsa esta charla virtual con organizaciones de la disidencias y militantes que forman parte de la construcción de organizaciones revolucionarias en el mundo. 

Mirá la transmisión en vivo de la charla que realizó la UIT-CI

Escribe Adolfo Santos

Eugene Pottier (1816-1887) murió sin saber que su poema, La Internacional, escrito en junio de 1871, se iba a convertir en el himno de la clase trabajadora mundial. Muchas veces la cantamos o la tarareamos sin conocer su origen, sus autores, ni en qué contexto fue creada. En esta nota queremos compartir parte de esta bella historia que cumple 150 años.

Pottier nació en París, Francia, el 4 de octubre de 1816 en el seno de una familia obrera. Con solo 13 años, aprendió el oficio de su padre como empleado de embalajes y se incorporó a las filas del proletariado. En ese ambiente fue marcado por las primeras grandes luchas que dieron los trabajadores y se integró con todo al movimiento revolucionario de aquella época.

En 1848 estallaron rebeliones en Europa contra el absolutismo monárquico. Francia fue la vanguardia. En febrero, las grandes movilizaciones derrocaron a Luis Felipe I y se instaló la República. Sin embargo, las conquistas democráticas establecidas por el nuevo gobierno no conseguían aliviar el hambre y la miseria del pueblo francés. La luna de miel acabó en junio. Al grito de ¡pan o balas!, ¡trabajo o balas! una multitud, en gran parte armada, volvió a montar barricadas como en febrero. Un sector de París quedó bajo el control de los trabajadores, pero una violenta represión acabó derrotando el intento de lo que Marx definió como “la mayor insurrección ya ocurrida, una revolución del proletariado contra la burguesía”*. Ahí, en primera fila, estaba Eugene Pottier.

Activo militante de la causa de los oprimidos, en 1867 fundó la Cámara Sindical de Talleres de Dibujantes y se afilió a la Primera Internacional. En 1871 fue elegido representante a la Comuna de París por el Segundo Distrito después de obtener 3.352 votos de los 3.600 emitidos e integró el primer gobierno obrero revolucionario de la historia. Tras la derrota, en mayo pasó a la clandestinidad y, reflejando la experiencia de la Comuna, escribió el poema La Internacional, que años más tarde se integró a su obra, Cantos revolucionarios. Para evitar su ejecución huyó a Inglaterra. En 1879 volvió a su país y participó de la formación del Partido Obrero Francés, colaborando en el periódico El Socialista junto a Paul Lafargue, uno de los yernos de Carlos Marx.

Eugene Pottier, revolucionario y poeta, murió en París el 6 de noviembre de 1887. Su entierro, del que participaron miles de trabajadores, se convirtió en un verdadero acto político que fue duramente reprimido por la policía. En un homenaje póstumo, Lenin escribió: “Pottier murió en la miseria, mas dejó levantado a su memoria un monumento imperecedero. Fue uno de los más grandes propagandistas por medio de la canción”  (Pravda, 3/1/1913). Y vaya si lo fue.

La Internacional no es solo un poema, es un verdadero manifiesto revolucionario que convoca al proletariado del mundo entero a derrotar al imperio burgués.

Un grito de guerra de los trabajadores

La obra de Pottier fue completada por otro hijo de la clase obrera, el belga Pierre Degeyter (1848-1932). Cuando tenía 7 años su familia se mudó a Francia, donde comenzó a trabajar en fábricas siendo niño. Se alfabetizó en una escuela nocturna para trabajadores y, a los 38 años, se recibió en la Academia de Música.

En 1886 se integró al coro obrero La Lira de los Trabajadores, fundado por Gustavo Delory, uno de los líderes del Partido Obrero Francés, quien en 1888 le encargó que compusiera la música de varias canciones revolucionarias populares.

Entre esas letras estaba el poema de Eugene Pottier. Degeyter compuso la melodía para La Internacional que el coro La Lira de los Trabajadores cantó por primera vez en una fiesta anual organizada por el sindicato de vendedores de diarios. La canción tuvo un éxito inmediato en Francia y luego se popularizó en el mundo entero convirtiéndose en un grito de guerra de los trabajadores.

En 1892 fue adoptada como el himno de los trabajadores por la Segunda Internacional, y en 1919 Lenin la oficializó en la Tercera Internacional y pasó a ser el himno nacional de la Unión Soviética (URSS ) hasta 1943. No por casualidad Stalin, que quería eliminar cualquier trazo de internacionalismo, cambió el himno adoptado por la URSS de Lenin por otro que enaltece el sentimiento gran ruso.

La Internacional fue traducida a todos los idiomas y se canta en todos los países del mundo. En cada lugar, el movimiento de los trabajadores se ha adueñado de ella de tal forma que le ha incorporado sus propias palabras.

No es raro encontrar varias versiones, aun en un mismo idioma. Sin embargo, cualquiera fuera la versión, no cambia la esencia expresada por su autor en el original francés: un vibrante llamado al proletariado a levantarse, agruparse y luchar para cambiar las bases del mundo.

* Marx/Engels, Collected works
 
 
 

La Internacional de Eugène Pottier
Al ciudadano Lefrançais, miembro de la Comuna. París, junio de 1871

Traducción de la letra original

¡En pie! ¡condenados de la tierra! ¡En
pie! ¡esclavos del hambre! La razón
atruena en su cráter: Es la erupción
final. ¡Del pasado hagamos tabla rasa,
Muchedumbre esclava, ¡en pie! ¡en pie! El
mundo va a cambiar de base:¡No somos
nada, seámoslo todo!
Es la lucha final: Agrupémonos, y
mañana, la Internacional será el
género humano
No hay salvadores supremos:
¡Ni Dios, ni César, ni tribuno,Productores,
salvémonos nosotros mismos!
¡Decretemos el bien común!
¡Para que el ladrón vomite lo robado,
Para sacar el espíritu de la prisión,
Aventemos nosotros mismos nuestra
fragua, Golpeemos el hierro en caliente!
El Estado oprime y la ley engaña; El
Impuesto sangra al desgraciado; Ningún
deber se impone al rico; El derecho del
pobre es una palabra hueca. Ya basta de
languidecer bajo tutela,
La igualdad quiere otras leyes; ¡“No más
derechos sin deberes”!, dice “Iguales, ¡no
más deberes sin derechos!“
Abominables en su apoteosis, los reyes de
la mina y el ferrocarril ¿Alguna vez han
hecho algo más que desvalijar al trabajo?
En las cajas fuertes de la banda. Lo que
[el trabajo] creó se fundió. Decretando
que se le vuelva, el pueblo no quiere más
que lo que se le debe.
Los Reyes nos embriagan con vanidades,
¡ Paz entre nosotros, guerra a los tiranos!
Apliquemos la huelga a los ejércitos,
¡Culatas al aire, y rompamos filas!
Si se obstinan, estos caníbales,
En hacer de nosotros héroes, Sabrán
pronto que nuestras balas
Son para nuestros propios generales.
Obreros, campesinos, somos. El gran
partido de los trabajadores;
La tierra sólo pertenece a los hombres,
Los ociosos se irán a otra parte. ¡Con
cuanta carne nuestra se alimentan! ¡Pero
si los cuervos, los buitres, Una de estas
mañanas, desaparecen, El sol
brillará siempre!

La Internacional, versión en castellano cantada en nuestro país

Arriba los pobres del mundo
En pie los esclavos sin pan y
gritemos todos unidos
¡Viva la Internacional!
Removamos todas las trabas
que oprimen al proletario,
cambiemos el mundo de base
hundiendo al imperio burgués.
Agrupémonos todos, en la lucha
final,y se alcen los pueblos con
valor por la Internacional. (Bis)
El día que el triunfo alcancemos
ni esclavos ni hambrientos
habrá, los odios que al mundo
envenenan del mundo lanzados
serán. El hombre del hombre
es hermano derechos iguales
tendrán la Tierra será el paraíso,
patria de la Humanidad
Agrupémonos todos en la lucha
final.Y se alzan los pueblos por
la Internacional.
Agrupémonos todos en la lucha
final.Y se alzan los pueblos ¡con
valor! por la Internacional.


 
 
 
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Escribe Adolfo Santos

La derrota del nazismo fue una secuencia de importantes y recordadas batallas y acciones donde millones de soldados, hombres, mujeres y niños perdieron la vida. Uno de los más sangrientos capítulos de esa historia se escribió hace exactamente 80 años. Entre junio y diciembre de 1941, la Wehrmacht (fuerzas armadas de la Alemania nazi) invadió la URSS en lo que se conoció como Operación Barbarroja.

Un poco de historia

En agosto de 1939, en uno de los episodios más nefastos protagonizados por el estalinismo, Alemania y la URSS firmaron en Moscú el Pacto Molotov–Ribbentrop, un acuerdo de no agresión entre la Alemania nazi y la Unión Soviética. Con las manos libres en el frente del Este, Hitler invadió Polonia dando inicio a la Segunda Guerra Mundial. En junio de 1940 las tropas alemanas ocuparon Francia, Bélgica, Holanda, Grecia y los Balcanes. Sin embargo, Stalin continuaba confiando en que Hitler iba a respetar el pacto, que incluía una garantía de no beligerancia de parte a parte. No fue lo que pasó.

La invasión a la URSS comenzó a prepararse en los primeros meses de 1941. Una tras otra, Stalin había desestimado las permanentes advertencias hechas por sus agentes de inteligencia diseminados por Europa. El 22 de junio los alemanes cruzaron la frontera e iniciaron la Operación Barbarroja. Desprevenidas, las tropas soviéticas sintieron el golpe y en pocos días sufrieron fuertes bajas y perdieron gran parte del territorio. Se inició así una de las batallas más sangrientas y brutales de la Segunda Guerra Mundial. Así Hitler arengó a sus tropas: “La guerra contra Rusia no será una guerra caballeresca, están en juego ideologías y diferencias raciales, y por tanto será conducida con una dureza sin precedentes, implacable e inflexible” (discurso a los generales alemanes, marzo de 1941).

Para cumplir con ese objetivo movilizaron más de tres millones de soldados en el campo de batalla, una pequeña parte pertenecía a los aliados del Eje (rumanos, finlandeses, húngaros, italianos y eslovacos). Del otro lado, los soviéticos disponían de 2,7 millones de combatientes. La acción de los nazis provocó un realineamiento geopolítico que definió los dos bloques de la Segunda Guerra. Los países agrupados en el Eje, encabezados por Alemania, Italia y Japón, y los Aliados, con Francia e Inglaterra, a los que se sumaron la URSS en agosto y Estados Unidos en diciembre, después de sufrir el ataque japonés en Pearl Harbor.

En poco más de un mes las tropas de la Unión Soviética perdieron casi un millón de soldados. Sin embargo, contrariamente a lo que preveían Hitler y la oficialidad nazi, de que el desánimo y la desmoralización llevarían a la deserción en masa de sus enemigos, resultó lo opuesto. Los soldados soviéticos resistían con un heroísmo sorprendente. Lo que los alemanes creían que se resolvería en menos de dos meses se extendió más de la cuenta y Alemania tuvo que movilizar a todos los varones de entre 15 y 55 años para relevar a los agotados soldados del frente. Entre las tropas alemanas se generalizó la expresión “son preferibles tres campañas en Francia que una sola en Rusia”. Mientras tanto, en las zonas ocupadas de la Unión Soviética aumentaba la actividad de los partisanos, combatientes que eran un verdadero martirio para la retaguardia alemana.

La Operación Barbarroja fue el inicio de la derrota alemana

Octubre y noviembre fueron cruciales. Las primeras nevadas y lluvias, con temperaturas bajo cero, fueron aliados fundamentales de una resistencia encarnizada. Aunque el enemigo consiguió llegar a las puertas de Leningrado y Moscú no consiguió su objetivo de ocuparlas y fue rechazado. El 25 de noviembre, más de cien mil obreros se movilizaron en Moscú para sumarse a la defensa de la ciudad. Se cavaron 160 kilómetros de zanjas para evitar el paso de los Panzer (tanques) y se colocaron kilómetros de alambrados y otros obstáculos, una acción de la población civil que elevó la moral de los soldados soviéticos. En diciembre, a las puertas de Moscú, Alemania cedió la iniciativa y perdió su potencial militar frente a la tenaz resistencia de los soldados y el pueblo soviético. Pese al deseo de Hitler de un esfuerzo final, el comandante Von Kluge dio la orden de detener la ofensiva el 4 de diciembre. La Operación Barbarroja llegaba a su fin, era la primera gran derrota del ejército nazi.

En estos días también se recuerda la batalla de Normandía. Justamente el 6 de junio de 1944, más conocido como el Día D, 160.000 soldados de los ejércitos aliados cruzaron el canal de la Mancha rumbo a Francia y consiguieron la liberación de los territorios de Europa Occidental. El 25 de agosto se produjo la liberación de París y la retirada de los alemanes. Generalmente, se trata de erigir a Normandía como el símbolo del triunfo de las tropas aliadas sobre los nazis. Sin embargo, por la cantidad y ferocidad de los enfrentamientos, la derrota de los nazis se debe en gran parte al valor y la determinación del pueblo soviético que, según estadísticas, aportó 75% de los 50 millones de soldados y civiles muertos durante la Segunda Guerra Mundial.

Después de la Operación Barbarroja, en 1943 ocurrieron dos grandes y decisivas batallas. En febrero terminó la batalla de Stalingrado, que marcó un punto de inflexión. La derrota sobre los nazis no solo estimuló a las tropas soviéticas, también insufló fuerzas a la resistencia antifascista en los países ocupados facilitando el avance de las tropas aliadas. En agosto, la división tanques del ejército soviético trabó la mayor batalla de tanques de la historia y detuvo la última ofensiva nazi a gran escala imponiéndole una derrota categórica en la batalla de Kursk. Fueron momentos decisivos para quebrar las fuerzas y la moral del ejército alemán.

El papel jugado por el pueblo y el ejército soviético en la derrota del nazismo generó una corriente de simpatía con el comunismo, fundamentalmente en los países de Europa. Terminada la guerra, la fuerza y las armas estaban en manos de los trabajadores y de la resistencia, que se sentían los verdaderos ganadores. Podrían haberse apropiado del poder en países como Francia, Italia o Grecia. Sin embargo, una vez más, la burocracia estalinista utilizó su influencia para cometer una nueva traición. Exigió deponer las armas y convocó a la clase obrera a colaborar con la reconstrucción económica de Europa al servicio del capitalismo, impidiendo el triunfo de revoluciones obreras y socialistas.

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