Jul 26, 2026 Last Updated 9:41 PM, Jul 24, 2026

Foto de portada: El 29 de julio de 1966 una violenta represión irrumpió en varias facultades de la UBA, deteniendo a centenares de estudiantes

Escribe Francisco Moreira

La noche del 29 de julio de 1966 la policía de la dictadura de Juan Carlos Onganía irrumpió en cuatro facultades de la Universidad de Buenos Aires apaleando salvajemente a estudiantes y docentes. Aquel episodio sería recordado como “la noche de los bastones largos”. Fue el comienzo de la intervención de las universidades estatales. La lucha obrera y estudiantil terminaría con la dictadura tras el Cordobazo de 1969.
 
El 29 de julio estudiantes en asambleas votaron la toma de cuatro facultades de la UBA. Aquella medida era la continuidad de la lucha del movimiento estudiantil que en los meses previos había protagonizado ocupaciones y escaramuzas con la policía por el reclamo de mayor presupuesto y la reacción ante el reciente decreto de intervención de las universidades. Pero la respuesta del gobierno fue inmediata y violenta.

“Operación Escarmiento” se llamó el operativo policial del gobierno para reprimir a estudiantes y docentes. Esa misma noche del 29 la policía irrumpió en las facultades y las desalojaron a bastonazos. La represión fue especialmente violenta en las facultades de Ciencias Exactas y Naturales y en Filosofía y Letras. Aquel hecho se conocería como “La noche de los bastones largos” y tenía el objetivo de terminar con la lucha universitaria.1

Luego del desalojo y la golpiza se llevaron a 400 personas detenidas. Otras tantas fueron llevadas al hospital. Fueron destruidos laboratorios y bibliotecas universitarias. En los meses siguientes, con la intervención y la imposición de la censura de contenidos, cientos de docentes fueron despedidos, renunciaron o debieron huir al exilio, iniciando un proceso de “fuga de cerebros” que debilitó fuertemente el desarrollo de la ciencia y la técnica.
 
El golpe de Onganía y el movimiento estudiantil

“La noche de los bastones largos” había sido precedida por varios años de ascenso en las luchas estudiantiles. En 1958 se habían dado enormes movilizaciones contra la iniciativa del presidente Arturo Frondizi de permitir la creación de universidades privadas, pelea que se conoció como “Laica o Libre”. En los años siguientes continuó la lucha estudiantil contra los recortes presupuestarios.

Desde su asunción en 1963 el gobierno radical de Arturo Illia venía ajustando el presupuesto de las universidades estatales para fomentar la creación de universidades privadas. Las movilizaciones fueron reprimidas, pero la lucha continuó. En 1965 se produjo la renuncia del rector de la UBA, Dr. Julio Olivera, fruto de una protesta estudiantil en la Facultad de Ciencias Económicas contra el economista y funcionario del gobierno estadounidense Walt Whitman Rostow, defensor de la guerra de Vietnam.

El 28 de junio de 1966 el golpe militar encabezado por el jefe del Ejército, el teniente general Juan Carlos Onganía, acabó prematuramente con el gobierno de Illia. La preocupación de la burguesía y las Fuerzas Armadas era poder aplicar los planes del imperialismo y los sectores más concentrados del capital, evitando que las y los trabajadores y el pueblo no retomaran un nuevo período de ascenso generalizado. La “amenaza roja”, la “excesiva politización” de las y los estudiantes y sus movilizaciones habían sido algunas de las excusas del golpe.2

Pero el movimiento estudiantil fue de los primeros en enfrentar la ofensiva de Onganía. Al mes, el gobierno dictó el decreto ley 16.912/66 que intervenía todas las universidades estatales del país.3 Esto significaba el fin de la autonomía y el cogobierno universitario conquistado en la Reforma de 1918. Rectores y decanos se transformaban en títeres de los militares. La respuesta estudiantil a la intervención decretada por el gobierno fueron aquellas asambleas y la ocupación de las facultades en la noche del 29 de julio, las cuales fueron brutalmente reprimidas.
 
El PRT ante el golpe y la represión universitaria

Cuando sucedió el golpe de Onganía, el Partido Revolucionarios de los Trabajadores (PRT), partido orientado por Nahuel Moreno y antecesor de Izquierda Socialista, llamó a la unidad de todos los sectores que querían enfrentar al gobierno y su plan de ajuste y entrega al imperialismo. Lamentablemente las distintas alas de la burocracia sindical peronista se jugaron a no enfrentar el golpe, siguiendo las órdenes de Juan Perón de “desensillar hasta que aclare”. Atendiendo a esta realidad, el PRT llamó a organizar la resistencia a largo plazo, considerando que comenzaba una nueva etapa más defensiva.

 En el movimiento estudiantil, el PRT planteó que ante los golpes recibidos era necesaria la unidad de todo el estudiantado para organizar piquetes y campañas públicas con volantes y asambleas, para defender a las universidades de los ataques del gobierno y salir a enfrentarlo. Dio especial importancia a lograr la unidad con otros sectores para ganar, especialmente con el movimiento obrero. Sin embargo, la conducción de la FUA (el PC) comenzó a desarrollar una línea ultraizquierdista bajo el planteo de “hagamos la revolución en la universidad” sin tener en cuenta la etapa defensiva que se había abierto.

 “La noche de los bastones largos” fue un duro golpe para el movimiento estudiantil, especialmente en la UBA, donde por la política de la conducción no pudo darse una respuesta contundente. Una de las excepciones fue la de la Facultad de Farmacia y Bioquímica, donde gracias al peso de la corriente impulsada por el PRT se logró concretar una huelga estudiantil el 30 de agosto, a la que se sumaron todos los estudiantes para dar la pelea dentro y fuera de la facultad.4

Sin embargo, a pesar de que en la UBA la lucha declinó, ésta se trasladó al resto del país. Las y los estudiantes del interior se transformaron en la vanguardia de la lucha, con la huelga general declarada por la FUA y movilizaciones y manifestaciones permanentes. Córdoba fue donde la lucha adquirió un carácter más masivo. Con un proceso ejemplar que organizó el barrio estudiantil y las pensiones con delegados, rompiendo focos de alumbrado para evitar que la policía actuara de noche, entre otras  formas de enfrentar la persecución y la represión policial. 

En ese marco, el 12 de septiembre cayó  asesinado por la policía Santiago Pampillón, estudiante de Ingeniería Aeronáutica, obrero de la IKA-Renault. El asesinato produjo indignación en toda la población. En Buenos Aires se realizó un paro de 24 horas que culminó en una movilización de 2 mil estudiantes y se realizaron medidas similares en el interior.

Pese al golpe sufrido por la represión de la dictadura, la lucha estudiantil siguió creciendo a finales de la década de 1960 al calor de lo que también sucedía con la juventud en todo el mundo, protagonista en las luchas de Tlatelolco en México, la “Primavera de Praga” y el Mayo Francés. En mayo de 1969, Córdoba sería el epicentro de las movilizaciones obreras y estudiantiles, cuya chispa se encendió en Corrientes con un nuevo asesinato de un joven a manos de la represión policial, en una movilización contra la privatización del comedor universitario de la Universidad del Nordeste y que rápidamente se expandió a todo el país, siendo el principio del fin de la dictadura de Onganía.
 

1. Ernesto González (coordinador). El trotskismo obrero e internacionalista en Argentina. Tomo 3, Editorial Antídoto, Buenos Aires, 1999. 
2. Ernesto González. Ídem.
3. Ver en www.argentina.gob.ar
4. Ver en La Verdad N.º 56, 05/09/1966

Escribe Federico Novo Foti

La lucha por terminar con la dominación española había comenzado en 1810. Seis años después, en Tucumán, se declaró la independencia. Sin embargo, a 210 años, el país volvió a caer bajo el dominio de las potencias imperialistas y aún tenemos por delante la enorme tarea de lograr una segunda y definitiva Independencia.

El 24 de marzo de 1816 comenzaron las sesiones del Congreso General Constituyente de las Provincias Unidas de Sudamérica en San Miguel de Tucumán. Cada provincia participante había elegido a un diputado cada 15 mil habitantes.1 El 9 de julio, los diputados firmaron el Acta de  Declaración de la Independencia de las Provincias Unidas. 

El acta original afirmaba la voluntad de ser “una nación libre e independiente del rey Fernando VII, sus sucesores y metrópoli”. Uno de los que presionaba para adoptar esa decisión era José de San Martín. Pero como aún existían sectores que entendían el futuro del país como el cambio de la dependencia de una potencia europea por otra, diez días después, se completó el acta con el agregado “y de toda dominación extranjera”.2

De la revolución a la guerra

La invasión del ejército francés de Napoleón Bonaparte a España y Portugal en 1808 tuvo enormes consecuencias políticas. La corona portuguesa emigró con toda su corte y se instaló en Río de Janeiro. En cambio, la monarquía de España cedió el trono al hermano de Napoleón, José Bonaparte, y el rey Fernando VII permaneció cautivo hasta finales de 1813.

En el inmenso imperio español en América esto produjo un vacío de poder que derivó en una crisis revolucionaria. En la península europea había comenzado una “guerra de independencia” contra la ocupación francesa y para organizarla se formaron juntas locales de gobierno. Los pueblos americanos también instalaron sus juntas. En 1808 y 1809 el grito libertario se oyó en Montevideo, Quito, Charcas y La Paz. En 1810, terminó por abarcar a todo el continente, desde Buenos Aires en el sur hasta México.

Los pueblos americanos plantearon que ante la falta del rey la soberanía debía volver a los pueblos. Diversos cabildos asumieron así el gobierno y formaron sus “Primeras Juntas”, como la que presidió Cornelio Saavedra en Buenos Aires desde el 25 de mayo de 1810. Gobernaban “en nombre de Fernando VII” ya que, en principio, estas revoluciones no cuestionaban a la monarquía española, aunque lo hacían de hecho, derrocando a los virreyes y desmantelando progresivamente el antiguo régimen burocrático-colonial. 

El proyecto de una nación independiente estaba encabezado por Manuel Belgrano, Mariano Moreno y Juan José Castelli, a los que luego se sumaron José de San Martín y muchos otros. Se inspiraban en los pensadores más avanzados de las revoluciones burguesas de Inglaterra en 1688 y de Francia en 1789. Unían la lucha por la independencia política de España a un proyecto de igualdad y libertad para toda la población y la unidad latinoamericana. La influencia de Jean Jacques Rousseau se sumaba a la reivindicación de la insurrección derrotada de Tupac Amaru (1780) y a la integración y respeto de los pueblos originarios. Para ellos, una herramienta imprescindible para el desarrollo de la nueva nación era la educación pública para todos. 

Pero otros sectores pretendían retrasar o no declarar la independencia. Unos, buscaban mantener la relación de sumisión al trono español. Otros, pretendían el “protectorado” de otra potencia europea por entonces en ascenso como Inglaterra.

Pero entre tanto desde Lima, capital continental de los realistas, se organizaba la contrarrevolución. Esto obligó a los revolucionarios a lanzar expediciones militares para expandir el grito libertario. Así la revolución se convirtió en guerra. Una situación que se agudizó en 1814 cuando Napoleón, en retroceso, liberó a Fernando VII y éste regresó al poder decidido recuperar sus territorios americanos. 

Por la segunda y definitiva independencia

En 1816, en medio de la lucha militar contra las tropas españolas y los choques políticos entre los distintos sectores criollos, comenzó a sesionar el Congreso de Tucumán. La situación no era nada fácil. Los patriotas estaban siendo derrotados en casi toda América del Sur, salvo en el Río de la Plata. Serían decisivas las gestas libertadoras de San Martín hacia Chile y el norte por la costa del Pacífico hasta Guayaquil, y la de Martín Miguel de Güemes y sus fuerzas guerrilleras en Salta y Jujuy.

La independencia política fue declarada finalmente el 9 de julio de 1816. San Martín presionó por ella desde Cuyo, donde preparaba el cruce de Los Andes: “¡Hasta cuándo esperamos declarar nuestra independencia! ¿No le parece a usted una cosa bien ridícula acuñar moneda, tener el pabellón y cucarda nacional y por último hacer la guerra al soberano de quién en el día se cree dependemos? ¿Qué nos falta más que decirlo? Por otra parte, ¿qué relaciones podremos emprender, cuando estamos a pupilo? […] Esté usted seguro que nadie nos auxiliará en tal situación. Ánimo, que para los hombres de coraje se han hecho las empresas”.3

Tras la declaración de la independencia, lamentablemente, en pocos años se frustró la oportunidad de lograr una América latina unida, como pretendían San Martín y Simón Bolívar. Fueron primando los intereses económicos de los sectores más ricos en cada una las regiones, que a través de importantes luchas intestinas se fueron adueñando del poder político. El Virreinato del Río de la Plata se fragmentó en cuatro países: Argentina, Paraguay, Bolivia y Uruguay.

En la Argentina, los grandes estancieros, fundamentalmente de la provincia de Buenos Aires, se entronizaron como los dueños del país. Frustraron el desarrollo del mercado interno que permitiera un progreso armónico utilizando las grandes riquezas naturales disponibles. Una oligarquía riquísima fue depositando cada vez más sus expectativas de poder en sus relaciones con el imperialismo inglés. Finalmente, en la década de 1930, esa clase parasitaria transformó a la Argentina en una semicolonia directa. Luego, ante la decadencia británica, fueron los intereses imperialistas yanquis los que comenzaron a dominar el país desde los años cincuenta.

La burguesía argentina con sus partidos patronales se fue transformado en la socia local y correa de transmisión de los intereses imperialistas. Hoy una segunda independencia solo la puede encabezar la clase trabajadora y los sectores populares. La segunda y definitiva independencia se va a lograr con un gobierno de las y de los trabajadores y una Argentina y Latinoamérica socialistas. Hace falta para ello una nueva conducción política que con un programa obrero y popular que lleve esta pelea hasta el final. De eso se trata. Es por lo que luchamos desde Izquierda Socialista en el FIT Unidad y nuestra organización internacional, la UIT-CI. 

 
1. El Congreso tuvo la presencia de 33 diputados. Entre Ríos, Corrientes y Santa Fe no participaron porque estaban enfrentadas con Buenos Aires y en ese entonces integraban la Liga de los Pueblos Libres junto con la Banda Oriental, bajo el mando de José Artigas. 
2. “El Redactor del Congreso Nacional” Nº 6, 23 de septiembre de 1816, en Ravignani Emilio. Asambleas Constituyentes Argentinas, Tomo I, Buenos Aires, 1937. Disponible en la web.
3. Carta de San Martín al diputado Godoy Cruz de Mendoza en Ricardo Levene. El genio político de San Martín Editorial Kraft, Buenos Aires, 1950.
4. Ver Nahuel Moreno. Método de interpretación de la historia Argentina. (1965) Ediciones El Socialista, Buenos Aires, 2012. Disponible en nahuelmoreno.org

Escribe Federico Novo Foti

Pasaron ya 210 años de la histórica declaración independentista. Se logró gracias a un movimiento revolucionario y una heroica lucha continental que nos liberó del imperio español. Pero a lo largo de las décadas nuestro país perdió su carácter independiente, consolidándose como un país capitalista semicolonial, de los ingleses primero y de los yanquis después.

¿Qué quiere decir que Argentina es un país capitalista semicolonial? Que si bien el pueblo elige a los gobiernos de turno, seguimos atados mediante tratados económicos y políticos a un nuevo amo: el imperialismo yanqui, sus multinacionales y bancos. Por eso en Argentina crecen el hambre, la pobreza y el saqueo.

Hoy el gobierno ultraderechista de Javier Milei y su plan motosierra encarnan lo peor del sometimiento de nuestro país al ajuste, el saqueo y la entrega al imperialismo yanqui de Donald Trump. Cuenta para ello con la inestimable ayuda de los gobernadores, legisladores y dirigentes sindicales peronistas.

Por eso desde Izquierda Socialista en el Frente de Izquierda Unidad decimos que para derrotar el plan motosierra de Milei y el FMI, el peronismo no es salida. Porque es un movimiento político patronal que fue abandonando incluso sus originarias banderas nacionalistas (justicia social, soberanía política e independencia económica).

Para terminar con el sometimiento de nuestro país al imperialismo se necesita una segunda y definitiva independencia. Volver a romper las cadenas que nos atan al imperialismo y al FMI, unidos a los pueblos latinoamericanos. Derrotar a los gobiernos de ultraderecha, como el de Milei. Para lograrlo no alcanzan las medias tintas. Hay que terminar con este sistema capitalista e imponer un gobierno de las y los trabajadores y el socialismo.

Escriben Federico Novo Foti y Adolfo Santos
 
A fines de junio de 1941 el nazismo comenzó la invasión a la Unión Soviética en lo que se conoció como Operación Barbarroja. Buscaba terminar con el gobierno obrero, aunque estuviera en manos de la burocracia estalinista, y quedarse con sus recursos. Pese a un primer avance arrollador, gracias a la heroica y sacrificada resistencia del pueblo soviético, la invasión terminaría siendo el principio del fin del régimen nazi. 

La mañana del 22 de junio de 1941, el mariscal Georgi Zhukov llamó a la residencia de José Stalin, líder totalitario de la Unión Soviética: “¡Despiértelo inmediatamente! ¡Los alemanes están bombardeando nuestras ciudades!”. Por entonces, el nazismo se hallaba en la cumbre de su poder en la continuidad de la Segunda Guerra Mundial y su líder, Adolf Hitler, había decidido lanzarse a la conquista de la Unión Soviética, para terminar con el poder obrero, aunque éste estuviera en manos de la burocracia estalinista, y apoderarse de los recursos de ese extenso y rico país.

Después de la fácil conquista de gran parte de Europa Occidental, incluida Francia, los nazis suponían que el dominio de la Unión Soviética solo les llevaría tres o cuatro meses. La nueva campaña, que denominaron en clave “Operación Barbarroja”, se inició con una barrera de artillería sobre las posiciones rusas, seguida de un ataque aéreo de la Luftwaffe (su aviación). En el primer día de la invasión destruyeron cerca de 1.100 aviones rusos, lo que aseguró a los alemanes una cobertura aérea indiscutible en los primeros meses de la invasión. El avance del ejército nazi siguió a un ritmo de 32 kilómetros por día, atravesando la desprevenida línea de defensa soviética y llegando a Smolensk (a 369 kilómetros de Moscú) el 18 de julio.

Las sorprendidas tropas soviéticas sintieron el golpe y en pocos días sufrieron fuertes bajas y perdieron gran parte del territorio. En poco más de un mes, habían muerto casi un millón de soldados. El responsable de aquel aniquilamiento inicial no era otro que José Stalin.
 
El infame pacto Hitler-Stalin

Casi dos años antes, en agosto de 1939, la Alemania nazi y la Unión Soviética de Stalin habían firmado en Moscú el Pacto Molotov–Ribbentrop, un infame acuerdo de no agresión y partición de Polonia. León Trotsky, el revolucionario ruso que por entonces sufría la persecución del estalinismo, calificó el pacto como “una capitulación de Stalin ante el imperialismo fascista con el fin de resguardar a la oligarquía soviética”.1 Así, con las manos libres, Hitler invadió Polonia, dando inicio a la Segunda Guerra Mundial. Para fines de junio de 1940 las tropas alemanas ya ocupaban Dinamarca, Noruega, Países Bajos, Bélgica y Francia.

La invasión a la URSS comenzó a prepararse en los primeros meses de 1941. Sin embargo, Stalin continuaba confiando en que Hitler iba a respetar el pacto y había desestimado, una y otra vez, las permanentes advertencias hechas por sus agentes de inteligencia diseminados por Europa.2 Pero el 22 de junio los alemanes cruzaron la frontera e iniciaron la invasión de la Unión Soviética. Con la invasión a la Unión Soviética los nazis provocaron un realineamiento decisivo que definió los dos bloques de la Segunda Guerra Mundial. Los países agrupados en el Eje, por un lado: encabezados por Alemania, con Italia y Japón. Por el otro, los Aliados: con Francia e Inglaterra, a los que se sumaron la URSS en agosto y Estados Unidos en diciembre, después de sufrir el ataque japonés en Pearl Harbor.

Contrariamente a lo que preveían Hitler y la oficialidad nazi, de que el desánimo y la desmoralización llevarían a la deserción en masa de sus enemigos, resultó lo opuesto. Pese a la traición de Stalin, los soldados soviéticos resistieron con un heroísmo sorprendente. Lo que los alemanes creían que se resolvería en pocos meses se extendió más de la cuenta y Alemania tuvo que movilizar a todos los varones de entre 15 y 55 años para relevar a los agotados soldados del frente. Entre las tropas alemanas se generalizó la expresión “son preferibles tres campañas en Francia que una sola en Rusia”.3 Mientras tanto, en las zonas ocupadas de la Unión Soviética aumentaba la actividad de los partisanos, combatientes que eran un verdadero martirio para la retaguardia alemana.

Octubre y noviembre fueron cruciales. La llegada anticipada del invierno, con las primeras nevadas y lluvias, con temperaturas bajo cero, fueron aliados fundamentales de una resistencia encarnizada. Aunque los ejércitos nazis consiguieron llegar a las puertas de Leningrado (hoy San Petersburgo) y Moscú no consiguieron su objetivo de ocuparlas y fueron rechazados. El 25 de noviembre, más de cien mil obreros se movilizaron en Moscú para sumarse a la defensa de la ciudad. Se cavaron 160 kilómetros de zanjas para evitar el paso de los Panzer (tanques) y se colocaron kilómetros de alambrados y otros obstáculos, una acción de la población civil que elevó la moral de los soldados soviéticos.

En diciembre, a las puertas de Moscú, Alemania cedió la iniciativa y perdió su potencial militar frente a la tenaz resistencia de los soldados y el pueblo soviético. Pese al deseo de Hitler de un esfuerzo final, el comandante Gunther Von Kluge dio la orden de detener la ofensiva el 4 de diciembre. La Operación Barbarroja llegaba a su fin. Era la primera gran derrota del ejército nazi.
 
El comienzo del fin del régimen nazi

Tras la Operación Barbarroja, en 1943, ocurrieron dos grandes y decisivas batallas. En febrero terminó la batalla de Stalingrado (hoy Volgogrado), que marcó un punto de inflexión. En agosto, la división tanques del ejército soviético trabó la mayor batalla de tanques de la historia y detuvo la última ofensiva nazi a gran escala imponiéndole una derrota categórica en la batalla de Kursk. Fueron momentos decisivos para quebrar las fuerzas y la moral del ejército alemán. La derrota sobre los nazis no solo estimuló a las tropas soviéticas, también insufló fuerzas a la resistencia antifascista en los países ocupados facilitando el avance de las tropas aliadas.

En mayo de 1945 las tropas soviéticas tomaron Berlín y terminaron definitivamente con el régimen nazi y la Segunda Guerra Mundial.4 Por la cantidad y ferocidad de los enfrentamientos, la derrota de los nazis se debe en gran parte al valor y la determinación del pueblo soviético que, según estadísticas, aportó 75% de los 50 millones de soldados y civiles muertos durante la guerra.

El papel jugado por el pueblo y el ejército soviético en la derrota del nazismo generó una corriente de simpatía con el comunismo, fundamentalmente en los países de Europa. Terminada la guerra, la fuerza y las armas estaban en manos de las y los trabajadores y de la resistencia, que se sentían y eran los verdaderos ganadores. Podrían haberse apropiado del poder en países como Francia, Italia o Grecia. Sin embargo, una vez más, la burocracia estalinista utilizó su influencia para cometer una nueva traición. Exigió deponer las armas y convocó a la clase obrera a colaborar con la reconstrucción económica de Europa al servicio del capitalismo, impidiendo el triunfo de revoluciones obreras y socialistas.


1. León Trotsky. "Stalin, el comisario de Hitler” (2/9/1939) y “La alianza germano-soviética” (4/9/1939) en Escritos, tomo XI, vol. 1. Pluma, Bogotá, 1979. Disponible en www.marxists.org
2. Leopold Trepper. El gran juego. Editorial Ariel, Barcelona, 1977.
3. Jean López. Historia visual de la Segunda Guerra Mundial. Editorial Planeta, Madrid, 2019.
4. Días antes había caído el régimen fascista en Italia y semanas después, tras el lanzamiento de las bombas atómicas sobre las ciudades de Nagazaki e Hiroshima, se rendiría Japón.

A fines de 1939 León Trotsky definía a Stalin y Hitler como “astros gemelos”.1  Cuando firmaron el pacto germano-soviético, Trotsky reiteró su definición de que Hitler tenía como objetivo liquidar a la Unión Soviética y que Stalin le hacía el juego. Pero el pacto y el accionar de Stalin en la guerra impactaron en la joven Cuarta Internacional, fundada por Trotsky en 1938 para batallar contra la traición de la burocracia estalinista. En Estados Unidos surgió un sector en el Socialists Workers Party (SWP) que comenzó a rechazar la definición de la URSS como estado obrero, aunque degenerado por la burocracia, que Trotsky consideraba como uno de los pilares del programa de la nueva internacional. En el mismo sentido, el sector encabezado por Max Shachtman y James Burnham, rechazaba la defensa de la URSS ante la amenaza de invasión nazi que sostenía Trotsky.2  Dos días antes del primer aniversario de la firma del pacto, el 21 de agosto de 1940, Trotsky caía asesinado por un agente estalinista en México. Menos de un año después, en junio de 1941, se cumplía su vaticinio: los ejércitos nazis comenzaban la Operación Barbarroja, la invasión a la Unión Soviética.

1. “Los astros gemelos: Hitler-Stalin”’ en Revista Liberty. 27 de enero de 1940. www.uit-ci.org  
2. León Trotsky. En defensa del marxismo. Yunque, Buenos Aires, 1975. www.marxists.org 

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