
José Castillo
Bajo el control de las grandes empresas imperialistas, la Inteligencia Artificial no redujo la jornada laboral ni aumentó el tiempo libre. Por el contrario, se convirtió en un mecanismo privilegiado para profundizar la superexplotación de la clase trabajadora.
La introducción de herramientas de Inteligencia Artificial en diferentes unidades productivas se suele realizar con un objetivo concreto: la intensificación del ritmo de trabajo mediante la gestión algorítmica. En la industria tradicional, el rendimiento era supervisado por capataces humanos, lo que dejaba un margen (por mínimo que fuera) para pequeñas pausas físicas o interacción social. Ahora, cada vez más, en los centros de logística y almacenes hiperautomatizados modernos, la supervisión la ejercen modelos de IA integrados en escáneres de mano o cámaras térmicas. Estos sistemas calculan al milisegundo el tiempo que le toma a un empleado recoger un producto, empaquetarlo y pasar al siguiente punto. En grandes cadenas de comercio electrónico, los trabajadores de depósitos deben cumplir con tasas de rendimiento (pick rates) dictadas por algoritmos que predicen la “eficiencia óptima”. Si alguien se detiene 30 segundos para estirarse o beber agua, el sistema lo registra automáticamente como “tiempo fuera de tarea” (Time Off Task). Tres desvíos en un turno conducen a sanciones directas o despidos automáticos generados por el propio software. Este control no solo elimina cualquier pausa natural de recuperación corporal, sino que eleva las tasas de lesiones, el agotamiento crónico (burnout) y acelera el desgaste de la trabajadora y el trabajador sin compensación equivalente.
La IA y las empresas de aplicaciones
En las empresas de aplicaciones de reparto (como PedidosYa o Rappi) o de transporte (como Uber, Cabify o Didi), la IA actúa como un intermediario que elude la relación laboral formal y transforma al trabajador en un “socio independiente” que asume la totalidad de los costos de producción (vehículo, combustible, celular, datos, seguro médico). Los algoritmos de asignación de pedidos no solo optimizan las rutas, sino que ajustan las tarifas en tiempo real según la oferta y la demanda, mientras que aplican precios dinámicos que fuerzan a las y los trabajadores a aceptar viajes por montos irrisorios, para no perder su nivel en la aplicación.
Así, un repartidor de comida rápida no cobra por el tiempo de espera en el restaurante ni por el trayecto de regreso tras entregar un pedido. El algoritmo únicamente paga la distancia calculada en línea recta entre el local y el cliente final. En ese sentido, para alcanzar un ingreso mínimo, se debe pedalear o conducir entre 12 y 16 horas diarias. El software utiliza además técnicas de gamification, como “bonos por meta” si se completa un número elevado de entregas en pocas horas, para incentivar a sobrepasar los límites físicos y arriesgar la integridad en el tráfico. La desconexión del perfil de un usuario equivale a un despido arbitrario y sin indemnización.
La semiesclavitud de la carga de datos
Para que una herramienta de IA parezca “inteligente” e intuitiva, miles de seres humanos deben etiquetar, filtrar y clasificar volúmenes masivos de datos previamente. Este fenómeno dio lugar a un proletariado digital globalizado que trabaja en condiciones de extrema vulnerabilidad, mayormente en los países semicoloniales.
Las grandes corporaciones tecnológicas subcontratan la moderación de contenidos violentos o la anotación de imágenes para visión artificial a plataformas que operan en regiones como África Oriental, Sudamérica o el sur de Asia. Las y los trabajadores perciben menos de 2 dólares por hora por revisar durante jornadas agotadoras imágenes de violencia explícita, discursos de odio y material perturbador, con el fin de entrenar los filtros de seguridad de las plataformas globales. El daño psicológico derivado de esta labor no es asumido por la empresa, que desecha al empleado una vez consumida su salud mental, y lo reemplaza por otro mediante la inmensa reserva laboral en línea.
La “cadena de montaje” digital
La superexplotación algorítmica ya no se limita al trabajo manual o físico; se ha expandido aceleradamente hacia sectores de empleo profesional y creativo a través de la IA generativa. Lejos de eliminar el trabajo humano, estas herramientas se utilizan para fragmentar proyectos complejos en microtareas aceleradas, que exigen un rendimiento duplicado por el mismo o menor salario.
En industrias como la traducción, la redacción comercial, la ilustración o el diseño de software, el o la trabajadora profesional pasa de ser creador a “corrector” de lo generado por la máquina. Las agencias de traducción exigen cada vez más la modalidad de post-edición: un modelo de IA traduce miles de palabras en segundos y el profesional humano debe revisar y corregir el texto a una velocidad tres o cuatro veces superior a la traducción tradicional.
Las tarifas por palabra se recortan drásticamente bajo la premisa de que “el trabajo pesado ya lo hizo la IA”. Sin embargo, el esfuerzo cognitivo necesario para corregir errores sutiles de contexto, tono y coherencia bajo un reloj acelerado resulta igual o más agotador, y deriva en una caída drástica del ingreso por hora trabajada.
Un mecanismo de disciplina social
La IA no opera en el vacío; se despliega sobre un mercado laboral fuertemente desregulado. Al concentrar el control de los medios de producción algorítmicos en unas pocas empresas monopólicas, la tecnología se utiliza para fragmentar la organización sindical, dinamitar los derechos laborales conquistados durante décadas y mantener a la clase trabajadora en un estado constante de incertidumbre y sobreesfuerzo. La superexplotación facilitada por la IA demuestra que el problema no reside en el software en sí, sino en el propio capitalismo imperialista, que decide cómo, para qué y a costa de quién se aplica la tecnología.










