Jun 18, 2026 Last Updated 8:46 PM, Jun 17, 2026

Muchos compañeros, aun acordando en que la deuda externa es el barril sin fondo por donde se van nuestros recursos, plantean dudas sobre nuestra propuesta de dejar de pagarla. Honestamente nos preguntan si se puede: ¿no nos embargarán? ¿Las grandes potencias no nos invadirán?

Lo primero que debemos responder es que estamos planteando algo que ya sucedió cientos de veces. Hay muchísimas experiencias de países que dejaron de pagar su deuda en distintas circunstancias: lo hizo Rusia en la revolución de 1917 y Cuba en 1959. Pero también países capitalistas recurrieron a esa política. Los propios Estados Unidos en la guerra civil, o Inglaterra, cuando dejó de pagarnos la deuda acumulada durante la Segunda Guerra Mundial. Aunque parcialmente, ya que nunca se dejó de pagar, podemos referirnos también a la suspensión de pagos de una parte importante de la deuda en medio del Argentinazo de 2001. ¿Qué pasó en todos esos casos? Esos fondos sirvieron para resolver situaciones de crisis extremas, ¡hasta el entonces presidente Duhalde, para aplacar la rebelión popular desatada en diciembre de 2001, utilizó esos fondos para otorgar dos millones de planes sociales a los desocupados!

No estamos diciendo que no pueda haber ningún tipo de represalias económicas o políticas de las potencias imperialistas. Sostenemos que en ese caso nos defenderemos llamando a la conformación de un club de países deudores, ya que la deuda externa no es un problema exclusivamente argentino, sino que afecta a todas las naciones de Latinoamérica. Apelaremos a que, de conjunto, uniendo todas las riquezas (los alimentos argentinos, la industria brasileña, los minerales chilenos y bolivianos, el petróleo venezolano y ecuatoriano) podremos resistir cualquier embargo. 
En cualquier caso, algún problema que pueda surgir a partir de la suspensión de los pagos de la deuda será infinitamente menor a los beneficios que se obtendrán por el solo hecho de cerrar ese “barril sin fondo” por el que se van nuestras riquezas y el trabajo de nuestro pueblo.

 

Escribe José Castillo

La suba de precios de enero a abril ya había acumulado 9,6%. Era el producto de la devaluación de diciembre pasado (donde el dólar subió de 17 a 20 pesos), más los tarifazos de enero y abril y las subas indiscriminadas de los combustibles que se venían produciendo desde octubre de 2017. Por supuesto a esto hay que sumarle las avivadas de los grandes monopolios, que aprovechan el “río revuelto” para remarcar indiscriminadamente las listas de precios que envían a las cadenas de súper e hipermercados, que a su vez le agregan su respectiva “tajada”. Todo esto hizo que, ya antes del 25 de abril, nadie creyera en la meta anual de 15% de inflación, que solo sirvió para ponerle un techo a las negociaciones salariales.

Pero sucede que ahora tenemos que sumarle la nueva devaluación de estas semanas: el dólar pasó de 20 a 25 pesos. Y eso ya empieza a notarse en los precios, en particular en los alimentos y otros artículos de primera necesidad. La que “picó en punta” fue la harina, con un incremento de 20%, lo que repercutirá en el pan y los fideos, artículos esenciales de toda alimentación popular. Pero los aumentos recorren toda la gama de alimentos (tanto en productos frescos como secos) junto con los artículos de limpieza y tocador. Y esto es solo el comienzo. Muchos otros productos que hasta hace una semana los mayoristas no querían vender aduciendo que “no tenían precio”, ahora sí lo tienen... con el dólar a 25 pesos.

A todo esto tenemos que agregarle que el gobierno no piensa detenerse un centímetro con los tarifazos: ya se vienen los nuevos aumentos en el transporte. En octubre tenemos pautado otro salto en el precio del gas. Sin olvidarnos que Aranguren logró “maquillar” el salto inflacionario de mayo postergando hasta julio un nuevo incremento en los combustibles, que entre la devaluación y la suba del precio internacional del petróleo promete ser astronómica.

El famoso 15% será rápidamente superado. La mayoría de los estudios acuerdan en que la inflación de 2018 terminará cerca de 30%. Resulta urgente exigir un aumento salarial de emergencia, ¡nadie debe ganar menos de 28.000 pesos! Hay que reabrir ya mismo todas las paritarias que se cerraron al 15% y reclamar su actualización. En aquellos gremios donde aún no se ha firmado, exigir que no haya techo, planteando incrementos que permitan recuperar el poder adquisitivo perdido y que se ajusten automáticamente por inflación mes a mes. Para llevar esta lucha adelante hoy es más urgente que nunca el reclamo de un paro nacional y un plan de lucha para derrotar el ajuste de Macri y el FMI.

 

Escribe Guido Poletti

En medio de la crisis de estas semanas se vio cómo los principales monopolios exportadores, empresas transnacionales como Nidera, Cargill o Dreyfuss, aprovecharon la crisis para, luego de exportar la soja (estamos en plena época del año de esa actividad), en vez de ingresar los dólares al país los tuvieron afuera, a la espera de una mayor devaluación.

Este hecho desnudó una realidad del comercio exterior argentino. Los principales exportadores son empresas transnacionales (como las ya mencionadas en el negocio de los granos, las petroleras o las automotrices). Esto no es nuevo. Esto mismo pasó en los doce años kirchneristas. El Estado argentino no controla su propio comercio exterior, esas firmas son las que después chantajean exigiendo una mayor devaluación o menores impuestos para “ingresar” los dólares de lo que vendieron. Tanto el kirchnerismo como ahora el macrismo lo sostuvieron.

Sin embargo, en las épocas del primer peronismo (1946-1955) existió el IAPI (Instituto Argentino de la Promoción del Intercambio), donde los productores agrarios estaban obligados a venderle al Estado, éste les pagaba en pesos y era el propio Estado el que exportaba y cobraba las divisas. En 1955, el gobierno de la “fusiladora” de Aramburu lo primero que hizo fue cerrar este organismo. Ningún gobierno posterior, entre ellos los peronistas de 1973/76 o el kirchnerismo entre 2003 y 2015, se planteó volver a medidas de este tipo. Se les garantizó así a los monopolios exportadores seguir con sus negociados.

Hoy, solamente desde el Frente de Izquierda seguimos planteando que hay que nacionalizar el comercio exterior, como en cierta forma se hizo en ese entonces con el IAPI, para que los dólares que se obtengan de las exportaciones no sean un objeto de especulación, sino que puedan ser utilizados para adquirir aquellos bienes esenciales como medicamentos o insumos de alta tecnología que todavía no estamos en condiciones de producir. Esta es la verdadera salida para hacernos de dólares genuinos, junto con dejar de pagar la deuda externa. Lo opuesto a lo que hace Macri con su acuerdo con el FMI.

 

Escribe Guido Poletti

Hay un punto en que macristas y kirchneristas dicen exactamente lo mismo: que durante los años de Néstor y Cristina la deuda externa se redujo sustancialmente, hasta dejar de ser un problema. Los kirchneristas lo llaman “el desendeudamiento”. Los macristas lo aprovechan como excusa para sostener que la nueva deuda que están tomando (140.000 millones de dólares en poco más de dos años) no sería un problema al arrancar de un nivel “tan bajo”.

Todo esto es rotundamente falso. No nos desendeudamos en la era kirchnerista. Al contrario, luego de pagarle al contado y con intereses astronómicos al Fondo Monetario y al Club de París, de hacer dos canjes de deuda en 2005 y 2010, de transformarnos en “pagadores seriales” (expresión de la propia Cristina Fernández de Kirchner en un discurso) abonando 200.000 millones de dólares, llegamos a 2015 con una deuda que superaba largamente los 240.000 millones de dólares.

Los economistas kirchneristas mostraban números de desendeudamiento donde no contaban la deuda pendiente con los buitres, o sostenían que lo que se adeudaba en pesos no “afectaba” en nada ya que lo tenían organismos como la Anses o el Banco Central y se podrían “renovar” indefinidamente. Esos mismos economistas son los que hoy reconocen que esa deuda nominada en pesos, ahora en el gobierno de Macri, “sí importa y es un problema”, como se acaba de comprobar la semana pasada con el vencimiento de las Lebac.

Tampoco es cierto que “nos liberamos del FMI”. De hecho, el último acuerdo con el Fondo, anterior al que actualmente negocia el gobierno de Macri, fue firmado por el entonces presidente Néstor Kirchner el 20 de septiembre de 2003, a los pocos meses de haber asumido su mandato. Ese fue el préstamo que se canceló por anticipado y en efectivo en enero de 2016. Este hecho tampoco fue ninguna “señal de soberanía”, como se lo quiso vender entonces. Era el propio Fondo quien presionaba para cobrar por anticipado, y de hecho ya había logrado en las semanas previas que lo hicieran Turquía y Brasil.

En síntesis, la deuda externa es el mayor problema de la economía argentina de los últimos 40 años. Nació y creció fraudulentamente durante la época de la dictadura militar. Y fue pagada, con el hambre del pueblo, por todos los gobiernos posteriores, llámese Alfonsín, Menem, De la Rúa, los Kirchner o ahora Macri. Varias veces, como en 1982 al final de la dictadura, en 1989 con la hiperinflación, o en 2001 con el corralito, esas políticas nos llevaron a la crisis total. Por eso la única salida es la que, desde hace décadas, venimos planteando desde la izquierda: dejar de pagar ya mismo esa deuda inmoral, ilegal, fraudulenta e impagable y romper con el FMI y todos los organismos financieros internacionales como primer paso para oponerle un plan económico alternativo obrero y popular

Escribe José Castillo

El FMI ya impuso su primera exigencia: un ministro coordinador de Economía encargado de garantizar el ajuste. Al que ya se venía realizando se le sumará ahora el que reclama el Fondo. Todo al servicio de seguir pagando una deuda externa que en estos días volvió a incrementarse. Hay que conformar un gran movimiento nacional, obrero y popular, contra el acuerdo de Macri con el Fondo, planteando que la única salida es dejar de pagar la deuda externa

Finalmente asistimos a una semana de “calma cambiaria”. El dólar se estabilizó alrededor de 25 pesos y, por ahora, empieza a abandonar la tapa de los diarios, reemplazado por los 23 elegidos por Sampaoli para la Selección. Es hora, entonces, de hacer el recuento de los ganadores y perdedores de esta corrida.

Los grandes triunfadores fueron, como uno ya se imagina, los grandes pulpos de la especulación financiera. Venían haciendo millonadas con la bicicleta financiera. Luego el Banco Central les vendió dólares “baratos” a 20 o 21 para fugarlos. Y al final se los volvió a comprar a 24 para que vuelvan a pasarse a pesos y disfrutar de la nueva bicicleta, esa que se abre ahora con la tasa al 40%. Ganaron los monopolios exportadores, que retuvieron las divisas y ahora las cambian con un 25% de ganancia por la devaluación. Ganaron los bancos, a los que se les permite reducir al extremo lo que deben mantener de efectivo mínimo para garantizar los depósitos a cambio de comprar Lebac y hacer una gran diferencia con la supertasa de interés.

Del otro lado quedan los perdedores: los trabajadores, los jubilados, los que viven de changas o cobran planes sociales. Todos ya están viendo sus ingresos licuados por la mayor inflación y por el encarecimiento de cualquier tipo de crédito con las altas tasas de interés. Y a esto hay que sumarle la recesión que ya comenzó a sentirse, y que tendrá sus secuelas en términos de más desempleo y miseria.

La otra consecuencia: un mayor endeudamiento

El gobierno de Macri logró superar “exitosamente” el supermartes del 15 de mayo, cuando vencían Lebac por 670.000 millones de pesos, a cambio de renovarlos a una tasa por las nubes de 40%. Esos mayores intereses hay que cargarlos a la cuenta de la deuda argentina. A esto sumémosle la maniobra del ministro de Finanzas Luis Caputo, que logró más “financiamiento” colocando bonos llamados BOTE por casi 4.000 millones de dólares entre dos fondos buitres amigos del ministro, Templeton y BlackRock.

La realidad es que, para financiar tanto la bicicleta financiera como la posterior fuga de capitales, el gobierno de Macri sigue con su carrera loca de mayor endeudamiento. La deuda externa argentina total, sumando nación y provincias, en bonos nominados tanto en dólares como pesos, ya se acerca al monto impagable de 400.000 millones de dólares. El año pasado, sólo de intereses de esa deuda, se pagaron en efectivo 16.000 millones de dólares. Este año, ese monto se incrementará a 20.000 millones.

El acuerdo con el FMI llega para garantizar que se siga pagando

Ya se dieron los primeros pasos. La delegación argentina visitó Washington. Y el directorio del FMI “aprobó” iniciar las negociaciones para concretar el préstamo. Se habla de un monto de entre 20.000 y 30.000 millones de dólares, que el gobierno recibirá en tramos, previa estricta supervisión que se está cumpliendo con el ajuste que se establezca.

Más allá de que podamos tener una idea de cuáles serán los planteos del Fondo (ver “El acuerdo que se viene con el Fondo” en esta página), ya la Argentina está cumpliendo con la primera exigencia: nombrar un ministro “coordinador” único por encima de los demás en que se dividió el viejo Ministerio de Economía. La designación cayó en el actual ministro de Hacienda Nicolás Dujovne, tal vez por sus buenas relaciones con Christine Lagarde luego de que gastara 31.000 pesos -obviamente de fondos públicos-, en invitarla a cenar en una visita anterior. Dujovne tendrá la tarea de ser “el hombre del ajuste”: él será quien se comprometerá a “tachar” partidas, que significarán despidos, menos plata para educación, salud u obras públicas y todas las otras exigencias que aparezcan en el acuerdo con el FMI.

Los trabajadores argentinos vamos a ser ajustados, entonces, para que se siga pagando la deuda. El acuerdo Macri-FMI será el que lo garantizará. Tenemos que salir a enfrentarlo, o este mayor ajuste nos comerá vivos. Hay que poner en pie ya mismo un gran movimiento nacional, obrero y popular contra este acuerdo. Planteando que la única salida es romper con el Fondo y dejar de pagar la deuda externa. Para que la crisis la paguen quienes la provocaron y no los trabajadores.


El acuerdo que se viene con el Fondo

Mientras Macri y su ministro Dujovne siguen insistiendo con la mentira de que el Fondo “no nos pondrá condicionamientos”, los economistas y políticos patronales de todos los signos (incluso muchos oficialistas) reconocen que no hay acuerdo con el Fondo que no tenga su respectivo “plan de ajuste”. El año pasado hubo una misión del FMI que se dedicó a auditar la economía argentina y luego elaboró “recomendaciones”. Ahí aparece lo que ahora se transformará en exigencias: ajustar el sistema jubilatorio (aumentando la edad para acceder al beneficio, haciendo que las actuales jubilaciones pierdan poder adquisitivo por ajustarse por debajo de la inflación o eliminando ciertos regímenes especiales como el de docentes), reducir el gasto con una velocidad mayor a la que se viene haciendo, afectando erogaciones sociales tales como salud, educación o vivienda, además de echar a miles de empleados públicos y avanzar con la reforma laboral, liquidando los convenios colectivos y las conquistas que los trabajadores ganaron durante décadas.

Al ajuste que Macri ya viene realizando en sus dos años y medio de mandato se le suman ahora los costos de la devaluación y la corrida de estos días, que significarán más inflación y recesión. A todo eso tendremos que agregarle el plan de ajuste pactado con el Fondo. Sobran razones para salir a enfrentar todo esto impulsando un gran movimiento obrero y popular contra el FMI, exigiendo paro y plan de lucha hasta derrotar este acuerdo.

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