Foto de portada: 1. Festejos en las calles de Budapest, Hungria ante la derrota electoral de Orbán 2. Orbán y Milei, marzo 2026

Escribe Miguel Lamas
En las recientes elecciones en Hungría, después de 16 años de gobierno, fue aplastante la derrota que sufrió el representante de la extrema derecha, el facho Viktor Orbán.
Orbán contó con el apoyo internacional de Donald Trump, Vladimir Putin, Benjamín Netanyahu y referentes de la ultraderecha europea, como Santiago Abascal (Vox), Giorgia Meloni, que gobierna Italia, Marine Le Pen en Francia y sectores neonazis de Alemania, además de Javier Milei. Su derrota es una derrota para todos ellos y tiene repercusión internacional.
Poco después de publicado el escrutinio, las calles de Budapest y de otras ciudades se llenaron de gente, sobre todo de jóvenes. Decenas de miles celebraron con entusiasmo el fin del régimen de Orbán. Medios independientes hablaron del “fin del gobierno arbitrario” y del “derrocamiento del orden de Orbán”.
Tras 16 años en el poder, Fidesz, el partido de Orbán, fue arrasado. La oposición, encabezada por Tisza, obtuvo una mayoría de dos tercios. Hubo una participación muy alta para la tradición electoral húngara, cercana al 80%. Se expresó un “voto castigo” contra Orbán, más allá de que muchos votantes no tengan claro qué hará el nuevo gobierno.
Repercusión internacional
El gobierno húngaro de Orbán apoyó públicamente los ataques a Gaza por parte de Israel y Estados Unidos, así como las agresiones contra Irán y el Líbano. También manifestó su respaldo a la invasión de Rusia a Ucrania. Orbán fue el único representante de países europeos que visitó a Netanyahu después de que la Corte Penal Internacional emitiera, el 21 de noviembre de 2024, órdenes de arresto por sus crímenes en Gaza.
El presidente Donald Trump hizo todo lo posible para ayudar a su aliado Orbán. Incluso envió a su vicepresidente a Budapest, la capital de Hungría, en plena campaña electoral. Pero esto terminó jugando en su contra. El rechazo a Trump en ese país contribuyó a profundizar la derrota de Orbán. Un verdadero boomerang.
Repudio popular nacional
La política económica implementada por Orbán favoreció al gran capital nacional e imperialista, como las automotrices alemanas, y a su base en la clase media alta. En cambio, la mayoría de la población húngara empeoró en los últimos años. A la alta inflación se sumaron el deterioro de la infraestructura pública, de la sanidad y de la educación, así como un descontento generalizado por la corrupción y los casos de enriquecimiento ilícito, donde “el 75% de los contratos gubernamentales fue a compañías asociadas a los amigos de Orbán” (Clarín, 13/4).
Durante 16 años, el primer ministro aplicó además políticas xenófobas y racistas contra extranjeros y minorías nacionales, especialmente los romaníes, comunidades originarias de la India que habitan en Hungría y Europa oriental desde hace generaciones. También impulsó políticas machistas, misóginas y anti LGBT, represión contra opositores de izquierda y ataques a los derechos sindicales. Todo esto generó un fuerte perjuicio para las mayorías populares y un creciente repudio electoral.
A prepararse para enfrentar al que ganó
El nuevo primer ministro, Péter Magyar, logró imponerse como principal opositor de Orbán, a pesar de haber formado parte de su entorno hasta hace dos años. Magyar proviene de una familia burguesa de Budapest y se define como “conservador”. Su victoria se explica, en gran parte, por la retirada de otros partidos opositores. Su objetivo es alinearse más con el imperialismo de la Unión Europea y menos con Trump y Putin.
Se produjo un recambio burgués liberal. Desde la izquierda, no se le da apoyo político al nuevo gobierno. Por el contrario, el pueblo trabajador y la juventud deberán enfrentarlo para conquistar cambios sociales y económicos reales. Esto no niega que la derrota de la ultraderecha en Hungría y de sus aliados sea un hecho positivo para las y los trabajadores del mundo.
Millones celebraron el resultado en distintos países. Si a esto se suma la caída de la popularidad de Trump en Estados Unidos, de Milei en Argentina o de José Antonio Kast en Chile, queda claro que los pueblos están dispuestos a pasarle factura a estos personajes ultraderechistas.










