Escribe José Castillo, dirigente de Izquierda Socialista/FIT Unidad
En la apertura de sesiones Javier Milei evitó responder por la inflación, el ajuste y la recesión, y eligió profundizar su ofensiva contra las y los trabajadores. Entre promesas de más motosierra, el gobierno redobla un rumbo que favorece a Trump, al FMI y a los grandes grupos económicos.
Se supone que en el discurso de inicio de sesiones un presidente debería hablar de los problemas centrales del país y dar explicaciones sobre sus propuestas para encararlos. Debería referirse por ejemplo a la inflación, que según sus afirmaciones previas ya tendría que haber desaparecido; a la economía que aseguró que crecería como ‘pedo de buzo’; o al ajuste que prometió con el eufemismo de que ‘pagaría la casta’ y no el pueblo trabajador. Nada de eso ocurrió. En cambio, actuó de manera desaforada y posó como jefe de una patota, Milei dio un discurso que incluyó 36 insultos directos a la oposición, muchos de ellos incluso guionados en el propio texto que leyó.
Un gigantesco operativo de seguridad cortó el tránsito en todo el centro porteño, desde la Casa Rosada hasta el Congreso, sin que hubiera una sola persona en la plaza para apoyar al gobierno. Tanto fue así que al retirarse, Milei se bajó del auto “a saludar” pero como no había nadie terminó estrechando la mano de un granadero a caballo. También quedó expuesto ante las cámaras el escándalo de una vicepresidenta desplazando, con el clásico “hombro pegado al cuerpo”, a Karina Milei, al mejor estilo de defensor marcando en el área. Y mirando luego su celular mientras hablaba Milei.
Los palcos estaban ocupados, por supuesto, por aplaudidores oficialistas que coreaban consignas bajo la conducción del llamado “Gordo Dan”, quien se dedicó especialmente a hostigar a las y los diputados del Frente de Izquierda Unidad cuando denunciaban a Milei por tantas falacias y mentiras.
¿Dijo algo sustantivo el presidente? Sí, prometió más motosierra. “Vamos a presentar 90 iniciativas”, anunció el ultraderechista. Ratificó su ofensiva contra la educación pública y confirmó el alineamiento incondicional con Donald Trump, mientras era aplaudido con entusiasmo por los embajadores de Estados Unidos e Israel, ubicados en un lugar privilegiado del hemiciclo, incluso más destacado que el de varios ministros.
Sostuvo, increíblemente, que no había aumentado la desocupación sino “la gente que busca trabajo”. ¿Y cómo se llama a quien busca trabajo y no lo consigue, sino desocupado? Volvió a defender la apertura económica y llegó a presentar como algo positivo el cierre de empresas. Lo dijo con todas las letras: “Cuando uno abre la economía, permite el ingreso de bienes de mejor calidad y menor precio”. Sin controles, eso significa ingreso de productos de dudosa calidad e incluso peligrosos. Agregó que si una empresa local no puede competir, “quiebra y despide gente”, con una frialdad que estremece. Luego aseguró que el consumidor ahorrará dinero comprando importados y lo destinará a otros bienes, generando empleo en sectores “más productivos” que pagarían mejores salarios. Una teoría de manual libertario que choca brutalmente con la realidad de despidos masivos y salarios y jubilaciones en abrupta caída.
Milei también reafirmó el saqueo de los recursos naturales y la destrucción ambiental, señalando que el futuro está “en la cordillera”, es decir, en la megaminería contaminante, como si de allí fueran a surgir los empleos que reemplazarán al industricidio que está provocando.
Un presidente desbocado, con gestos y expresiones de tono fascistoide, mintiendo sobre una supuesta “recuperación económica” y delineando una política que profundiza la guerra social contra el pueblo trabajador y los sectores populares. No es que el brutal ajuste haya terminado, todo indica que apenas comienza una nueva fase. Incluso llegó a hablar de la “superioridad moral” que pregonan sus políticas ultraderechistas, aliadas a Trump y al genocida del pueblo palestino Netanyahu que están bombardeando Irán.
La conclusión es clara: habrá que seguir luchando y organizándose frente a las consecuencias de la motosierra del gobierno y el FMI. Es imprescindible rodear de solidaridad todas las luchas en curso, como hoy la de las y los trabajadores de FATE, y exigir a la CGT que rompa su vergonzosa tregua con el gobierno y convoque a un plan de lucha.
La salida no es más ajuste ni más sometimiento, tampoco la variante del peronismo que ya gobernó y administró el mismo esquema de endeudamiento y dependencia. La salida es un plan económico alternativo, obrero y popular: como planteamos desde Izquierda Socialista y el Frente de Izquierda Unidad, dejar de pagar la deuda externa, romper con el FMI y destinar esos recursos a un plan de emergencia que garantice presupuesto para salud, vivienda y educación, creación de empleo genuino y salarios y jubilaciones acordes a la canasta familiar.
Solo así podrá ponerse la economía al servicio de las necesidades de la clase trabajadora y los sectores populares, y no de las ganancias de los grandes grupos empresarios y del imperialismo. El 24 de marzo a 50 años del golpe genocida será la nueva instancia que tiene el pueblo trabajador y la juventud para ganar las calles siendo cientos de miles contra el facho de Milei y el FMI.










