Tierra, autonomía y cultura: Los derechos de los pueblos originarios

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derechos pueblos originariosDurante la campaña al desierto un oficial declaró: “Los indígenas han demostrado ser susceptibles de docilidad y disciplina. En lugar de masacrarlos para castigarlos sería mejor aprovechar esta cualidad actualmente enojosa. Se llegará a ello sin dificultad cuando se haga desaparecer ese ser moral que se llama tribu. Es un haz bien ligado y poco manejable. Rompiendo violentamente los lazos que estrechan los miembros unos con otros, separándolos de sus jefes, solo se tendrá que tratar con individuos aislados, disgregados sobre los cuales se podrá concretar la acción”.


Como señaló Fernando Jones Huala, el objetivo de la lucha de las diversas organizaciones mapuches es la tierra, posesión comunitaria imprescindible para desarrollar una vida en armonía con la naturaleza y de acuerdo con sus tradiciones ancestrales, en la que puedan regirse por sus valores, leyes y cultura.
La Constitución argentina reconoce la preexistencia de los pueblos originarios. Pero no solo afirma que existen desde antes que se crearan los Estados actuales sino que los reconoce en su calidad de pueblos, lo que implica que “poseen instituciones sociales, económicas y políticas propias, autónomas de cualquier formación sociopolítica posterior. Lo importante no es que existan desde antaño, sino la manera, el cómo existen: como pueblos”.1 En la realidad entonces, el Estado y los sucesivos gobiernos desconocen que los pueblos originarios tuvieron su propia organización social y política hasta que fueron avasallados y sus tierras usurpadas, en la campaña que culminó en 1883. No es aquí lugar para polemizar si hasta entonces constituyeron o no “Estados”; lo que es indiscutible es que esas “tribus” gozaban de una autonomía casi absoluta en sus decisiones… hasta la de resistir las invasiones del “huinca” que fueron motivo de reiterados “parlamentos” de caciques, capitanejos y “chusma” cuando el ejército “argentino” avanzaba sobre los territorios “extranjeros” de la Patagonia. El etnocidio comenzó con los conquistadores españoles, continuó con las campañas de Juan Manuel de Rosas y culminó con la “ofensiva final” ordenada por el presidente Nicolás Avellaneda y ejecutada por el Estado nacional argentino y el ejército de Roca. La operación desplegada bien cabe denominarse como un plan cívico-militar sistemático, el del exterminio y disgregación del indio.

Escribe Tito Mainer

1. Carrasco, M., “La pelea de los indígenas por la tierra es una demanda de identidad”, Clarín, 2011.

La tierra para el que la conquista

Los primeros beneficiarios con el millón de hectáreas “conquistadas” con la “campaña al desierto” se pueden dividir en dos grupos. Los que la solventaron fueron acreedores a grandes territorios, todos ellos hombres muy cercanos al régimen roquista. Como Ernesto Tornquist, banquero, exportador de cuero y lana e importador de maquinaria agrícola, que era representante del gran consorcio alemán Krupp y fue el principal proveedor del ejército, desde la ropa hasta el armamento. Tornquist, luego negociador de la deuda externa, manifestó despreocupadamente su interés: las tierras ocupadas, dijo, “con malones valen diez, sin malones valen cien”. Recompensa y homenaje: un parque natural de casi 7.000 hectáreas en la Sierra de la Ventana lleva su nombre. Otro que construyó un inmenso imperio patagónico fue el español José Menéndez, que desde 1875 vivía en Punta Arenas y se hizo muy amigo de Roca. En un reportaje se permitió un rápido inventario. Cuenta el periodista: “Sacó de su cartera un papelito y me dijo: ‘Ayer tenía yo un millón cuatrocientas mil ovejas, doce mil caballos, once mil vacas, veintiséis casas de comercio (La Anónima), dos establecimientos frigoríficos, una línea de vapores de 20.000 toneladas”.
Además de los amigos y familiares de Julio A. Roca, los otros beneficiados fueron los militares de la campaña. Claro que casi todos, como no podían mudarse al medio del “desierto”, optaron por vender sus tierras a precio vil. Una de las inmobiliarias que centralizó ese inmenso negocio fue la de la familia Bullrich.1 Las enormes extensiones quedaron así en pocas manos, y la mayoría de ellas en personas que se reconocían como “súbditos de Su Majestad Británica”.

1. Fuente: De Titto, Ricardo, La joya más preciada. Una historia integral de la Argentina, Al Ateneo, 2008.

Los Bullrich y Beazley

El primer Bullrich, Adolph, fue un inmigrante nacido en Hannover (Reino Unido) que llegó a Buenos Aires en 1828. Puso un almacén en 1835 y en 1842 se asoció con un alemán para ampliar el negocio y poner una fábrica de cerveza. Murió en 1882. Uno de sus diez hijos, Adolfo James, educado en Inglaterra, fue el fundador de la casa de remates Bullrich, en 1867. Entre 1890 y 1891, en plena crisis política y económica, fue director del Banco Hipotecario que manejaba el crédito inmobiliario y para tierras. Entre 1898 y 1902 fue intendente de Buenos Aires mientras su cuñado, Francisco Beazley, era jefe de la policía. La rosca oligárquica en pleno: manejaban la capital y se aseguraban de que las mejores tierras quedaran “en familia”.

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