Escribe Rosario Kairuz, dirigenta de la Juventud de Izquierda Socialista UBA
Capítulo aparte merece la política sectaria, misógina y anti FIT Unidad impulsada por ¡Ya Basta! - Nuevo MAS en toda la UBA. No es nuevo que se presenten solos en la mayoría de las facultades. Incluso, en algunos casos, lo hicieron de manera llamativa en espacios donde prácticamente no tienen desarrollo como agrupación, por ejemplo en Ciencias Exactas.
Este año, además, el nivel de violencia política contra las fuerzas que integramos el Frente de Izquierda Unidad escaló especialmente en la Facultad de Filosofía y Letras. La política de extrema autoproclamación y las agresiones hacia militantes de otras organizaciones trotskistas no pueden seguir teniendo lugar.
Cualquier partido que se reivindique revolucionario y de izquierda no puede sostener prácticas que reproducen discursos de odio similares a los impulsados por sectores de ultraderecha en nuestro país. Llamamos a la reflexión a las y los militantes honestos que forman parte de esa organización y a romper con los métodos que vienen sosteniendo desde hace años.

Escribe Mercedes Trimarchi, diputada electa en CABA por Izquierda Socialista en el FIT/Unidad
La ratificación de la condena a Juan Darthés por el abuso sexual cometido contra Thelma Fardin trasciende ampliamente el plano estrictamente judicial. No se trata únicamente de una resolución de tribunales, sino de un acontecimiento con profundas implicancias políticas, sociales y culturales, que repercute de manera directa en la vida de miles de víctimas y se inscribe en la trayectoria reciente del movimiento feminista. Este fallo adquiere aún mayor relevancia en un escenario atravesado por el avance de sectores de ultraderecha conservadora, que buscan cuestionar y revertir derechos conquistados como parte de una ofensiva cultural más amplia. En particular en nuestro país, donde el gobierno impulsa discursos que ponen en duda a las víctimas, instalando la idea de supuestas “falsas denuncias” en casos de violencia de género y abuso.
La justicia federal de Brasil confirmó la responsabilidad penal de Darthés en el juicio por violación contra Fardin, dejando firme la pena de seis años de prisión. El Tribunal Regional Federal de São Paulo, mediante una decisión respaldada por cinco magistrados, emitió un pronunciamiento categórico que no solo reconoce la denuncia de la actriz, sino que también interpela al conjunto de las víctimas de violencia sexual. El tribunal estableció un criterio clave: el eje del análisis debe situarse en la conducta del agresor, en su condición de adulto y en la asimetría de poder existente, más que en exigir pruebas de resistencia por parte de la víctima. En esa línea, la sentencia reafirma un principio fundamental: sin consentimiento, toda relación sexual constituye abuso o violación.
Este fallo también pone en primer plano la valentía de Thelma Fardin, que sostuvo su denuncia durante años frente a presiones, exposición pública y un proceso judicial largo y desgastante. Su decisión siempre estuvo respaldada por una trama colectiva de acompañamiento, en la que el movimiento feminista jugó un rol decisivo, transformando el dolor en organización y la denuncia en una causa política más amplia. Esa fuerza colectiva es la que permitió romper el cerco de la impunidad y torcer un destino que, durante mucho tiempo, parecía escrito de antemano para las víctimas. Y es también la que hoy cobra especial importancia frente al avance del gobierno de Javier Milei, que insiste en desacreditar las denuncias por violencia de género bajo el argumento de las “falsas denuncias”, alimentando un clima de sospecha y desprotección.
En ese contexto, la condena firme a Juan Darthés no solo representa un acto de justicia, sino también una herramienta para seguir dando la pelea. Porque reafirma que las víctimas dicen la verdad, que denunciar vale la pena y que, frente a los intentos de retroceso, la organización y la lucha feminista siguen siendo el camino para defender y profundizar cada una de las conquistas logradas.

Escribe Mercedes Trimarchi, diputada electa en CABA por Izquierda Socialista en el FIT/UNidad
El caso del entrenador Diego Guacci se remonta a 2021, cuando cinco futbolistas de la selección argentina lo denunciaron ante la FIFA por situaciones de acoso sexual, abuso psicológico y hostigamiento ocurridas durante su paso por clubes y selecciones juveniles. Sin embargo, tras un proceso que se extendió por aproximadamente un año, el organismo internacional decidió archivar la causa al considerar que las pruebas resultaban “insuficientes” para aplicar una sanción. Esta decisión consolidó un escenario de impunidad institucional y fue fuertemente cuestionada por las denunciantes, que señalaron la falta de escucha, acompañamiento y protección dentro de las estructuras del fútbol. En las últimas semanas, al menos tres futbolistas más hicieron públicos sus testimonios, elevando a ocho el número de denunciantes. Estas nuevas voces no sólo amplían la magnitud del caso, sino que refuerzan la existencia de un patrón sostenido de abuso, violencia y hostigamiento a lo largo del tiempo.
En este contexto, no resulta casual que Guacci se ubique entre quienes impulsan el endurecimiento de penas por “falsas denuncias” en casos de violencia de género. El proyecto promovido por la senadora Carolina Losada (con el respaldo de Patricia Bullrich) ya cuenta con dictamen en la Comisión de Justicia y Asuntos Penales del Senado. Lejos de proteger a las víctimas, este tipo de iniciativas refuerza un clima de sospecha y desalienta las denuncias, beneficiando a quienes ejercen violencia. La irrupción de nuevas denuncias vuelve a poner en evidencia la urgencia de terminar con la impunidad de la que gozan abusadores y violentos. También deja al descubierto el sentido político de la campaña sobre las “falsas denuncias”, promovida desde el gobierno, que busca sembrar miedo, desacreditar a las víctimas y garantizar el silencio. Pero ese intento no pasa sin respuesta. El movimiento feminista ha demostrado una y otra vez su capacidad de organización y lucha, conquistando derechos y rompiendo pactos de silencio. Porque frente a cada intento de retroceso, la respuesta es colectiva. Como lo expresa una consigna que ya es bandera: “Si soplan fuerte, levantarán olas. Sabemos ser marea.”
Escribe Federico Novo Foti
Entre mayo y junio de 1936 se produjo una oleada huelguística en toda Francia. León Trotsky anunció: “la revolución francesa ha comenzado”. Pero las conducciones reformistas de los partidos socialista y comunista, que dirigían a las y los trabajadores y gobernaban junto con un sector de la burguesía francesa con el Frente Popular, desmovilizaron a la clase trabajadora. Se lograron grandes conquistas económicas y sociales, pero el capitalismo imperialista salvó su dominio del país.
En mayo de 1936 comenzó una oleada huelguística en Francia. El detonante fue el despido de dos obreros, el 11 de mayo, de la fábrica de aviones Breguet en la región de Le Havre, por haber asistido a los actos del 1º de Mayo. En respuesta las y los trabajadores pararon la producción, ocuparon la planta y eligieron un comité de fábrica votado en asamblea. En sólo una noche lograron las reincorporaciones. Pero el movimiento huelguístico no se detuvo. Pronto se extendió a Toulouse y Courbevoie. El 24 de mayo más de 600 mil personas participaron de la manifestación para conmemorar la Comuna de París.[i] El 28 de mayo, las y los trabajadores de la planta de Renault en Billancourt dejaron de trabajar. En los días siguientes quedaría paralizada toda la actividad industrial en la región parisina. Para comienzos de junio cerca de dos millones de obreros de 12 mil empresas se encontraban en huelga, con más de dos tercios de ellas ocupadas. Todas las capas de la clase trabajadora del país, desde los talleres a las fábricas, en cada gremio y en los barrios se sumaron a la lucha por sus reivindicaciones.
En la huelga general con ocupaciones de fábrica surgió una nueva generación de activistas y dirigentes obreros que crearon comités de fábrica para el control de la propiedad y administración. El 10 de junio delegados metalúrgicos de 700 fábricas votaron que de no aceptarse inmediatamente sus reclamos (salario mínimo, reconocimiento de delegados y semana de 40 horas) exigirían al gobierno la nacionalización de las empresas y su puesta en funcionamiento bajo control obrero. La burguesía francesa, “las 200 familias” que dominaban el país, reconoció en aquella demanda una amenaza al orden capitalista y entró en pánico.
El revolucionario ruso León Trotsky, perseguido y exiliado por el estalinismo, seguía los acontecimientos por la radio desde una aldea al sur de Noruega: “Las palabras ‘revolución francesa’ pueden parecer exageradas. ¡Pero no! No es una exageración. Es precisamente así que nace la revolución. En general, no pueden nacer de otro modo. La revolución francesa ha comenzado.”[ii]
La lucha contra el fascismo y el Frente Popular
En la década del treinta, Francia y casi toda Europa estaban convulsionadas por el crecimiento del fascismo y por el ascenso de las luchas obreras, en medio de la crisis económica del capitalismo mundial. Ya desde 1922 el fascista Benito Mussolini gobernaba Italia. En 1933 Adolf Hitler había accedido al poder en Alemania. Aquellas derrotas fueron favorecidas por la política equivocada y traidora que imponía José Stalin a los poderosos partidos comunistas: el rechazo a la unidad de acción obrera en la lucha contra el fascismo, poniendo un signo igual entre éste y la socialdemocracia, a la cual llamaba “socialfascistas”.
El 6 febrero de 1934 la liga de los fascistas y realistas franceses realizó un alzamiento en París. La huelga general del 12 de febrero fue la respuesta obrera al desafío fascista. Trotsky calificó la asonada fascista de “primer ensayo general del bandidaje fascista” y, mientras denunciaba la política capituladora de la socialdemocracia y divisionista del estalinismo, planteaba la necesidad de la unidad de acción obrera contra el fascismo y llamaba a constituir milicias para responder a los golpes fascistas.[iii] Finalmente, bajo la presión de las luchas obreras los dirigentes socialistas y comunistas se vieron obligados a unirse contra los fascistas.
Pero el Partido Comunista transformó el paso positivo de la unidad de los obreros comunistas y socialistas para enfrentar al fascismo en la trampa suicida del “Frente Popular”: la unidad política permanente de los dirigentes reformistas y burocráticos con sectores burgueses “democráticos”. En julio-agosto de 1935 el Séptimo (y último) Congreso de la III Internacional Comunista proclamó esa política de conciliación con la burguesía como ley universal y permanente para todos los partidos comunistas del mundo.
El 14 de julio de 1935 con una imponente manifestación que cantó La Marsellesa y la Internacional se proclamó el Frente Popular (Rassemblement Populaire), integrado por los socialistas (León Blum), comunistas (Maurice Thorez) y el Partido Radical Socialista (Eduardo Daladier), un partido de la burguesía democrática, apoyados por la conducción burocrática de la Confederación General del Trabajo (CGT).
El 26 de abril y 3 de mayo se realizaron las elecciones, triunfando el Frente Popular con casi el 60% de los votos. Dentro de la coalición ganadora los candidatos del PC casi duplicaron sus anteriores votaciones (1,5 millones de votos). Pero sus dirigentes favorecieron en los cargos a los socialistas, que a su vez pretendían ceder posiciones ante los burgueses radicales, que habían retrocedido en su caudal electoral. Pero la presión obrera obligó a que el socialista León Blum fuera elegido primer ministro.
El Frente Popular salvó al capitalismo
Entretanto, a finales de mayo estalló la huelga general. Días después, Trotsky afirmaba que “los días de febrero de 1934 marcaron la primera ofensiva seria de la contrarrevolución unificada. Los días de mayo-junio de 1936 son el signo de la primera ola poderosa de la revolución proletaria” y llamaba a la unificación de todos los comités de fábrica, a los que consideraba embriones de poder obrero.[iv]
Sin embargo, a pesar de no haber asumido formalmente el gobierno, los líderes del Frente Popular se ocuparon de las negociaciones con la burguesía y los dirigentes sindicales burocráticos (socialistas y comunistas) para detener el movimiento huelguístico que amenazaba el orden capitalista. El 4 de junio, adelantando la fecha prevista, León Blum asumió como primer ministro y días más tarde se reunieron en el Palacio de Matignon los negociadores del gobierno y la burguesía, junto a la cúpula de la CGT, donde firmaron los “Acuerdos de Matignon” en los que la burguesía se comprometía a otorgar importantes concesiones frente a la perspectiva de perderlo todo.
Sin una dirección alternativa que les señalara con audacia el camino de apoderarse del poder, las y los trabajadores se conformaron con las importantes concesiones que otorgó la aterrorizada burguesía francesa. Se lograron históricas conquistas como la semana de 40 horas, aumento de salarios, la firma de convenios colectivos, las vacaciones anuales pagas de un mes y el compromiso (nunca cumplido) de un plan de obras públicas para enfrentar la desocupación. Sin embargo, por seguir a los dirigentes traidores del Frente Popular, las y los trabajadores franceses se fueron desmovilizando y dieron una sobrevida al capitalismo imperialista francés. Esa pasividad facilitó también en 1940 que los ejércitos de Hitler ocuparon Francia. A lo que siguieron cinco años de tremendos sufrimientos y resistencia.
En los años y décadas siguientes, los ataques permanentes de la burguesía francesa y sus gobiernos obligaron a la clase trabajadora a defender parte de aquellas conquistas logradas en 1936. Ese es el caso del llamado “Mayo Francés” de 1968, las movilizaciones contra el “Plan Juppé” de 1995 o, más recientemente, las rebeliones de los “chalecos amarillos” de 2018 y las de 2023 y 2025. Sigue aún pendiente la tarea de lograr una nueva dirección política y sindical que permita que esa gran combatividad, que surge desde abajo y desbordando a las direcciones reformistas tradicionales, pueda terminar derrotando a los gobiernos capitalistas y logrando gobiernos de la clase trabajadora y los sectores populares que abran el camino del socialismo con democracia para el pueblo trabajador.
[i] Ver El Socialista Nº 187, 14/04/2011
[ii] L. Trotsky. ¿Adónde va Francia? Fundación F. Engels, Septiembre, 2006.
[iii] L. Trotsky. “Francia es ahora la clave de la situación” en The Militant, 31 de marzo de 1934.
[iv] L. Trotsky. ¿Adónde va Francia? Op. Cit.

Escribe Mercedes de Mendieta, diputada nacional electa Izquierda Socialista/ FIT Unidad
En una nueva postal de alineamiento con Washington, Javier Milei volvió a mostrar su sometimiento explícito a Trump y el imperialismo norteamericano y en contra de cualquier atisbo de soberanía nacional. Esta vez, en un gesto verdaderamente lamebotas se subió al portaaviones estadounidense USS Nimitz (una de las máquinas de guerra más imponentes del planeta) y participó de ejercicios navales en el Atlántico Sur, a escasos kilómetros de Mar del Plata, en el marco del operativo Passex 2026. A bordo de un portaaviones nuclear y rodeado de funcionarios, Milei escenificó un nuevo acto de subordinación a Estados Unidos, profundizando una política exterior alineada con los intereses del imperialismo.
Sin dudas se trató de un gesto político contundente: el presidente es funcional al intento de Trump de convertir a nuestro país en un punto estratégico geopolítico para convertirnos en el “patio trasero” de Estados Unidos, en línea con la vieja Doctrina Monroe que desde el siglo XIX define a América Latina como zona de influencia exclusiva del imperialismo norteamericano y que ha tomado fuerza desde la llegada del ultraderechista Trump a su segunda presidencia.
Si bien el ingreso de fuerzas extranjeras requiere la autorización del Congreso Nacional, como ya nos tiene acostumbrados, Milei lo hizo mediante el Decreto 264/2026, lo que refuerza su carácter autoritario al servicio del ataque a la soberanía nacional.
Una escena obscena: los lamebotas del imperialismo
El espectáculo montado sobre el USS Nimitz incluyó el traslado del presidente en un avión militar estadounidense que aterrizó directamente sobre la cubierta del portaaviones nuclear. A su lado, una comitiva que incluyó desde Karina Milei; el ministro de Defensa, Carlos Presti; la ministra de Seguridad, Alejandra Monteoliva; el canciller, Pablo Quirno; el presidente de la Cámara de Diputados, Martín Menem; el embajador de Estados Unidos en la Argentina, Peter Lamelas; el jefe del Estado Mayor Conjunto, Marcelo Dalle Nogare; y el jefe de la Armada, Juan Carlos Romay. La “casta” estuvo presente en pleno, ahora alineada bajo la bandera de la sumisión militar con Washington.
La visita al portaaviones se suma a otros gestos recientes de sumisión, como el impulso a una Base Naval Integrada en Ushuaia junto al Comando Sur estadounidense. Bajo el argumento de la “cooperación”, se abre la puerta a una mayor injerencia militar extranjera en una zona estratégica clave: el acceso a la Antártida y los recursos del Atlántico Sur.
Pero el alineamiento de Milei no se queda en el Atlántico Sur. Milei se encolumna sin matices detrás de la ofensiva imperialista de Trump y Netanyahu contra Irán y el Líbano. En un gesto de provocación mientras la Flotilla Global Sumud viaja a Gaza a intentar romper el cerco humanitario, viajó a Israel en plena escalada genocida en medio oriente, y más allá de que protagonizó escenas que fueron un verdadero papelón, incluidos cantos y gestos extravagantes, se reunía con el principal genocida del mundo y con pedido de captura internacional Benjamin Netanyahu. Mostrando una vez más su complicidad con el genocidio hacia el pueblo palestino, por lo que seguimos diciendo ¡No en nuestro nombre! Por una Palestina Libre del Río al Mar.
Milei se muestra decidido a profundizar un modelo de dependencia que subordina los intereses nacionales a las necesidades geopolíticas de Estados Unidos. Mientras nuestro país cae en la decadencia de la motosierra con una crisis económica y social muy profunda, se fortalecen los vínculos con el aparato militar de la principal potencia imperialista mundial. Hoy el gobierno ultraderechista se muestra como un actor disciplinado dentro del esquema global del imperialismo norteamericano.