Sep 02, 2026 Last Updated 3:53 PM, Sep 1, 2026

Izquierda Socialista


Escribe José Castillo

Las Malvinas son argentinas. En 1833, el imperialismo británico invadió las islas, expulsó a la población local y, mediante el traslado de población importada (“los kelpers”), convirtió a Malvinas en un enclave colonial.

En 1982, el dictador Leopoldo Galtieri, buscando recuperar apoyo ante el creciente repudio obrero y popular, se lanzó a la aventura de recuperar las Malvinas. Creía que contaría con el respaldo del imperialismo yanqui, que obviamente apoyó a los británicos. Lo que sí se produjo fue una gigantesca movilización antiimperialista. Toda Latinoamérica apoyó a Argentina. Los generales genocidas no querían pelear, pero se vieron arrastrados por la marea.

Mientras la asesina Margaret Thatcher hundía ilegalmente y fuera de la “zona de exclusión” el crucero General Belgrano, durante un mes y medio los “chicos de la guerra”, colimbas de 18 a 20 años, junto con un puñado de jóvenes suboficiales y oficiales de baja graduación y un grupo de pilotos de combate, pelearon palmo a palmo, desigualmente armados, contra los invasores. Años más tarde, generales británicos afirmaron que hubo un momento en que la Argentina estuvo a punto de obligar a la flota de los piratas a retirarse. 649 argentinos murieron en la guerra (326 en las islas más los 323 del hundimiento del ARA General Belgrano). A esto hay que sumar 1.657 heridos.

Pero la alta jerarquía militar nunca quiso ganar. No tocó los intereses británicos en el país e incluso garantizó que se siguiera pagando la deuda externa a los acreedores ingleses. Tampoco aceptó la ayuda militar ofrecida por otros países.
Cuando el presidente genocida Leopoldo Galtieri anunció la rendición, una multitud lo repudió en Plaza de Mayo. “Los pibes murieron, los jefes los vendieron”, se escuchó junto al atronador “se va a acabar, se va a acabar, la dictadura militar”.

El fracaso de la “desmalvinización”

Los gobiernos posteriores se dieron una tarea, “desmalvinizar”, hacer olvidar la gesta antiimperialista.

La dictadura escondió el regreso de los soldados y los presionó para que no dieran testimonios, además de negarles asistencia médica, económica o social para su reinserción. Sin embargo, cuando el 19 de junio de 1982 el crucero británico Canberra arribó a Puerto Madryn con 4.136 soldados argentinos, que fueron trasladados en camiones cerrados a una barraca, el pueblo rompió el cerco militar para llevarles comida.

Los excombatientes se organizaron. Ya el 2 de abril de 1983, en el primer aniversario de la gesta, miles marcharon por las calles reivindicando Malvinas y, a la vez, repudiando a la dictadura. Hoy existen más de 400 organizaciones de excombatientes a lo largo y ancho del país.
Pasaron los años. Los excombatientes crecieron y muchos nunca pudieron recuperarse de la marginación a la que los sometieron los sucesivos gobiernos. Más de 350 se quitaron la vida. En 2005, Gastón Pauls reflejó ese drama en una extraordinaria película que reivindica la gesta malvinera, Iluminados por el fuego.

De los Acuerdos de Madrid a la entrega de Milei

Mientras tanto, los distintos gobiernos que se sucedieron continuaron con la “desmalvinización” y avanzaron en la entrega.

Durante la presidencia de Carlos Menem se firmaron los Acuerdos de Madrid I (1989) y Madrid II (1990), que restablecieron las relaciones diplomáticas y fijaron lo que se llamó un “paraguas de soberanía”, que podría resumirse en la frase “de eso no se habla”. Todo esto formaba parte de la llamada política de seducción a los isleños por parte del peronismo menemista. Esta llegó a ribetes ridículos, como cuando el canciller Guido Di Tella envió ositos de peluche Winnie the Pooh a las familias kelpers. Se firmaron 17 acuerdos con Gran Bretaña, la mayoría relacionados con la conservación de recursos pesqueros, que Gran Bretaña incumplió sistemáticamente, profundizando su accionar pirata sobre el área.

Durante los 12 años del peronismo kirchnerista se dio mayor espacio simbólico a la causa Malvinas. Pero no se dio ningún paso efectivo para hacer lo que hubiera modificado la relación de fuerzas. Ningún interés británico en la Argentina fue tocado. Más aún, se abrieron nuevos, como los avances de British Petroleum y Río Tinto en la megaminería, o la ampliación de las tierras adquiridas por personajes como Joe Lewis en la Patagonia.

En 2016, el gobierno de Mauricio Macri firmó el comunicado conjunto Foradori-Duncan (13/9/2016), que incluía una increíble cláusula en la que nuestro país se comprometió a “remover todos los obstáculos que limitan el crecimiento económico y el desarrollo sustentable de las Islas Malvinas/Falklands, incluyendo comercio, pesca, navegación e hidrocarburos”.

El gobierno ultraderechista de Javier Milei es, sin duda, el más entreguista y probritánico de toda la lista. Afirma públicamente que es un admirador de Margaret Thatcher. Algunos de sus diputados, como Sabrina Ajmechet, dicen que las Malvinas son inglesas. Su primera canciller afirmó que lo definitorio serían los “deseos” de los kelpers, desconociendo su carácter de población implantada. Milei se prepara para coronar su entrega con un Argentine Fest en Londres, un evento para invitar a los capitales británicos a avanzar en el saqueo, ya no solo de Malvinas, sino también de nuestro propio territorio continental.

Las Malvinas son argentinas

La causa Malvinas es antiimperialista, obrera y popular, y crece entre las nuevas generaciones. Nada podemos esperar de estos políticos patronales entreguistas. Solo un gobierno de la izquierda y la clase trabajadora, que ataque de verdad los intereses de las multinacionales imperialistas, rompa con el FMI, deje de pagar la deuda externa y apele a los pueblos de Latinoamérica y a otros pueblos sometidos del mundo, podrá hacer realidad el sueño de la recuperación de las Malvinas Argentinas.

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Escribe Guido Poletti

Terminada la guerra de 1982, Gran Bretaña no sólo continuó con la ocupación ilegal de las islas, sino que aprovechó la victoria militar para extender su dominación.

Durante el conflicto, los británicos habían establecido unilateralmente una zona de exclusión de 200 millas náuticas (aproximadamente 370 kilómetros) alrededor de las islas, que abarcaba un área marítima y aérea de 430 mil kilómetros cuadrados. Inmediatamente después de finalizar la guerra, Londres reemplazó la zona de exclusión militar por la Falkland Islands Protection Zone, de 150 millas náuticas.

Lo que en un principio era una restricción militar (prohibir el paso de aviones y naves argentinas) se transformó, en 1986, en un área de explotación económica, la Falkland Islands Interim Conservation and Management Zone, con el objetivo explícito de iniciar la regulación y venta unilateral de licencias pesqueras (principalmente para la captura de calamar illex y merluza).

Al mismo tiempo, Gran Bretaña había construido la base militar y el aeródromo de Mount Pleasant y fortificado la guarnición de Malvinas con más de 2 mil marines, naves de guerra y submarinos. Quedó, además, la sospecha de que incluía armamento nuclear.

En diciembre de 1990, Gran Bretaña oficializó la Falkland Islands Outer Conservation Zone, ampliando la jurisdicción pesquera a las 200 millas náuticas desde las líneas de base costeras.

En 1993, declaró formalmente una zona marítima de 200 millas náuticas también alrededor de las Georgias del Sur y Sandwich del Sur. Esto le otorgó el control de un área marina adicional de 1.450.000 km².

En mayo de 2009, ante la Comisión de Límites de la Plataforma Continental de las Naciones Unidas, el Reino Unido presentó unilateralmente sus pretensiones de soberanía sobre el lecho y el subsuelo marino más allá de las 200 millas náuticas alrededor de Malvinas, Georgias del Sur y Sandwich del Sur.
A partir de 2012, el Reino Unido comenzó a implementar políticas ambientales unilaterales mediante la creación de Áreas Marinas Protegidas en Georgias del Sur y Sandwich del Sur. En revisiones posteriores, como las impulsadas en 2019 y 2024, prohibió totalmente la pesca en áreas cada vez mayores, alcanzando más de 440 mil kilómetros cuadrados de veda total.

En conjunto, sumando las áreas marítimas de Malvinas, Georgias del Sur y Sandwich del Sur, la presencia y la imposición de jurisdicción británica abarcan entre 1.600.000 y 1.900.000 kilómetros cuadrados de espacio marítimo e insular. Mediante la pretensión unilateral sobre la plataforma continental extendida presentada ante la ONU en 2009, Gran Bretaña busca proyectar derechos sobre otros 1.4 millones de kilómetros cuadrados adicionales de lecho y subsuelo marino más allá de las 200 millas.

Y, obviamente, detrás de todo esto está el intento británico de quedarse también con la Antártida Argentina, donde actualmente las pretensiones británicas se superponen con los espacios reclamados por Argentina y Chile.

Gran Bretaña avanza así económicamente sobre la pesca, el gas y el petróleo, pero también geopolíticamente, para controlar militarmente el Atlántico Sur y el pasaje de Drake, único camino entre ambos océanos, exceptuando el Canal de Panamá. Se trata de una auténtica “pampa sumergida” invadida por los piratas ingleses.

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Escribe Guido Poletti

Fundada en 2015 y con sede en Herzliya, Israel, Navitas Petroleum tiene oficinas en Houston y Londres, cotiza en la Bolsa de Tel Aviv y posee un portafolio de 14 activos vinculados al gas y al petróleo.

Ingresó al yacimiento Sea Lion, en la cuenca de Malvinas, entre 2021 y 2022, cuando compró la participación que antes tenía Harbour Energy, una compañía británica que decidió retirarse. También está presente en otra cuenca adyacente, denominada PL001, que podría integrarse a la explotación de la primera.

Navitas está encabezada por Gideon Tadmor, referente de la industria energética israelí y uno de los impulsores de los descubrimientos de los campos Tamar y Leviathan, en el Mediterráneo Oriental. El segundo es Jacob Koby Katz, quien fue director general del Ministerio de Infraestructura, Energía y Agua del Estado de Israel. Ambos personajes forman parte de la cúpula de toma de decisiones del Estado sionista, del cual el gobierno de Javier Milei se define como “aliado estratégico”.

En marzo pasado, el CEO de Navitas, Amit Kornhauser, afirmó durante una presentación ante inversores que las declaraciones de Milei en respaldo al derecho a la autodeterminación de los isleños lo llevaban a considerar que la cuestión Malvinas ya no era un conflicto político pendiente. También sostuvo que la decisión final de inversión de Navitas avanzó sin ninguna interferencia del gobierno argentino y con el pleno apoyo de las autoridades británicas y de las islas.

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La causa de Malvinas tuvo otros capítulos que la mantuvieron viva. No podemos dejar de mencionar lo que sucedió en México D.F., en el Estadio Azteca, durante el Mundial de 1986. Ese día, a cuatro años de la guerra, Argentina e Inglaterra jugaron por los cuartos de final. La cancha, literalmente, hervía. Los entonces temidos hooligans ingleses terminaron corridos por los hinchas argentinos. Diego Armando Maradona les dio la victoria a los nuestros con dos goles que vimos miles de veces, el de “la mano de Dios” y el otro, considerado el mejor de la historia de los mundiales. Esos goles y el relato de Víctor Hugo Morales se transformaron en un auténtico símbolo de Malvinas.

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Escribe Juan Carlos Giordano, diputado nacional electo Izquierda Socialista/FIT Unidad

El Mundial dio para todo. El obvio galardón se lo llevó el gesto de La Scaloneta con la bandera de Malvinas. Después vino el exabrupto de que Argentina sería “el país más racista del mundo”. Milei fracasó al querer colgarse de la celeste y blanca.
 
La primera reivindicación es para La Scaloneta y sus jugadores. Más allá de que no pudieron ganar la final (por mérito del rival que jugó mejor) multitudes salimos a festejar las remontadas en partidos imposibles y a reivindicar ese gesto de dignidad mostrando al mundo la sábana por Malvinas.

“Las Malvinas son argentinas” fue de alto impacto. Un cachetazo para los imperialismos coloniales como Inglaterra y Estados Unidos, la FIFA y el vendepatria Milei que idolatra a la pirata Margaret Thatcher, se abraza con Donald Trump (el “Cuti” Romero y el “Licha” Martínez le negaron el saludo) y se alinea con el asesino del pueblo palestino, Benjamín Netanyahu.
Que haya habido banderas palestinas en las tribunas y la haya exhibido varias veces el joven delantero de la selección española, Lamine Yamal, fue otra de las postales anticolonialistas y antisionistas de esta Copa del Mundo. Ni qué hablar del “viejo” Messi, de cuerpo y mente joven para darlo todo y dejar frases contundentes, cuando le dedicó los triunfos “a quienes la pasan mal y no llegan a fin de mes”. Otro revés para Milei.

¿El país más racista del mundo?

La campaña contra la selección fue escalando al ritmo de frases equivocadas y el negocio de las plataformas con algoritmos y noticias falsas en las redes. Arrancó con que la FIFA quería que gane Argentina y que los árbitros la beneficiaban. Después de la derrota de Inglaterra los medios de prensa de Europa empezaron a hablar mal de la selección, enfocando su arrogancia imperialista contra la “brutalidad” de los jugadores, o expresiones de ese tipo a quienes nos consideran despectivamente sudacas, incómodos de que Argentina podía llegar a la cuarta copa y lograr el bicampeonato. Hasta que se llegó al extremo de decir que “Argentina ha sido uno de los países más racistas del mundo, si no el más racista”, por parte del reconocido actor estadounidense Samuel Jackson. Rápidamente se le recordó que Argentina abolió la esclavitud en 1853, años antes que lo hiciera Estados Unidos en 1865 y formalmente, ya que las y los negros tuvieron que esperar hasta 1965 para obtener el derecho al voto.

Otro que quedó en evidencia fue el “progre” exministro del gobierno de Syriza de Grecia, Yanis Varoufakis, quien festejó el triunfo de la “España multicultural”, a quien le señalaron que el Estado Español es monárquico (el Rey festejó con los jugadores), hubo inquisición, franquismo y las cárceles españolas están repletas de magrebíes.

Claro que Argentina es parte de este horroroso sistema capitalista basado en la explotación, las guerras imperialistas, el patriarcado y también el racismo. También es cierto que hay que repudiar conductas indignas como cuando algunos hinchas o jugadores adoptan cánticos o gestos racistas. Pero hay que separar la paja del trigo. Además, la burguesía y la oligarquía argentina provocaron un genocidio con la Conquista del Desierto (1878-1885) exterminando a los pueblos originarios, y otro en 1976, con la última dictadura militar, entre otras atrocidades. Pero decir que “el país” Argentina es el más racista del mundo, es involucrar a nuestro pueblo con lo que hacen las clases dominantes.

Seguramente las políticas aberrantes de Milei influyen para que haya una campaña de este tipo, pero no la justifica. Si alguien pretende asociar al pueblo argentino con Milei, sería de una ignorancia extrema. Lo mismo pasó en el mundial ‘78 cuando en la final distintos sectores convocaron a apoyar a la selección holandesa porque en Argentina había una dictadura, en una mezcla confusa de fútbol con política.

Milei es ultraderechista, xenófobo, racista, el presidente más sionista del mundo, apoya al golpista Bolsonaro y a cuanto facho anda por ahí, pero nuestro pueblo lo viene enfrentando sistemáticamente. El último 24M a cincuenta años del golpe fue masivo; el 1F antifascista de 2025 fue una respuesta contundente a su discurso de odio en Davos; miles en Argentina somos solidarios con la causa Palestina y defendemos a los pueblos originarios contra quienes desde el poder los siguen acusando de “terroristas”.

Lo mismo podríamos decir del pueblo y la juventud estadounidense. En 2020 hubo una rebelión contra el asesinato de George Floyd culpa de la brutalidad policial racista. Trump es repudiado por las agresiones a Irán, sus políticas racistas contra los migrantes y el ICE, mientras miles de estudiantes tomaron universidades en solidaridad con Palestina. Bajo ningún punto de vista se podría identificar las políticas de Trump con la de un pueblo que lo enfrenta.

Por eso es que los comentarios o análisis políticos llevados al fútbol pueden ser completamente equivocados, consciente o inconscientemente. Una cosa es apoyar a una selección contra otra, algo normal en el fútbol, otra es fomentar peligrosas políticas de odio y xenofobia o prestarse a fake news con nefastas consecuencias.

La realidad es que Argentina llegó nuevamente a una final y sigue generando una cantera de grandes jugadores como el genio de Messi o antes Maradona. Y esto lo reconocen las masas del mundo, más allá de los gobiernos circunstanciales y las falsas campañas. Esto explica por qué se festeja con camisetas argentinas en países de África, Bangladesh, en China donde Messi es ídolo, Irlanda, India, Escocia y tantos otros lugares.
 
Los pifies de Milei

Milei quiso subirse a La Scaloneta desde un primer momento. Puso a disposición la Casa Rosada, pero fracasó. Dijo que daría asueto o feriado cuando lo dispongan los jugadores, pero lo ignoraron. Ya venía mal con las declaraciones de su ministra Alejandra Monteoliva diciendo que no había que provocar con el “mapita” de Malvinas, y perdió por goleada. También intentó al otro día del triunfo contra Inglaterra hacer votar en el Senado la Ley de Extranjerización de las Tierras, cosa que no pudo.

Milei quiere aprovechar la denominada “campaña antiargentina” para defender sus nuevas barbaridades. ¿Dice que defiende a las y los argentinos mientras quiere vender las tierras a extranjeros, nos entrega con el RIGI y el Súper Rigi y recibió a Georgieva del FMI con todos los honores? Un delirio.

El facho libertario diputado bonaerense Agustín Romo, alfil de Karina coimera, presentó un proyecto de ley para arancelar la salud y la educación a extranjeros, léase a pobladores paraguayos o bolivianos radicados en el país. “Basta de pagar la educación de extranjeros que nos odian. Echenlos a todos”, dijo. Desopilante.

Quienes deleitamos la pasión por el fútbol vamos a seguir disfrutando de las jugadas individuales y en equipo que nos brindan los jugadores en el campo de juego, de Messi hasta que nos siga sorprendiendo con sus genialidades, de esta selección como equipo colectivo que nos dio muchas satisfacciones en todos estos años. Y por supuesto los socialistas seguiremos luchando contra los Trump, Milei, Netanyahu, convencidos que solo con cambios de fondo se terminará con el racismo y demás males capitalistas.

 

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