Feb 13, 2026 Last Updated 2:44 PM, Feb 12, 2026

Escribe Federico Novo Foti
 
El 6 de agosto de 1945, Estados Unidos lanzó la bomba atómica sobre la ciudad japonesa de Hiroshima. Tres días después, arrojó otra sobre Nagasaki. Miles murieron calcinados o tras una lenta agonía por la radiación. Harry Truman, presidente yanqui, dijo que era la única forma de terminar la guerra.

A fines de julio y comienzos de agosto de 1945, en la localidad alemana de Potsdam, la antigua capital prusiana, se encontraban los líderes de las potencias vencedoras de la Segunda Guerra Mundial en Europa: el presidente norteamericano, Harry S. Truman; el primer ministro británico, Winston Churchill (reemplazado por el laborista Clement Attlee); y Iósif Stalin, de la URSS. Tras las rendiciones italiana y alemana a comienzos de mayo, “los tres grandes” definían las reparaciones de guerra y el reparto del mundo de posguerra, y garantizaban la reconstrucción y un nuevo orden capitalista gracias a la traición de Stalin.1 La guerra continuó en el Pacífico, ya que Japón aún no había capitulado.

Un día antes de iniciada la Conferencia de Potsdam, Truman recibió el mensaje: “el niño nació bien”. El telegrama en clave no se refería a un tierno acontecimiento, sino a que el “Proyecto Manhattan”, dirigido por el físico Robert Oppenheimer en Los Álamos (Nuevo México), había logrado su objetivo: crear la bomba atómica.2 La noticia llenó de optimismo a Truman, quien vio en la bomba atómica un instrumento clave para volcar las negociaciones a su favor y consolidar la hegemonía imperialista estadounidense.

Destructor de mundos 
El 6 de agosto, a solo cuatro días de finalizada la conferencia, a las 8:15 de la mañana, Estados Unidos lanzó la bomba atómica sobre Hiroshima, que contaba con 250 mil habitantes. Era la primera vez en la historia que se lanzaba una bomba atómica. La ciudad fue devastada.
La explosión generó una bola de fuego que, en el hipocentro (área de impacto de la bomba), alcanzó una temperatura de 4 mil grados centígrados. El efecto del calor provocó inmediatamente una onda expansiva que derribó todo a su paso. En diez segundos, el viento feroz ya había avanzado casi cuatro kilómetros a la redonda. A medida que la onda expansiva se debilitaba, una succión de aire y una presión inversa se generaron desde el hipocentro: el viento se revirtió y empezó a soplar a la misma velocidad, pero ahora hacia el centro. No quedó nada en pie en un radio de tres kilómetros. Todos los hogares sufrieron daños severos hasta seis kilómetros de distancia. Después de veinte o treinta minutos, comenzó a caer una espesa “lluvia negra” en un área de 30 kilómetros a la redonda, que contenía hollín y polvo radiactivo.
Cerca de 150 mil personas murieron por efecto de la bomba, entre los afectados instantáneamente y quienes fallecieron en las semanas o meses siguientes producto de la radiación. Todos los que estaban en un radio de 1,2 kilómetros del hipocentro perecieron calcinados. A dos kilómetros de distancia, las quemaduras alcanzaban el 100% de la piel, que se desprendía en tiras. Los que se encontraban hasta a cuatro kilómetros del hipocentro sufrieron severas quemaduras en las partes del cuerpo expuestas al aire. 
Miles de personas ingresaron al área al día siguiente en busca de heridos o de familiares desaparecidos: muchos murieron posteriormente, tras padecer horribles malformaciones en la piel. Aún para 1960 se observaban efectos residuales, especialmente leucemia, cáncer de tiroides, mama y pulmón. Las mujeres embarazadas expuestas a la radiación sufrieron abortos espontáneos y, en una tasa desproporcionadamente alta, dieron a luz niños con diversas discapacidades. 
Tres días después, el 9 de agosto, Estados Unidos lanzó una segunda bomba atómica sobre la ciudad de Nagasaki. Los resultados fueron igualmente devastadores. Las cifras oficiales hablan de más de 250 mil asesinados en ambos bombardeos. El 15 de agosto el emperador japonés Hirohito anunció la rendición. 
Años después, Robert Oppenheimer, el padre de la bomba atómica, convertido en un abierto opositor a la carrera armamentista, recordó con cierta amargura que, tras la detonación exitosa en Nuevo México, pensó: “me he convertido en la muerte, el destructor de mundos”.3 

Superar el capitalismo decadente 
La propaganda del imperialismo yanqui afirma que debieron tirar las bombas para finalizar la Segunda Guerra Mundial. Se trata de una mentira insostenible. Hacía ya tres meses que se habían producido las rendiciones italiana y alemana en Europa. Mientras se desarrollaba la Conferencia de Potsdam, Japón negociaba su rendición en los mismos términos que Italia y Alemania para dar fin a la guerra por vía diplomática. La realidad es que el imperialismo yanqui necesitaba mostrarles a los pueblos del mundo, en particular a la URSS, que contaba con un arma que lo hacía invencible, para reforzar su hegemonía en el nuevo orden capitalista de la posguerra.
El capitalismo, en su fase de decadencia y degeneración, se transformó en el siglo XX en imperialismo, y dio lugar a todo tipo de fenómenos aberrantes. El fascismo y el nazismo fueron una brutal expresión de ello, así como las horrorosas bombas atómicas lanzadas sobre Hiroshima y Nagasaki, y la carrera armamentística que provocaron. Hoy, en pleno siglo XXI, en el marco de la crisis de dominación del imperialismo estadounidense, a pesar de los tratados de no proliferación, crece el armamentismo a escala global.4 La barbarie capitalista condena a millones a la pobreza e indigencia en todo el mundo, promueve el ascenso de la ultraderecha de Donald Trump, Giorgia Meloni o Javier Milei, y el genocidio atroz de Israel contra el pueblo palestino.
Un mundo sin estas atrocidades, que pueda aplicar los avances de la ciencia y la técnica para usos pacíficos, sólo será viable si desaparece la fuente de esta barbarie: el sistema capitalista, mediante la conquista de gobiernos de trabajadoras y trabajadores que luchen por un mundo socialista. 

1. Ver El Socialista Nº 608, 10/07/2025. Disponible en www.izquierdasocialista.org.ar
2. Ver la película multipremiada “Oppenheimer” (2023), dirigida por Christopher Nolan.
3. Ben Platts-Mills. “Quién fue Robert Oppenheimer” en BBC Future, 15/07/2023. Disponible en www.bbc.com
4. Ver Correspondencia Internacional. Edición Especial, Abril 2024. Disponible en www.uit-ci.org

Escribe Federico Novo Foti

En los años y décadas siguientes a Hiroshima y Nagasaki, se aceleró la carrera armamentista, encabezada por Estados Unidos y la URSS, dominada por la burocracia estalinista, a la que los trotskistas llamamos “estado obrero burocratizado”. A comienzos de la década de 1980, el dirigente trotskista Nahuel Moreno, a raíz de los peligros que implicaba el desarrollo del armamento nuclear y su fuerza destructiva en manos del imperialismo y la burocracia, actualizó la predicción alternativa definida por el marxismo revolucionario desde comienzos del siglo XX: “socialismo o barbarie”.
“A pesar de todos los triunfos revolucionarios la humanidad está al borde del precipicio. El marxismo, el trotskismo, señalaron que bajo el régimen imperialista y aún bajo el de la propia burocracia [estalinista], de no superarse la crisis de dirección del proletariado, estaba planteada para la humanidad la caída en la barbarie, en un nuevo régimen de esclavitud como continuación del régimen imperialista. Sólo el socialismo le permitiría superar el mundo de la necesidad y entrar en el mundo de la libertad”.
“Los colosales medios de destrucción desarrollados por el imperialismo y los estados obreros burocráticos hacen que el peligro que enfrenta la humanidad haya cambiado. Ya no se trata de la caída en un nuevo régimen esclavista, bárbaro, sino de algo mucho más grave: la posibilidad de que el globo terráqueo se transforme en un desierto sin vida o con una vida degradada debido a la degeneración genética provocada por los nuevos armamentos”.
“La única forma de evitarlo es liquidar las fronteras nacionales, el dominio imperialista y la propiedad privada capitalista. [Para lograrlo] no hay otro método que la movilización permanente del proletariado mundial y la unificación de sus luchas con este claro objetivo. [...] Ya no es barbarie o socialismo, sino holocausto o trotskismo”.1
Izquierda Socialista y la UIT-CI sostienen en la actualidad el rechazo al aumento creciente de los presupuestos militares de las potencias imperialistas y al uso irresponsable de la energía nuclear por parte de los monopolios transnacionales que la controlan. El peligro nuclear continúa, y en definitiva, la alternativa sigue siendo socialismo o catástrofe capitalista.

 
1. Nahuel Moreno. “Actualización del Programa de Transición”. Tesis XL, Ediciones El Socialista, Buenos Aires, 2020. Disponible en www.nahuelmoreno.org   

Escribe Mariano Barba

Este 2 de agosto se cumplen 65 años de una medida clave del gobierno de Fidel Castro tras la caída de Fulgencio Batista: la expropiación de las empresas norteamericanas. Fue parte del giro anticapitalista que marcó el primer año de la revolución cubana. Con el tiempo, el propio castrismo retrocedió y terminó restaurando el capitalismo en la isla.

La revolución cubana no fue un relámpago aislado en un cielo despejado. En distintos continentes se desarrollaban procesos revolucionarios. Solo diez años antes, en 1949, había triunfado la revolución china, que en sus primeros años expropió al capitalismo y realizó la reforma agraria en el país más poblado del mundo.

Cuba, entonces una semicolonia yanqui gobernada por el dictador Fulgencio Batista, atravesaba una profunda crisis económica y social. Convertida en centro de la prostitución de Centroamérica, el país fue escenario de una creciente ruptura con el régimen por parte de sectores de jóvenes burgueses y pequeñoburgueses, que se alejaban de los partidos tradicionales y se sumaban a las filas guerrilleras. Uno de esos grupos fue encabezado por el abogado Fidel Castro, cuya primera acción destacada fue el putsch del 26 de julio de 1953, que dio origen al Movimiento 26 de Julio.

Se toma el poder

En 1958, un ascenso en las luchas de campesinos y sectores de la clase media urbana engrosó las filas del castrismo y abrió un proceso revolucionario que, desde Sierra Maestra, iba liberando zonas rurales y avanzando con la reforma agraria. Ese camino se coronó el 1º de enero de 1959 en La Habana, cuando Batista huyó hacia República Dominicana, se tomaron los sindicatos, se desató una huelga general y las tropas de Fidel lideradas por Camilo Cien Fuegos entraron triunfantes a La Habana mientras que el Che Guevara tomaba la estrategica provincia de Santa Clara.

Siguiendo su plan político original, Fidel Castro formó un gobierno de “unidad nacional democrática” para normalizar el país bajo una democracia burguesa. Lo encabezó Manuel Urrutia, un liberal que representaba a sectores burgueses y terratenientes enfrentados a Batista. Su primer ministro fue Miró Cardona, también bien visto por el Departamento de Estado de Estados Unidos.

Pero el impulso revolucionario provocó un creciente enfrentamiento entre el movimiento de masas y ese gobierno, que no respondía a las necesidades populares. En ese marco, renunciaron Urrutia y su primer ministro, allanando el camino para que Fidel Castro asumiera como primer ministro y Osvaldo Dorticós como presidente.

Presionado por el movimiento obrero cubano por un lado y por el gobierno de Estados Unidos por el otro, el nuevo gobierno avanzó con medidas progresivas: completó la reforma agraria, oficializó las milicias armadas y enfrentó al imperialismo yanqui en distintos foros internacionales.

Expropian empresas imperialistas 

A lo largo de 1959, bajo la presidencia del republicano Dwight Eisenhower, Estados Unidos aceleró su enfrentamiento con la revolución cubana. Redujo las compras de azúcar (el principal producto de exportación cubano) y bloqueó los intentos de Cuba por establecer acuerdos comerciales con otros países capitalistas. Ante esta situación, el gobierno cubano tomó el control de empresas industriales y comerciales extranjeras, además de tierras agrícolas y ganaderas expropiadas a terratenientes y propietarios estadounidenses. Nacieron así las “granjas del pueblo”, con nuevas relaciones laborales.

Con el Che Guevara al frente del Banco Central, en febrero de 1960 se firmó el primer acuerdo comercial con la URSS: un millón de toneladas de azúcar cubano a cambio de petróleo, ya que tanto Estados Unidos como Venezuela habían suspendido los envíos de crudo.

El petróleo soviético no quiso ser procesado por las refinerías estadounidenses en la isla, lo que llevó a que los trabajadores las tomaran, con apoyo del ejército, imponiendo así la nacionalización. A partir del 2 de agosto, esta medida se extendió a las empresas petroleras y a otras firmas norteamericanas como Standard Oil (ESSO), West Indies Company of Cuba (Texaco, Sinclair Oil, Shell), La Cubana de Electricidad, la de Teléfonos y los ingenios azucareros que controlaban el 40% de la producción nacional. Las banderas estadounidenses fueron arriadas al grito de “¡Cuba sí, yanquis no!”. Para fin de año, más del 80% de la producción industrial estaba estatizada, mientras Estados Unidos iniciaba el bloqueo económico (aún vigente) y, el 8 de enero de 1961, rompía relaciones diplomáticas con Cuba.

Con la expropiación se consolidó una revolución que adoptó medidas de carácter socialista: terminó con la propiedad privada de monopolios y terratenientes, y destinó esas riquezas a generar avances gigantescos en educación, deportes y salud. Se erradicaron el analfabetismo y la desnutrición infantil, y Cuba alcanzó un desarrollo científico ampliamente reconocido. Estos progresos también se reflejaron en el desempeño destacado de sus atletas en olimpiadas y juegos panamericanos.

Sin embargo, estos logros se produjeron al mismo tiempo que se consolidaba un régimen burocrático de partido único, monolítico y cerrado, apoyado en el ejército y carente de democracia obrera. Desde los años ‘60, el poder fue ejercido por una burocracia que, primero bajo influencia estalinista y luego siguiendo el modelo chino, avanzó hacia la restauración del capitalismo. Así, se fueron sepultando las conquistas de la revolución, hasta llegar a la actual situación de miseria extrema, sostenida mediante represión y con cientos de presos políticos.


* Referencias del artículo: sobre expropiaciones, recopilada del artículo de Mercedes Petit “Nacionalización de empresas imperialistas en Cuba”. El Socialista N° 38 26/7/2006. Y de etapas de la revolución, del artículo de Nahuel Moreno “Revolución Latinoamericana”, 1960-1962.

Escribe Mariano Barba

La victoria de la revolución cubana había generado una enorme expectativa. Dentro del trotskismo surgieron diversas interpretaciones sobre ese proceso. Algunos sectores adoptaron la lucha guerrillera como único método revolucionario y apoyaron sin críticas al gobierno castrista, como por ejemplo el ERP, la guerrilla argentina encabezada por Mario Roberto Santucho.

Una postura muy distinta fue la de Nahuel Moreno. Para 1962, en Revolución Latinoamericana - Capítulo III, Moreno analizaba el carácter empírico del castrismo: “En Cuba, lo que más sorprende es la falta de un programa por parte de los líderes revolucionarios. Los decretos del gobierno responden siempre a necesidades inmediatas y no a un plan esbozado de antemano”. Además, analizando la revolución, afirmaba: “Cuando el gobierno revolucionario nacionalizó sin titubeos prácticamente toda la industria, el comercio exterior, la tierra y el sistema bancario, a fines del ‘60, Cuba se transformó en un nuevo estado obrero, el primero de América y del mundo occidental”.

Más adelante, en Revoluciones del Siglo XX (página 34, 1984), caracterizó al régimen surgido de un partido-ejército que toma el poder: “Es normal que el partido-ejército tenga una estricta disciplina y centralización [...] transforman esta disciplina militar en disciplina política. Dentro de estos ejércitos no hay la menor democracia para discutir de política. Las orientaciones políticas se dan desde la dirección, y nadie tiene derecho a discutirlas”.

A partir del acuerdo con la burocracia de la Unión Soviética, el gobierno cubano dejó de apoyar otros procesos revolucionarios, alineándose con la política de coexistencia pacífica entre la Unión Soviética y el imperialismo. Así, en 1979, tras el triunfo de la revolución sandinista contra la dictadura de Anastasio Somoza Debayle, Fidel Castro llamó a “no hacer otra Cuba” (La Brigada Simón Bolívar, página 13, Correspondencia Internacional de Cuba, diciembre de 2024).

Sobre la restauración capitalista en Cuba, Nahuel Moreno ya advertía el 6 de mayo de 1982 en Correo Internacional: “Ante el fracaso de las reformas de 1980, Castro se ha visto obligado a hacer concesiones económicas al imperialismo”.

Posteriormente, en un artículo de la UIT-CI del 29 de noviembre de 2016, se afirmaba: “La triste realidad es que la dirección cubana, bajo el falso eslogan de ‘estamos actualizando el modelo socialista’, lleva años desmontando las conquistas de la revolución socialista de los ‘60 y consolidando una restauración capitalista a ‘la cubana’”.

Más recientemente, en la página 3 de Correspondencia Internacional (diciembre de 2024), dedicada a Cuba, Miguel Sorans y Pablo Almeida escribieron: “Nosotros afirmamos categóricamente que Cuba se ha transformado, con sus peculiaridades, en un país capitalista. En un proceso parecido a lo ocurrido en China y Vietnam, la propia burocracia estatal encabezada por el PC y su régimen político dictatorial de partido único ha restaurado el funcionamiento económico en el país”.

Escribe Federico Novo Foti

Hace 80 años se llevó a cabo la Conferencia de Potsdam. Tras la rendición del nazismo en la Segunda Guerra Mundial, los líderes de las potencias vencedoras se reunieron para terminar de delinear un nuevo orden mundial capitalista dominado por Estados Unidos y para repartirse zonas de influencia con los burócratas que gobernaban la URSS.

Entre el 17 de julio y el 2 de agosto de 1945 se celebró la Conferencia. La localidad, cercana a Berlín (Alemania), antigua capital de la monarquía prusiana, recibió a los líderes de las potencias vencedoras de la Segunda Guerra Mundial. Ellos eran el presidente de Estados Unidos, Harry Truman (que había reemplazado al fallecido Franklin D. Roosevelt), el primer ministro británico, Winston Churchill (que sería reemplazado durante la conferencia, tras perder las elecciones, por el laborista Clement Attlee) y José Stalin de la URSS.

Desde febrero de 1943, después del triunfo soviético en la batalla de Stalingrado, el avance del Ejército Rojo sobre los ejércitos alemanes en Europa oriental se volvió arrollador. En junio de 1944 se produjo el desembarco en Normandía de las tropas inglesas, norteamericanas y de otros países capitalistas que avanzaron sobre el territorio francés ocupado por los nazis. En abril de 1945, el Ejército Rojo entró en Berlín. La derrota final del nazismo, a comienzos de mayo, quedó inmortalizada en la imagen del soldado soviético colocando la bandera roja en lo alto del edificio del Reichtag (Parlamento) alemán.   

Entre tanto, los líderes de las potencias aliadas comenzaron a tejer acuerdos para delinear el orden capitalista de la posguerra. La primera conferencia se hizo en Teherán (Irán) a fines de noviembre de 1943. La conferencia de Yalta (actual Crimea, hoy invadida por Rusia) se desarrolló en febrero de 1945. La de Potsdam fue la tercera y última.     

Salvar el dominio imperialista mundial

El triunfo del Ejército Rojo en Stalingrado había cambiado el curso de la guerra y provocado un inmenso ascenso de las masas europeas contra el nazismo. Entre abril y mayo de 1943 se levantó el gueto judío de la ciudad de Varsovia (Polonia). En agosto de 1944 estalló la insurrección de toda la ciudad. Se fortalecieron los maquis y partisanos, las organizaciones de la resistencia antifascista francesa e italiana. En Grecia se consolidó la guerrilla antifascista dirigida por el Partido Comunista, que comenzó a ser combatida por las tropas británicas para evitar que tomaran el poder. En Yugoslavia las fuerzas de Josip Tito avanzaron sobre los ocupantes nazis hasta dominar casi todo el territorio. 

Los líderes imperialistas temieron que su dominio se viera cuestionado por el ascenso revolucionario de las masas. Así fue que pergeñaron, con la criminal colaboración de Stalin, aquellas conferencias, cuyo objetivo era frenar o aplastar la revolución socialista en Europa y en el mundo. 
En Potsdam, Truman, Churchill y Stalin pactaron la “desmilitarización” y partición de Alemania. Berlín quedó dividida en cuatro zonas, con tropas de ocupación rusas, yanquis, inglesas y francesas. A pesar de la pretendida “desnazificación” del país, el objetivo era desmembrar al poderoso proletariado alemán, para no correr el riesgo de que recuperara su experiencia de organización y tradición marxista. 

Asimismo, acordaron dividir Europa en “dos esferas de influencia”. La parte occidental fue reconstruida económicamente con la ayuda estadounidense (el Plan Marshall). Stalin se comprometió a que los partidos comunistas de Italia y Francia, que dirigían importantes organizaciones de la resistencia abandonaran las armas y se volcaran a la reconstrucción capitalista. Ordenó detener un proceso que se podía encaminar al triunfo de la revolución obrera y socialista en esos países. En Europa oriental, dominada por el Ejército Rojo, Stalin se comprometió a mantener el capitalismo e instalar gobiernos “de unidad nacional” con las respectivas burguesías locales, sin avanzar en su expropiación. En contrapartida, los aliados reconocieron esos territorios como parte de la influencia soviética.

A pocos días de terminada la conferencia, Estados Unidos lanzó las bombas atómicas sobre la población de Hiroshima y Nagasaki en Japón. La rendición japonesa del 15 de agosto marcó el final de la guerra.

El desorden capitalista mundial

A pesar de los pactos de finales de la guerra, de la hegemonía del imperialismo estadounidense y de la traición del estalinismo, el ascenso revolucionario de las masas continuó. Se expropió y terminó con el poder burgués en los países de Europa oriental, surgiendo nuevos estados obreros, aunque dominados por la burocracia. Se liberaron gran parte de las colonias, en especial las británicas y francesas, en Asia y África. En 1949, la revolución china encabezada por el PC y Mao Tse Tung terminó expropiando a la burguesía, constituyendo un nuevo estado obrero burocrático. En el marco del dominio mundial del capitalismo imperialista, en un tercio de la humanidad se había expropiado a la burguesía.     

En 1989, la caída del muro de Berlín, símbolo de la división de Alemania, marcó el inicio de un nuevo ascenso de masas que terminaría con las dictaduras estalinistas en los países de Europa oriental y la URSS. La posterior restauración capitalista en aquel tercio de la humanidad no pudo revertir su crisis y decadencia. Por el contrario, desde 2008 atraviesa la crisis económica más grave de su historia. Se han profundizado la crisis de la hegemonía estadounidense y el desorden mundial. Avanza el fenómeno de la ultraderecha y se acelera la carrera armamentística en Europa, incluida Alemania, mientras Rusia sigue empantanada en su invasión a Ucrania por la resistencia del pueblo ucraniano. 

Todo esto ha llevado al gobierno de Donald Trump a cuestionar los pactos y el orden de posguerra, e intentar una contraofensiva imperialista contrarrevolucionaria con el objetivo de reforzar la hegemonía estadounidense, derrotar las luchas de las masas, barrer sus conquistas y reforzar la explotación de la clase trabajadora. 

Sin embargo, los pueblos del mundo, con lógicas desigualdades, continúan enfrentando las políticas de ajuste, saqueo y la opresión capitalista. Prueba de ello es la heroica resistencia del pueblo palestino contra el genocida Estado de Israel. La pelea sigue abierta.


Ver Correspondencia Internacional, Nº 54, abril-julio 2025 y www.uit-ci.org   



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