Jan 30, 2023 Last Updated 4:00 PM, Jan 28, 2023

Escribe Adolfo Santos
 
En septiembre de 1962, después de realizada una Asamblea Constituyente, asumió como primer ministro de la recientemente independizada Argelia, Ahmed Ben Bella, dirigente del FLN.  Fue la culminación de un año clave en la heroica lucha argelina contra el colonialismo francés. El 18 de marzo en la ciudad de Evian el general Charles de Gaulle, en nombre del gobierno de Francia, había firmado un alto al fuego para la realización de un plebiscito cuyo resultado llevó a la declaración de la independencia el 5 de julio.  
 
En 1830 las fuerzas colonialistas francesas ocuparon Argelia desplazando al dominio turco. Sin embargo, encontraron una gran resistencia que solo consiguieron derrotar en 1840 con la instalación de más de cien mil soldados. De esa forma, colonos franceses se apoderaron de las mejores tierras y, aliados a una pequeña aristocracia argelina, consiguieron aplastar las poblaciones originarias formada por árabes, bereberes y musulmanes.

La pobreza y las penurias producidas por el éxodo rural generaron una gran masa de asalariados en las ciudades y un caldo de cultivo que durante años fue alimentando la lucha anticolonial. En 1945 los festejos por la victoria contra el nazi fascismo se transformaron en una rebelión popular contra la ocupación, que fue violentamente reprimida dejando un saldo de 45.000 argelinos y 108 europeos muertos según un informe oficial francés. Fue el punto de partida de una resistencia que se fortalecería en la década siguiente.

La guerra de liberación nacional

Convencidos de la inutilidad de los procesos electorales fraudulentos convocados por los franceses para perpetuar el colonialismo, en 1954 el Movimiento por el Triunfo de las Libertades Democráticas (MTLD) funda el Frente de Liberación Nacional (FLN) e inicia la lucha armada. A la cabeza estaban los principales dirigentes del MTLD, entre ellos, Ben Bella y el médico e intelectual Franz Fanon, nacido en Martinica y combatiente de la liberación en Francia durante la segunda guerra mundial. Las luchas anticoloniales avanzaban y los franceses se habían debilitado después de la derrota en Indochina en 1954.

Para mantener la “Argelia francesa” y proteger los pieds noir (pies negros, colonos que colaboraban con la ocupación) el gobierno francés redobló la apuesta. Movilizó quinientos mil soldados, a los que se sumaron las fuerzas civiles de la Organización Armada Secreta (OAS), que utilizaban métodos fascistas y de terror para defender sus propiedades. Destruyeron ocho mil aldeas, utilizaron sistemáticamente la tortura y llevaron a cabo ejecuciones en masa dejando más de un millón de argelinos muertos.

La batalla de Argel fue uno de los mayores símbolos de esa lucha. Desarrollada en 1958, quedó registrada en la célebre película dirigida por Gillo Pontecorvo, demostrando que la Francia de “la libertad, igualdad y fraternidad” era solo una bella consigna. El filme expone la lucha casa por casa en las villas, llamadas casbah, localizadas en los alrededores de Argel. El FLN respondió heroicamente, pero fue inicialmente derrotado por las tropas de ocupación.

El FLN toma el poder, pero reconstruye el estado burgués

Los combates no daban tregua, la rebelión anticolonial era imparable y la resistencia argelina nucleada en el FLN conseguía apoyos por el mundo, sobre todo en Francia. Su principal vocero era Franz Fannon, apoyado por Jean Paul Sartre, Simone de Beauvoir, Simone Signoret, Ives Montand, entre otras personalidades. La población francesa estaba cansada de esa guerra sin fin. Al iniciarse la década del ‘60 hasta el PC francés, que antes les había dado la espalda a los combatientes, se acabó sumando al apoyo por la liberación.

En 1962 Francia se vio obligada a negociar con el FLN en el famoso acuerdo de Evian, que culminó con la independencia y el triunfo del pueblo argelino. El 5 de julio fue proclamada la independencia de Argelia y reconocida por el gobierno francés. Fue uno de los triunfos más espectaculares de la lucha por la liberación nacional. Sin embargo, por la política de su dirección, el FLN, encabezado por Ben Bella, no avanzó “conforme con los principios del socialismo y del ejercicio efectivo del poder del pueblo”, como rezaba su nueva constitución, algo que pudo haber cambiado la historia del norte de África y los países musulmanes.

Como muy bien sintetiza Nahuel Moreno en Revoluciones del siglo XX: “El FLN […] desde su posición de gobierno obrero y campesino retrocedió a la reconstrucción del estado burgués. […] El gobierno del FLN se transformó en obrero y campesino contra su voluntad expresa, ya que no fue él quien rompió con la burguesía y sus partidos, sino la burguesía con él. Casi la totalidad de la burguesía, […] huyó de Argelia aterrorizada por el triunfo árabe, dejando solo al FLN, sin partido ni clase burguesa para hacer un gobierno de frente popular, como era su intención. El imperialismo francés (y mundial) maniobró con habilidad, haciéndole toda clase de concesiones al nuevo régimen obrero y campesino. Esta política le dio un resultado extraordinario, ya que logró que el FLN reconstruyera un estado burgués semicolonial, dependiente del imperialismo francés y norteamericano, en lugar del estado colonial anterior.”

En septiembre de 1975 ocho militantes del Partido Socialista de los Trabajadores (PST), partido antecesor de Izquierda Socialista, fueron asesinados por bandas fascistas amparadas por el gobierno peronista de Isabel Perón. Su asesinato fue un ataque al movimiento obrero y popular que entonces venía luchando contra el “Pacto Social” y el ajuste. Fue también un ataque contra el PST y su política revolucionaria. Hoy seguimos exigiendo justicia por nuestras compañeras y compañeros asesinados del glorioso PST y continuamos su legado.

Escriben: José “Pepe” Rusconi y Federico Novo Foti

La noche de 4 de septiembre de 1975 un grupo de jóvenes militantes del Partido Socialista de los Trabajadores (PST) de La Plata se dirigía hacia la fábrica Petroquímica Sudamericana para llevar dinero de una colecta en apoyo a su fondo de huelga. Pero nunca llegaron. Fueron interceptados, secuestrados y, luego de una terrible tortura, acribillados a balazos por una banda fascista. Sus cuerpos fueron tirados en La Balandra, playa de la ciudad de Berisso. Ellos eran, Roberto “Laucha” Loscertales, que había sido dirigente estudiantil en la Facultad de Ingeniería y trabajador del Astillero Río Santiago, Adriana Zaldúa, referente estudiantil de Arquitectura y trabajadora del Ministerio de Obras Públicas (MOP), Hugo Frigerio, delegado gremial del MOP, Ana María Guzner Lorenzo, delegada no docente de la UNLP y Lidia Agostini, joven odontóloga, integrante del frente de profesionales. Al día siguiente, alarmados por su desaparición, pero aún sin conocer su suerte final, se convocó a una asamblea en el MOP que resultó multitudinaria. Hacia allí se dirigían otros tres militantes del PST para repartir volantes denunciando los hechos. Pero tampoco pudieron llegar a su destino. Fueron interceptados y secuestrados a la vuelta del local central del PST de La Plata. Sus cuerpos también aparecieron acribillados al poco tiempo. Ellos eran, Oscar Lucatti, trabajador del MOP, Carlos “Diki” Povedano, trabajador de Previsión Social, y Patricia Claverie, estudiante de Ciencias Naturales. El asesinato de los ocho militantes del PST, perpetrado por bandas fascistas que actuaban al amparo del gobierno de Isabel Perón y el gobernador Victorio Calabró, buscó asestar un duro golpe al conjunto del movimiento obrero y popular de la región y, en particular, a la política revolucionaria que impulsaba el PST.

El regreso de Perón y la política del PST

El “Cordobazo”, la insurrección obrera y estudiantil del 29 de mayo de 1969, dejó herida de muerte a la dictadura militar de Juan Carlos Onganía. Alejandro Lanusse, uno de los sucesores de Onganía, lanzó el Gran Acuerdo Nacional (GAN), junto a dirigentes radicales y peronistas, para lograr una transición ordenada mediante el llamado a elecciones y el fin de la proscripción al peronismo. Su objetivo era frenar el ascenso de las luchas obreras y populares. Pero, a pesar del triunfo electoral del peronista Héctor J. Cámpora, en marzo de 1973, las luchas no cesaron. La burguesía y el imperialismo exigieron entonces que Juan Domingo Perón controlara directamente la situación. Perón, había regresado en noviembre de 1972 de su largo exilio. Era aún respetado y recordado por su resistencia al avance del imperialismo yanqui y sus concesiones a la clase obrera desde mediados de la década de 1940, por lo que logró un amplio triunfo en las elecciones de septiembre de 1973.

Entre tanto, el Partido Socialista de los Trabajadores (PST), fundado en 1972 y perteneciente a la corriente trotskista impulsada por Nahuel Moreno, en la coyuntura abierta por el GAN se dio a la tarea de construir un partido revolucionario inserto en la clase obrera. Debatió duramente con la guerrilla, planteando que ese no era el camino para la revolución en el país, sino la pelea por una nueva dirección para la clase trabajadora, con un programa y una política que enfrentara a la burocracia sindical, al peronismo y al propio Perón. Explicando pacientemente que Perón no volvía para reinstaurar los “días felices” del primer peronismo o para la “liberación nacional”, sino para frenar las luchas contra el ajuste con el “Pacto Social”. En esa perspectiva el PST presentó candidaturas independientes (Coral-Ciapponni y Coral-Páez) en las elecciones de 1973.

En efecto, tras su asunción en octubre de 1973, Perón se abocó a derrotar el ascenso. En 1974, bandas fascistas como Alianza Anticomunista Argentina (Triple A) o Concentración Nacionalista Universitaria (CNU), organizadas desde el Ministerio de Bienestar Social conducido por el siniestro ministro José López Rega, comenzaron a realizar atentados contra locales y militantes de la JP, el PC y el PST. El 7 de mayo fue asesinado el militante del PST, Inocencio “Indio” Fernández, delegado combativo de la fundición Cormasa. El 29 sucedió la Masacre de Pacheco, donde fueron asesinados otros tres militantes. El PST denunció a las bandas fascistas como parte integrante del gobierno y llamó a las organizaciones combativas a derrotarlas construyendo brigadas o piquetes antifascistas. Pero su llamado no fue escuchado por la mayoría de las organizaciones.

El 1° de julio de 1974 murió Perón, asumiendo como presidenta María Estela Martínez, más conocida como Isabelita. Sin embargo, la verdadera conducción del país quedó en manos del “brujo” Lopez Rega, quien profundizó las medidas represivas y el plan de ajuste, cuando el flamante nuevo ministro de Economía, Celestino Rodrigo, promovió una devaluación superior al 100%, aumento de los servicios públicos y la liberación de precios, apoyado en el “Pacto Social”. Pero su plan fue derrotado por la masividad y la fuerza de la primera huelga general contra un gobierno peronista, el “Rodrigazo” de junio de 1975.

Seguimos exigiendo justicia

El “Rodrigazo” marcaría, en definitiva, el final del gobierno de Isabel. Comenzaba a incubarse entre la burguesía, el imperialismo y un grupo de militares la idea del golpe de Estado. Pero, entre tanto, continuaron actuando las bandas fascistas y centenares de activistas políticos, sindicales y estudiantiles aparecían muertos a diario. La región platense, que era escenario de varias luchas en las que la militancia del PST participaba activamente, fue una de las más golpeadas. El asesinato de los ocho militantes del PST fue entonces no sólo un ataque al movimiento obrero y popular que venía enfrentando el “Pacto Social” y el ajuste, sino específicamente contra militantes que aspiraban en cada lucha a construir una nueva dirección sindical y política de la clase obrera.

A partir del 24 de marzo de 1976, la dictadura militar buscó terminar con todo ese proceso. Pero pese a que dejó más de 30.000 detenidos desaparecidos, entre los que se cuentan más de cien militantes del PST, tras su caída, las luchas contra el ajuste y el saqueo del país por los sucesivos gobiernos radicales, peronistas o macristas al servicio de la burguesía y el imperialismo continuaron. Así también, desde hace 47 años, exigimos que la Masacre de La Plata se esclarezca y sus perpetradores sean juzgados y encarcelados. Denunciamos la impunidad y seguimos reclamando verdad y justicia. Hoy hacemos un especial homenaje y continuamos la tarea de aquellos militantes que entregaron sus vidas por construir un partido revolucionario que, inserto en el movimiento obrero y sus luchas, enfrente a los gobiernos capitalistas en el camino de conquistar un gobierno de las trabajadoras y trabajadores y por el socialismo.

Reivindicamos con orgullo al glorioso PST y levantando como siempre los puños bien en alto decimos, ¡compañeras y compañeros asesinados y detenidos desaparecidos del PST, hasta el socialismo siempre!



En septiembre de 1975 ocho militantes del Partido Socialista de los Trabajadores (PST), partido antecesor de Izquierda Socialista, fueron asesinados por bandas fascistas amparadas por el gobierno peronista de Isabel Perón. Su asesinato fue un ataque al movimiento obrero y popular que entonces venía luchando contra el “Pacto Social” y el ajuste. Fue también un ataque contra el PST y su política revolucionaria. Hoy seguimos exigiendo justicia por nuestras compañeras y compañeros asesinados del glorioso PST y continuamos su legado.

Escriben: José “Pepe” Rusconi y Federico Novo Foti

La noche de 4 de septiembre de 1975 un grupo de jóvenes militantes del Partido Socialista de los Trabajadores (PST) de La Plata se dirigía hacia la fábrica Petroquímica Sudamericana para llevar dinero de una colecta en apoyo a su fondo de huelga. Pero nunca llegaron. Fueron interceptados, secuestrados y, luego de una terrible tortura, acribillados a balazos por una banda fascista. Sus cuerpos fueron tirados en La Balandra, playa de la ciudad de Berisso. Ellos eran, Roberto “Laucha” Loscertales, que había sido dirigente estudiantil en la Facultad de Ingeniería y trabajador del Astillero Río Santiago, Adriana Zaldúa, referente estudiantil de Arquitectura y trabajadora del Ministerio de Obras Públicas (MOP), Hugo Frigerio, delegado gremial del MOP, Ana María Guzner Lorenzo, delegada no docente de la UNLP y Lidia Agostini, joven odontóloga, integrante del frente de profesionales. Al día siguiente, alarmados por su desaparición, pero aún sin conocer su suerte final, se convocó a una asamblea en el MOP que resultó multitudinaria. Hacia allí se dirigían otros tres militantes del PST para repartir volantes denunciando los hechos. Pero tampoco pudieron llegar a su destino. Fueron interceptados y secuestrados a la vuelta del local central del PST de La Plata. Sus cuerpos también aparecieron acribillados al poco tiempo. Ellos eran, Oscar Lucatti, trabajador del MOP, Carlos “Diki” Povedano, trabajador de Previsión Social, y Patricia Claverie, estudiante de Ciencias Naturales. El asesinato de los ocho militantes del PST, perpetrado por bandas fascistas que actuaban al amparo del gobierno de Isabel Perón y el gobernador Victorio Calabró, buscó asestar un duro golpe al conjunto del movimiento obrero y popular de la región y, en particular, a la política revolucionaria que impulsaba el PST.

El regreso de Perón y la política del PST

El “Cordobazo”, la insurrección obrera y estudiantil del 29 de mayo de 1969, dejó herida de muerte a la dictadura militar de Juan Carlos Onganía. Alejandro Lanusse, uno de los sucesores de Onganía, lanzó el Gran Acuerdo Nacional (GAN), junto a dirigentes radicales y peronistas, para lograr una transición ordenada mediante el llamado a elecciones y el fin de la proscripción al peronismo. Su objetivo era frenar el ascenso de las luchas obreras y populares. Pero, a pesar del triunfo electoral del peronista Héctor J. Cámpora, en marzo de 1973, las luchas no cesaron. La burguesía y el imperialismo exigieron entonces que Juan Domingo Perón controlara directamente la situación. Perón, había regresado en noviembre de 1972 de su largo exilio. Era aún respetado y recordado por su resistencia al avance del imperialismo yanqui y sus concesiones a la clase obrera desde mediados de la década de 1940, por lo que logró un amplio triunfo en las elecciones de septiembre de 1973.

Entre tanto, el Partido Socialista de los Trabajadores (PST), fundado en 1972 y perteneciente a la corriente trotskista impulsada por Nahuel Moreno, en la coyuntura abierta por el GAN se dio a la tarea de construir un partido revolucionario inserto en la clase obrera. Debatió duramente con la guerrilla, planteando que ese no era el camino para la revolución en el país, sino la pelea por una nueva dirección para la clase trabajadora, con un programa y una política que enfrentara a la burocracia sindical, al peronismo y al propio Perón. Explicando pacientemente que Perón no volvía para reinstaurar los “días felices” del primer peronismo o para la “liberación nacional”, sino para frenar las luchas contra el ajuste con el “Pacto Social”. En esa perspectiva el PST presentó candidaturas independientes (Coral-Ciapponni y Coral-Páez) en las elecciones de 1973.

En efecto, tras su asunción en octubre de 1973, Perón se abocó a derrotar el ascenso. En 1974, bandas fascistas como Alianza Anticomunista Argentina (Triple A) o Concentración Nacionalista Universitaria (CNU), organizadas desde el Ministerio de Bienestar Social conducido por el siniestro ministro José López Rega, comenzaron a realizar atentados contra locales y militantes de la JP, el PC y el PST. El 7 de mayo fue asesinado el militante del PST, Inocencio “Indio” Fernández, delegado combativo de la fundición Cormasa. El 29 sucedió la Masacre de Pacheco, donde fueron asesinados otros tres militantes. El PST denunció a las bandas fascistas como parte integrante del gobierno y llamó a las organizaciones combativas a derrotarlas construyendo brigadas o piquetes antifascistas. Pero su llamado no fue escuchado por la mayoría de las organizaciones.

El 1° de julio de 1974 murió Perón, asumiendo como presidenta María Estela Martínez, más conocida como Isabelita. Sin embargo, la verdadera conducción del país quedó en manos del “brujo” Lopez Rega, quien profundizó las medidas represivas y el plan de ajuste, cuando el flamante nuevo ministro de Economía, Celestino Rodrigo, promovió una devaluación superior al 100%, aumento de los servicios públicos y la liberación de precios, apoyado en el “Pacto Social”. Pero su plan fue derrotado por la masividad y la fuerza de la primera huelga general contra un gobierno peronista, el “Rodrigazo” de junio de 1975.

Seguimos exigiendo justicia

El “Rodrigazo” marcaría, en definitiva, el final del gobierno de Isabel. Comenzaba a incubarse entre la burguesía, el imperialismo y un grupo de militares la idea del golpe de Estado. Pero, entre tanto, continuaron actuando las bandas fascistas y centenares de activistas políticos, sindicales y estudiantiles aparecían muertos a diario. La región platense, que era escenario de varias luchas en las que la militancia del PST participaba activamente, fue una de las más golpeadas. El asesinato de los ocho militantes del PST fue entonces no sólo un ataque al movimiento obrero y popular que venía enfrentando el “Pacto Social” y el ajuste, sino específicamente contra militantes que aspiraban en cada lucha a construir una nueva dirección sindical y política de la clase obrera.

A partir del 24 de marzo de 1976, la dictadura militar buscó terminar con todo ese proceso. Pero pese a que dejó más de 30.000 detenidos desaparecidos, entre los que se cuentan más de cien militantes del PST, tras su caída, las luchas contra el ajuste y el saqueo del país por los sucesivos gobiernos radicales, peronistas o macristas al servicio de la burguesía y el imperialismo continuaron. Así también, desde hace 47 años, exigimos que la Masacre de La Plata se esclarezca y sus perpetradores sean juzgados y encarcelados. Denunciamos la impunidad y seguimos reclamando verdad y justicia. Hoy hacemos un especial homenaje y continuamos la tarea de aquellos militantes que entregaron sus vidas por construir un partido revolucionario que, inserto en el movimiento obrero y sus luchas, enfrente a los gobiernos capitalistas en el camino de conquistar un gobierno de las trabajadoras y trabajadores y por el socialismo.

Reivindicamos con orgullo al glorioso PST y levantando como siempre los puños bien en alto decimos, ¡compañeras y compañeros asesinados y detenidos desaparecidos del PST, hasta el socialismo siempre!

Escribe Federico Novo Foti
 
Trotsky fue uno de los principales dirigentes revolucionarios del siglo XX. Encabezó la primera revolución socialista triunfante de la historia junto a Lenin en Rusia. Su nombre está asociado a la lucha por el socialismo, la democracia obrera y el internacionalismo. Con su asesinato, Stalin intentó cortar la continuidad histórica de la lucha obrera revolucionaria. Pero su legado sigue vigente.

El 20 de agosto de 1940 Trotsky recibió en su residencia de la calle Viena en Coyoacán, México, a Frank Jackson. El joven, que se había introducido en el entorno de Trotsky como supuesto novio de una de sus colaboradoras, se había presentado con la excusa de intercambiar opiniones sobre un artículo. Jackson aprovechó el momento de intimidad para atacar salvajemente por la espalda al viejo líder revolucionario. Al día siguiente, Trotsky falleció por las heridas sufridas. Jackson, un agente del servicio secreto soviético cuyo verdadero nombre era Ramón Mercader, había logrado consumar la sentencia dictada por José Stalin, entonces líder de la URSS: “¡maten a Trotsky!”.

El asesinato de Trotsky fue la culminación de un acecho implacable iniciado en 1927 con su destierro de Rusia, su exilio obligado por “el planeta sin visado” y el asesinato o confinamiento de sus seguidores, colaboradores y familiares. La causa de su persecución se encontraba en que, desde mediados de la década del ‘20, Stalin había comenzado a consolidar su poder burocrático en la URSS. Impuso desde 1924 la concepción no marxista del “socialismo en un solo país” y, desde 1935, los “frentes populares” de capitulación a las burguesías en todos los partidos comunistas de la Tercera Internacional.1

Entre 1936 y 1938, Stalin montó los “Juicios de Moscú”, una farsa judicial para exterminar a la vieja guardia dirigente del partido de Lenin, a sus opositores e incluso a algunos de sus más cercanos colaboradores. Trotsky fue el principal inculpado en los juicios, porque era el más destacado y consecuente dirigente opositor a la burocracia estalinista y encarnaba la continuidad del programa revolucionario, la democracia obrera y el internacionalismo. Por eso, para justificar su condena a muerte, las campañas difamatorias contra Trotsky recrudecieron. Para entonces el estalinismo llevaba más de una década borrando de la memoria popular su vida revolucionaria y su rol dirigente en la revolución junto a Lenin, acusándolo seguidamente de “agente de Estados Unidos” y “agente nazi”.
 
Una vida dedicada a la revolución socialista

León Davidovich Bronstein, Trotsky, había nacido el 26 de octubre de 1879 en una aldea cerca de Odesa en Ucrania, región sometida en ese entonces al imperio zarista de Rusia. Siendo muy joven se hizo marxista. El régimen zarista, rápidamente, le impuso encarcelamientos y la deportación a Siberia. Se unió al Partido Obrero Socialdemócrata Ruso tras su primera fuga de Siberia, sumándose a la organización orientada por Lenin. En la revolución de 1905 fue el máximo dirigente del soviet de San Petersburgo, capital del imperio. Tras la derrota de la revolución, fue deportado a Siberia junto a los líderes soviéticos, de donde escapó en un trineo tirado por renos, cuyas peripecias contaría en el libro “Viaje de ida y vuelta” de 1907, hoy reeditado con gran repercusión.2 En su balance de la revolución de 1905 plasmó por primera vez su “teoría de la revolución permanente”. Afirmaba que los obreros de las ciudades, acaudillando al campesinado pobre, no la burguesía, eran la única clase capaz de encabezar la revolución democrática burguesa y, al tomar el poder, avanzar hacia el socialismo transformando las condiciones de vida en el campo y las ciudades. Trotsky fue también parte de la minoría internacionalista que, junto con Lenin, Rosa Luxemburgo y Karl Liebknecht, rechazó la traición de la Segunda Internacional cuando apoyó la guerra interimperialista en 1914 y pronosticó que “los años venideros presenciarán la era de la revolución social”.

En febrero de 1917 estalló la revolución en Rusia. Tras el derrumbe del régimen zarista, asumió el gobierno una coalición de la burguesía liberal y partidos reformistas. Pero, a su lado, resurgieron los soviets desafiando su poder. Trotsky logró retornar a Rusia en mayo, fue incorporado en la conducción del soviet de Petrogrado (ex San Petersburgo) e ingresó al Partido Bolchevique de Lenin. La revolución permitió una rápida confluencia entre ambos dirigentes. Lenin había logrado que el partido no diera su apoyo al gobierno provisional burgués y asumiera la pelea por un gobierno obrero, apoyado en los campesinos, lo que sería el preludio de la revolución socialista internacional. Los bolcheviques, con Lenin y Trotsky, fueron ganando cada vez más peso y lograron la mayoría en los soviets, siendo los únicos que defendían consecuentemente los intereses de obreros, campesinos y soldados. Finalmente, Trotsky fue designado responsable del Comité Militar Revolucionario del soviet que organizó la toma del poder el 24 de octubre, consumando la primera revolución obrera socialista triunfante de la historia.
 
Su legado sigue vigente

En el gobierno de los soviets, Trotsky ocupó distintos cargos y encabezó el Ejército Rojo, que derrotó en la guerra civil al Ejército Blanco, la coalición de ejércitos imperialistas. Tras la muerte de Lenin en 1924 y la consolidación del aparato burocrático, encabezó la Oposición de Izquierda contra el abandono del programa revolucionario por la burocracia estalinista. Luego del ascenso del nazismo en Alemania en 1933 habilitado por la política estalinista de dividir al movimiento obrero, Trotsky concluyó que la Tercera Internacional había muerto y era necesario fundar una nueva organización mundial. En 1938, aún bajo terribles condiciones de persecución, Trotsky se abocó a uno de los desafíos más importantes de su vida: la fundación de la Cuarta Internacional, el partido de la revolución mundial para dar continuidad al hilo rojo de la lucha revolucionaria. Su programa, el “Programa de Transición”, afirmaba que bajo el capitalismo decadente “la crisis de la humanidad se reduce a la crisis de su dirección revolucionaria”. Poco después Trotsky sería asesinado, asestando un duro golpe al movimiento trotskista y agravando una crisis de dirección revolucionaria que continúa en la actualidad.

A ochenta y dos años del asesinato de Trotsky, el imperialismo sigue condenando a millones a la pobreza e indigencia en todo el planeta en medio de la crisis económica más importante de la historia del capitalismo y la guerra de ocupación de Putin en Ucrania. Pero los pueblos se rebelan, protagonizan heroicas luchas y revoluciones que derrotan los planes de ajuste y llegan hasta derribar gobiernos burgueses. Ante los cantos de sirena del falso socialismo que conducen a los trabajadores y los pueblos a nuevas frustraciones y derrotas,  Izquierda Socialista y la Unidad de Trabajadoras y Trabajadores – Cuarta Internacional (UIT-CI) reivindican la trayectoria revolucionaria de Trotsky, la importancia de la fundación de la Cuarta Internacional y la necesidad aún vigente de construir partidos revolucionarios en todos los países. En el camino de reconstruir la Cuarta, llamamos a unir a los revolucionarios contra el capitalismo imperialista y los gobiernos burgueses, en defensa de los derechos de los trabajadores y demás sectores populares para desarrollar la movilización y conquistar mediante revoluciones triunfantes gobiernos obreros y populares que construyan un verdadero socialismo en todo el mundo.

1. Organización revolucionaria internacional fundada en Moscú en 1919.
2. L. Trotsky. “La fuga de Siberia en un trineo de renos”, Siglo XXI Editores, Buenos Aires, 2022.

Escribe Fede Novo Foti
 
A comienzos del siglo XIX la dominación española en América se hacía cada vez más insoportable. España saqueaba los recursos naturales de las colonias, imponía tributos y ejercía el monopolio comercial. Pero, entre tanto, en 1808 el imperio francés de Napoleón Bonaparte invadió España, obligó al rey Fernando VII a renunciar y lo mantuvo en cautiverio.

El descontento creciente en las colonias provocó entonces las revoluciones en los virreinatos del Río de La Plata (Buenos Aires), Nueva España (Dolores, México), Nueva Granada (Bogotá), y en las capitanías generales de Chile (Santiago) y Venezuela (Caracas), que derribaron a virreyes, gobernadores y demás funcionarios coloniales. La reacción de las tropas españolas no se hizo esperar.

En Buenos Aires, la “Revolución de Mayo” de 1810 provocó la caída del virrey Baltasar Hidalgo de Cisneros. El enfrentamiento militar con las fuerzas realistas, que buscaban retomar el control del virreinato, no evitó que se desataran agudos enfrentamientos entre los distintos sectores revolucionarios. Algunos pretendían evitar o retrasar la declaración de la independencia. Había, incluso, quienes buscaban mantener la sumisión a España o la creación de un “protectorado” británico.

El proyecto de una nación independiente fue defendido desde un comienzo por Mariano Moreno, Juan José Castelli y Manuel Belgrano. Ellos se inspiraban en los pensadores más avanzados de las revoluciones burguesas de Inglaterra en el siglo XVII y de Francia en el XVIII, y en la independencia de Estados Unidos. Unían la lucha por la independencia a un proyecto de igualdad para la población. Castelli afirmaba que “nuestro destino es ser libres o no existir, y mi invariable resolución es sacrificar la vida por nuestra independencia”.

Pero el camino hacia la independencia no fue fácil. En 1814 regresó al trono Fernando VII y las revoluciones estaban siendo derrotadas por las fuerzas realistas en casi toda América. Gran Bretaña, imperio capitalista en ascenso, buscaba profundizar sus negocios en la región, aunque no tenía especial interés en la independencia de las colonias españolas.

Tal era el escenario cuando comenzó a sesionar el Congreso de Tucumán en 1815. José de San Martín, entonces gobernador intendente de Cuyo, insistió tenazmente por la declaración de la independencia. En una carta de mayo de 1816 a Tomás Godoy Cruz expresaba: “¡Hasta cuándo esperamos declarar nuestra independencia! ¿No le parece a usted una cosa bien ridícula, acuñar moneda, tener el pabellón y cucarda nacional y por último hacer la guerra al soberano de quien se dice dependemos y no decirlo?”.  

La independencia fue finalmente declarada el 9 de julio de 1816. Todos los diputados aprobaron por aclamación que “es voluntad unánime e indubitable de estas Provincias romper los violentos vínculos que los ligaban a los reyes de España, recuperar los derechos de que fueron despojados, e investirse del alto carácter de una nación libre e independiente del rey Fernando séptimo, sus sucesores y metrópoli”. Aún existían sectores que entendían el futuro del país bajo la dependencia de alguna otra potencia europea. De modo que diez días después se completó el Acta de la Independencia con el agregado “y de toda dominación extranjera”.

La declaración de la independencia significó una guerra a muerte con la monarquía española. Llevados por la necesidad de la guerra, sus dirigentes más consecuentes apoyaron a los sectores más explotados y oprimidos. En Salta, Juana Azurduy se destacó en los combates. Güemes liberó a peones de arriendos y tributos. En la Banda Oriental, Artigas impulsó el reparto de las tierras de los reaccionarios. San Martín liberó a los esclavos para incorporarlos al ejército.

San Martín y Simón Bolívar fueron quienes mejor expresaron la necesidad de la unidad americana. En diciembre de 1824, dos días antes de la batalla de Ayacucho, Bolívar envió por circular a los nuevos gobiernos americanos “para que formásemos una confederación”. Pero en pocos años se frustró la oportunidad de lograr la ansiada unidad. Fueron primando los intereses de las oligarquías regionales que buscaron consolidar su dominación sobre la porción de territorio que habían comenzado a gobernar. El virreinato del Río de la Plata se fragmentó en cuatro países: Argentina, Paraguay, Bolivia y Uruguay.

La Argentina fue conducida desde entonces por la oligarquía de comerciantes porteños y estancieros bonaerenses, cuyos negocios estaban íntimamente ligados al capitalismo inglés, y frustraron la posibilidad del desarrollo autónomo. Sometieron al país al saqueo británico por medio de mecanismos comerciales y financieros, transformando a la naciente argentina en una semicolonia inglesa.

La declaración de independencia liberó al país de las cadenas coloniales españolas. Pero el sometimiento económico al imperialismo británico, primero, y estadounidense, desde mediados del siglo XX, aún deja pendiente la tarea de lograr la segunda y definitiva independencia. Para ello hay que terminar con este sistema capitalista e imponer un sistema económico y político socialista.

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