Jul 19, 2024 Last Updated 9:34 PM, Jul 18, 2024

Escribe Federico Novo Foti

En 1935, surgida de las filas del partido radical, se fundó Fuerza de Orientación Radical de la Joven Argentina (FORJA). Estaba integrada por intelectuales opositores al gobierno de Agustín P. Justo que investigaron y denunciaron el dominio imperialista. Uno de sus más destacados miembros fue Raúl Scalabrini Ortiz. De los forjistas surgió la definición del pacto Roca-Runciman: el “estatuto legal del coloniaje”. Sus investigaciones expusieron los negociados con el imperialismo y a sus cómplices nacionales. En la década siguiente, desencantados con su proyecto de “recuperar al radicalismo”, la mayor parte de ellos se sumó al naciente peronismo.

El peronismo kirchnerista se reivindica heredero del forjismo y de sus principales figuras. Sin embargo, no cuestiona el “coloniaje” en el siglo XXI que significa el acuerdo del gobierno con el FMI. Cristina incluso reivindica como un acto de “soberanía” el pago de la deuda con el FMI en 2005, en tiempos de Néstor Kirchner. Ahora dice que fue “descabellado” el préstamo que recibió Macri en 2019. Pero avala su pago y el “recalibrado” impulsado por el gobierno para seguir pagando a costa del saqueo y el ajuste que sufre el pueblo trabajador. También, propone usar recursos de un eventual superávit comercial para seguir pagando. El kirchnerismo es doble discurso y más sometimiento al imperialismo.

 


Escribe Federico Novo Foti

En 1890, la II Internacional convocó al 1° de Mayo como jornada de lucha obrera, internacionalista y socialista, exigiendo la reducción a ocho horas de la jornada laboral. La elección de la fecha buscaba reivindicar la huelga del 1° de mayo de 1886 en la que miles de obreros y obreras estadounidenses habían parado cinco mil fábricas con esa consigna. Era también un homenaje a los “mártires de Chicago”, los obreros anarquistas y socialistas ejecutados en noviembre de 1887 como parte de la violenta reacción de las patronales y el gobierno yanqui contra aquella heroica huelga.

En nuestro país, el 1° de mayo de 1890 se reunieron tres mil trabajadores en el Prado Español (barrio de Recoleta). Los oradores, socialistas y anarquistas, tomaron la palabra y reivindicaron la jornada laboral de ocho horas, la prohibición del trabajo infantil y la suspensión del trabajo a destajo, entre otros reclamos. Gigantescas movilizaciones acompañaron los actos del 1° de Mayo en la primera década del siglo XX. En los años ´20 y ´30 el avance de direcciones reformistas en el movimiento obrero, del Partido Socialista, y del estalinista Partido Comunista, fueron transformando el 1° de mayo de una jornada obrera, internacionalista y socialista en un día “democrático”, de apoyo a los gobiernos o sectores patronales “progresistas”.

En 1947, el peronismo en el gobierno oficializó la “fiesta del trabajo y la lealtad”. Un día de festejo, bailes y desfiles. Intentaron barrer la histórica jornada internacional de lucha de la clase obrera por sus reclamos y por el socialismo.

Hoy, en pleno siglo XXI, en nuestro país y en todo el mundo, la lucha del 1° de Mayo sigue vigente. Los planes de ajuste de los sucesivos gobiernos y el FMI, al servicio de los usureros internacionales, el saqueo y las multinacionales, han provocado retrocesos en las condiciones laborales. Las “ocho horas de trabajo, ocho horas de tiempo libre y ocho de descanso” se han perdido para miles de trabajadores precarizados o en negro. Incluso, para muchos en blanco en nuestro país. Pero el movimiento obrero no ha sido derrotado, y sigue dando heroicas batallas en nuestro país y en todo el mundo. Por eso, este 1° de Mayo volveremos a gritar: ¡Plata para trabajo, salario, jubilaciones y mejores condiciones laborales, no para la deuda y el FMI! ¡Qué la crisis la paguen los capitalistas! ¡Por un gobierno de la izquierda y las y los trabajadores! ¡Por el socialismo mundial!

Escribe Federico Novo Foti

Entre el 19 de abril y el 23 de mayo de 1943 se produjo el levantamiento del gueto judío de Varsovia, ubicado en la capital polaca ocupada en la Segunda Guerra Mundial por los nazis. Fue violentamente reprimido hasta dejar el lugar en ruinas. Dos años después, el nazi-fascismo era aplastado por la creciente resistencia popular y el avance del Ejército Rojo y los aliados.
 
El 1° septiembre de 1939 comenzó la Segunda Guerra Mundial, cuando los ejércitos alemanes invadieron Polonia. Días antes, los ministros de Asuntos Exteriores de Adolf Hitler y José Stalin habían celebrado un infame pacto de no agresión entre la Alemania nazi y la Unión Soviética (URSS), que incluía la partición y reparto de Polonia por ambos países. El 8 de septiembre, las tropas alemanas alcanzaron Varsovia, la capital polaca. El 17 de septiembre, la región oriental fue invadida por la URSS. Polonia, como tal, había dejado de existir.

Polonia fue uno de los países más castigados por la barbarie nazi, en particular su numerosa población judía. Allí gobernó el carnicero Hans Frank, quien instaló la sede del “gobierno central” en Cracovia, la segunda ciudad polaca en importancia. Frank fue uno de los más entusiastas impulsores de la “solución final”, es decir, de los campos de exterminio. Fueron igualmente víctimas del nazismo los gitanos, eslavos, comunistas, homosexuales y todo opositor a la contrarrevolución nazi y su “modelo ario”.
 
El gueto y el exterminio del pueblo judío

En Varsovia vivían unos 380.000 judíos, muchos de ellos llegados en distintas olas migratorias, provenientes de regiones orientales, huyendo de la pobreza, la represión y las matanzas desde la época del imperio de los zares rusos. Entre ellos había trabajadores, campesinos, comerciantes, artesanos, profesionales y hasta grandes empresarios, como el grupo judío propietario de la fábrica de montaje de autos bajo licencia de General Motors.[i]   

Los primeros decretos del gobierno nazi de Frank definieron que ningún judío sería dueño de su propio destino. Congeló sus cuentas bancarias, les fueron arrebatados comercios y empresas, los sometió a humillaciones diarias y trabajos forzados. Desde diciembre de 1939 todos los judíos debían lucir en la manga derecha una banda blanca con la estrella de David. En abril de 1940, se comenzó a aislar el barrio judío con la excusa del surgimiento de una epidemia de tifus. En noviembre comenzó la “limpieza étnica” de la ciudad. Miles de familias judías de Varsovia y otras localidades fueron obligadas a abandonar sus casas y dirigirse al “gueto” en el barrio judío, ahora cerrado por once kilómetros de murallas. En 300 hectáreas habitables del gueto llegaron a vivir hacinadas medio millón de personas. En ese infierno se instaló la muerte por hambruna, enfermedades, ajusticiamientos arbitrarios y todo tipo de vejámenes. Estaba prohibido salir del gueto. Solo lo hacían, en medio del mayor control militar, aquellos que debían desplazarse a trabajar en otras zonas de la ciudad. El Consejo Judío (Judenrat) y la denominada “policía judía”, constituidos por hombres de la clase alta judía colaboracionista, quedaron encargados de hacer cumplir las leyes nazis en el gueto.

A inicios de 1941 comenzaron a llegar a Varsovia noticias de que en la ciudad de Chelmno habían asesinado a unos 40.000 judíos procedentes de Lodz, en lo que se describía como un “campo de exterminio”. Luego de comenzada la invasión nazi a la URSS, en junio de 1941, se supo de asesinatos masivos en Ucrania y Bielorrusia. En marzo de 1942 fue destruido el gueto de Lublin. El 22 de julio llegó la orden de que todos los judíos “no productivos” de Varsovia debían trasladarse hacia un lugar indeterminado en la frontera oriental. Comenzaba la “Gran Deportación”. Todos los días, unas 6.000 personas eran subidas a trenes con dirección a Sokolow, un cruce ferroviario que llevaba a Treblinka. Judíos prófugos confirmaron que el verdadero destino era la muerte en ese campo de exterminio. El 21 de septiembre cesó la acción de expulsión. Quedaron recluidos en el gueto tan sólo 33.700 judíos, que trabajaban en fábricas y tiendas alemanas. Sumados a los que sobrevivían clandestinamente, escondidos en sótanos y túneles de alcantarillado, eran unas 60.000 personas. En siete semanas habían sido trasladadas y asesinadas unas 300.000 personas. Un verdadero genocidio.

El levantamiento

Desde el comienzo mismo de la ocupación nazi, comenzaron las primeras acciones de la resistencia polaca. En el gueto de Varsovia, a principios de 1942, había comenzado a instalarse entre la juventud la idea de preparar un levantamiento armado. Un planteo rechazado por el Consejo Judío y la mayoría de los partidos políticos y líderes judíos. El 28 de julio se constituyó la Organización Judía de Combate. Para el 20 de octubre, tras la “Gran Deportación”, la Organización Judía de Combate se convirtió en la máxima autoridad del gueto. Clandestinamente se organizaron en pequeños grupos de hombres y mujeres, sionistas, socialistas, comunistas y trotskistas. Estos últimos, que participaron activamente hasta el final, editaban el periódico “Bandera Roja” (Czorwony Sztandard). Sólo los líderes ortodoxos del partido religioso Agudas Israel se negaron a unirse. En aquellas espantosas condiciones de vida, fueron haciendo milagros para conseguir y almacenar alimentos, armas y municiones, cobrando impuestos “especiales” a los más ricos.

El 19 de abril de 1943, cuando un batallón nazi se disponía a entrar al gueto para realizar nuevas deportaciones, comenzó el levantamiento. Con unos pocos explosivos, cócteles molotov, fusiles, pistolas y algunas metralletas, los judíos lograron repeler el primer ataque nazi. El general de las SS Jürgen Stroop se puso al mando de la represión y rápidamente ordenó recurrir a la artillería pesada y los lanzallamas. Fueron incendiando cada sector del gueto, para luego inundar las alcantarillas y arrojar gases lacrimógenos por sus bocas. El 16 de mayo a la noche volaron la Sinagoga. Unos días después sólo quedaba el humo y algunos incendios. A pesar de su valiente resistencia, los judíos sufrieron unas 11.000 muertes y el levantamiento fue derrotado a finales de mayo.

La lucha heroica del gueto de Varsovia no fue en vano. En 1943 había comenzado el inicio del fin del nazismo. Poco antes del levantamiento del gueto de Varsovia, el 1° de febrero, el triunfo del Ejército Rojo en la batalla de Stalingrado marcó un punto de inflexión en la Segunda Guerra Mundial (ver El Socialista N° 554). Un nuevo impulso comenzó a recorrer la resistencia de los pueblos europeos. El nazismo comenzaba su retroceso y caída final. Al año siguiente fueron expulsados de Polonia y en mayo de 1945 cayó Berlín, derrotando al nazismo como la expresión más brutal del capitalismo imperialista.

1. Todos los datos fueron tomados de Matthew Brzezinski. “El ejército de Isaac”. Capital Intelectual, Buenos Aires, 2013.

El dirigente trotskista argentino Nahuel Moreno estudió la Segunda Guerra Mundial con el objetivo de sacar enseñanzas útiles para las futuras generaciones de revolucionarios. Definió a la Segunda Guerra Mundial como “el intento de extender la contrarrevolución [nazi] fascista imperialista a todo el mundo”.1 En la lucha contra el nazi-fascismo destacó “como una de las grandes gestas del proletariado mundial la lucha del gueto de Varsovia contra los nazis”.2 Señaló la importancia de que los revolucionarios intervinieran en las luchas democráticas, a pesar de la participación de corrientes burguesas. Dio el ejemplo de que “[en el gueto] había un ala izquierda que presionaba por la lucha, y todos los grandes dignatarios del gueto estaban en contra. El gueto [se levanta] cuando el ala burguesa, los rabinos, todos los que colaboraban con los nazis se dan cuenta de que a ellos también los meten en los trenes y los matan. Entonces, cuando se avivan de eso, dan un vuelco y le dan la razón a la juventud. Entonces la propia revolución se transforma en socialista: hay que repartir los alimentos, etcétera.”3 Este proceso fue abortado por la derrota del levantamiento. Pero Moreno llamó a comprender la profunda enseñanza que dejó a los revolucionarios sobre la necesidad de intervenir en las luchas democráticas bajo el capitalismo imperialista en la pelea por lograr gobiernos de trabajadores y el socialismo.

1. Nahuel Moreno. “Revoluciones del siglo XX”. Antídoto, Buenos Aires, 1986. Ver en nahuelmoreno.org
2. Idem.
3. Nahuel Moreno. “Escuela de cuadros. Argentina 1984.” Ediciones Crux, Buenos Aires, 1992. El Socialista Ver en nahuelmoreno.org

Escribe Federico Novo Foti

Fue la primera guerra importante del siglo XXI. Estados Unidos buscó reforzar su cuestionada hegemonía mundial. Pero la heroica resistencia del pueblo iraquí le asestó una histórica derrota militar. Irak fue su segundo Vietnam. El resultado fue la profundización de su crisis de dominación que continúa en la actualidad.  

El 19 de marzo de 2003, el presidente de Estados Unidos, George W. Bush, anunció la invasión a Irak. Ubicado en Medio Oriente, Irak tenía por entonces veinticuatro millones de habitantes gobernados por la férrea dictadura de Saddam Hussein y era poseedor de una de las mayores reservas mundiales de petróleo. Bush declaró que su objetivo era terminar con el régimen de Hussein, a quien apuntó como integrante del “eje de mal” (junto a Irán y Corea del Norte) y que poseía peligrosas “armas de destrucción masiva”. Desde un primer momento, la UIT-CI se posicionó junto a la resistencia iraquí, sin dar apoyo político a Hussein. Alentó y participó de movilizaciones en distintos países, reclamando el retiro inmediato de las tropas imperialistas y exigiendo a los gobiernos la ruptura de relaciones con los países invasores.

En aquel momento, se aseguraba que la invasión expresaba la incuestionable hegemonía imperialista de los Estados Unidos, bajo el “nuevo orden mundial” nacido de la caída de la URSS y los estados obreros de Europa central. También, que se trataba de una “guerra por el petróleo”. Efectivamente, Estados Unidos y sus multinacionales (Chevron y Exxon) buscaban un nuevo reparto del negocio petrolero en Irak, frente a las multinacionales francesas (Total), chinas (China National Oil Company) y rusas (Lukoil). Pero sus objetivos iban más allá. El imperialismo yanqui invadió Irak para reafirmarse como gendarme mundial ante el crecimiento de rebeliones populares en el mundo. Buscó colonizar Irak para reforzar sus posiciones políticas en Medio Oriente, ante la incapacidad de Israel y sus gobiernos árabes aliados, como Arabia Saudita, de frenar la llamada “Segunda Intifada”, la resistencia popular palestina surgida en el año 2000. Buscaba también dar un fuerte mensaje contra el creciente movimiento antiglobalización, nacido en Seattle en 1999, a las enormes movilizaciones que derrotaron los planes de ajuste del FMI en Latinoamérica (el Argentinazo, la derrota del golpe en Venezuela en 2002 y las rebeliones bolivianas) y a las huelgas obreras en toda Europa. En lo económico, intentaba superar la crisis de la economía capitalista, expresada en la caída de grandes multinacionales como Enron, Xerox, AOL, WorldCom, y el crecimiento de la desocupación al 6% en Estados Unidos.

Bush utilizó los atentados contra las Torres Gemelas del 11 de septiembre de 2001 para lanzar una contraofensiva política, militar y económica, con la excusa de combatir el “terrorismo”. Invadió Afganistán en 2001 e Irak en marzo de 2003. A pesar de no contar con el apoyo del conjunto de la OTAN, siendo acompañado por una débil coalición imperialista comandada por Gran Bretaña (Tony Blair) y el Estado Español (José María Aznar), Bush aseguró que obtendría una rápida victoria. El 9 de abril llegaron las tropas yanquis a Bagdad, la capital de Irak. El régimen de Hussein cayó. Parecía ratificarse la predicción de Bush. Pero desde ese momento comenzó a crecer una heroica y masiva resistencia del pueblo iraquí, que enfrentó el poderío militar y tecnológico imperialista. La resistencia se fortaleció con la unidad de chiítas y sunnitas (las dos ramas del Islam), con movilizaciones crecientes y la afluencia de combatientes desde todos los países árabes para sumarse a las milicias de la resistencia. Se consolidó también la intifada palestina y aumentaron las movilizaciones en Medio Oriente y en Asia bajo la consigna “somos todos iraquíes”.

La brutalidad de la ocupación recrudeció con bombardeos indiscriminados que dejaron en cuatro años más de 600.000 víctimas civiles, dos millones de refugiados y brutales torturas contra prisioneros de guerra. La exposición de estos hechos desnudó las verdaderas razones de la invasión y dejó cada vez más aislado al gobierno de Bush, a pesar de sus intentos de pactar con las conducciones chiítas y sunnitas. En Estados Unidos creció el rechazo a la guerra y aumentaron las movilizaciones por el retiro de las tropas. En marzo de 2004 cayó en las elecciones el gobierno de Aznar, obligando a su sucesor a retirar las tropas de Irak. En febrero de 2007, Tony Blair debió retirar las suyas y meses más tarde dimitió anticipadamente. Para mediados de 2007 la invasión yanqui en Irak estaba completamente derrotada, pese a que mantuvo una ocupación formal hasta octubre de 2011, cuando Barack Obama, el sucesor de Bush, anunció el retiro definitivo. El triunfo iraquí demostró que la lucha abnegada y consecuente de los pueblos por su liberación puede derrotar al imperialismo más poderoso, aún a pesar de sus conducciones traidoras.

Irak se convirtió en un nuevo Vietnam para Estados Unidos. Bush había querido dar un mensaje contra las rebeliones en el mundo, establecer una nueva colonia en Medio Oriente, convirtiendo a Irak en una inmensa base militar yanqui y controlando su petróleo. Pero actuó como un “bombero loco”, que quiso apagar el fuego con gasolina. Terminó incentivando el movimiento mundial anti-guerra y el antiimperialismo. Llevó al colapso de la economía capitalista mundial de 2007/2008, continuó el ascenso de la lucha de los pueblos del mundo y desde 2011 se desataron las revoluciones árabes. En 2021 el ejército yanqui huyó derrotado de Afganistán. En definitiva, profundizó la crisis de dominación política, militar y económica de Estados Unidos que continúa en la actualidad.

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