Jul 19, 2024 Last Updated 9:34 PM, Jul 18, 2024

Pese a que desde comienzos de la década de 1930 sonaban los tambores de guerra en Europa con el ascenso del fascismo y el nazismo, Stalin y su burocracia decapitaron desde 1937 al alto mando del Ejército Rojo como parte de su política de barrer cualquier vestigio de oposición. El Ejército Rojo quedó desmembrado por años sin su histórica conducción. Una vez iniciada la guerra, Stalin rechazó sistemáticamente los informes de sus espías que, desde Japón y Alemania, venían informando sobre los preparativos de la invasión nazi a la URSS.1 Pero tras el triunfo en la batalla de Stalingrado y la derrota definitiva en 1944 del nazismo, Stalin se autoadjudicó la “gloria” y fue nombrado “mariscal”. Los auténticos protagonistas del triunfo, los generales al mando, la tropa y la heroica población soviética, pasaron a segundo plano. Se reescribió la historia para presentar los desastres de 1939 a 1941 como parte de un “plan genial de Stalin” para aplastar al nazismo. Pero lo cierto es que la conducción contrarrevolucionaria y burocrática de Stalin, que depositó su confianza en el escandaloso pacto con Hitler, provocaría enormes sufrimientos a la población y costaría la vida de millones de soviéticos.

1. Leopold Trepper. El gran juego. Editorial Ariel, Madrid, 1977. Memorias del jefe del espionaje soviético en la alemania nazi.

Escribe Adolfo Santos

El 30 de enero de 1933 Adolf Hitler asumió como Canciller de Alemania. En medio de la brutal crisis generada por la posguerra y el crack económico de 1929, la gran burguesía alemana presionó al presidente Paul von Hindenburg a designar al jefe del Partido Nazi para el cargo.  Se iniciaba así el proceso social y político más trágico de la historia contemporánea.

El Tercer Reich o estado nazi, encabezado por Hitler, no surgió de forma espontánea. La derrota alemana en la Primera Guerra Mundial, que impuso al país pesadas sanciones e indemnizaciones a los vencedores, combinada con la crisis provocada por la quiebra de la bolsa de Nueva York en 1929, impidieron la recuperación de la economía alemana. El resultado fue una brutal hiperinflación y una desocupación a gran escala que afectó duramente la vida de la clase trabajadora y sectores de la clase media.

En ese terreno se fortalecieron las posturas más radicalizadas, como las defendidas por el Partido Nazi liderado por Hitler, que prometía reconstruir la “Gran Alemania”, humillada por los tratados de posguerra, a la vez que responsabilizaba a los judíos y comunistas por la crisis económica. Las promesas del nazismo ejercían una creciente atracción entre la clase media y las masas empobrecidas.
En 1932 el partido de Hitler duplicó su votación, alcanzando el 37%. Sin embargo, existía una gran desconfianza de la mayoría de los alemanes, y una oposición militante en la clase trabajadora, por lo que podría haberse evitado su llegada al poder, si no fuera por los acuerdos y concesiones hechos por los partidos burgueses, la socialdemocracia y el papel nefasto del estalinismo.

Comienza una larga noche

En enero de 1933, temerosa del fortalecimiento de los comunistas, la gran burguesía incita al presidente von Hindenburg a entregar el gobierno a Hitler. Un mes después disuelve el Parlamento y llama a elecciones, obteniendo una mayoría absoluta. Era el inicio de una larga noche. En marzo, Hitler obtiene poderes absolutos para implantar leyes, organizar las fuerzas armadas y proclamar la ley marcial. En julio disolvió los partidos políticos y declaró ilegales los sindicatos y las huelgas. Creó campos de concentración para recluir opositores políticos, sobre todo de izquierda, judíos, gitanos y homosexuales.

En 1935 promulgó las leyes de Nüremberg, medidas de carácter racista y antisemita en las que se establece que los judíos no podían tener los mismos derechos que los arios. Esas medidas fueron el comienzo de un proceso atroz que llevaría a la muerte a más de seis millones de judíos. En 1936 Alemania e Italia acordaron intervenir en la guerra civil española en favor de Franco y sumaron a Japón en un pacto de combate al comunismo. En 1938, Alemania invadió Austria. El 9 de noviembre de ese mismo año el gobierno de Hitler alentó la llamada “Noche de los Cristales Rotos” en Alemania y Austria, destruyendo comercios y entidades religiosas y culturales judaicas, lo que constituyó el mayor pogrom de la historia.

En 1939 Alemania avanzó sobre territorio checoeslovaco primero (con la escandalosa aceptación de Gran Bretaña) y en septiembre invadió Polonia. Recién ahí Gran Bretaña y Francia le dan un ultimátum, no respondido, dando comienzo a la Segunda Guerra Mundial. En 1940 Alemania había sometido a Noruega, Dinamarca, Bélgica, Holanda y Francia y en 1941 Hitler ignoró el pacto de no agresión firmado con Stalin en 1939 y lanzó la Operación Barbarroja para invadir la URSS.

Una resistencia encarnizada derrota al nazismo

Apoyada en el despiadado servicio de inteligencia de la SS y la terrible policía política Gestapo, la expansión alemana fue acompañada de una política de eliminación sistemática de judíos en campos de concentración.  Pero además, más de un millón de activistas de izquierda y personas de otros grupos étnicos también fueron exterminados. Fue necesaria una encarnizada resistencia en varios frentes de batalla para derrotar el proyecto de barbarie nazi encabezado por Hitler.

La invasión a la URSS resultó un verdadero infierno para las tropas nazis. Contrariamente a lo que preveía Hitler, los soldados soviéticos resistieron con un heroísmo sorprendente. Al mismo tiempo, en las zonas ocupadas de la Unión Soviética, así como en los países invadidos, aumentaba la resistencia de los partisanos, heroicos combatientes que se terminaron convirtiendo en un verdadero martirio para los nazis.

Alemania llegó a las puertas de Leningrado y Moscú, pero fueron derrotados cuando más de cien mil obreros se movilizaron en la capital soviética para sumarse a la defensa de la ciudad. Leningrado fue sitiado, pero se presentó una resistencia heroica. Hitler nunca logró tomar ninguna de las dos capitales soviéticas. Finalmente, en febrero de 1943, tras largos meses de combates sangrientos, las tropas nazis fueron derrotadas en Stalingrado, comenzando el camino a su derrota definitiva en la guerra. El Ejército Rojo comenzó a avanzar y ya no se detendría hasta la toma de Berlín en mayo de 1945. En el frente occidental, En junio de 1944 en la batalla de Normandía, conocida como el “Día D”, soldados de los ejércitos aliados cruzaron el canal de la Mancha rumbo a Francia y consiguieron la liberación de los territorios de Europa Occidental. El 9 de mayo de 1945 las tropas soviéticas entraron triunfantes en Berlín. Era el fin del proyecto genocida, colonial y esclavizante encarnado por el nazismo. Terminaba la larga noche, dejando tras de sí más de 60 millones de muertos. La clase trabajadora y los pueblos sometidos del planeta derrotaban a la bestia nazi y comenzaba un nueva etapa en la historia del siglo, que llevaría a nuevas revoluciones en los años siguientes.

Escribe Adolfo Santos

Como dice el texto principal, el advenimiento del nazismo pudo haberse evitado y/o disminuido sus terribles consecuencias. El estalinismo no actuó correctamente en ese sentido. En los primeros años de la década del ‘30, el fascismo crecía exponencialmente, pero también el comunismo se había fortalecido en esa polarización y podría haber cumplido un papel importante.

Se imponía la unidad de acción entre los partidos de la clase trabajadora para enfrentar al nazifascismo, como nos había enseñado Lenin y proponía Trotsky, sobre todo con la socialdemocracia, el mayor partido de la clase obrera alemana. Sin embargo, Stalin y la III Internacional adoptaron la política opuesta y enfrentaban a los socialdemócratas en la misma medida que al nazismo. “Dividía a la clase obrera y debilitaba la influencia de los comunistas entre las masas de trabajadores. En ninguna otra parte fueron tan desastrosos los resultados de esta política como en Alemania, aquí se dieron instrucciones a los comunistas para que atacaran a los trabajadores del SPD (socialdemócratas) acusándoles de “socialfascistas”. Estas tácticas dividieron al poderoso movimiento obrero alemán y lo paralizaron frente a la reacción fascista”. (León Trotsky, La lucha contra el fascismo).

Otra gran traición fue el acuerdo de “no agresión” conocido como el Pacto Molotov-Ribbentrop firmado en 1939 entre Alemania y la URSS. Un giro histórico que le permitió a Hitler despreocuparse de la frontera soviética mientras se expandía por Europa. La firma del siniestro pacto se hizo bajo la atenta mirada de Stalin que al final invitó a un brindis al dirigente nazi Ribbentrop: “Sé lo mucho que el pueblo alemán ama a su Führer. Por eso quiero beber a su salud”. En 1941, la ruptura unilateral de ese pacto por parte de Hitler enviando tres millones de soldados alemanes a invadir la URSS demostró el terrible error de ese acuerdo. La confianza de Stalin en el líder nazi le costaría más de un millón de vidas al ejército soviético.

Tras la primera oleada revolucionaria, inaugurada por la revolución rusa [...] la burguesía y el imperialismo lanzan su contraofensiva política. Incapaces de detener la revolución [...] a través de la democracia burguesa, por métodos pacíficos, la burguesía apela a los métodos de guerra civil para derrotar a la clase obrera. [...] aparece un nuevo tipo de régimen político, antes inexistente: el fascismo en Italia y el nazismo en Alemania.

El fascismo o régimen contrarrevolucionario burgués imperialista se caracteriza por utilizar métodos de guerra civil contra la clase obrera, las masas y su vanguardia. Para hacerlo, forma un movimiento popular contrarrevolucionario amplio, con base en la clase medía y los desclasados, a quienes moviliza y arma contra el proletariado. Cuando llega al poder elimina las libertades políticas y las instituciones de la democracia burguesa. Su objetivo central es aniquilar la democracia obrera y sus organismos: sindicatos, partidos obreros de masas. Pero sólo lo puede lograr terminando también con el conjunto de los derechos e instituciones democrático burgueses: parlamento, partidos políticos, libertad de prensa, etcétera.

[...] Es absolutamente totalitario y reprime despiadadamente toda oposición y toda libertad.. [...] Es una dictadura bárbara, [...] de lo más moderno y concentrado del capitalismo: los monopolios imperialistas. No busca reinstaurar el feudalismo, sino defender el capitalismo imperialista aplastando con métodos de guerra civil la revolución obrera. Es la primera y monstruosa expresión de la inexorable marcha del capitalismo hacia la barbarie si no triunfa el socialismo.

* Extracto de Nahuel Moreno en Revoluciones del Siglo XX, capítulo IX, La contrarrevolución: los nuevos regímenes.

Por Prensa UIT-CI

“Un verdadero acontecimiento político-cultural”

En la sede del sindicato docente de Ademys (Buenos Aires, Argentina) se realizó, el 15 de diciembre de 2022, la presentación del libro «Sobre el marxismo» de Nahuel Moreno de Editorial Cehus, a cargo de Mercedes Petit y Reynaldo Saccone, investigadores y reconstructores de este texto. Coordinó Mariana Scayola, secretaria general de Ademys. (ver presentación completa en www.izquierdasocialista.org)

Eduardo Grüner, destacado intelectual, sociólogo y ex vicedecano de la Facultad de Ciencias Sociales UBA -Fue militante del partido PRT-La Verdad y luego el PST, que conducía el propio Nahuel Moreno, entre fines de la década del 60 y principios de la del 70-, envió un saludo que reproducimos.

 


Estimadas compañeras y compañeros:

Lamento mucho que, por cuestiones personales, no he podido estar físicamente presente en este acto. Sin embargo, no quería dejar de saludar con la mayor emoción la presentación del libro de Nahuel Moreno, cuya publicación considero un verdadero acontecimiento político-cultural. Y cuando digo “acontecimiento” y digo “emoción”, no me estoy dejando llevar por palabras fáciles u ocasionales, sino que le doy a esos términos todo su alcance.

Se trata, en efecto, de un acontecimiento. El rescate de estos escritos y clases del “compañero Hugo” (como lo llamábamos en los viejos tiempos), rescate hecho posible gracias a lo que imagino un trabajo ciclópeo de la compañera Mercedes Petit y el compañero Reynaldo Saccone, supone contar con la posibilidad de una intervención decisiva en un momento histórico de crisis radical del Capital a nivel mundial y por supuesto nacional. En ese contexto, estoy seguro, este libro provocará (o, con toda seguridad, debería provocar) todo un alud de discusiones, debates, replanteos y generación de renovados interrogantes sobre el lugar que ocupa el marxismo en la cultura y la política contemporáneas. Porque, en efecto, en una época en que las variopintas formas de la ideología dominante pretenden hacernos creer que el marxismo es una pieza arqueológica, o una ensoñación utópica superada, o en el mejor de los casos una interesante teoría del siglo XIX, digna de entrar en la bibliografía de alguna materia universitaria de historia de las ideas, pero que ya no tiene pertinencia alguna en el reino de la política “real”, el libro de Nahuel Moreno viene a inquietarnos nuevamente con la enorme vigencia de algo que –como lo explica el propio autor- no es una mera “concepción del mundo” (según la célebre expresión de Henri Lefebvre), que podría ser refutada o darse por agotada o por anacrónica. Muy por el contrario, el marxismo es para Moreno -como es, humildemente, para mí- un movimiento permanente de producción material de conocimiento y transformación de la realidad. Es decir, una praxis en permanente estado de apertura, de renovación y complejización, puesto que no es una filosofía construida en el aire, o en la pura cabeza de un filósofo, sino entretejida íntimamente con los metabolismos a veces sangrientos de la historia y la lucha de clases.

El marxismo, pues, viene a recordarnos este libro, sigue vigente no porque sea un recetario de ideas perfectas y acabadas, o de certezas irrefutables, sino porque las condiciones de su emergencia histórica no solo siguen siendo las nuestras, sino que lo son más que nunca, ya que sus transformaciones en las últimas décadas –incluyendo a la crisis que mencionábamos hace un momento- hacen que por primera vez en la historia tengamos que presenciar la posibilidad de que el Capital mundializado arrastre a la humanidad entera a un apocalipsis terminal. Esto es algo que Marx y Engels, o incluso Lenin y Trotski, no podían prever en su propia época. Es bueno entonces que un libro como este que estamos presentando remueva el avispero y nos empuje a seguir interrogando a ese marxismo que, hasta nuevo aviso, es la forma de pensamiento crítico, y de praxis, que más consistente y radicalmente ha profundizado en el análisis de las razones por las cuales el capitalismo no se limita a ser una sociedad probadamente injusta, sino que es una auténtica catástrofe civilizatoria que conduce a la más abyecta barbarie.

Lo cual, por otra parte, debería dar por definitivamente liquidadas esas argumentaciones absurdas (cuando no interesadas desde la peor de las ideologías) que hablan del “fracaso” del marxismo identificándolo con el igualmente “fracaso” de las revoluciones que se han hecho en su nombre a lo largo del siglo XX. Por supuesto que es una tarea irrenunciable de los marxistas revisar esas experiencias, meter lo más hondamente posible el escalpelo crítico en las razones de su denominado “fracaso” (o derrota, o agotamiento, o incluso traición, como lo dijo claramente Trotski respecto del estalinismo). Pero, justamente, solo ese marxismo abierto y crítico a que nos convoca Nahuel Moreno puede llevar adelante esa tarea, porque hacerla “desde afuera” suele tener la peor de las intenciones, y aún en el mejor de los casos, es el testimonio de una renuncia antes de tiempo. Renuncia, por ejemplo, de quienes se han refugiado en las tibiezas de alguna forma de socialdemocracia, de progresismo o de populismo, para seguir soñando con ser pensadores críticos, pero eso sí, retrocediendo tímidamente ante las fronteras últimas del Capital. Algunos de ellos gustan de llamarse post-marxistas, un divertido síntoma que bien puede inscribirse en la lógica tanguera de “la vergüenza de haber sido y el dolor de ya no ser”, pues de otra manera, si son tan críticos del marxismo, ¿para qué conservar ese nombre? Y ello sin advertir, claro está, que por las razones que venimos invocando, decir post-marxismo equivale a decir pre-marxismo, cuando no anti-marxismo.

Y bien, en este libro se encontrarán multitudes de ideas para discutir estas cuestiones y muchas otras. No es poca cosa, en nuestros tiempos de dramática decadencia política e intelectual. No importan mucho los grados de acuerdo o de diferencia que se puedan tener con esta o aquella tesis que el libro expone: no existe ningún “marxómetro” que nos permita medir milimétricamente esas gradaciones. Lo que sí importa es que se lancen otra vez al ruedo los problemas que, como decíamos, siguen siendo acuciantes para todo marxista que se precie. Y además, no por parte de cualquiera, sino de alguien que tuvo un papel pionero en la introducción de esos temas en la teoría y en la praxis del marxismo, y particularmente del trotskismo, en la historia argentina. Alguien quizá se extrañará de que se nos vuelva a proponer una definición del marxismo, o un análisis detallado hasta la obsesión de las Tesis sobre Feuerbach, o una interrogación sobre el concepto de alienación, o sobre la diferencia entre materialismo histórico y materialismo dialéctico. Pero, cómo: ¿Todo eso no estaba ya “resuelto”? Pues no, de ninguna manera. Porque, insistamos, el marxismo es un organismo vivo, en permanente transformación y crecimiento, que requiere ser alimentado con siempre renovados componentes nutritivos. Si hubiera un mensaje que pudiera desprenderse del libro de Nahuel Moreno, sería ese.

Me falta tan solo justificar una palabra que usé al principio, la palabra emoción. Quizá sea una cuestión puramente personal, pero no quisiera rehuirla. Durante algunos años, entre fines de la década del 60 y principios de la del 70, yo milité en las filas del partido que el compañero Hugo estaba construyendo, por entonces llamado PRT La Verdad, y tuve la fortuna de asistir a algunos de los cursos que este libro recupera. Fue para mí una experiencia absolutamente decisiva, que dejó sus marcas hasta el día de hoy. Cualquier militancia, pero sobre todo la juvenil, es un inigualable aprendizaje de teoría y de política, pero es sobre todo un aprendizaje de vida, que –salvo para algunos tránsfugas como los que mencionábamos hace un rato- ya no tiene vuelta atrás. Entonces, es atendiendo a esa emoción que les agradezco infinitamente que me hayan permitido hacer esta pequeña intervención.

Les envío un fuerte y fraternal abrazo, Eduardo Grüner

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