Jan 30, 2023 Last Updated 4:00 PM, Jan 28, 2023

A 42 años de aquella heroica revolución nos encontramos, en Nicaragua, con un gobierno hambreador y represor del ex comandante Daniel Ortega, que abandonó las banderas de aquella gesta revolucionaria. Reproducimos un artículo Mercedes Petit, dirigente de Izquierda Socialista/UIT-CI, sobre lo acontecido.

Después de 45 días de huelga general y sangrientos combates, el 19 de julio de 1979, Managua quedó en manos del Frente Sandinista de Liberación Nacional (FSLN). Los restos de la Guardia Nacional escaparon en desbandada hacia Honduras. El dictador Somoza había huido en la víspera.

En Managua el pueblo asaltó los cuarteles de la Guardia Nacional somocista llevándose armas, vehículos y pertrechos.

El triunfo revolucionario conmovió a Centroamérica y todo el continente. Pese al heroísmo y los años de movilización del pueblo nicaragüense, una década después, en medio de una pobreza colosal, el sandinismo perdía las elecciones ante su ex aliada burguesa, Violeta Chamorro. Las enseñanzas dejadas por esta experiencia siguen siendo parte fundamental de los debates sobre la lucha revolucionaria en América Latina.

El triunfo revolucionario

Durante décadas, la dictadura proyanqui de la familia Somoza dominó Nicaragua. A fines de los setenta toda Centroamérica estaba conmovida por el ascenso revolucionario. La lucha antisomocista que encabezaba el FSLN era apoyada en los países vecinos. Y en octubre de 1979 cayó la dictadura de Romero en El Salvador.

Todo el pueblo nica se fue levantando contra la dictadura. En intensos combates, la zona norte (Matagalpa y León) quedó en manos rebeldes semanas antes de la caída de Managua. Allí, desesperado y sanguinario, Somoza hizo bombardear las barriadas obreras. La pelea fue calle a calle. En el frente sur la batalla se concentró en la toma de Rivas. Un país de 2.500.000 habitantes tuvo unos 50 mil caídos.

En su lucha, las masas trabajadoras liquidaron el Estado burgués nicaragüense, aniquilaron su ejército, se armaron parcialmente y comenzaron a ocupar tierras y fábricas, a fundar sindicatos y a ejercer embrionaria y parcialmente un poder político directo. Estaban en muy buenas condiciones para empezar a dar pasos en la construcción del socialismo, con todas las instituciones capitalistas semi o totalmente liquidadas. A partir de aquel 19 de julio de 1979 no había quedado un poder burgués o imperialista dentro de Nicaragua que impidiera el desarrollo multitudinario de los organismos de poder obrero y campesino o el ejercicio de la democracia obrera, y menos aún, que impidiera las expropiaciones y el comienzo de la planificación de la economía. Había que seguir avanzando en la ruptura política y económica con la burguesía y el imperialismo.

Fracasó “el socialismo con los dólares del capitalismo”

La política del FSLN fue la opuesta. Formó el Gobierno de Reconstrucción Nacional (GRN) con los principales representantes de la minúscula burguesía antisomocista. Humberto Ortega comenzó la reorganización de los milicianos armados del FSLN para reestructurar una policía y un ejército burgueses. Las expropiaciones, impuestas por el propio movimiento de masas contra los somocistas, se redujeron al mínimo. Siguió la sumisión al FMI aceptando el compromiso de pagar la deuda fraudulenta de la dictadura.

Los sandinistas tuvieron un apoyo y consejero muy importante. Fidel Castro, siete días después de la toma de Managua, les decía en un célebre discurso en la ciudad de Holguín que “Nicaragua no debía ser otra Cuba” (Juventud Rebelde, 29/7/79). Esta “economía mixta”, fue sintetizada por uno de los comandantes sandinistas, Bayardo Arce, prometiendo “construir el socialismo con los dólares del capitalismo” (La Vanguardia de Barcelona, 31/7/84).

En los ochenta, a pesar de los gestos de buena voluntad de los sandinistas, Reagan montó la invasión “contra”. El heroísmo y movilización del pueblo nica logró derrotarla. Pero la política de conciliación con los empresarios y el imperialismo y de salvaguarda del capitalismo del gobierno sandinista hizo que las condiciones de vida cayeran por debajo de Haití; máxima expresión de miseria continental.

La Brigada Simón Bolívar

La corriente internacional del trotskismo revolucionario liderada por Nahuel Moreno apoyó la lucha antisomocista formando la Brigada Simón Bolívar. Sus combatientes se reclutaron desde Bogotá. Unos pelearon en el Frente Sur dentro de las filas del FSLN, mientras que otros tomaron la ciudad de Bluefields en la costa Atlántica. Muchos fueron heridos y tres murieron en combate.

En agosto de 1979, mientras impulsaban una política independiente de formación de sindicatos, los brigadistas fueron expulsados por los comandantes sandinistas.

El 28 de junio se celebra el día del orgullo de las disidencias sexoafectivas y de géneros, en conmemoración de la revuelta de Stonewall en Estados Unidos, hecho que marcó el surgimiento del movimiento moderno de las disidencias.

Esa fecha pero de 1969, en Nueva York, se desarrolló un levantamiento de lesbianas, gays, travestis y trans, a partir de una razzia policial en el bar Stonewall Inn. Durante tres noches, cientos salieron a las calles para luchar contra la criminalización y persecución a través de edictos policiales, el orden sexual existente, la monogamia impuesta por la iglesia, la patologización de las orientaciones sexuales y las identidades de género disidentes; fue la punta de lanza del movimiento. Los hechos cobraron repercusión internacional, y a raíz de ello se empezaron a organizar las primeras marchas del orgullo, reconociendo esa fecha como el día internacional del orgullo.

 

A partir de ese hecho, el movimiento de las disidencias comenzó tomar protagonismo en el mundo. La lucha por acceder a mayores derechos como el matrimonio, la identidad de género, el trabajo formal, el acceso a la salud, etc., son las banderas históricas del movimiento. Pero la que encabeza y sigue vigente es la lucha contra la discriminación que deriva en crímenes de odios como expulsión de colegios, lugares de trabajo, o eventos públicos. También la violencia correctiva que termina en abusos, violaciones y en el peor de los casos, la muerte.

 

En un contexto de crisis capitalista, la comunidad de las disidencias sigue sufriendo estos flagelos en el mundo, en mayor o menor medida en algunos países. En algunos, con gobiernos reaccionarios que impulsan y promueven políticas de discriminación y marginación social y en otros que posan de progresistas y se montan en las luchas del movimiento, cediendo a la presión y otorgando derechos arrancados por la movilización. Pero que aun así son insuficientes para garantizar la vida digna y plena de las disidencias. También, es el sistema capitalista-imperialista que se ha montado sobre el movimiento de las disidencias tratando de captar para el consumo y la generación de ganancias. Como la visibilización del movimiento, lo que se conoce como “pinkwashing” o “capitalismo rosa”, dónde lava por completa la profunda lucha del colectivo de las disidencias.

 

Por eso es necesario recuperar la lucha del colectivo que en todo el mundo viene siendo parte de las grandes revueltas obreras y populares como la de Chile o Colombia, o las grandes movilizaciones contra el racismo en Estados Unidos, incluso formando parte activa y consciente de las luchas del movimiento feminista.


A 52 años de la revuelta de Stonewall las disidencias se siguen organizando contra todos los gobiernos y sus políticas represivas y discriminatorias en todo el mundo. Durante esta pandemia, la crisis ha golpeado duramente al colectivo. A la precarización, el trabajo inestable y el desempleo, se suma la discriminación laboral que sufren por orientaciones sexoafectivas e identidades de género. La cuarentena para prevenir la propagación del covid19 solo agravó estas condiciones de precariedad y miseria a la que los gobiernos nos someten.

 

En el marco de este mes del orgullo es que desde la militancia de la UIT-CI se impulsa esta charla virtual con organizaciones de la disidencias y militantes que forman parte de la construcción de organizaciones revolucionarias en el mundo. 

Mirá la transmisión en vivo de la charla que realizó la UIT-CI

Escribe Adolfo Santos

Eugene Pottier (1816-1887) murió sin saber que su poema, La Internacional, escrito en junio de 1871, se iba a convertir en el himno de la clase trabajadora mundial. Muchas veces la cantamos o la tarareamos sin conocer su origen, sus autores, ni en qué contexto fue creada. En esta nota queremos compartir parte de esta bella historia que cumple 150 años.

Pottier nació en París, Francia, el 4 de octubre de 1816 en el seno de una familia obrera. Con solo 13 años, aprendió el oficio de su padre como empleado de embalajes y se incorporó a las filas del proletariado. En ese ambiente fue marcado por las primeras grandes luchas que dieron los trabajadores y se integró con todo al movimiento revolucionario de aquella época.

En 1848 estallaron rebeliones en Europa contra el absolutismo monárquico. Francia fue la vanguardia. En febrero, las grandes movilizaciones derrocaron a Luis Felipe I y se instaló la República. Sin embargo, las conquistas democráticas establecidas por el nuevo gobierno no conseguían aliviar el hambre y la miseria del pueblo francés. La luna de miel acabó en junio. Al grito de ¡pan o balas!, ¡trabajo o balas! una multitud, en gran parte armada, volvió a montar barricadas como en febrero. Un sector de París quedó bajo el control de los trabajadores, pero una violenta represión acabó derrotando el intento de lo que Marx definió como “la mayor insurrección ya ocurrida, una revolución del proletariado contra la burguesía”*. Ahí, en primera fila, estaba Eugene Pottier.

Activo militante de la causa de los oprimidos, en 1867 fundó la Cámara Sindical de Talleres de Dibujantes y se afilió a la Primera Internacional. En 1871 fue elegido representante a la Comuna de París por el Segundo Distrito después de obtener 3.352 votos de los 3.600 emitidos e integró el primer gobierno obrero revolucionario de la historia. Tras la derrota, en mayo pasó a la clandestinidad y, reflejando la experiencia de la Comuna, escribió el poema La Internacional, que años más tarde se integró a su obra, Cantos revolucionarios. Para evitar su ejecución huyó a Inglaterra. En 1879 volvió a su país y participó de la formación del Partido Obrero Francés, colaborando en el periódico El Socialista junto a Paul Lafargue, uno de los yernos de Carlos Marx.

Eugene Pottier, revolucionario y poeta, murió en París el 6 de noviembre de 1887. Su entierro, del que participaron miles de trabajadores, se convirtió en un verdadero acto político que fue duramente reprimido por la policía. En un homenaje póstumo, Lenin escribió: “Pottier murió en la miseria, mas dejó levantado a su memoria un monumento imperecedero. Fue uno de los más grandes propagandistas por medio de la canción”  (Pravda, 3/1/1913). Y vaya si lo fue.

La Internacional no es solo un poema, es un verdadero manifiesto revolucionario que convoca al proletariado del mundo entero a derrotar al imperio burgués.

Un grito de guerra de los trabajadores

La obra de Pottier fue completada por otro hijo de la clase obrera, el belga Pierre Degeyter (1848-1932). Cuando tenía 7 años su familia se mudó a Francia, donde comenzó a trabajar en fábricas siendo niño. Se alfabetizó en una escuela nocturna para trabajadores y, a los 38 años, se recibió en la Academia de Música.

En 1886 se integró al coro obrero La Lira de los Trabajadores, fundado por Gustavo Delory, uno de los líderes del Partido Obrero Francés, quien en 1888 le encargó que compusiera la música de varias canciones revolucionarias populares.

Entre esas letras estaba el poema de Eugene Pottier. Degeyter compuso la melodía para La Internacional que el coro La Lira de los Trabajadores cantó por primera vez en una fiesta anual organizada por el sindicato de vendedores de diarios. La canción tuvo un éxito inmediato en Francia y luego se popularizó en el mundo entero convirtiéndose en un grito de guerra de los trabajadores.

En 1892 fue adoptada como el himno de los trabajadores por la Segunda Internacional, y en 1919 Lenin la oficializó en la Tercera Internacional y pasó a ser el himno nacional de la Unión Soviética (URSS ) hasta 1943. No por casualidad Stalin, que quería eliminar cualquier trazo de internacionalismo, cambió el himno adoptado por la URSS de Lenin por otro que enaltece el sentimiento gran ruso.

La Internacional fue traducida a todos los idiomas y se canta en todos los países del mundo. En cada lugar, el movimiento de los trabajadores se ha adueñado de ella de tal forma que le ha incorporado sus propias palabras.

No es raro encontrar varias versiones, aun en un mismo idioma. Sin embargo, cualquiera fuera la versión, no cambia la esencia expresada por su autor en el original francés: un vibrante llamado al proletariado a levantarse, agruparse y luchar para cambiar las bases del mundo.

* Marx/Engels, Collected works
 
 
 

La Internacional de Eugène Pottier
Al ciudadano Lefrançais, miembro de la Comuna. París, junio de 1871

Traducción de la letra original

¡En pie! ¡condenados de la tierra! ¡En
pie! ¡esclavos del hambre! La razón
atruena en su cráter: Es la erupción
final. ¡Del pasado hagamos tabla rasa,
Muchedumbre esclava, ¡en pie! ¡en pie! El
mundo va a cambiar de base:¡No somos
nada, seámoslo todo!
Es la lucha final: Agrupémonos, y
mañana, la Internacional será el
género humano
No hay salvadores supremos:
¡Ni Dios, ni César, ni tribuno,Productores,
salvémonos nosotros mismos!
¡Decretemos el bien común!
¡Para que el ladrón vomite lo robado,
Para sacar el espíritu de la prisión,
Aventemos nosotros mismos nuestra
fragua, Golpeemos el hierro en caliente!
El Estado oprime y la ley engaña; El
Impuesto sangra al desgraciado; Ningún
deber se impone al rico; El derecho del
pobre es una palabra hueca. Ya basta de
languidecer bajo tutela,
La igualdad quiere otras leyes; ¡“No más
derechos sin deberes”!, dice “Iguales, ¡no
más deberes sin derechos!“
Abominables en su apoteosis, los reyes de
la mina y el ferrocarril ¿Alguna vez han
hecho algo más que desvalijar al trabajo?
En las cajas fuertes de la banda. Lo que
[el trabajo] creó se fundió. Decretando
que se le vuelva, el pueblo no quiere más
que lo que se le debe.
Los Reyes nos embriagan con vanidades,
¡ Paz entre nosotros, guerra a los tiranos!
Apliquemos la huelga a los ejércitos,
¡Culatas al aire, y rompamos filas!
Si se obstinan, estos caníbales,
En hacer de nosotros héroes, Sabrán
pronto que nuestras balas
Son para nuestros propios generales.
Obreros, campesinos, somos. El gran
partido de los trabajadores;
La tierra sólo pertenece a los hombres,
Los ociosos se irán a otra parte. ¡Con
cuanta carne nuestra se alimentan! ¡Pero
si los cuervos, los buitres, Una de estas
mañanas, desaparecen, El sol
brillará siempre!

La Internacional, versión en castellano cantada en nuestro país

Arriba los pobres del mundo
En pie los esclavos sin pan y
gritemos todos unidos
¡Viva la Internacional!
Removamos todas las trabas
que oprimen al proletario,
cambiemos el mundo de base
hundiendo al imperio burgués.
Agrupémonos todos, en la lucha
final,y se alcen los pueblos con
valor por la Internacional. (Bis)
El día que el triunfo alcancemos
ni esclavos ni hambrientos
habrá, los odios que al mundo
envenenan del mundo lanzados
serán. El hombre del hombre
es hermano derechos iguales
tendrán la Tierra será el paraíso,
patria de la Humanidad
Agrupémonos todos en la lucha
final.Y se alzan los pueblos por
la Internacional.
Agrupémonos todos en la lucha
final.Y se alzan los pueblos ¡con
valor! por la Internacional.


 
 
 
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Escribe Adolfo Santos

La derrota del nazismo fue una secuencia de importantes y recordadas batallas y acciones donde millones de soldados, hombres, mujeres y niños perdieron la vida. Uno de los más sangrientos capítulos de esa historia se escribió hace exactamente 80 años. Entre junio y diciembre de 1941, la Wehrmacht (fuerzas armadas de la Alemania nazi) invadió la URSS en lo que se conoció como Operación Barbarroja.

Un poco de historia

En agosto de 1939, en uno de los episodios más nefastos protagonizados por el estalinismo, Alemania y la URSS firmaron en Moscú el Pacto Molotov–Ribbentrop, un acuerdo de no agresión entre la Alemania nazi y la Unión Soviética. Con las manos libres en el frente del Este, Hitler invadió Polonia dando inicio a la Segunda Guerra Mundial. En junio de 1940 las tropas alemanas ocuparon Francia, Bélgica, Holanda, Grecia y los Balcanes. Sin embargo, Stalin continuaba confiando en que Hitler iba a respetar el pacto, que incluía una garantía de no beligerancia de parte a parte. No fue lo que pasó.

La invasión a la URSS comenzó a prepararse en los primeros meses de 1941. Una tras otra, Stalin había desestimado las permanentes advertencias hechas por sus agentes de inteligencia diseminados por Europa. El 22 de junio los alemanes cruzaron la frontera e iniciaron la Operación Barbarroja. Desprevenidas, las tropas soviéticas sintieron el golpe y en pocos días sufrieron fuertes bajas y perdieron gran parte del territorio. Se inició así una de las batallas más sangrientas y brutales de la Segunda Guerra Mundial. Así Hitler arengó a sus tropas: “La guerra contra Rusia no será una guerra caballeresca, están en juego ideologías y diferencias raciales, y por tanto será conducida con una dureza sin precedentes, implacable e inflexible” (discurso a los generales alemanes, marzo de 1941).

Para cumplir con ese objetivo movilizaron más de tres millones de soldados en el campo de batalla, una pequeña parte pertenecía a los aliados del Eje (rumanos, finlandeses, húngaros, italianos y eslovacos). Del otro lado, los soviéticos disponían de 2,7 millones de combatientes. La acción de los nazis provocó un realineamiento geopolítico que definió los dos bloques de la Segunda Guerra. Los países agrupados en el Eje, encabezados por Alemania, Italia y Japón, y los Aliados, con Francia e Inglaterra, a los que se sumaron la URSS en agosto y Estados Unidos en diciembre, después de sufrir el ataque japonés en Pearl Harbor.

En poco más de un mes las tropas de la Unión Soviética perdieron casi un millón de soldados. Sin embargo, contrariamente a lo que preveían Hitler y la oficialidad nazi, de que el desánimo y la desmoralización llevarían a la deserción en masa de sus enemigos, resultó lo opuesto. Los soldados soviéticos resistían con un heroísmo sorprendente. Lo que los alemanes creían que se resolvería en menos de dos meses se extendió más de la cuenta y Alemania tuvo que movilizar a todos los varones de entre 15 y 55 años para relevar a los agotados soldados del frente. Entre las tropas alemanas se generalizó la expresión “son preferibles tres campañas en Francia que una sola en Rusia”. Mientras tanto, en las zonas ocupadas de la Unión Soviética aumentaba la actividad de los partisanos, combatientes que eran un verdadero martirio para la retaguardia alemana.

La Operación Barbarroja fue el inicio de la derrota alemana

Octubre y noviembre fueron cruciales. Las primeras nevadas y lluvias, con temperaturas bajo cero, fueron aliados fundamentales de una resistencia encarnizada. Aunque el enemigo consiguió llegar a las puertas de Leningrado y Moscú no consiguió su objetivo de ocuparlas y fue rechazado. El 25 de noviembre, más de cien mil obreros se movilizaron en Moscú para sumarse a la defensa de la ciudad. Se cavaron 160 kilómetros de zanjas para evitar el paso de los Panzer (tanques) y se colocaron kilómetros de alambrados y otros obstáculos, una acción de la población civil que elevó la moral de los soldados soviéticos. En diciembre, a las puertas de Moscú, Alemania cedió la iniciativa y perdió su potencial militar frente a la tenaz resistencia de los soldados y el pueblo soviético. Pese al deseo de Hitler de un esfuerzo final, el comandante Von Kluge dio la orden de detener la ofensiva el 4 de diciembre. La Operación Barbarroja llegaba a su fin, era la primera gran derrota del ejército nazi.

En estos días también se recuerda la batalla de Normandía. Justamente el 6 de junio de 1944, más conocido como el Día D, 160.000 soldados de los ejércitos aliados cruzaron el canal de la Mancha rumbo a Francia y consiguieron la liberación de los territorios de Europa Occidental. El 25 de agosto se produjo la liberación de París y la retirada de los alemanes. Generalmente, se trata de erigir a Normandía como el símbolo del triunfo de las tropas aliadas sobre los nazis. Sin embargo, por la cantidad y ferocidad de los enfrentamientos, la derrota de los nazis se debe en gran parte al valor y la determinación del pueblo soviético que, según estadísticas, aportó 75% de los 50 millones de soldados y civiles muertos durante la Segunda Guerra Mundial.

Después de la Operación Barbarroja, en 1943 ocurrieron dos grandes y decisivas batallas. En febrero terminó la batalla de Stalingrado, que marcó un punto de inflexión. La derrota sobre los nazis no solo estimuló a las tropas soviéticas, también insufló fuerzas a la resistencia antifascista en los países ocupados facilitando el avance de las tropas aliadas. En agosto, la división tanques del ejército soviético trabó la mayor batalla de tanques de la historia y detuvo la última ofensiva nazi a gran escala imponiéndole una derrota categórica en la batalla de Kursk. Fueron momentos decisivos para quebrar las fuerzas y la moral del ejército alemán.

El papel jugado por el pueblo y el ejército soviético en la derrota del nazismo generó una corriente de simpatía con el comunismo, fundamentalmente en los países de Europa. Terminada la guerra, la fuerza y las armas estaban en manos de los trabajadores y de la resistencia, que se sentían los verdaderos ganadores. Podrían haberse apropiado del poder en países como Francia, Italia o Grecia. Sin embargo, una vez más, la burocracia estalinista utilizó su influencia para cometer una nueva traición. Exigió deponer las armas y convocó a la clase obrera a colaborar con la reconstrucción económica de Europa al servicio del capitalismo, impidiendo el triunfo de revoluciones obreras y socialistas.

Escribe Adolfo Santos

En mayo de 1969, Córdoba se convirtió en el centro de atención. Una movilización obrera, estudiantil y popular, apoyada en una poderosa huelga, derrotaba a la policía y tomaba el control del centro de la ciudad. Esos hechos, que quedarían conocidos como el Cordobazo, iban a cambiar el rumbo del país dejando profundas huellas e importantes enseñanzas.

En 1966 se había instalado en el gobierno una dictadura militar. Encabezada por el general Juan Carlos Onganía, llegó proclamando que se quedaría por veinte años. El movimiento obrero sufrió terribles ataques, salarios congelados y una alta inflación, su nivel de vida se redujo de forma vertiginosa. Los partidos políticos estaban prohibidos y una serie de derechos democráticos y laborales fueron conculcados. Para peor, la mayoría de las direcciones sindicales, encabezadas por el burócrata metalúrgico Augusto Vandor, colaboraban abiertamente con la dictadura, impidiendo que las peleas que daba el movimiento obrero pudieran avanzar.

Pero en 1969 comenzaron a surgir luchas estudiantiles. El rector de la Universidad del Nordeste decretó la privatización de los comedores estudiantiles de Corrientes y Resistencia y los jóvenes respondieron con una fuerte movilización. La represión dejó el primer muerto, el estudiante Juan José Cabral. Fue un impacto que provocó huelgas y manifestaciones estudiantiles en todo el país. En Rosario se generó una fuerte lucha con enfrentamientos en las calles. Una ola de solidaridad obligó a la CGT a llamar a un paro el 21 de mayo, en el que fue muerto el joven metalúrgico Adolfo Ramón Blanco. En ese escenario se fue gestando el Cordobazo.

Estalla la rebelión

Las luchas estudiantiles contagiaron a los trabajadores. Fue en Córdoba donde ese proceso se desencadenó con más fuerza. Los obreros de las grandes fábricas de automotores se movilizaron contra las quitas zonales y la suspensión del sábado inglés. Obligada por los hechos, la CGT llamó a un paro nacional para el 30 de mayo. Pero la CGT local se adelantó. A las 11 del día 29, los trabajadores abandonaron las fábricas y marcharon hacia el centro de la ciudad. Miles de obreros de Industrias Kaiser, Fiat y otras fábricas menores ganaron las calles. En el centro, los estudiantes junto a trabajadores y empleados de Luz y Fuerza, cuya principal referencia era Agustín Tosco, realizaban un acto que fue violentamente reprimido.

Siguiendo el ejemplo reciente del Mayo Francés, se armaron las primeras barricadas y la lucha se generalizó. La fuerza de la rebelión obligó a la policía a retroceder. Comenzaba a imponerse un doble poder donde los trabajadores, junto con los estudiantes, controlaban una parte de la ciudad. No había allí partidos políticos ni dirigentes sindicales. Trabajadores, estudiantes y sectores populares se organizaban como podían al grito de “¡obreros al poder!”. Se había quebrado el orden y el gobierno tuvo que recurrir al ejército. Pero los trabajadores y los sectores populares no retrocedieron y mantuvieron una firme resistencia que le iba a costar dieciséis muertos, según datos oficiales, centenas de heridos y detenidos. Después de horas de enfrentamientos la tensión cedió, pero el sentimiento era de triunfo, de haberle asestado un duro golpe a la dictadura, algo que se acabaría confirmando plenamente.

Una rebelión triunfante

El levantamiento de Córdoba generó un ascenso incontenible que se extendió a Rosario y Tucumán. En Corrientes, Salta y La Plata los estudiantes salieron a las calles y, para coronar, al día siguiente una huelga general paralizó a todo el país. Fueron golpes mortales que destrozaron el régimen patronal militar y cambiaron la relación de fuerzas entre las clases, imponiendo el inicio de un proceso de luchas y conquistas que sólo se cerraría con el golpe militar de 1976.

Fue un triunfo que restauró la confianza de la clase trabajadora en sus propias fuerzas. Sin embargo, la burguesía consiguió maniobrar para desviarlo hacia el proceso electoral. En 1972, el general Lanusse, el último representante militar, fue el arquitecto del Gran Acuerdo Nacional junto con los partidos patronales, fundamentalmente con el apoyo del peronismo, que contaba con la confianza del movimiento obrero. El GAN les permitió una relativa estabilidad, encauzando el proceso de luchas hacia las elecciones de 1973, en las que se impusieron los gobiernos peronistas patronales de Cámpora y, luego, de Perón.

En la experiencia del Cordobazo encontramos hechos que se han repetido en otras rebeliones. El comienzo fue por reivindicaciones mínimas, económicas o democráticas, como la simple eliminación del sábado inglés. Otro elemento importante es que solo es posible una conquista con la movilización y la lucha. Pero lo fundamental es que, para que una rebelión de este tipo avance, la clase trabajadora se debe dotar de una organización política independiente de los partidos patronales y de los dirigentes sindicales burocráticos, que presente un programa con las reivindicaciones de su clase y que plantee que gobiernen los propios trabajadores.

La ausencia de esa alternativa impidió que el Cordobazo avance hasta sus objetivos finales. Lo mismo había acontecido un año antes durante el Mayo Francés. Hoy en Colombia se está dando una acción parecida. La clase trabajadora, junto con la juventud y sectores populares, está encabezando un proceso de luchas que ha colocado contra las cuerdas al régimen uribista encabezado por Duque. Los representantes de la burguesía, del reformismo, de las burocracias sindicales y del progresismo latinoamericano están llamando al diálogo por la paz, es decir a detener la movilización para canalizarla a través de la vía electoral. Hay que intervenir con fuerza para construir una salida de clase, una dirección política y sindical revolucionaria que vaya hasta el final y evite que nuevamente se desvíe el proceso revolucionario.

Ya salió la Correspondencia Internacional N°51: La revolución de las mujeres y los pueblos de Irán
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