Federico Novo Foti
El triunfo de la burocracia encabezada por José Stalin en la Unión Soviética en la década del veinte fue un inmenso retroceso para las y los trabajadores soviéticos y de todo el mundo. Para combatirlo, hace 88 años Trotsky impulsó la fundación de la Cuarta Internacional. La tarea de construirla sigue pendiente.
El 3 de septiembre de 1938, en una reunión que apenas duró un día, con 26 delegados que representaban a 11 secciones nacionales, se fundó la Cuarta Internacional.1 La reunión se realizó en la más absoluta clandestinidad a las afueras de París. La conferencia votó el “Programa de Transición”2, entre otros documentos.
Pese a no haber podido participar de aquella reunión, el principal inspirador de la fundación de la Cuarta Internacional fue el líder revolucionario ruso León Trotsky, quien por entonces se encontraba exiliado en México. El objetivo que había impulsado a Trotsky a fundar la nueva organización internacional era unir férreamente a los marxistas alrededor de un programa revolucionario. (ver recuadro)
El Programa de Transición, escrito por Trotsky, señala aspectos centrales de la lucha de los revolucionarios por tomar el poder e impulsar una revolución socialista mundial para liberar a la humanidad de la barbarie capitalista. Pero uno de sus logros más importante es definir lo ocurrido a mediados de los años veinte en la Unión Soviética, donde una burocracia contrarrevolucionaria encabezada por José Stalin se había apoderado del gobierno del primer estado obrero para imponer una dictadura sangrienta y políticas totalmente equivocadas en los Partidos Comunistas de la Tercera Internacional, que llevaron a las y los trabajadores de derrota en derrota. Esto es lo que resume su célebre frase: “la crisis de la humanidad es la crisis de su dirección revolucionaria”.3
La bancarrota de la Tercera Internacional
En marzo de 1919 se había fundado la Tercera Internacional (Comunista) en Moscú, capital de la primera revolución obrera y socialista triunfante, que se encontraba en guerra civil. Allí gobernaban los soviets democráticos de obreros y campesinos, con la conducción del Partido Bolchevique, encabezado por Vladimir Lenin y Trotsky. Ambos impulsaron la reorganización de los revolucionarios desde 1914, cuando se había producido la traición de los dirigentes de la Segunda Internacional (Socialdemócrata) en la Primera Guerra Mundial.4
A comienzos de la década del veinte una oleada de revoluciones sacudió Europa, pero estas no triunfaron, dejando aislada y debilitada a la república de los soviets que había sobrevivido a la guerra civil. En esta nueva situación, a partir de 1924, comenzó un importante viraje político que evidenció el avance de la burocracia encabezada por Stalin. La nueva orientación adoptada por la dirección del Partido Comunista de la Unión Soviética promovió la concepción del “socialismo en un sólo país”: la conciliación con la burguesía y el imperialismo, la ruptura con el internacionalismo y el abandono de la lucha por la revolución socialista mundial.
Los continuos virajes políticos del estalinismo llevaron a duros fracasos. La política de capitular a la “burguesía nacional” de la Tercera Internacional provocó la derrota histórica de la revolución china de 1925-1927. En 1933, el triunfo del nazismo fue abonado por la nefasta política divisionista del Partido Comunista alemán, que rechazó el frente único con los socialdemócratas ante el ascenso de Adolf Hitler. En 1935, el séptimo congreso de la Tercera Internacional aprobó la política equivocada de unidad permanente con la burguesía y de renuncia a la lucha por la toma del poder de los “frentes populares”.
La fundación de la Cuarta Internacional en 1938 sería, en definitiva, el resultado de una fuerte y prolongada discusión entre quienes se oponían al estalinismo. En 1933, luego del triunfo del nazismo, Trotsky había concluido que la Tercera Internacional estaba muerta y que era necesario fundar otra organización mundial, la Cuarta. En agosto de ese mismo año se publicó la “Declaración de los Cuatro”, un llamado de la Oposición de Izquierda Internacional (los trotskistas) y otras tres organizaciones a forma una nueva internacional.5
Entre tanto la dictadura estalinista acompañó su política contrarrevolucionaria con la más implacable persecución a cualquier tipo de oposición. Trotsky, principal dirigente de la oposición al estalinismo, fue expulsado de la Unión Soviética en 1929. Los “Juicios de Moscú”, iniciados en 1936, fueron la farsa jurídica con la que el estalinismo comenzó a exterminar a la oposición dentro de la URSS. Mientras que los agentes de la policía secreta soviética (GPU) perseguían y asesinaban a los opositores en el extranjero.
En las difíciles condiciones impuestas por la persecución estalinista, Trotsky continuó las tareas de organización clandestina dentro y fuera de la Unión Soviética. En enero de 1937 se instaló en México. Ese mismo año, en agosto, fue asesinado Erwin Wolf, secretario de Trotsky durante su exilio en Noruega. En febrero de 1938 fue asesinado León Sedov, hijo y principal colaborador de Trotsky. A dos meses de la conferencia fundacional de la Cuarta corrió la misma suerte Rudolf Klement, responsable de su preparación.
Construir la dirección revolucionaria
Bajo circunstancias tan adversas los trotskistas fundaron la Cuarta Internacional y mantuvieron consecuentemente la pelea por acabar con el capitalismo y contra la burocracia, combatiendo la política reformista y sin salida del “socialismo en un sólo país”, denunciando el totalitarismo del partido único y defendiendo la democracia obrera. Pero en agosto de 1940 Trotsky sería asesinado en México por un agente estalinista, lo que representó un duro golpe sobre la dirección revolucionaria.
La Cuarta Internacional se fue reorganizando al concluir la Segunda Guerra Mundial. Pero a comienzos de los años cincuenta entró en una crisis y dispersión que no logró superar. Gran parte de sus dirigentes fueron cediendo a las presiones de las direcciones mayoritarias del movimiento obrero y de masas, como los mismos partidos comunistas burocráticos o los movimientos nacionalistas burgueses, como el peronismo o el frente de liberación argelino. En Latinoamérica, la corriente que fue construyendo Nahuel Moreno dio una lucha sistemática y consecuente contra las capitulaciones de los dirigentes revisionistas oportunistas, de los cuales el más conocido fue el belga Ernest Mandel.
En 1989, la movilización revolucionaria de las masas produjo la caída de los regímenes dictatoriales de la URSS y Europa central. Pero estos triunfos no alcanzaron para retomar el camino revolucionario e internacionalista abandonado más de 60 años atrás. Hoy se continúa sufriendo el dominio capitalista en el mundo, con el avance del hambre y la pobreza de la mayoría de la población, mientras los multimillonarios se enriquecen cada vez más. La necesidad imprescindible de una dirección revolucionaria que permita el triunfo de la revolución socialista mundial sigue pendiente. Las movilizaciones de las y los trabajadores y los pueblos oprimidos abonan el camino para lograr la dirección internacional y consecuente que encabece el triunfo de la revolución socialista. La UIT-CI suma su aporte a la gran tarea de construir la Cuarta Internacional.
1. Mercedes Petit. Apuntes para una historia del trotskismo (1938-1964). Ediciones El Socialista, Buenos Aires, 2005
2. León Trotsky. Programa de Transición. Ediciones El Socialista, Buenos Aires, 2007.
3. Ídem.
4. Ver El Socialista Nº 577, 21/02/2024. Disponible en www.izquierdasocialista.org.ar
5. Ver Bauer, Schwab, Schmidt y Sneevliet. “Declaración de lo cuatro” en The Militant, 23/09/1933. Disponible en www.marxists.org
Federico Novo Foti
El dirigente trotskista argentino Nahuel Moreno defendió la importancia de la fundación de la Cuarta Internacional frente a sectores revisionistas que la rechazaban. En la Tesis VI de su “Actualización del Programa de Transición” afirmaba categóricamente que “la fundación de nuestra Internacional fue el más grande acierto de Trotsky y de nuestro movimiento mundial”, porque respondió a la necesidad de “unir férreamente a todos los marxistas revolucionarios alrededor de un programa que sintetizara todo lo aprendido por el movimiento marxista mundial desde el Manifiesto Comunista y especialmente desde la Revolución Rusa. Para defender estas conquistas del marxismo, sintetizadas en el trotskismo y su programa, del ataque contrarrevolucionario en toda la línea que llevaban a cabo el estalinismo y los otros aparatos contrarrevolucionarios. […] Defendimos así las dos más grandes conquistas de la etapa de veinte años de derrotas: la URSS y el único marxismo revolucionario existente, el trotskismo”.
Finalmente, señalaba también que “la Cuarta Internacional tenía un objetivo ofensivo: preparar un marco y un programa común a los marxistas revolucionarios del mundo para el inevitable ascenso revolucionario que se abriría a corto plazo y que sería desviado o traicionado por todas las direcciones burocráticas y pequeño-burguesas del movimiento de masas. Sólo fundando la Cuarta Internacional se podía responder a estas necesidades defensivas y ofensivas”.1 La tarea de reconstrucción del Cuarta Internacional sigue pendiente.
1. Todas las citas corresponden a Nahuel Moreno. Actualización del Programa de Transición. (1980) Ediciones El Socialista, Buenos Aires, 2014. Disponible en nahuelmoreno.org
Ver Correspondencia Internacional, Edición Especial, septiembre 2018. Disponible en www.uit-ci.org
Foto de portada: La pintura, retrata el momento de la rendición del militar británico William Carr Beresford y la entrega de sus armas a los líderes criollos
Escribe Federico Novo Foti
El 12 de agosto se cumplen 220 años de la primera gran derrota inglesa en el Río de la Plata. En junio de 1806, tropas británicas habían ocupado Buenos Aires, capital del Virreinato del Río de la Plata. 46 días después una impresionante gesta popular al mando de Santiago de Liniers los echó. Esa primera derrota de la invasión inglesa (y de la segunda invasión en 1807) hizo crecer los proyectos de independencia que estallaron en 1810.
El 25 de junio de 1806, 1.600 soldados ingleses desembarcaron en la costa de Quilmes. Su intención era invadir la ciudad de Buenos Aires, flamante capital del virreinato español del Río de la Plata. La fuerza de 600 hombres enviada por el virrey Rafael de Sobremonte fue rápidamente derrotada. Al día siguiente, las tropas británicas enfrentaron y dispersaron en el Puente de Gálvez (hoy Avellaneda) al Regimiento 71. El 27 de junio, alcanzaron la ciudad y el 28 izaron la bandera británica en el fuerte de Buenos Aires (hoy Casa Rosada), designando como gobernador al Brigadier General William Carr, vizconde de Beresford.
La actitud del virrey Sobremonte ante la invasión pasaría a la historia por su vergonzosa huida. En ese entonces, se justificó con el argumento de que seguía el procedimiento establecido para poner a salvo el tesoro de la ciudad y organizar la defensa de la capital. Pero el baúl con el botín fue dejado en Luján por orden de los ingleses, mientras el virrey continuaba su acelerada marcha hacia Córdoba. La población de Buenos Aires lo consideró una traición.
Ante la defección del virrey, la mayoría de la población hostil a los invasores comenzó a organizar la resistencia. Líderes originarios de los pueblos pampa, ranquel y tehuelche ofrecieron jinetes y caballos, que no fueron aceptados. El acaudalado comerciante español, Martín de Álzaga, financió la compra de armas. El comerciante criollo Juan Martín de Pueyrredón reunió a mil hombres, que fueron sorprendidos en Perdriel (hoy Partido de San Martín) por las tropas inglesas, obligándolos a dispersarse. En Montevideo, el capitán de fragata francés Santiago de Liniers, jefe del fuerte de Ensenada, reunió a otros mil hombres, que desembarcaron el 4 de agosto en el puerto de Las Conchas (hoy Tigre). Acamparon en la quinta de Pueyrredón en San Isidro y, avanzando a paso de hombre en medio de un temporal, llegaron a los corrales de Miserere (hoy Plaza Once), donde volvieron a acampar para preparar la reconquista de la ciudad.
La reconquista fue una impresionante gesta popular. Así lo relató el propio Liniers: “pidieron armas hasta los niños […] se unieron a los miñones [milicia de catalanes] en las guerrillas de las calles dos días antes de la acción decisiva y entraron a ella cargados con la artillería sin excepción de edades, acompañados de una mujer […] Aquella multitud de pueblo que se me agregó en el corto tránsito de los mataderos de Miserere al ventajoso punto del Retiro, ocupado con denuedo, me facilitó derrotar y amedrentar al enemigo”.1
El 12 de agosto las numerosas tropas de Liniers iniciaron el ataque final, ocupando la Plaza Mayor (hoy Plaza de Mayo) y obligando a los ingleses a replegarse al fuerte. Al verse rodeado, tras 46 días de ocupación, el general Beresford decidió rendirse. Así la población de la ciudad de Buenos Aires derrotó a la primera invasión inglesa.
La disputa por las colonias
En 1776 Inglaterra había sufrido un duro golpe al perder el dominio de sus colonias de Norteamérica. Ese mismo año, España había establecido el Virreinato del Río de la Plata. La decisión de la monarquía española resultaba del dinámico desarrollo económico de sus dominios sudamericanos.
El nuevo virreinato, ubicado en la región más austral de Sudamérica, se estructuró alrededor del monopolio español de la minería de oro y plata de la región de Potosí en el Alto Perú (hoy Bolivia), cuyo producto era transportado por tierra hasta el puerto de Buenos Aires, donde era embarcado a España. De modo que Buenos Aires experimentó un rápido crecimiento que no se puede comparar con ningún otro ocurrido en los dominios españoles: “Aumentaron considerablemente la población, el comercio y la producción, lo que redundó en una mejora del nivel de vida. Se comenzaron a pavimentar e iluminar las calles y las escuelas se llenaron de alumnos […] En 1801 apareció el primer periódico y el auge cultural incluyó la lectura de los clásicos franceses y exitosas representaciones teatrales”.2
Pero en los choques entre las potencias coloniales de la época el poderío marítimo fue quedando en manos de Inglaterra. En octubre de 1805, al vencer en la batalla de Trafalgar a las armadas de Francia y España, Inglaterra quedó prácticamente como dueña de los mares. Esto le permitía disputar territorios lejanos a las otras potencias colonizadoras. En 1805, el comodoro Home Riggs Popham acompañó una expedición que se dirigía a Ciudad del Cabo (hoy Sudáfrica) para quitársela a los holandeses. En enero de 1806, cuando ya habían tomado la ciudad, Popham impulsó la invasión de Buenos Aires. La expedición, a la cual se sumó Beresford, se puso en marcha en abril de 1805.
Popham imaginaba que la llegada de las fuerzas británicas encendería una espontánea y entusiasta adhesión de los partidarios del libre comercio. Es cierto que, en un principio, los ingleses contaron con la entusiasta adhesión de los más ricos propietarios, que los alojaron en sus casas y les hicieron numerosas fiestas. En esos días Beresford comenzó a intercambiar informes e instrucciones con el gobierno de Londres para organizar el comercio con la nueva colonia. Pero, como vimos, las cosas no serían tan sencillas.
Los primeros pasos hacia la independencia
En los combates contra la invasión inglesa de 1806 participaron diversos sectores de la sociedad colonial: desde ricos comerciantes españoles y criollos hasta peones y jornaleros, artesanos y esclavos. En esos días comenzó a aparecer un grupo clandestino de jóvenes criollos, conocido como “los separatistas”, entre quienes estaban Manuel Belgrano y Juan José Castelli, los cuales cuestionaban tanto el dominio británico como el español.
En febrero de 1807 una junta de guerra exigió al virrey Sobremonte que dejara su puesto y en su reemplazo se nombró a Liniers. Sobremonte se refugió en Montevideo. Ese mismo año, en julio, los ingleses reincidieron en sus intentos de invasión. Esta vez la batalla fue mucho más cruenta y nuevamente fueron derrotados. Ante el fracaso total de la tropa regular española se formaron milicias con trabajadoras, trabajadores y artesanos pobres, peones, esclavos e indios. Cada uno se llevaba el arma a su casa y se elegía democráticamente a los jefes. Algunos de ellos fueron aquellos jóvenes criollos que entraron a la historia poco después, como Belgrano y Castelli. Estas acciones se fueron poniendo en práctica desbordando a las autoridades españolas y abonando el camino para que desde 1810 se empezara a poner de pie la nueva nación independiente.
1. Citado en Enrique C. Corbellini. La Revolución de Mayo. Tomo I, Editorial Lajouane, Buenos Aires, 1950.
2. Ver Nahuel Moreno. Método de interpretación de la historia argentina. Ediciones El Socialista, Buenos Aires, 2012. Disponible en www.nahuelmoreno.org
Escribe Federico Novo Foti
Pasaron dos siglos de combates contra las invasiones inglesas, la Revolución de Mayo de 1810, las guerras y la declaración de la independencia en 1816, que sentaron las bases de la nación. Ese camino se truncó por ser nuestro país parte del sistema capitalista imperialista. La división económica y política entre las burguesías americanas impidió avanzar hacia una América Latina unida e igualitaria, como soñaron nuestros libertadores. Argentina y los países surgidos tras la caída de la dominación española y portuguesa fueron cayendo bajo un nuevo dominio.
En 1824, Bernardino Rivadavia tomó un préstamo usurero con el banco inglés Baring Brothers, garantizado con tierras bonaerenses. Esa deuda externa, pagada en 1904, inició el sometimiento. En 1832, bajo Juan Manuel de Rosas, los ingleses ocuparon las islas Malvinas. A fines del siglo XIX, Argentina ya dependía del imperialismo británico y su economía, con la complicidad de gobiernos patronales y la burguesía nacional, quedaba en manos extranjeras.
En 1932, con el pacto Roca-Runciman, “estatuto legal del coloniaje”, Argentina pasó a ser una semicolonia británica. Tras el “Golpe Gorila” de 1955, cayó bajo dominio yanqui. Hoy Javier Milei expresa el servilismo a Donald Trump y al imperialismo yanqui.
A 220 años de la gesta que expulsó a los ingleses de Buenos Aires y a 44 años de la Guerra de Malvinas, el sentimiento antiimperialista pervive entre las y los trabajadores y el pueblo argentino. La selección con la bandera “Las Malvinas son Argentinas” y la movilización contra la extranjerización de la tierra, que derrotó al gobierno, marcan el camino.
Hay que luchar contra el plan motosierra de Milei y el FMI. ¡Fuera ingleses de Malvinas! ¡Fuera yanquis de América Latina! Tras las experiencias de gobiernos patronales, enfrentar al imperialismo exige luchar por un gobierno de trabajadoras y trabajadores que imponga la Segunda y definitiva independencia.
Foto de portada: Milicias obreras y campesinas se organizaron en contra del golpe
Escribe Federico Novo Foti
En julio de 1936 se levantó un sector fascista del ejército español encabezado por Francisco Franco. Las masas respondieron al intento de golpe con la insurrección obrera y campesina. Pero la traición de las direcciones mayoritarias del movimiento obrero (socialistas, anarquistas y comunistas) frenaron la revolución y permitieron la recuperación de los militares fascistas dando inicio a la guerra civil española.
El 17 de julio de 1936 el ejército español tomó el control del protectorado de Marruecos. Al día siguiente el comandante general de Canarias, general Francisco Franco, transmitió por radio un manifiesto llamando al alzamiento a las guarniciones militares del país. Aquel manifiesto afirmaba que las “huelgas revolucionarias de todo orden paralizan la vida de la nación”. La proclama terminaba llamando a derrocar al gobierno y a una “guerra sin cuartel” para imponer el orden.1
La noticia del intento de golpe de estado fue recibida por el presidente de la república, Manuel Azaña (Izquierda Republicana), el mismo 17 de julio. Pero el gobierno no la divulgó hasta el 18, cuando emitió un comunicado que concluía: “El gobierno habla de nuevo para confirmar la absoluta tranquilidad de toda la península, el gobierno reconoce los ofrecimientos de las organizaciones obreras y aunque los agradece, declara que la mejor ayuda que se puede dar al gobierno es garantizar la normalidad de la vida cotidiana, para dar un nuevo ejemplo de serenidad y confianza en los medios de la fuerza militar del estado. Gracias a las medidas de previsión aprobadas por las autoridades, puede considerarse que ha sido disuelto un amplio movimiento de agresión contra la República; no ha encontrado apoyo en la península y sólo ha logrado partidarios en un sector del ejército de Marruecos”.2
Pero la realidad era bastante diferente. En aquellas regiones donde el gobierno había impuesto sus llamados a mantener el orden, el alzamiento militar había triunfado, como en Zaragoza, Oviedo, Cádiz, Córdoba, Granada y Sevilla. Pero en aquellas otras regiones donde desobedecieron al gobierno, las y los trabajadores y campesinos se armaron, organizaron milicias que asestaron duras derrotas al ejército. Para el 20 de julio, las grandes ciudades peninsulares, como Madrid, Barcelona, Valencia o Bilbao, estaban en manos de las masas insurrectas.
El golpe militar había intentado terminar con el gobierno electo en febrero de ese año, liquidar el régimen republicano y el ascenso obrero y campesino. La insurrección de las masas había casi derrotado la intentona golpista. Pero la pasividad del gobierno republicano y la traición de las direcciones mayoritarias del movimiento obrero permitieron la recuperación de los militares fascistas dando inicio a la guerra civil española.
Revolución y contrarrevolución
A comienzos de la década de 1930 España era uno de los países más pobres y atrasados de Europa. En las regiones vasca y catalana había cierto desarrollo de la industria (metalúrgica y textil) y en Asturias de la minería. Pero la población vivía mayoritariamente en el campo. Unos cuantos miles de latifundistas y la poderosa Iglesia Católica poseían la mayor parte de las tierras. Millones de campesinos vivían en condiciones de extrema pobreza.
Por entonces el rey Alfonso XIII y la Iglesia eran las figuras salientes del atrasado régimen capitalista español. Así, el odio creciente de las masas se fue transformando en lucha y en las elecciones municipales de 1931 dio el triunfo a los partidos republicanos y anticlericales. Como resultado, Alfonso XIII debió abdicar, cayendo la monarquía y estableciéndose la Segunda República.
Desde un comienzo los partidos republicanos patronales en el gobierno y las direcciones de las centrales obreras UGT (socialista) y CNT (anarquista) intentaron sostener un equilibrio imposible entre las demandas de las masas y el mantenimiento del sistema capitalista atrasado. Mientras que la oligarquía terrateniente y la burguesía consintieron inicialmente la proclamación de la República con la expectativa de que terminara con la movilización obrera y campesina. Pero con avances y retrocesos, el ascenso revolucionario se mantuvo y se fue profundizando. Así por ejemplo en 1934 sucedió la insurrección de los mineros de Asturias3, que fue aplastada con un saldo de casi 2.000 muertos y 30.000 detenidos.
A fines de 1935 el mayoritario partido socialista, un partido liberal burgués y el pequeño partido comunista (que contaba con el prestigio de la URSS y el apoyo de la burocracia soviética) formaron el Frente Popular. La creación del Frente Popular llevaba a cabo la orientación de conciliación de clases (unidad obrero-patronal) impuesta por la Tercera Internacional dominada por José Stalin.
El Partido Obrero de Unificación Marxista (POUM), un partido de izquierda centrista que había estado alineado en la oposición a la burocracia estalinista junto a León Trotsky, rompió con éste y apoyó el programa liberal burgués del Frente Popular. Los anarquistas evitaron realizar una fuerte campaña contra las elecciones y el 16 de febrero de 1936 el Frente Popular ganó con el voto mayoritario de obreros y campesinos.
El gobierno del Frente Popular intentó en vano, una vez más, conciliar los intereses de las clases en lucha. Pero el enfrentamiento se fue agudizando día a día con oleadas de huelgas y ocupaciones de tierras. Entretanto, la reacción monárquica y la oficialidad fascista, encabezada por Franco, comenzaron a conspirar. En junio, Azaña rechazó el pedido del dirigente de la izquierda socialdemócrata Francisco Largo Caballero de armar a obreros y campesinos y aplastar a los conspiradores.
La guerra civil
El anunciado intento de golpe del 18 de julio fue aplastado por la insurrección de obreros y campesinos en la mayor parte del territorio español. Ante la parálisis del gobierno republicano, las masas se armaron y organizaron milicias, cuestionaron los poderes tradicionales desalojando a los curas de las iglesias, crearon comités para resolver los principales problemas sociales, ocuparon tierras y fábricas.4
El gobierno republicano, mientras tanto, pretendía combatir al fascismo sin cuestionar la propiedad privada y temía a las masas, sus comités y milicias. En septiembre de 1936 Largo Caballero asumió la presidencia con la intención de frenar el proceso revolucionario, restaurando las instituciones del estado burgués. Para lograrlo, apeló a la cooptación. En Cataluña ingresaron al gobierno burgués del Frente Popular tanto la CNT (anarquista) como el POUM. Su dirigente, Andreu Nin, asumió como ministro de Justicia.
Poco a poco el partido comunista fue cumpliendo un papel cada vez más importante. Usando el prestigio de la URSS y el envío a cuentagotas de armas, el comunista Juan Negrín pasó a encabezar el gobierno en 1937. Su labor se orientaría a liquidar toda oposición en el campo republicano. La GPU (policía secreta de Stalin) persiguió a las y los revolucionarios, Nin fue una de sus víctimas.
La traición de las direcciones socialista, anarquista y comunista a la revolución condenó la lucha contra el fascismo. Finalmente, con el apoyo activo de Benito Mussolini y Adolf Hitler y ante la pasividad de los gobiernos de Francia e Inglaterra, Franco se impuso en todo el país. El costo de esa traición fueron las cuatro décadas de fascismo franquista.
1. Francisco Franco. Manifiesto de Las Palmas, 18/07/1936. Disponible en la web.
2. Citado en “Revolución y contrarrevolución en el Estado Español. 1936-1937” en Suplemento de Lucha Internacionalista Nº 204, septiembre de 2025. Disponible en www.luchainternacionalista.org
3. María Luisa Carnelli. U. H. P. Mineros de Asturias. Buena Vista Editora, Córdoba, 2025.
4. Pierre Broué y Emile Témine. La revolución y la guerra de España. FCE, México, 1962. Disponible en www.marxismo.org