Feb 25, 2024 Last Updated 4:06 AM, Feb 24, 2024

Escribe Federico Novo Foti

Entre el 19 de abril y el 23 de mayo de 1943 se produjo el levantamiento del gueto judío de Varsovia, ubicado en la capital polaca ocupada en la Segunda Guerra Mundial por los nazis. Fue violentamente reprimido hasta dejar el lugar en ruinas. Dos años después, el nazi-fascismo era aplastado por la creciente resistencia popular y el avance del Ejército Rojo y los aliados.
 
El 1° septiembre de 1939 comenzó la Segunda Guerra Mundial, cuando los ejércitos alemanes invadieron Polonia. Días antes, los ministros de Asuntos Exteriores de Adolf Hitler y José Stalin habían celebrado un infame pacto de no agresión entre la Alemania nazi y la Unión Soviética (URSS), que incluía la partición y reparto de Polonia por ambos países. El 8 de septiembre, las tropas alemanas alcanzaron Varsovia, la capital polaca. El 17 de septiembre, la región oriental fue invadida por la URSS. Polonia, como tal, había dejado de existir.

Polonia fue uno de los países más castigados por la barbarie nazi, en particular su numerosa población judía. Allí gobernó el carnicero Hans Frank, quien instaló la sede del “gobierno central” en Cracovia, la segunda ciudad polaca en importancia. Frank fue uno de los más entusiastas impulsores de la “solución final”, es decir, de los campos de exterminio. Fueron igualmente víctimas del nazismo los gitanos, eslavos, comunistas, homosexuales y todo opositor a la contrarrevolución nazi y su “modelo ario”.
 
El gueto y el exterminio del pueblo judío

En Varsovia vivían unos 380.000 judíos, muchos de ellos llegados en distintas olas migratorias, provenientes de regiones orientales, huyendo de la pobreza, la represión y las matanzas desde la época del imperio de los zares rusos. Entre ellos había trabajadores, campesinos, comerciantes, artesanos, profesionales y hasta grandes empresarios, como el grupo judío propietario de la fábrica de montaje de autos bajo licencia de General Motors.[i]   

Los primeros decretos del gobierno nazi de Frank definieron que ningún judío sería dueño de su propio destino. Congeló sus cuentas bancarias, les fueron arrebatados comercios y empresas, los sometió a humillaciones diarias y trabajos forzados. Desde diciembre de 1939 todos los judíos debían lucir en la manga derecha una banda blanca con la estrella de David. En abril de 1940, se comenzó a aislar el barrio judío con la excusa del surgimiento de una epidemia de tifus. En noviembre comenzó la “limpieza étnica” de la ciudad. Miles de familias judías de Varsovia y otras localidades fueron obligadas a abandonar sus casas y dirigirse al “gueto” en el barrio judío, ahora cerrado por once kilómetros de murallas. En 300 hectáreas habitables del gueto llegaron a vivir hacinadas medio millón de personas. En ese infierno se instaló la muerte por hambruna, enfermedades, ajusticiamientos arbitrarios y todo tipo de vejámenes. Estaba prohibido salir del gueto. Solo lo hacían, en medio del mayor control militar, aquellos que debían desplazarse a trabajar en otras zonas de la ciudad. El Consejo Judío (Judenrat) y la denominada “policía judía”, constituidos por hombres de la clase alta judía colaboracionista, quedaron encargados de hacer cumplir las leyes nazis en el gueto.

A inicios de 1941 comenzaron a llegar a Varsovia noticias de que en la ciudad de Chelmno habían asesinado a unos 40.000 judíos procedentes de Lodz, en lo que se describía como un “campo de exterminio”. Luego de comenzada la invasión nazi a la URSS, en junio de 1941, se supo de asesinatos masivos en Ucrania y Bielorrusia. En marzo de 1942 fue destruido el gueto de Lublin. El 22 de julio llegó la orden de que todos los judíos “no productivos” de Varsovia debían trasladarse hacia un lugar indeterminado en la frontera oriental. Comenzaba la “Gran Deportación”. Todos los días, unas 6.000 personas eran subidas a trenes con dirección a Sokolow, un cruce ferroviario que llevaba a Treblinka. Judíos prófugos confirmaron que el verdadero destino era la muerte en ese campo de exterminio. El 21 de septiembre cesó la acción de expulsión. Quedaron recluidos en el gueto tan sólo 33.700 judíos, que trabajaban en fábricas y tiendas alemanas. Sumados a los que sobrevivían clandestinamente, escondidos en sótanos y túneles de alcantarillado, eran unas 60.000 personas. En siete semanas habían sido trasladadas y asesinadas unas 300.000 personas. Un verdadero genocidio.

El levantamiento

Desde el comienzo mismo de la ocupación nazi, comenzaron las primeras acciones de la resistencia polaca. En el gueto de Varsovia, a principios de 1942, había comenzado a instalarse entre la juventud la idea de preparar un levantamiento armado. Un planteo rechazado por el Consejo Judío y la mayoría de los partidos políticos y líderes judíos. El 28 de julio se constituyó la Organización Judía de Combate. Para el 20 de octubre, tras la “Gran Deportación”, la Organización Judía de Combate se convirtió en la máxima autoridad del gueto. Clandestinamente se organizaron en pequeños grupos de hombres y mujeres, sionistas, socialistas, comunistas y trotskistas. Estos últimos, que participaron activamente hasta el final, editaban el periódico “Bandera Roja” (Czorwony Sztandard). Sólo los líderes ortodoxos del partido religioso Agudas Israel se negaron a unirse. En aquellas espantosas condiciones de vida, fueron haciendo milagros para conseguir y almacenar alimentos, armas y municiones, cobrando impuestos “especiales” a los más ricos.

El 19 de abril de 1943, cuando un batallón nazi se disponía a entrar al gueto para realizar nuevas deportaciones, comenzó el levantamiento. Con unos pocos explosivos, cócteles molotov, fusiles, pistolas y algunas metralletas, los judíos lograron repeler el primer ataque nazi. El general de las SS Jürgen Stroop se puso al mando de la represión y rápidamente ordenó recurrir a la artillería pesada y los lanzallamas. Fueron incendiando cada sector del gueto, para luego inundar las alcantarillas y arrojar gases lacrimógenos por sus bocas. El 16 de mayo a la noche volaron la Sinagoga. Unos días después sólo quedaba el humo y algunos incendios. A pesar de su valiente resistencia, los judíos sufrieron unas 11.000 muertes y el levantamiento fue derrotado a finales de mayo.

La lucha heroica del gueto de Varsovia no fue en vano. En 1943 había comenzado el inicio del fin del nazismo. Poco antes del levantamiento del gueto de Varsovia, el 1° de febrero, el triunfo del Ejército Rojo en la batalla de Stalingrado marcó un punto de inflexión en la Segunda Guerra Mundial (ver El Socialista N° 554). Un nuevo impulso comenzó a recorrer la resistencia de los pueblos europeos. El nazismo comenzaba su retroceso y caída final. Al año siguiente fueron expulsados de Polonia y en mayo de 1945 cayó Berlín, derrotando al nazismo como la expresión más brutal del capitalismo imperialista.

1. Todos los datos fueron tomados de Matthew Brzezinski. “El ejército de Isaac”. Capital Intelectual, Buenos Aires, 2013.

El dirigente trotskista argentino Nahuel Moreno estudió la Segunda Guerra Mundial con el objetivo de sacar enseñanzas útiles para las futuras generaciones de revolucionarios. Definió a la Segunda Guerra Mundial como “el intento de extender la contrarrevolución [nazi] fascista imperialista a todo el mundo”.1 En la lucha contra el nazi-fascismo destacó “como una de las grandes gestas del proletariado mundial la lucha del gueto de Varsovia contra los nazis”.2 Señaló la importancia de que los revolucionarios intervinieran en las luchas democráticas, a pesar de la participación de corrientes burguesas. Dio el ejemplo de que “[en el gueto] había un ala izquierda que presionaba por la lucha, y todos los grandes dignatarios del gueto estaban en contra. El gueto [se levanta] cuando el ala burguesa, los rabinos, todos los que colaboraban con los nazis se dan cuenta de que a ellos también los meten en los trenes y los matan. Entonces, cuando se avivan de eso, dan un vuelco y le dan la razón a la juventud. Entonces la propia revolución se transforma en socialista: hay que repartir los alimentos, etcétera.”3 Este proceso fue abortado por la derrota del levantamiento. Pero Moreno llamó a comprender la profunda enseñanza que dejó a los revolucionarios sobre la necesidad de intervenir en las luchas democráticas bajo el capitalismo imperialista en la pelea por lograr gobiernos de trabajadores y el socialismo.

1. Nahuel Moreno. “Revoluciones del siglo XX”. Antídoto, Buenos Aires, 1986. Ver en nahuelmoreno.org
2. Idem.
3. Nahuel Moreno. “Escuela de cuadros. Argentina 1984.” Ediciones Crux, Buenos Aires, 1992. El Socialista Ver en nahuelmoreno.org

Escribe Federico Novo Foti

Fue la primera guerra importante del siglo XXI. Estados Unidos buscó reforzar su cuestionada hegemonía mundial. Pero la heroica resistencia del pueblo iraquí le asestó una histórica derrota militar. Irak fue su segundo Vietnam. El resultado fue la profundización de su crisis de dominación que continúa en la actualidad.  

El 19 de marzo de 2003, el presidente de Estados Unidos, George W. Bush, anunció la invasión a Irak. Ubicado en Medio Oriente, Irak tenía por entonces veinticuatro millones de habitantes gobernados por la férrea dictadura de Saddam Hussein y era poseedor de una de las mayores reservas mundiales de petróleo. Bush declaró que su objetivo era terminar con el régimen de Hussein, a quien apuntó como integrante del “eje de mal” (junto a Irán y Corea del Norte) y que poseía peligrosas “armas de destrucción masiva”. Desde un primer momento, la UIT-CI se posicionó junto a la resistencia iraquí, sin dar apoyo político a Hussein. Alentó y participó de movilizaciones en distintos países, reclamando el retiro inmediato de las tropas imperialistas y exigiendo a los gobiernos la ruptura de relaciones con los países invasores.

En aquel momento, se aseguraba que la invasión expresaba la incuestionable hegemonía imperialista de los Estados Unidos, bajo el “nuevo orden mundial” nacido de la caída de la URSS y los estados obreros de Europa central. También, que se trataba de una “guerra por el petróleo”. Efectivamente, Estados Unidos y sus multinacionales (Chevron y Exxon) buscaban un nuevo reparto del negocio petrolero en Irak, frente a las multinacionales francesas (Total), chinas (China National Oil Company) y rusas (Lukoil). Pero sus objetivos iban más allá. El imperialismo yanqui invadió Irak para reafirmarse como gendarme mundial ante el crecimiento de rebeliones populares en el mundo. Buscó colonizar Irak para reforzar sus posiciones políticas en Medio Oriente, ante la incapacidad de Israel y sus gobiernos árabes aliados, como Arabia Saudita, de frenar la llamada “Segunda Intifada”, la resistencia popular palestina surgida en el año 2000. Buscaba también dar un fuerte mensaje contra el creciente movimiento antiglobalización, nacido en Seattle en 1999, a las enormes movilizaciones que derrotaron los planes de ajuste del FMI en Latinoamérica (el Argentinazo, la derrota del golpe en Venezuela en 2002 y las rebeliones bolivianas) y a las huelgas obreras en toda Europa. En lo económico, intentaba superar la crisis de la economía capitalista, expresada en la caída de grandes multinacionales como Enron, Xerox, AOL, WorldCom, y el crecimiento de la desocupación al 6% en Estados Unidos.

Bush utilizó los atentados contra las Torres Gemelas del 11 de septiembre de 2001 para lanzar una contraofensiva política, militar y económica, con la excusa de combatir el “terrorismo”. Invadió Afganistán en 2001 e Irak en marzo de 2003. A pesar de no contar con el apoyo del conjunto de la OTAN, siendo acompañado por una débil coalición imperialista comandada por Gran Bretaña (Tony Blair) y el Estado Español (José María Aznar), Bush aseguró que obtendría una rápida victoria. El 9 de abril llegaron las tropas yanquis a Bagdad, la capital de Irak. El régimen de Hussein cayó. Parecía ratificarse la predicción de Bush. Pero desde ese momento comenzó a crecer una heroica y masiva resistencia del pueblo iraquí, que enfrentó el poderío militar y tecnológico imperialista. La resistencia se fortaleció con la unidad de chiítas y sunnitas (las dos ramas del Islam), con movilizaciones crecientes y la afluencia de combatientes desde todos los países árabes para sumarse a las milicias de la resistencia. Se consolidó también la intifada palestina y aumentaron las movilizaciones en Medio Oriente y en Asia bajo la consigna “somos todos iraquíes”.

La brutalidad de la ocupación recrudeció con bombardeos indiscriminados que dejaron en cuatro años más de 600.000 víctimas civiles, dos millones de refugiados y brutales torturas contra prisioneros de guerra. La exposición de estos hechos desnudó las verdaderas razones de la invasión y dejó cada vez más aislado al gobierno de Bush, a pesar de sus intentos de pactar con las conducciones chiítas y sunnitas. En Estados Unidos creció el rechazo a la guerra y aumentaron las movilizaciones por el retiro de las tropas. En marzo de 2004 cayó en las elecciones el gobierno de Aznar, obligando a su sucesor a retirar las tropas de Irak. En febrero de 2007, Tony Blair debió retirar las suyas y meses más tarde dimitió anticipadamente. Para mediados de 2007 la invasión yanqui en Irak estaba completamente derrotada, pese a que mantuvo una ocupación formal hasta octubre de 2011, cuando Barack Obama, el sucesor de Bush, anunció el retiro definitivo. El triunfo iraquí demostró que la lucha abnegada y consecuente de los pueblos por su liberación puede derrotar al imperialismo más poderoso, aún a pesar de sus conducciones traidoras.

Irak se convirtió en un nuevo Vietnam para Estados Unidos. Bush había querido dar un mensaje contra las rebeliones en el mundo, establecer una nueva colonia en Medio Oriente, convirtiendo a Irak en una inmensa base militar yanqui y controlando su petróleo. Pero actuó como un “bombero loco”, que quiso apagar el fuego con gasolina. Terminó incentivando el movimiento mundial anti-guerra y el antiimperialismo. Llevó al colapso de la economía capitalista mundial de 2007/2008, continuó el ascenso de la lucha de los pueblos del mundo y desde 2011 se desataron las revoluciones árabes. En 2021 el ejército yanqui huyó derrotado de Afganistán. En definitiva, profundizó la crisis de dominación política, militar y económica de Estados Unidos que continúa en la actualidad.


Escribe Mercedes Trimarchi, legisladora porteña electa Izquierda Socialista/FIT Unidad

El pasado 22 de marzo se cumplieron 150 años del nacimiento de Julieta Lanteri y Google le dedicó su doodle (diseño que decora la página principal del buscador) en homenaje a la médica y referente feminista que marcó un hito en la lucha por la conquista de los derechos de las mujeres en nuestro país.

Lanteri es reconocida por ser la primera mujer en votar en Argentina y en América Latina, así como ser la primera en ingresar a la Facultad de Medicina de la Universidad de Buenos Aires (UBA). Lanteri nació en Italia, en 1873. Fue la segunda hija de un matrimonio de clase media que, en busca de nuevos horizontes, se trasladó a Buenos Aires en 1879. En 1886 fue la primera mujer egresada del Colegio Nacional de La Plata. Luego, ingresó a la Facultad de Medicina de la UBA pese a que no estaba permitido que cursen allí mujeres. Sin embargo, tras presentar un recurso ante el decano, logró su incorporación y se recibió de farmacéutica en 1898. Ocho años después, en 1906, culminó sus estudios de medicina.

En 1910 obtuvo formalmente la ciudadanía argentina. Al año siguiente, la municipalidad de Buenos Aires llamó a los ciudadanos residentes que “ejercieran una profesión liberal y paguen impuestos”, con la finalidad de renovar y actualizar los datos del padrón electoral para las inminentes elecciones de concejales. Al no especificar si incluía a hombres o mujeres Julieta se contactó con la Justicia Electoral y les realizó el pedido de votar. Pese a algunas objeciones, el juez aprobó la petición y, de esa manera, lo logró. Recordemos que el voto femenino en nuestro país recién se aprobó en 1947, treinta y seis años después de que por primera vez votara Lanteri. Después de este acontecimiento, el Concejo Deliberante de la ciudad sancionó una ordenanza que prohibía explícitamente el voto femenino.

En 1919 se acercó a la Junta Electoral y se postuló como candidata a diputada (porque las mujeres no podían votar, pero nada impedía formalmente que fueran candidatas). Sostuvo que: “La Constitución emplea la designación genérica de ciudadano sin excluir a las personas de mi sexo. La ley electoral no cita a la mujer en ninguna de sus excepciones”. Una vez más, le dieron la razón y obtuvo el 1% de votos, todos de hombres ya que las mujeres aún no podían votar.

En el marco de la primera ola de luchas feministas (fines del siglo XIX y principios del XX) Lantieri junto a otras referentes encabezaron en nuestro país, a la par de la lucha por el derecho al sufragio universal, la pelea por mejorar las condiciones laborales de las trabajadoras contra la carestía de la vida. A su vez, exigían el derecho al divorcio y terminar con el poder de la Iglesia. En 1922 Lantieri escribió: “Arden fogatas de emancipación femenina, venciendo rancios prejuicios y dejando de implorar sus derechos. Éstos no se mendigan, se conquistan”. Frase que tiene plena vigencia para las luchas feministas actuales.

Escribe Federico Novo Foti

Carlos Marx, junto a Federico Engels, fundó el socialismo científico y el movimiento revolucionario de la clase obrera por su liberación. Su legado ha querido ser destruido y falsificado. Pero en el siglo XXI, las ideas de Marx aún representan una guía invaluable para la acción revolucionaria.

El 14 de marzo de 1883 falleció, en Londres, Carlos Marx. En los últimos años de su vida, se había ocupado en terminar El Capital, su monumental obra dedicada a analizar científica y críticamente el funcionamiento del capitalismo. Por entonces estaba parcialmente retirado de la vida política pública, pero seguía acompañando la experiencia del movimiento obrero europeo y americano, cuyos dirigentes frecuentaban su casa para solicitar ayuda y consejos.

La muerte de su esposa Jenny, sucedida a fines de 1881, había asestado un duro golpe a Marx, quien vería regresar viejos problemas de salud en sus últimos meses de vida. El 17 de marzo, Marx fue enterrado en el cementerio de Highgate, junto a la tumba de su esposa. En una ceremonia en la que participaron un puñado de familiares y dirigentes socialistas, Federico Engels pronunció el discurso de despedida. Ante los presentes Engels afirmó que había fallecido “el más grande pensador viviente” y que había muerto “ante todo y sobre todo, un revolucionario”.1

Vida y pensamiento revolucionarios

Carlos Marx nació en Tréveris (Alemania) en 1818, en el seno de una familia de clase media. Terminó sus estudios universitarios en 1841. Por entonces, se relacionó con los “Jóvenes Hegelianos”, un grupo que enfrentaba al gobierno del rey prusiano, pero en el terreno filosófico, intentando sacar conclusiones revolucionarias de la filosofía de Hegel. Fue nombrado redactor jefe de la Gaceta del Rin, un periódico de la burguesía liberal de Renania, que fue censurado por expresar, a instancias de Marx, posiciones democráticas. La persecución gubernamental obligó a Marx a emigrar a París en 1844. Allí empezó a trabajar conjuntamente con otro joven alemán “hegeliano de izquierda”, Federico Engels, quien se convertiría en su entrañable amigo y colaborador. Impactados por las luchas de los obreros franceses y habiendo entrado en contacto con grupos socialistas y de obreros alemanes exiliados, Marx y Engels pasaron de sus posiciones democrático burguesas iniciales al socialismo científico.2

Marx y Engels se sumaron a la Liga de los Comunistas. Escribieron su programa, el célebre Manifiesto Comunista, publicado en febrero de 1848, donde proclamaron la nueva concepción socialista científica. Denunciaron que, bajo el capitalismo, a pesar de la creciente producción de riquezas, los trabajadores tienden a caer “en la miseria y el pauperismo”.3 Anunciaron el papel revolucionario de la clase obrera en la creación de la nueva sociedad socialista por medio de la lucha de clases. Solo el socialismo podría salvar a la humanidad, “derrocando por la violencia a la burguesía” del poder político y económico. Para lograrlo, llamaban a los trabajadores a organizarse en forma independiente de la burguesía, no sólo en los sindicatos, sino también en su propio partido político de clase. El Manifiesto Comunista cerraba con el llamado: “¡Proletarios de todos los países, uníos!”, expresando que la lucha obrera por su liberación y el socialismo debía desarrollarse en cada país y en todo el mundo. En líneas generales, Marx sostuvo hasta el último de sus días la concepción plasmada en el Manifiesto Comunista.

Tras la derrota de las revoluciones de 1848, Marx y su esposa Jenny, debieron trasladarse a Londres. Allí Marx decidió realizar un estudio exhaustivo del capitalismo y su funcionamiento. En El Capital, expuso con precisión el antagonismo irreconciliable que existe entre patrones y trabajadores, así como la imposibilidad del capitalismo de garantizar progreso para el conjunto de la humanidad. Pese a su obsesiva dedicación al trabajo, Marx no logró terminar el plan completo de El Capital, porque siempre combinó sus actividades de investigación y elaboración teórica con la militancia y la lucha práctica, en contacto con los trabajadores que se sumaban al movimiento.

Las enseñanzas de Marx siguen vigentes

Desde sus orígenes, la lucha dela clase obrera estuvo atravesada por distintas corrientes y a menudo antagónicas, que convivían con el naciente socialismo científico de Marx y Engels. En la Asociación Internacional de Trabajadores (Primera Internacional), fundada en Londres en 1864, Marx también polemizó fuertemente con los anarquistas.

Tras la muerte de Marx se fue consolidando la gran división entre reformistas y revolucionarios. Una división que, de una u otra manera, perdura hasta la actualidad. Por un lado una minoría consecuente con las ideas de Marx y la revolución socialista. Pero por el otro, bajo los rótulos de “marxismo”, “comunismo” o “socialismo” surgieron corrientes que conducen amplios sectores del movimiento obrero y popular, que han revisado los principios y la política socialista defendida por Marx. La característica común a todas ellas ha sido predicar como solución a los males del capitalismo la conciliación de clases: la unidad entre trabajadores y patrones. En su momento, estos planteos fueron levantados por la socialdemocracia primero y por el stalinismo después. En las últimas décadas, surgen nuevas revisiones: la lucha contra los patrones y sus gobiernos es reemplazada en estas corrientes por la falsa idea de construir el socialismo de la mano con las multinacionales capitalistas y las “economías mixtas”, sin expropiar a la burguesía. Asimismo, abandonan la tarea de construir partidos revolucionarios para la toma del poder y el socialismo mundial. Entre estos falsos socialistas se encuentran, en la actualidad, la dictadura capitalista del PC chino, el gobierno de Maduro en Venezuela o el de Ortega en Nicaragua. Su política es doblemente nociva porque, por un lado, bajo supuestas banderas socialistas predican falsas salidas que sólo llevan a nuevas frustraciones, y por otro, porque su fracaso es utilizado por la burguesía como “el fracaso del marxismo”, tal como sucedió desde 1989 con la caída de las dictaduras estalinistas en la URSS y Europa.

La realidad es que, en pleno siglo XXI, las luchas, rebeliones y revoluciones se multiplican porque el capitalismo, con su sistema de explotación y opresión, condena crecientemente a la miseria y pobreza a trabajadores y pueblos del mundo, tal como lo demostró y anticipó Marx a mediados de siglo XIX, cuyos trabajos vuelven a ser publicados y su figura vuelve a ser debatida.

Marx no acertó en todas sus predicciones, pero sentó las bases para una política socialista continuada por revolucionarios como Lenin, Trotsky o Moreno. Con esa guía, desde Izquierda Socialista y la UITCI nos damos a la tarea de forjar en cada lucha una nueva dirección, un partido revolucionario consecuente, que batalle ferozmente contra los patrones, sus partidos y sus gobiernos, como contra toda variante reformista en el movimiento obrero y popular, con el objetivo de conquistar gobiernos de trabajadores en la pelea por el triunfo del socialismo mundial.

1. Federico Engels. “Discurso ante la tumba de Marx” en Franz Mehring. “Carlos Marx. Historia de su vida.” Editorial Grijalbo, México, 1960.
2. Ver Nahuel Moreno. “Sobre el marxismo”. CEHuS, Buenos Aires, 2022.
3. Carlos Marx y Federico Engels. “Manifiesto Comunista”, El Socialista, Buenos Aires, julio 2008.

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