Jul 14, 2024 Last Updated 10:48 PM, Jul 13, 2024

Escribe Federico Novo Foti
 
Afectado por una grave enfermedad que lo llevaría a la muerte, Lenin dio su último combate junto a Trotsky contra las políticas contrarrevolucionarias y el naciente aparato burocrático en el Partido Comunista y la URSS. En su testamento político, escrito desde diciembre de 1922, propuso desplazar a Stalin. Pero la conducción del Partido Comunista, ya en manos de la burocracia, lo desconoció y ocultó. El trotskismo sostuvo desde entonces la continuidad del marxismo y el bolchevismo.    
 
A finales de mayo de 1924, en el marco del XIII Congreso del Partido Comunista de la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas (PCUS), fueron llamados a una reunión los dirigentes de las delegaciones provinciales. Antes de comenzar se informó que nadie podría tomar notas. Inmediatamente, el dirigente Lev Kamenev comenzó a leer un documento en voz alta. Se trataba de la “Carta al Congreso” elaborada por Vladimir I. Lenin, máximo dirigente bolchevique y de la Revolución de Octubre, que había muerto poco tiempo antes, el 21 de enero de 1924.

Aquella carta pasaría a la posteridad como el “testamento” político de Lenin. Un documento que había sido escrito por un Lenin convaleciente con bastante anterioridad, entre el 23 de diciembre de 1922 y el 4 de enero de 1923, destinado al Congreso previo del partido. Durante un tiempo, en el que se esperaba la recuperación de Lenin, aquel texto había quedado bajo llave y solo era conocido por su esposa Nadia Krupskaia y la taquígrafa M. Volodicheva. Tras la muerte de Lenin, su esposa lo entregó para que fuera conocido por todo el partido en el Congreso.

La carta de Lenin recomendaba la reforma del partido y, en la posdata, proponía desplazar a José Stalin del cargo de secretario general. El naciente aparato burocrático conducido por Stalin desconoció el testamento, afirmando que había sido escrito por un hombre enfermo y bajo la influencia de su esposa y sus secretarias. Definió que el documento no se mencionaría en las reuniones plenarias del Congreso.

El testamento de Lenin no fue publicado oficialmente en la URSS hasta 1956, tras la muerte de Stalin. Solo los militantes de la Oposición de Izquierda en la clandestinidad, liderada por León Trotsky, lo divulgaron y defendieron bajo amenaza de cárcel, exilio y pena de muerte. En 1926, lo publicaron en países occidentales.
 
Lenin y Trotsky contra la burocratización

Lenin encabezó junto con Trotsky el primer gobierno revolucionario obrero y campesino de la historia, surgido de la Revolución de Octubre de 1917. El nuevo gobierno tuvo que enfrentar una sangrienta guerra civil contra los ejércitos de la contrarrevolución burguesa e imperialista. Stalin cumplía un rol secundario en este período. Trotsky fue el gran creador y dirigente del Ejército Rojo, que culminó en 1920 con el triunfo soviético. Mientras que Jacobo Sverdlov tuvo la enorme tarea de organizar el partido y el gobierno hasta su muerte en 1919, siendo reemplazado por un “triunvirato” que no integró a Stalin.

En 1920 la URSS estaba desangrada por la guerra civil, en el marco de aislamiento que le imponía la situación mundial, donde no se dieron otros triunfos de revoluciones obreras y socialistas en Europa. Este fue el caldo de cultivo de un proceso de burocratización creciente, que encontró en Stalin a su dirigente más resuelto. Manipulando el poder que le otorgaba su cargo de secretario general, fue adquiriendo cada vez más influencia entre arribistas, burócratas y conservadores dentro del partido.

En mayo de 1922 Lenin tuvo el primer ataque cerebral. Desde aquel primer episodio tuvo una actividad dispar. Durante ese periodo su colaborador más estrecho fue Trotsky. Sus trabajos estuvieron dedicados a combatir los primeros esbozos de la nueva política contrarrevolucionaria y la creciente burocratización que afectaba al funcionamiento del partido y el gobierno.

En diciembre de 1922, apoyado por Trotsky, derrotó el intento de Stalin de cuestionar el monopolio estatal del comercio exterior, política fundamental de la planificación económica, mientras se desarrollaba la Nueva Política Económica. Pero el desacuerdo más prolongado se produjo alrededor de la política hacia las nacionalidades. Lenin y Trotsky, siguiendo la tradición marxista y bolchevique, defendieron los derechos democráticos y la libertad para las nacionalidades que formaron por voluntad propia la URSS. Con este criterio, por ejemplo, se sumó Ucrania y Finlandia se independizó. Este era un componente fundamental del régimen de democracia obrera de los primeros años. En oposición, Stalin comenzó a imponer una concepción antagónica “centralista burocrática”, pretendiendo mantener la opresión gran rusa. Lenin preparaba un artículo que sus secretarias calificaron de “bomba contra Stalin” cuando en marzo de 1923 quedó definitivamente postrado por el último ataque cerebral.

Lenin comprendió que se estaba creando un aparato político administrativo totalmente ajeno a las concepciones y prácticas del bolchevismo y del centralismo democrático. Su testamento, llamando a desplazar a Stalin, había sido elaborado junto a otros textos con propuestas para reformar el partido y combatir al estalinismo naciente. Propuso crear una “Comisión de Control”, un organismo integrado por militantes experimentados y dignos de confianza, independientes de la dirección partidaria y del gobierno, que velara por la democracia partidaria y la moral revolucionaria. Asimismo, con objetivo de controlar a los altos funcionarios de gobierno, escribió: “Cómo tenemos que reorganizar la Inspección Obrera y Campesina” y “Más vale menos pero mejor”, publicado en marzo de 1923, poco antes del ataque definitivo 1.

El estalinismo es antagónico del leninismo

En 1924, tras la muerte de Lenin, se profundizaron los desacuerdos en el PCUS. Para darle una apariencia revolucionaria a los privilegios del aparato burocrático, Stalin puso en marcha la “lucha contra el trotskismo” en el marco de la política contrarrevolucionaria del “socialismo en un solo país”. La persecución contra los oposicionistas “trotskistas” recrudeció. Trotsky fue expulsado del partido en 1927 y de la URSS en 1929. Finalmente, fue asesinado por un agente estalinista en 1940.

Los partidos comunistas, encabezados por el PCUS, burocratizados desde la década del veinte, instalaron la falsedad política e histórica de que ellos eran la continuidad del “marxismo leninismo”. Así dieron autoridad a la política contrarrevolucionaria con la que desde entonces traicionaron a la clase obrera y los pueblos de la URSS y el mundo. El retorno del capitalismo en aquel tercio de la humanidad donde se había avanzado a la expropiación, pero con dictaduras de partido único, fue la confirmación por la negativa de aquella traición.

El triunfo de Stalin significó el quiebre de la tradición revolucionaria, internacionalista y de democracia obrera, que había comenzado a dar los primeros pasos en la URSS hacia el triunfo de la revolución socialista en el mundo. Pero no se pudo avanzar. La lucha por la continuidad del leninismo, el marxismo revolucionario y la verdad histórica, enterrada por los partidos comunistas, quedó en manos de Trotsky, la Oposición de Izquierda y, desde 1938, de la Cuarta Internacional. Los trotskistas con orgullo sostenemos la necesidad de construir en todos los países partidos revolucionarios con centralismo democrático, capaces de conducir al movimiento de masas a conquistar gobiernos de trabajadores en la pelea por el socialismo mundial. Esa es la tarea a la que se entrega toda la militancia de Izquierda Socialista y la Unidad de Trabajadoras y Trabajadores - Cuarta Internacional (UIT-CI).



La posdata

La posdata elaborada el 4 de enero de 1923 por Lenin decía: “Stalin es demasiado brusco, y este defecto, plenamente tolerable en nuestro medio y en las relaciones entre nosotros, los comunistas, se hace intolerable en el cargo de secretario general. Por eso propongo a los camaradas que piensen la forma de pasar a Stalin a otro puesto y de nombrar para este cargo a otro hombre que se diferencie del camarada Stalin en todos los demás aspectos sólo por una ventaja, a saber: que sea más tolerante, más leal, más correcto y más atento con los camaradas, menos caprichoso, etcétera. Esta circunstancia puede parecer una fútil pequeñez. Pero yo creo que, desde el punto de vista de prevenir la escisión y desde el punto de vista de lo que he escrito antes acerca de las relaciones entre Stalin y Trotsky, no es una pequeñez, o se trata de una pequeñez que puede adquirir importancia decisiva.” El testamento fue desconocido y ocultado a la base del partido y el pueblo soviético. La maquinaria de la contrarrevolución estalinista estaba en marcha.2


1. Ver León Trotsky. “Sobre el Testamento de Lenin” (1932). Ediciones El Socialista, Buenos Aires, 2010.
2. Ídem.

 

Escribe Federico Novo Foti

El 17 de noviembre de 1972 regresó Juan Domingo Perón a nuestro país tras diecisiete años en el exilio. Terminaba la proscripción del peronismo. Cristina Kirchner recordó la fecha afirmando que “Perón no quería volver a ser presidente” y que el peronismo siempre comprendió la “importancia del orden en una sociedad”. Entonces, ¿para qué volvía Perón? ¿Y qué orden venía a restaurar?        
 
En 1955, la “revolución libertadora” derrocó al gobierno nacionalista burgués de Perón. Fue un golpe militar proyanqui, clerical, apoyado por los radicales (incluso por el PC y PS) y gran parte de las patronales. Instaló una dictadura sangrienta, que asesinó y encarceló a militantes, intervino a la CGT y a los sindicatos e ilegalizó al peronismo. Perón debió iniciar su largo exilio.

Pero la heroica resistencia de los trabajadores continuó tras el “golpe gorila”. “Perón vuelve” o “luche y vuelve” fueron consignas destacadas de aquellos años. La dictadura intentó ordenar la situación llamando a elecciones en febrero de 1958. Con el peronismo aún proscripto, desde España, Perón mandó a votar al  representante de la Unión Cívica Radical Intransigente (UCRI) Arturo Frondizi, quien acabó imponiéndose. El nuevo gobierno terminó entregando el petróleo, privatizó y abrió la educación a la Iglesia y a empresarios e impulsó y puso en marcha un plan de ajuste antiobrero. En 1959 el gobierno dispuso privatizar el frigorífico Lisandro de la Torre, a lo que los 9000 trabajadores respondieron con una toma que tuvo un gran apoyo popular y solo fue derrotada con una durísima represión en la que se utilizaron tanques de guerra, despidiendo a miles de trabajadores y encarcelando a los dirigentes y militantes sindicales.

Los trabajadores obligaron a los militares a traer a Perón

En junio de 1966 volvió la dictadura militar, tras el breve gobierno del radical Arturo Illia. El General Juan Carlos Onganía recibió la bienvenida de la burocracia sindical y el peronismo, incluyendo a Perón. Pero en mayo de 1969 estalló la insurrección obrera y estudiantil conocida como el “Cordobazo”. La dictadura quedó herida de muerte tras los distintos “azos” que sacudieron el país. El movimiento obrero retomó la oleada de luchas. Bajo la influencia de la revolución cubana y la lucha contra las capitulaciones de la burocracia sindical, surgía una nuevo activismo obrero y juvenil, una parte del cual planteaba posiciones independientes del peronismo.

La dictadura, ahora bajo la conducción del General Alejandro Lanusse, las patronales y el imperialismo fueron llegando a la conclusión de que la única salida posible para ordenar la situación era el llamado a elecciones y levantar la proscripción del peronismo. En 1971, Lanusse lanzó el “Gran Acuerdo Nacional” (GAN) y se creó “La Hora del Pueblo”, un agrupamiento político patronal encabezado por el radical Ricardo Balbín. Perón acompañó desde Madrid mientras maniobraba “por izquierda” con las “formaciones especiales” (los grupos guerrilleros peronistas) y coqueteaba con la “Patria Socialista”.
Pero la continuidad de las movilizaciones terminó por convencer a las patronales de que para encaminar la salida electoral era necesaria la presencia de Perón y que éste avalara personalmente los distintos pasos a implementar. Así fue que en la lluviosa mañana del viernes 17 de noviembre de 1972 un avión de Alitalia arribó al aeropuerto de Ezeiza proveniente de Madrid, trayendo al histórico dirigente y una comitiva de decenas de personas de distintos ámbitos como la política, la cultura y el deporte.

El retorno de Perón fue un triunfo de la lucha del movimiento obrero y popular. En medio de la alegría, muchos trabajadores peronistas honestos y luchadores y organizaciones que se reivindicaban peronistas “combativas” o “revolucionarias” creían que Perón venía a recuperar las conquistas y banderas “del ‘45”, fortalecer sus luchas y barrer a la burocracia sindical, enfrentar al imperialismo y hasta construir el “socialismo nacional”. Pero nada de eso sucedió.

La foto de su recepción al pie del avión ya mostraba cuáles eran sus verdaderas intenciones. Allí aparecía Perón junto al burócrata sindical José Ignacio Rucci, que lo cubría con su paraguas, rodeado por su esposa Isabel Perón y su secretario José López Rega, entre otros. Perón inmediatamente se reunió con los principales referentes de “La Hora del Pueblo”, prácticamente todos ellos “gorilas” en 1955. El símbolo fue su abrazo con Balbín. Allí terminó de sellar el GAN que llevó a las elecciones de marzo de 1973, en las que se impuso el peronismo, que presentó el Frente Justicialista de Liberación (Frejuli) con la fórmula Héctor Cámpora, delegado personal de Perón, y Vicente Solano Lima, un conservador. Los Montoneros, que eran mayoritarios entre las “formaciones especiales”, aceptaron la fórmula y lanzaron la consigna: “Cámpora al gobierno, Perón al poder”.
 
El peronismo no va más

Los trabajadores consideraron el triunfo electoral como propio y continuaron las movilizaciones por nuevas demandas laborales y democráticas. Perón llamaba a frenar las luchas. Apenas habían pasado cuarenta y nueve días de su gobierno cuando Cámpora, incapaz de detener el ascenso, fue obligado a renunciar por el propio Perón, a quien los militares le pidieron que asumiera personalmente la presidencia. El 23 de septiembre se realizaron nuevas elecciones en las que se impuso por amplio margen la fórmula Juan Perón e Isabel Perón.

 El imperialismo, las patronales, las fuerzas armadas, la burocracia sindical y la Iglesia cerraron filas detrás de Perón con la esperanza de que pusiera “orden”. Imponer el orden significaba derrotar al movimiento obrero que venía en ascenso desde el Cordobazo para garantizar el saqueo imperialista y los negocios capitalistas. Por eso, tras el fracaso del “Pacto Social”, el intento de conciliación con las patronales congelando los salarios, y la continuidad de las movilizaciones y acciones guerrilleras, el gobierno de Perón profundizó la represión. Desde el Ministerio de Bienestar Social, el siniestro López Rega organizó la Alianza Anticomunista Argentina (Triple A). Bandas fascistas que secuestraron y asesinaron a decenas de activistas.

El tercer gobierno de Perón marcaría un giro cada vez más claro hacia posiciones reaccionarias y pro imperialistas, que abrió el camino al golpe de 1976.  No quedaba nada de aquel movimiento nacionalista burgués que, con todas sus contradicciones, había enfrentado al imperialismo yanqui y mejorado el nivel de vida obrero y popular. Era y es el partido de los Menem, Duhalde, de la burocracia sindical y el del doble discurso de los Kirchner y Alberto que, al igual que las otras fuerzas políticas patronales, aplica el ajuste del FMI y es garante de la entrega y el saqueo imperialistas. Por eso desde Izquierda Socialista en el Frente de Izquierda Unidad decimos que el peronismo no va más, al igual que no son salida otras fuerzas patronales como los radicales, el macrismo o los liberfachos.

Intervenimos en cada lucha obrera y popular para que triunfen y nos damos a la tarea aún vigente de construir un partido revolucionario que al calor de la movilización de las masas imponga un gobierno de trabajadoras y trabajadores y por el socialismo.

Escribe Federico Novo Foti

La corriente trotskista encabezada por Nahuel Moreno luchó junto a los trabajadores contra el “golpe gorila” de 1955 y exigió no solo la libertad de los presos políticos, sino también la legalidad del peronismo y el pleno derecho de su líder a volver y actuar en política. En la coyuntura abierta por el GAN en 1971, denunció la trampa que buscaba frenar el ascenso iniciado por el Cordobazo y planteó la necesidad de seguir luchando y construir un partido revolucionario inserto en la clase trabajadora, que peleara contra la burocracia sindical disputando al nuevo activismo obrero. Debatió duramente con la guerrilla, planteando que ese no era el camino para la revolución en nuestro país, sino la pelea por una nueva dirección inserta en la clase obrera, con un programa y una política que, a la vez, enfrentara al peronismo. En 1972, explicaba que Perón no volvía para “limpiar” al peronismo y reinstaurar los “días felices” o luchar por el “socialismo nacional”, sino para encorsetar las luchas detrás del Pacto Social. “[…] Perón no vuelve para luchar. Perón vuelve para recorrer los últimos tramos del acuerdo con el régimen, con los peores enemigos de los trabajadores”. En la perspectiva por construir el partido revolucionario, el recién creado Partido Socialista de los Trabajadores (PST) conducido por Moreno batalló para conseguir su legalidad y dio la pelea en las elecciones de 1973, con su propia fórmula y llamando a construir un “polo socialista y revolucionario”, contra quienes capitularon al peronismo.1

1. Ver “Avanzada Socialista” N° 37, 8/11/1972 y Ricardo de Titto, “Historia del PST”, CEHUS, Buenos Aires, 2016.


Escribe Federico Novo Foti

Hace treinta y tres años cayó el muro que dividió Berlín por décadas. Fue una victoria de las masas que inició el camino hacia la unificación alemana y provocó el derrumbe de la burocracia estalinista. Gobiernos y analistas burgueses anunciaron el triunfo del capitalismo sobre el socialismo. Pero los socialistas revolucionarios tenemos otra mirada.
 
Al finalizar la Segunda Guerra Mundial, en la Conferencia de Potsdam de 1945, José Stalin (líder de la burocracia soviética), Franklin Roosevelt (presidente de Estados Unidos) y Winston Churchill (primer ministro británico) pactaron la ocupación y división de Alemania, como parte de los acuerdos en los que definieron “esferas de influencia” en Europa y el mundo para estabilizar el dominio capitalista imperialista. La partición alemana serviría también para dividir al otrora poderoso movimiento obrero alemán.

En 1949 se creó la República Federal Alemana (RFA) en la región occidental y más desarrollada, sostenida por el imperialismo yanqui y los millones de dólares del Plan Marshall para su reconstrucción. En la zona oriental, la República Democrática Alemana (RDA), apoyada por la burocracia estalinista de la URSS. Berlín, la antigua capital alemana, situada en el centro de la RDA, quedó igualmente ocupada y dividida.

La RDA estaba gobernada por una dictadura de partido único (Partido Socialista Unificado) a imagen y semejanza de la dictadura estalinista de la URSS. La expropiación y eliminación de la burguesía y la planificación estatal de la economía permitieron mejoras como el pleno empleo, acceso a educación y salud. Pero la división del país y la opresión pesaban sobre su población. En 1953 fueron duramente reprimidas las huelgas obreras de Berlín oriental. Para 1961 se estima que dos millones de personas habían huido del país. Como respuesta, en la madrugada del 13 de agosto de 1961, el gobierno de la RDA comenzó a construir un muro con intención de aislar definitivamente los dos lados de la ciudad de Berlín. La llamaron barrera de “contención antifascista”. El muro de hormigón alcanzaría los 155 kilómetros de largo (45 kilómetros dentro de la ciudad). Separó familias, amigos y vecinos. 239 personas fueron asesinadas a manos de la Stasi, el siniestro servicio secreto de la RDA, al intentar cruzar.

La caída del Muro de Berlín

La noche del 9 de noviembre de 1989, tras los anuncios del gobierno de la RDA sobre el otorgamiento de permisos para visitar Berlín occidental, miles de personas se movilizaron hacia el muro. Sorpresivamente, la multitud comenzó a demolerlo con picos, martillos y palas, ante la mirada desconcertada de los soldados. Tras veintiocho años caía el muro que había separado a la ciudad y representaba el símbolo máximo de la división alemana. Miles de personas de ambos lados se reunieron para festejar, abrazarse y besarse.

La caída del Muro de Berlín derrumbó a la burocracia estalinista del PSU e inició el camino hacia la unificación del país en 1990. En aquel entonces el hecho causó una enorme sorpresa mundial. Algunos analistas lo presentaron como una jugada magistral del capitalismo imperialista, encabezado por el presidente yanqui, Ronald Reagan, junto al Papa Juan Pablo II y la complicidad del líder soviético, Mijaíl Gorbachov. El politólogo yanqui Francis Fukuyama afirmó que la caída del muro era el triunfo definitivo del capitalismo sobre el socialismo y pronosticó progreso permanente para la humanidad.
 
Un triunfo de las masas con un alto costo

Desde Izquierda Socialista y la UIT-CI damos otra explicación. Ninguno de los supuestos ideólogos de la caída del muro, ni el viejo dictador de la RDA, Erich Honecker, lo planificaron. Al contrario, a todos les convenía mantener la división alemana y los acuerdos de finales de la guerra, incluido el compromiso de la URSS a limitar su dominio a los países de Europa oriental y colaborar en evitar o controlar las revoluciones en el resto del mundo.

Lo cierto es que en la década de 1980 las burocracias gobernantes en los países del “socialismo real” (donde se había expropiado a la burguesía y tenían regímenes totalitarios) profundizaron sus negociaciones con el imperialismo y la apertura al capitalismo. La falta de libertades y la caída en los niveles de vida alentaron entre las masas un ascenso de las luchas. Estalló la revolución polaca, con el surgimiento del sindicato Solidaridad. Las huelgas mineras sacudieron a la URSS. En junio de 1989, la dictadura del Partido Comunista chino aplastó la revolución en la Plaza Tiananmen. Pero las masas no se detuvieron.

En 1989 la RDA tenía su economía semiparalizada y crecía el éxodo de población a Hungría y Checoslovaquia. A mediados de año comenzaron fuertes movilizaciones populares. En octubre, el gobierno intentó calmar los ánimos con algunos cambios. Destituyeron a Honecker e impusieron a Egon Krenz. Pero las movilizaciones continuaron. El 4 de noviembre medio millón de personas se concentraron en la Alexanderplatz, la gran plaza del centro de Berlín. Los anuncios del 9 de noviembre precipitaron los acontecimientos.

La caída del Muro de Berlín fue un enorme triunfo del pueblo alemán que no sólo abrió el camino a la unificación alemana, sino que aceleró el derrumbe del aparato estalinista mundial que mantenía encorsetado el movimiento de masas por su acuerdo con el imperialismo. Fue una revolución política triunfante. Pero al mismo tiempo tuvo grandes limitaciones. La ausencia de una alternativa socialista revolucionaria que encabezara las movilizaciones no permitió que se enfrentara el proceso de restauración capitalista iniciado. Se instaló la confusión y la ilusión en las bondades del capitalismo. El retroceso respecto a la expropiación de la burguesía y la planificación estatal fortaleció a la naciente potencia imperialista alemana unificada.

Los trabajadores y el pueblo alemán continúan haciendo su experiencia con el capitalismo. Lejos de obtener el progreso anhelado, desde 2008 viven la crisis económica mundial y los planes de ajuste de sus gobiernos. Este año, tras la pandemia, la invasión de Rusia a Ucrania trajo de nuevo el temor de la guerra en Europa y la posibilidad de vivir una crisis energética que afecte a millones. Pero los trabajadores y los pueblos de Alemania y el mundo siguen luchando. Protagonizan heroicas rebeliones y revoluciones que cuestionan el sistema capitalista en el siglo XXI. En ellas, contra las direcciones reformistas o de falso socialismo, sigue planteada la gran tarea de construir una alternativa socialista revolucionaria capaz de conducir a las masas a lograr un gobierno de trabajadoras y trabajadores que avance hacia un verdadero socialismo con democracia para el pueblo trabajador.

Escribe Federico Novo Foti

Con la caída del Muro de Berlín y el derrumbe del aparato estalinista los gobiernos capitalistas y sus voceros anunciaron el “fin de la utopía socialista”. Sin embargo, lo que resulta una utopía es progresar y tener un futuro bajo el capitalismo, que sólo trae hambre, pobreza, pandemias, guerras y destrucción ambiental.

La izquierda estalinista y reformista (PC, PS y otros) concluyó que el hundimiento del estalinismo había sido producido por “exceso de estatismo” y lanzó la política del “socialismo de mercado”. La vieja y fracasada idea de construir el socialismo en unidad con grandes capitalistas y multinacionales. La dictadura capitalista del PC chino se presentó como el modelo a seguir. Así por ejemplo en Venezuela, Maduro aplica un brutal ajuste capitalista e impuso un régimen totalitario con el nombre de “socialismo del siglo XXI”.

La realidad es que el socialismo no fracasó. Las que fracasaron fueron las dictaduras de partido único y la utopía reaccionaria del “socialismo en un solo país”, sin extenderlo al resto del mundo. Fracasan y pierden apoyo popular los gobiernos de “falso socialismo”, como el de Maduro, Ortega, Castillo o Boric, porque no rompen con el capitalismo.

Por eso desde Izquierda Socialista y la UIT-CI decimos que no va más el sistema capitalista y en cada lucha alentamos a construir un partido revolucionario que pelee por un verdadero socialismo. Contra los partidos del “falso socialismo” y tomando la tradición revolucionaria de Lenin y Trotsky, luchamos por conquistar gobiernos de trabajadoras y trabajadores que expropien a las multinacionales y grandes capitalistas e impongan una economía estatal planificada que termine con la pobreza, la destrucción ambiental y todos los males capitalistas. Que pelee por extender la revolución a todos los países para terminar con el capitalismo que es un sistema mundial. Un socialismo con plena democracia para el pueblo trabajador, que dé la iniciativa a trabajadoras y trabajadores y no a siniestras dictaduras de partido único.

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