Aug 26, 2026 Last Updated 5:40 PM, Aug 24, 2026

Izquierda Socialista

Escribe Diego Martínez

El 7 y 8 de octubre se van a llevar adelante las elecciones de la UTA, en la que están representados más de 80.000 trabajadores y trabajadoras del transporte del país. El gremio es conducido desde hace veinte años por la burocracia de la lista Celeste y Blanca con Roberto Fernández a la cabeza. En estos años la conducción del gremio fue transando cada vez más con las patronales del sector (estando directamente ligada a una de ellas, Metropol) y con los distintos gobiernos de turno. Ya son históricos los amagues de paros de Fernández que terminan en arreglos por monedas para los choferes. Además de esto le ha dado la espalda a casi todos los paros generales que hubo en los últimos años.

Fernández se presenta una vez más a las elecciones. Su candidatura es repudiada por amplios sectores del gremio, quienes ven que su salario se desplomó, por lo que tienen que salir a hacer changas después de largas jornadas de trabajo, además de sufrir la inseguridad día a día y tener una obra social en pésimas condiciones.

Distintos sectores burocráticos intentan capitalizar el desgaste de Fernández. Además de la Celeste y Blanca se presenta la lista Negra, ligada a Miguel Bustinduy, antiguo compañero de Fernández, que representa a la patronal DOTA, y la lista Marrón, ligada al FReSu y encabezada por Alberto Patiño, actual secretario de organización del sindicato. Equivocadamente el compañero Néstor Marcolín y otros compañeros de la línea 60 se sumaron a esta lista.

Frente a Fernández la única alternativa real es la lista 460 Bordo, a la cual apoyamos. La Bordó es una lista totalmente independiente de las patronales y de la burocracia sindical. Conformada por compañeros y compañeras luchadores del AMBA, Corrientes, Santiago del Estero, Salta y Entre Ríos. Para tener una conducción combativa y democrática que no transe, y pelee por recuperar el salario y mejores condiciones de trabajo, en las elecciones de la UTA ¡Vamos con la Bordó!

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Escribe Hugo Iglesias

Mirgor despidió a 223 trabajadores en la planta de Einstein, otros 73 en Malvinas. La empresa de la familia Caputo en Tierra del Fuego pretende aplicar la reforma laboral destruyendo la organización sindical. Los trabajadores habían resuelto realizar asambleas de una hora por turno el jueves y viernes pasado y la patronal respondió con estos despidos. El lunes se congregaron en la planta. La UOM de Río Grande exigió la reincorporación de todos en audiencia de conciliación. El ministerio de Trabajo decretó la conciliación obligatoria. La empresa se vio obligada retrotraer los despidos, pero dejó afuera a todos los delegados gremiales de las 4 fábricas. El propósito de la empresa de la familia del ministro de Economía Caputo es claro: descabezar la resistencia sindical para poder aplicar la Reforma laboral esclavista del gobierno de Milei y el FMI, que aprobó la LLA, el PRO, los radicales y los peronistas amigos del gobierno. 

Desde Izquierda Socialista Tierra del Fuego estuvimos presentes en las puertas de la fábrica, acompañando las fogatas de la resistencia de toda la planta. Hemos propuesto a la UOM y a la CGT la realización de un paro provincial para derrotar esta ofensiva. Está claro que lo que los bloques empresariales votaron en el Congreso no hay que dejarlo aplicar resistiendo en Tierra del Fuego y en todo el país con un plan de lucha nacional por la derrota de la Reforma, como la movilización derrotó la ley de extranjerización de las tierras.



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Foto de portada: La pintura, retrata el momento de la rendición del militar británico William Carr Beresford y la entrega de sus armas a los líderes criollos

Escribe Federico Novo Foti
 
El 12 de agosto se cumplen 220 años de la primera gran derrota inglesa en el Río de la Plata. En junio de 1806, tropas británicas habían ocupado Buenos Aires, capital del Virreinato del Río de la Plata. 46 días después una impresionante gesta popular al mando de Santiago de Liniers los echó. Esa primera derrota de la invasión inglesa (y de la segunda invasión en 1807) hizo crecer los proyectos de independencia que estallaron en 1810.
  
El 25 de junio de 1806, 1.600 soldados ingleses desembarcaron en la costa de Quilmes. Su intención era invadir la ciudad de Buenos Aires, flamante capital del virreinato español del Río de la Plata. La fuerza de 600 hombres enviada por el virrey Rafael de Sobremonte fue rápidamente derrotada. Al día siguiente, las tropas británicas enfrentaron y dispersaron en el Puente de Gálvez (hoy Avellaneda) al Regimiento 71. El 27 de junio, alcanzaron la ciudad y el 28 izaron la bandera británica en el fuerte de Buenos Aires (hoy Casa Rosada), designando como gobernador al Brigadier General William Carr, vizconde de Beresford.

 La actitud del virrey Sobremonte ante la invasión pasaría a la historia por su vergonzosa huida. En ese entonces, se justificó con el argumento de que seguía el procedimiento establecido para poner a salvo el tesoro de la ciudad y organizar la defensa de la capital. Pero el baúl con el botín fue dejado en Luján por orden de los ingleses, mientras el virrey continuaba su acelerada marcha hacia Córdoba. La población de Buenos Aires lo consideró una traición.

Ante la defección del virrey, la mayoría de la población hostil a los invasores comenzó a organizar la resistencia. Líderes originarios de los pueblos pampa, ranquel y tehuelche ofrecieron jinetes y caballos, que no fueron aceptados. El acaudalado comerciante español, Martín de Álzaga, financió la compra de armas. El comerciante criollo Juan Martín de Pueyrredón reunió a mil hombres, que fueron sorprendidos en Perdriel (hoy Partido de San Martín) por las tropas inglesas, obligándolos a dispersarse. En Montevideo, el capitán de fragata francés Santiago de Liniers, jefe del fuerte de Ensenada, reunió a otros mil hombres, que desembarcaron el 4 de agosto en el puerto de Las Conchas (hoy Tigre). Acamparon en la quinta de Pueyrredón en San Isidro y, avanzando a paso de hombre en medio de un temporal, llegaron a los corrales de Miserere (hoy Plaza Once), donde volvieron a acampar para preparar la reconquista de la ciudad.

La reconquista fue una impresionante gesta popular. Así lo relató el propio Liniers: “pidieron armas hasta los niños […] se unieron a los miñones [milicia de catalanes] en las guerrillas de las calles dos días antes de la acción decisiva y entraron a ella cargados con la artillería sin excepción de edades, acompañados de una mujer […] Aquella multitud de pueblo que se me agregó en el corto tránsito de los mataderos de Miserere al ventajoso punto del Retiro, ocupado con denuedo, me facilitó derrotar y amedrentar al enemigo”.1

El 12 de agosto las numerosas tropas de Liniers iniciaron el ataque final, ocupando la Plaza Mayor (hoy Plaza de Mayo) y obligando a los ingleses a replegarse al fuerte. Al verse rodeado, tras 46 días de ocupación, el general Beresford decidió rendirse. Así la población de la ciudad de Buenos Aires derrotó a la primera invasión inglesa.
 
La disputa por las colonias

En 1776 Inglaterra había sufrido un duro golpe al perder el dominio de sus colonias de Norteamérica. Ese mismo año, España había establecido el Virreinato del Río de la Plata. La decisión de la monarquía española resultaba del dinámico desarrollo económico de sus dominios sudamericanos.
El nuevo virreinato, ubicado en la región más austral de Sudamérica, se estructuró alrededor del monopolio español de la minería de oro y plata de la región de Potosí en el Alto Perú (hoy Bolivia), cuyo producto era transportado por tierra hasta el puerto de Buenos Aires, donde era embarcado a España. De modo que Buenos Aires experimentó un rápido crecimiento que no se puede comparar con ningún otro ocurrido en los dominios españoles: “Aumentaron considerablemente la población, el comercio y la producción, lo que redundó en una mejora del nivel de vida. Se comenzaron a pavimentar e iluminar las calles y las escuelas se llenaron de alumnos […] En 1801 apareció el primer periódico y el auge cultural incluyó la lectura de los clásicos franceses y exitosas representaciones teatrales”.2

Pero en los choques entre las potencias coloniales de la época el poderío marítimo fue quedando en manos de Inglaterra. En octubre de 1805, al vencer en la batalla de Trafalgar a las armadas de Francia y España, Inglaterra quedó prácticamente como dueña de los mares. Esto le permitía disputar territorios lejanos a las otras potencias colonizadoras. En 1805, el comodoro Home Riggs Popham acompañó una expedición que se dirigía a Ciudad del Cabo (hoy Sudáfrica) para quitársela a los holandeses. En enero de 1806, cuando ya habían tomado la ciudad, Popham impulsó la invasión de Buenos Aires. La expedición, a la cual se sumó Beresford, se puso en marcha en abril de 1805.

 Popham imaginaba que la llegada de las fuerzas británicas encendería una espontánea y entusiasta adhesión de los partidarios del libre comercio. Es cierto que, en un principio, los ingleses contaron con la entusiasta adhesión de los más ricos propietarios, que los alojaron en sus casas y les hicieron numerosas fiestas. En esos días Beresford comenzó a intercambiar informes e instrucciones con el gobierno de Londres para organizar el comercio con la nueva colonia. Pero, como vimos, las cosas no serían tan sencillas.

Los primeros pasos hacia la independencia

En los combates contra la invasión inglesa de 1806 participaron diversos sectores de la sociedad colonial: desde ricos comerciantes españoles y criollos hasta peones y jornaleros, artesanos y esclavos. En esos días comenzó a aparecer un grupo clandestino de jóvenes criollos, conocido como “los separatistas”, entre quienes estaban Manuel Belgrano y Juan José Castelli, los cuales cuestionaban tanto el dominio británico como el español.

En febrero de 1807 una junta de guerra exigió al virrey Sobremonte que dejara su puesto y en su reemplazo se nombró a Liniers. Sobremonte se refugió en Montevideo. Ese mismo año, en julio, los ingleses reincidieron en sus intentos de invasión. Esta vez la batalla fue mucho más cruenta y nuevamente fueron derrotados. Ante el fracaso total de la tropa regular española se formaron milicias con trabajadoras, trabajadores y artesanos pobres, peones, esclavos e indios. Cada uno se llevaba el arma a su casa y se elegía democráticamente a los jefes. Algunos de ellos fueron aquellos jóvenes criollos que entraron a la historia poco después, como Belgrano y Castelli. Estas acciones se fueron poniendo en práctica desbordando a las autoridades españolas y abonando el camino para que desde 1810 se empezara a poner de pie la nueva nación independiente.

1. Citado en Enrique C. Corbellini. La Revolución de Mayo. Tomo I, Editorial Lajouane, Buenos Aires, 1950.
2. Ver Nahuel Moreno. Método de interpretación de la historia argentina. Ediciones El Socialista, Buenos Aires, 2012. Disponible en www.nahuelmoreno.org 

Escribe Federico Novo Foti

Pasaron dos siglos de combates contra las invasiones inglesas, la Revolución de Mayo de 1810, las guerras y la declaración de la independencia en 1816, que sentaron las bases de la nación. Ese camino se truncó por ser nuestro país parte del sistema capitalista imperialista. La división económica y política entre las burguesías americanas impidió avanzar hacia una América Latina unida e igualitaria, como soñaron nuestros libertadores. Argentina y los países surgidos tras la caída de la dominación española y portuguesa fueron cayendo bajo un nuevo dominio.

En 1824, Bernardino Rivadavia tomó un préstamo usurero con el banco inglés Baring Brothers, garantizado con tierras bonaerenses. Esa deuda externa, pagada en 1904, inició el sometimiento. En 1832, bajo Juan Manuel de Rosas, los ingleses ocuparon las islas Malvinas. A fines del siglo XIX, Argentina ya dependía del imperialismo británico y su economía, con la complicidad de gobiernos patronales y la burguesía nacional, quedaba en manos extranjeras.

En 1932, con el pacto Roca-Runciman, “estatuto legal del coloniaje”, Argentina pasó a ser una semicolonia británica. Tras el “Golpe Gorila” de 1955, cayó bajo dominio yanqui. Hoy Javier Milei expresa el servilismo a Donald Trump y al imperialismo yanqui.

A 220 años de la gesta que expulsó a los ingleses de Buenos Aires y a 44 años de la Guerra de Malvinas, el sentimiento antiimperialista pervive entre las y los trabajadores y el pueblo argentino. La selección con la bandera “Las Malvinas son Argentinas” y la movilización contra la extranjerización de la tierra, que derrotó al gobierno, marcan el camino.

Hay que luchar contra el plan motosierra de Milei y el FMI. ¡Fuera ingleses de Malvinas! ¡Fuera yanquis de América Latina! Tras las experiencias de gobiernos patronales, enfrentar al imperialismo exige luchar por un gobierno de trabajadoras y trabajadores que imponga la Segunda y definitiva independencia.
                                          
 
 

Desde UNIR expresamos nuestra más profunda solidaridad con las miles de familias trabajadoras, campesinas, indígenas, afrodescendientes, populares y de sectores medios afectadas por el terremoto ocurrido en el país. En momentos como este, acompañamos el dolor de quienes han perdido seres queridos, han resultado heridos o han visto destruidas sus viviendas, sus medios de subsistencia y los espacios que construyeron con años de esfuerzo y sacrificio.
 
Los terremotos son fenómenos naturales asociados a la dinámica geológica del planeta. La ciencia ha demostrado que no pueden evitarse. Sin embargo, sus consecuencias sociales no son el resultado exclusivo de la naturaleza. La magnitud de los daños y las pérdidas humanas está estrechamente relacionada con las condiciones materiales en las que vive la población, con la calidad de la infraestructura, con la planificación territorial y con las políticas públicas destinadas a la prevención y la gestión del riesgo.

 Por ello, aunque hoy se repita que esta tragedia nos afecta a todos por igual, es necesario señalar que esto no es completamente cierto. Los sectores más golpeados suelen ser las y los trabajadores, los pobres del campo y la ciudad, quienes habitan viviendas precarias, asentamientos informales o construcciones levantadas sin las condiciones técnicas necesarias. También resultan gravemente afectados amplios sectores medios que, pese a años de trabajo, residen en edificaciones que no cumplen adecuadamente las normas de construcción sismorresistente o carecen de mantenimiento y supervisión suficientes. Como ocurre con otras catástrofes, el riesgo y el sufrimiento se distribuyen de manera desigual en una sociedad atravesada por profundas diferencias económicas y sociales.

Muchos nos estremecemos hoy al ver las imágenes de edificaciones agrietadas o derruidas en ciudades como Cali, Pereira o Manizales. Sin embargo, esas escenas, por dolorosas que sean, no alcanzan a mostrar toda la dimensión humana y social de esta tragedia. La gran mayoría ni siquiera logramos imaginar el sufrimiento y las privaciones que enfrentan nuestros hermanos y hermanas de las costas del Pacífico colombiano, especialmente en el Chocó, habitadas por miles de familias en comunidades identificadas como las más aisladas y empobrecidas de la región. Allí, donde históricamente han predominado el abandono estatal, la falta de infraestructura, la precariedad de las comunicaciones y la ausencia de servicios básicos, muchas comunidades ni siquiera cuentan con los medios necesarios para informar oportunamente la magnitud de los daños sufridos o solicitar ayuda. Esta realidad vuelve a poner de manifiesto que los desastres naturales no afectan a todos por igual: las consecuencias más graves recaen sobre quienes ya padecían las mayores condiciones de exclusión, pobreza y vulnerabilidad antes de que ocurriera la emergencia.

Frente a esta situación, exigimos que la atención de la emergencia, la recuperación y la reconstrucción se orienten exclusivamente a garantizar los derechos y las necesidades de las comunidades afectadas. Rechazamos cualquier intento del Gobierno Nacional, de los gobiernos departamentales o municipales, así como de los sectores empresariales o políticos, de utilizar esta tragedia con fines propagandísticos, clientelistas o electorales. Los recursos públicos destinados a la emergencia deben manejarse con absoluta transparencia, control social y rendición permanente de cuentas.
La reconstrucción no puede convertirse en un nuevo negocio para contratistas, intermediarios o grupos económicos. Debe estar al servicio de las familias trabajadoras y de las comunidades afectadas, garantizando vivienda digna, infraestructura segura, empleo, acceso a servicios públicos y el pleno respeto de las normas técnicas y ambientales.

Desde la anterior perspectiva, nuestra organización propone que los parlamentarios del Pacto Histórico, en forma ejemplar, destinen el 90 % de sus elevados ingresos durante el tiempo que se extienda la atención de al emergencia, para que se constituya un Fondo Obrero, Popular, Campesino y Comunitario de Solidaridad y Reconstrucción, dirigido a atender las necesidades urgentes de la población afectada. Del mismo modo, que las organizaciones sindicales y sociales, adopten mediante asambleas el aporte voluntario de un día de salario de cada afiliado para dicho fondo, además de víveres y otros elementos que se requieren con urgencia en la actual situación. Este fondo debe ser administrado por organizaciones sociales representativas de las y los trabajadores, las comunidades campesinas, indígenas, afrodescendientes, barriales y populares, bajo estricta vigilancia de veedurías ciudadanas y mecanismos democráticos de control social que garanticen el uso transparente de cada recurso.

Consideramos que una medida de esta naturaleza constituiría un ejemplo concreto de compromiso con el pueblo trabajador y demostraría que existen alternativas distintas a las prácticas tradicionales de manejo burocrático y clientelar de los recursos públicos.

Desde UNIR reiteramos nuestro llamado a la solidaridad activa, a la organización popular y a la movilización social para enfrentar esta emergencia. La ayuda inmediata es indispensable, pero también lo es la lucha por una reconstrucción democrática, transparente y planificada, que priorice la vida, la seguridad y el bienestar de quienes producen la riqueza del país.

La solidaridad de clase, la organización popular y el control democrático de los recursos son herramientas fundamentales para que la tragedia no termine siendo pagada, una vez más, por las y los trabajadores y el pueblo.
 
Unidad de Izquierda Revolucionaria (UNIR), sección de la UIT-CI
Bogotá 10 de agosto de 2026

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