Escribe Martín Fú
Se cumplen cuarenta años de la recuperación de las Islas Malvinas. En una serie de dos artículos que inauguramos con este periódico y continuará en el próximo, brindaremos desde una visión revolucionaria y marxista lo que significó la guerra como balance histórico, el justo reclamo de soberanía pendiente sobre las islas y como la guerra movilizó a millones de trabajadores en Argentina, Latinoamérica y el mundo como muestra de rechazo contundente al imperialismo. También reivindicamos la posición del PST, nuestro partido antecesor, durante la guerra.
El 2 de abril de 1982, un grupo de comandos militares desembarcaron en Puerto Argentino y retomaron el control de las islas luego de 149 años de ocupación británica. Fue un intento desesperado del gobierno del dictador Galtieri, para darle aire a una dictadura rodeada de una movilización popular creciente en su contra. Su plan era apropiarse como bandera de la justa causa de Malvinas. Bajo ningún punto de vista buscaban un enfrentamiento con Gran Bretaña y, mucho menos, con los Estados Unidos. Pero cuando esto se produjo y los británicos enviaron la flota para recuperar las islas, con el apoyo yanqui, se produjo una fenomenal movilización antiimperialista. Galtieri y la dictadura militar se negaron a tomar medidas a fondo contra el imperialismo (durante la guerra no se tocó un solo interés británico en el país e incluso se le siguió pagando la deuda externa que Argentina tenía con ese país). Así, terminaron traicionando la gesta y provocando la derrota del 15 de junio. La indignación popular hizo que esto fuera el comienzo del fin de seis años de dictadura genocida, entrega económica, endeudamiento feroz y hambre para el pueblo trabajador.
Un enclave colonial de ultramar desde 1833
Para situarnos en el contexto histórico, debemos decir que desde 1820 las islas Malvinas habían sido declaradas como parte de la soberanía argentina, acatando el derecho a cercanías y la herencia que la nación tenía de las posesiones del Virreinato del Río de la Plata. Un centenar de mestizos y criollos formaron parte de la primera población estable, hasta que en 1833 las islas fueron usurpadas a la fuerza por una expedición británica, convirtiéndose en un enclave colonial. La primera nación que reconoció la autoridad inglesa sobre las islas fue Estados Unidos, a cambio de derechos de pesca en sus aguas.
Malvinas es un enclave británico, porque representa un territorio constituido dentro de otro, recolonizando por la fuerza, imponiendo otra población bajo otra forma de gobierno, idioma, costumbres. Gibraltar, Israel, Guantánamo en Cuba y Guam son algunos ejemplos de enclaves que se mantienen hasta la actualidad.
Los enclaves están constituidos en zonas de importancia geográfica y económica donde las potencias imperialistas tienen control del territorio y un peso gravitatorio en zonas aledañas, de ahí su relevancia estratégica. En el caso de Malvinas hay que sumarle una ubicación privilegiada de acceso inmediato a la Antártida y al Océano Pacífico desde el Atlántico Sur.
Es por ello que es falso el argumento del “derecho a la autodeterminación” de los kelpers (nombre que se refiere a los nacidos en las islas), ya que es una población impuesta por la fuerza y que ha motivado la expulsión de los colonos y habitantes originales de la isla. No tienen derecho a declarar ninguna autodeterminación cuando representa los intereses del colonialismo inglés.
Luego de la guerra, Gran Bretaña ha instalado una moderna y enorme base militar en las islas, lo que constituye una amenaza potencial para la Argentina y Latinoamérica, supeditada a las aspiraciones territoriales, militares y económicas del Reino Unido y transitivamente de la OTAN.
1983: comienza la desmalvinización
Sellada la suerte de la guerra, todos los gobiernos desde 1983 hasta la fecha han tomado como política la llamada “desmalvinización”.
La desmalvinización intenta, de una u otra forma, deslegitimar el justo reclamo de soberanía sobre las Islas Malvinas, sacar de la agenda la centralidad del profundo rechazo al pirata inglés y a su vez seguir alineados a los dictados del imperialismo y las multinacionales, que históricamente han gravitado e influido directamente sobre la política nacional y del continente, que obtienen negocios y ganancias multimillonarias en el país. Hacer, en síntesis, que desaparezca de la memoria histórica esa gesta de lucha contra el imperialismo.
En estos cuarenta años, las mismas empresas existían en 1982 en nuestro país y otras que se instalaron después siguieron llevándose fortunas y saqueando nuestras riquezas. Esta sumisión y entrega de soberanía, también forma parte de las políticas de desmalvinización.
Petroleras, gasíferas, bancos, servicios financieros, agronegocios, distribución de energía eléctrica y gas, entre otras actividades, de capitales ingleses continúan ganando grandes fortunas en la Argentina: British Petroleum, Shell, Unilever, Hellmans, Knorr, Nobleza Picardo, Bridgestone, son algunas de las multinacionales inglesas con presencia nacional.
Capítulo aparte con el litio: en 2022 el “oro blanco” será extraído por Lake Resources (con fondos aportados por el mismo gobierno británico) y la angloaustraliana Río Tinto, la segunda minera más grande del mundo.
A esto hay que sumarle los distintos acuerdos diplomáticos firmados en estas décadas con Gran Bretaña, buscando “normalizar” las relaciones diplomáticas. Todos se han basado en entrega de soberanía y grandes negocios para las empresas piratas, como el firmado en 1989 durante el gobierno de Menem. El llamado “Acuerdo de Madrid” terminó reconociendo a Gran Bretaña los derechos posesorios sobre las Islas Malvinas, Georgias y Sandwich del Sur, donde el Reino Unido se prorroga 1,5 millones de kilómetros cuadrados circundantes a las islas, es decir, una enorme franja del Mar Argentino que representa más del 40% de los recursos pesqueros de nuestro país. En sus artículos el tratado obliga a la Argentina a avisar con antelación cualquier ejercicio militar en el mar o en el mismo territorio continental. Acuerda la “bilateralidad económica”, es decir, compartir los recursos pesqueros entre los paralelos 45 y 60 de Atlántico Sur, que Argentina garantice las inversiones británicas en el país y que los bienes del Reino Unido no paguen tasas aduaneras. Un acuerdo de entrega en toda la línea que luego de más de dos décadas ningún gobierno ha derogado.
La gesta de Malvinas es una causa nacional y una de las luchas antiimperialistas (no planificada, como ya dijimos, por la dictadura militar que ante los hechos optó por traicionar y buscar la derrota) más importantes que se llevaron adelante en el siglo XX. Entre abril y junio de 1982 se vivieron días de enormes movilizaciones que despertaron la simpatía de los pueblos latinoamericanos y del mundo, que vieron en la guerra una misma lucha contra el opresor que somete a los pueblos, enfrentando y cuestionando el poder político y militar de las grandes potencias.
La traición de la dictadura en Malvinas generó, tras la derrota, gigantescas movilizaciones, que terminaron tirando a esa dictadura sangrienta que representó los intereses de las multinacionales y de una clase capitalista nacional decadente que apoyó el genocidio.
A cuarenta años, la justa causa de Malvinas sigue presente, al igual que la gesta antiimperialista de 1982 contra el pirata invasor.
Escribe Federico Novo Foti
Durante la guerra, el Partido Socialista de los Trabajadores (PST), antecesor de Izquierda Socialista, aún sufriendo la represión de la dictadura, desarrolló una enorme campaña ubicándose en la primera fila de combate contra el imperialismo y por la recuperación de las Malvinas. En su semanario “Palabra Socialista” y en sus volantes, el PST expuso una política para ganar la guerra, denunciando las inconsecuencias de la dictadura ante el imperialismo británico y su socio yanqui (ver nota central) que llevarían a la derrota.
El PST planteó que la tarea de los revolucionarios era colocarse en “el campo militar argentino”, denunciando al colonialismo británico que se negaba a devolver los últimos enclaves de su imperio. Lo hizo sin dejar de denunciar la política represiva y antiobrera de la dictadura ,y reclamando plenas libertades para combatir al imperialismo. La posición del PST retomaba las enseñanzas de Lenin y Trotsky sobre la posición de los revolucionarios ante las guerras de liberación nacional en la época imperialista. En 1916, Lenin afirmaba: “Sería sencillamente una necedad negar la ‘defensa de la patria’ por parte de los pueblos oprimidos en su guerra contra las grandes potencias imperialistas […] esta misma época ha de originar y nutrir también, inevitablemente, la política de lucha contra la opresión nacional y de lucha del proletariado contra la burguesía”.1 En el mismo sentido, en 1938, Trotsky exponía un ejemplo hipotético revelador: “En Brasil reina ahora un régimen semifascista que todo revolucionario no puede ver más que con odio. Supongamos, sin embargo, que mañana Inglaterra entrara en conflicto militar con Brasil. En este caso estaré del lado del Brasil ‘fascista’ contra la ‘democrática’ Gran Bretaña.
¿Por qué? Porque el conflicto entre ellos no será una cuestión de democracia o fascismo. Si Inglaterra saliera victoriosa, pondría a otro fascista en Río de Janeiro y colocaría dobles cadenas al Brasil. Si por el contrario Brasil fuera victorioso, daría un poderoso impulso a la conciencia nacional y democrática del país y conduciría al derrocamiento de la dictadura de Vargas. La derrota de Inglaterra daría, al mismo tiempo, un golpe al imperialismo británico y un impulso al movimiento revolucionario […] ¡Bajo todas las máscaras uno debe saber cómo distinguir a los explotadores, los esclavistas y saqueadores!”.2 Así, el PST afirmaba en abril de 1982: “No nos dejamos embaucar y bajo las formas de gobiernos y regímenes sabemos buscar el contenido de clase de esos fenómenos. Sin brindar el más mínimo apoyo a la dictadura […] en el conflicto militar entre el ‘democrático’ imperialismo inglés y el ultrarreaccionario gobierno de una nación oprimida, sin vacilar ni por un minuto, combatiremos y llamaremos a la clase obrera y los pueblos oprimidos de todo el mundo a combatir en el campo militar de la dictadura argentina”.3
1. Citado en “Malvinas. Prueba de fuego.” Ediciones El Socialista, Buenos Aires, 2007. Páginas 75 y 76
2. Op. Cit. Página 44
3. Op. Cit. Páginas 50 a 52
Escribe Vilma Palma, referente de Disidencias en Lucha
A partir de la lucha conquistamos la absolución para Higui. Cientes de mujeres y disidencias estuvimos en las puertas de los tribunales de San Martín acompañándola y exigiendo su absolución.
Higui fue llevada a juicio por defenderse de una violación grupal y correctiva por ser mujer, lesbiana y pobre del conurbano bonaerense. Pasó ocho meses privada de su libertad y en 2007, con la lucha en las calles, recuperó la libertad.
Mientras la justicia heterocispatriarcal sienta a Higui en el banquillo de los acusados, los violentos gozan de impunidad. El caso de Higui no es aislado: sobran jueces y funcionarios que amparan la violencia machista, aplicando sanciones ejemplificadoras a las mujeres y disidencias que nos defendemos de los ataques de odio que sufrimos cotidianamente.
¡Deciles que no les sirve luchar!
Al igual que la marea verde que conquistó el aborto legal, la absolución de Higui es el reflejo de que nuestra lucha en las calles es la que determina los resultados. La pelea no termina con su absolución: tenemos que seguir movilizades por todos los derechos que nos faltan.
Mujeres y disidencias somos les más afectades por la crisis y sobre quienes se descargan las violencias. Esto no va a cambiar hasta que los gobiernos tomen este problema como una cuestión de verdadera emergencia. Mientras el gobierno de Alberto Fernández cierra el acuerdo con el FMI, nosotres seguimos movilizades por un aumento de presupuesto para prevenir, sancionar y erradicar la violencia de género. Tal como gritamos en todo el país el pasado #8M, ¡la deuda es con nosotras y nosotres, no con el FMI!
Escribe Daniel Vera, docente, miembro de la Red de Sobrevivientes de Abusos Eclesiásticos de Argentina
El 4 de marzo pasado, en Salta, condenaron a Gustavo Zanchetta, obispo abusador protegido por Francisco, a la pena de cuatro años y medio de prisión. Fue acusado del delito de abuso sexual agravado por ser ministro de culto religioso, en perjuicio de dos seminaristas. Nunca quedó tan en evidencia la protección directa de Bergoglio.
Cuando se sufre abuso, hay algo en tu interior que se quiebra para siempre. Lo llevas para toda la vida. Hacerlo público, para que otra u otro no sufra lo mismo que vos, te da fuerzas. Pero sigue ahí. Mucha vida se va en esa lucha. Muchísima. Y todo ese esfuerzo por reconstruirse y para evitar que alguien pase por ese calvario, recibe otro golpe cuando una sentencia se transforma en una burla como lo fue en este caso.
Dos asesores enviados del Vaticano “acompañaron” el juicio. La presión de Bergoglio fue muy evidente. Y la claudicación de la fiscal al pedir esa exigua condena, es una muestra clara de la connivencia de la Iglesia con el Estado. La otra muestra de enorme hipocresía en este caso, es que este abusador condenado por la justicia civil sigue siendo cura.
Este es un mensaje directo a todas las víctimas de abuso eclesiástico: “cállense porque no pueden hacer nada”. Pero el ejemplo del movimiento de mujeres nos muestra el camino de cómo continuar la lucha que no vamos a abandonar.
Los últimos informes sobre abusos sexuales por parte de miembros de la Iglesia Católica en Francia, Alemania, España, los reclamos de las víctimas de Italia, Uruguay, Chile, y los juicios que se vienen desarrollando en nuestro país, muestran claramente que la crisis de la Iglesia es inocultable y deja ver toda la podredumbre de un modo sistemático de actuar: ocultando, encubriendo, mintiendo y revictimizando.
Estos hechos, más la cercanía de la conmemoración del 24 de marzo, por el comienzo de una dictadura que tantos beneficios económicos le dio a la Iglesia Católica, dan cuenta de la urgente y necesaria separación de la Iglesia del Estado y la cárcel a los curas pedófilos y abusadores.

Escribe Miguel Lamas, dirigente de la UIT-CI
A casi un mes de la invasión, el ejército ruso, que bombardea ciudades, no logró tomar Kiev ni Jarkov, las principales ciudades ucranianas.
En la última semana los ataques se centraron en Mariúpol, una de las principales salidas marítimas de Ucrania, podrían tomar esa ciudad. Pero Mariúpol es el gran símbolo de la resistencia ucraniana. Los bombardeos sistemáticos han casi destruido la ciudad. Pese a ello, Moscú tuvo que reconocer que murió en combate Andrei Palit, el subcomandante de la Flota rusa del Mar Negro.
Hay un estancamiento del avance militar ruso. Esto se debe fundamentalmente a que los invasores se estrellaron contra una poderosa resistencia popular, junto a la de las Fuerzas Armadas ucranianas. Centenares de miles de combatientes de todas las edades, también mujeres, se han incorporado a la defensa contra los invasores. Y según una información reciente de la frontera ucraniana, además de los más de tres millones de ucranianos y ucranianas que salieron del país, ¡ingresaron a Ucrania más de 100.000 personas de comunidades ucranianas de Europa y América para unirse a la resistencia armada contra el invasor!.
Rusia no logra apoyo en ningún sector de la población, tampoco en el 30% de habla rusa. El único apoyo ruso es sólo en la región, en las pequeñas repúblicas autoproclamadas de Donetsk y Lugansk (3,6 millones de habitantes, con importante población de migrantes rusos), separadas de Ucrania desde 2014, reconocidas sólo por Rusia y también armadas por Rusia.
Ante ese panorama de rechazo masivo a la invasión rusa, aun en el caso de que los rusos lograran tomar Kiev y otras ciudades, e intentaran instalar un gobierno títere, difícilmente logren quebrar la resistencia popular.
Rusia imperialista
La guerra mostró al mundo el carácter capitalista e imperialista en expansión de Rusia. Putin se propone restaurar el imperio ruso zarista. Para eso fue la invasión de Ucrania, y no por la “expansión” de la OTAN como fue la justificación de Putin.
Ya antes Rusia participó en diversas guerras para consolidar su imperialismo. En 1999 atacó a la república separatista de Chechenia, que se había declarado independiente de la Federación Rusa, con un saldo estimado de 50.000 muertos incluyendo el bombardeo de su capital Grozny.
En 2008 Rusia lanzó sus tropas a invadir Georgia, imponiendo la independencia de separatistas vinculados a Rusia de Abjasia y Osetia del Sur.
En el 2014 Donetsk y Lugansk se separaron de Ucrania con el apoyo militar ruso. Y Rusia anexó Crimea, también territorio ucraniano.
En el 2015 los aviones y tropas de Putin fueron enviados a Siria para apoyar al dictador genocida Bashar al-Assad, e iniciaron una de las campañas más sangrientas que había tenido la larga guerra en el país árabe hasta ese momento. Ciudades enteras, como Alepo, fueron bombardeadas hasta las ruinas. Las cifras de muertos en la guerra siria pasaron las 400.000 personas.
Por otra parte, los oligarcas rusos amigos de Putin, que se adueñaron de las empresas estatales en la restauración capitalista en los noventa, están entre los más ricos del mundo, y muchos de ellos con importantes inversiones en Gran Bretaña y otros países de Europa.
La OTAN y Rusia
Por su parte Estados Unidos, los imperialismos europeos y su brazo armado de la OTAN, se han limitado a algunas sanciones económicas, que harán pagar en sus consecuencias a los trabajadores, a enviar algunas armas. Pero dejaron solo al pueblo ucraniano en su lucha contra el invasor. Los gobiernos ucranianos, anteriores a Zelensky, habían solicitado en el 2008 y 2014 ingresar a la OTAN, pero no fueron aceptados. Es decir, en los hechos Estados Unidos y sus aliados imperialistas de Europa Occidental dejaron actuar a Rusia en su “patio trasero” ucraniano, como lo dejaron actuar en Siria. Ahora simplemente utiliza la invasión para fortalecerse, aumentar gastos en armamentos y tratar de lograr apoyo popular a la OTAN, supuestamente para “defender a Europa”.
Pero la OTAN jamás ha defendido a ningún pueblo de invasiones ni de dictaduras. Por el contrario, Estados Unidos y sus aliados de la OTAN realizaron decenas de invasiones, entre ellas Vietnam, Irak y Afganistán, y continúan apoyando, desde hace setenta años, la ocupación sionista de Palestina, y también el genocida ataque de Arabia Saudita contra Yemen.
¡Fuera Putin y sus tropas de Ucrania! ¡Viva la resistencia popular ucraniana a la invasión! ¡No a la OTAN y al imperialismo yanqui!
La heroica resistencia del pueblo ucraniano y la solidaridad internacional con esa resistencia, incluyendo a grandes sectores del pueblo ruso que se oponen a la guerra, son hechos importantísimos que pueden derrotar al imperialismo ruso. Esto fortalecerá la lucha de los pueblos del mundo. Pero, junto a la campaña por apoyar la resistencia popular contra los invasores rusos, hay que denunciar a los imperialistas de Estados Unidos y la OTAN por sus crímenes pasados y presentes, y plantear en cada país la ruptura con la OTAN y los pactos militares con Estados Unidos e imperialistas europeos.